Portada de la novela Desde las cenizas

Desde las cenizas

8.8 / 10.0
La vida de Emma Davies se desmoronó tras la muerte de su prometido, sumiéndose en una profunda tristeza. No obstante, la última voluntad del difunto la obliga a encontrarse con viejas amistades en una cabaña remota. En este aislamiento, secretos guardados por años emergen entre el grupo, transformando el duelo en un camino de revelaciones. Emma comprenderá que esta pérdida no fue el final, sino el inicio de un renacer donde el amor brota de las cenizas.

Desde las cenizas Capítulo 1

Emma Davies llevaba poco más de media hora de pie frente al espejo, mirándose, tratando de fingir una sonrisa; pero en su lugar solo había una mueca horrenda. Exhaló con pesadez, intentando contener el llanto. Los recuerdos del pasado no la dejaban en paz. Se vio las manos por un momento y finalmente, después de haber estado batallando por días, se dejó vencer.

Lloró.

Afuera, el cielo estaba nublado, casi oscuro. Daba la impresión de que, en lugar de ser las dos de la tarde, eran las siete de la noche. Aunque también le imprimía cierto aire de tristeza, como si en ese reino invisible al que todos pretendían llegar estuvieran de luto y lamentara la partida de alguien importante. La brisa mecía con suavidad las ramas de los manzanos del jardín. Parecía que iba a llover, lo cual resultaba refrescante en pleno verano.

Con los cambios climáticos nunca se sabía.

Sin embargo, el frío y la lluvia casi nunca resultan ventajosos cuando se está a punto de sepultar a un ser querido. Le dan cierto aire de tristeza. Hacen que el día parezca salido de una película antigua y melodramática; pero la verdad es que a veces, solo a veces, el cielo acompaña con sus lágrimas a quienes han sufrido una gran pérdida.

Al menos a ella le pareció de tal forma.

Los sueños, se dijo, todos ellos habían muerto, al igual que sus esperanzas. Esos anhelos que una vez creyó que se volverían realidad. No importaba; la vida se le iba a paso lento, escurriéndose de forma dramática como el agua entre los dedos.

Desvió la mirada hacia la derecha y vio la vieja fotografía que guardaba como un tesoro. Había algo en ella que no le era posible describir con simples palabras, y hubiera sido hipócrita hacerlo en ese instante; aun así, lo intentó. Fue masoquismo quizás, ella no lo supo entonces, y tampoco le interesó. Quería sentirse viva otra vez, con motivos para seguir adelante.

—Chris —susurró.

Anheló poder devolver el tiempo para estar a su lado al menos durante un minuto. Nada más uno, rogó, y repetirle lo mucho que lo amaba. Besarlo, sostenerle la mano mientras él se entregaba al sueño eterno.

Incluso pensar en eso se hacía desgarrador.

Se preguntó, sin dejar de observar cada detalle de la fotografía, los motivos que tuvo la muerte para arrebatarle todo cuanto tenía de la forma más cruel. No lo supo, mas tuvo claro lo que perdió: le arrebataron la vida entera en un instante. Aunque nada se podía hacer, porque el destino era así de injusto. No era posible regresar el tiempo para evitar los terribles eventos que le había tocado experimentar. De eso se trataba estar vivo, asumió.

Cuando el dolor es tan intenso es usual que la lógica sea relegada a un segundo lugar. Nada tiene sentido cuando el corazón está roto y el alma no consigue motivos. Nada interesa cuando respirar se convierte en una tarea casi penosa y las lágrimas queman la piel.

Era una pregunta sin sentido y, a pesar de ello, Emma se la planteó varias veces: «¿por qué a mí?». La respuesta no llegó; por el contrario, se hizo distante como ese cielo nublado que no le ayudaba en nada. Recorrió con la yema de los dedos el rostro de aquel niño encantador que la protegió de todo el que quisiera hacerle daño, ese con el que compartió mil y una experiencias maravillosas, el que le amó sin medidas y se convirtió en su otra mitad.

—Chris... Christian...

«Dame una razón —pensó—, por favor. Solo una». No la hubo, no llegó en eso pocos minutos, y Emma creyó que no lo haría nunca.

Aspiró y contuvo el aire hasta que pareció hervir en sus pulmones. Los recuerdos no cedían en el ataque a su mente frágil. Sentía un malestar hondo, pero no era físico. Espiró. Emma consideró lo injusto que era el destino. ¿Por qué Chris había tenido que irse así? Tal vez era su culpa. Al pensarlo de ese modo, las ganas de avanzar le faltaron.

Otra vez deseó la muerte, pero tenía claro que su deber era luchar contra la desgracia costara lo que le costase. No podía fallarle al rendirse; no quería decepcionarlo, no a él. No sin dar una pelea digna antes.

«Regresa».

Si tan solo Christian hubiera podido oírla, si tan solo él hubiera podido responderle como antes, cuando todo estaba bien.

«Chris, quiero verte».

—Ya es hora. —La voz de Ava, su hermana menor, le sacó del horroroso laberinto que representan sus pensamientos—. Tenemos que... ¿Emma? Te estoy hablando.

Aunque la oyó, prefirió permanecer en silencio, con el retrato en sepia arrugado dentro de la mano, aferrado a su pecho porque ahí Christian estaba más cerca y, por ende, no volvería a perderlo; porque ahí había estado desde hacía unos años y... Los motivos se le acabaron.

Ava, no obstante, continuó viéndola, esperando en silencio a que su hermana respondiera. Cuando se dio cuenta de que no lo haría, decidió insistir, y dijo:

—Hermana, nos esperan abajo. Ya es hora de...

Emma se dio media vuelta, la vio distante, después se lamió los labios y ladeó la cabeza. Eso siempre funcionaba con los extraños, esperó que con su hermana también.

—Lo sé —respondió en voz baja, interrumpiéndola.

Emma consideró que su hermanita había madurado hasta convertirse en una muchacha hermosa, la versión femenina de David, su padre: alta, bonita y con unos maravillosos ojos grises. Ambas habían heredado eso de él, pero Emma se parecía más a su difunta madre.

—Nuestro padre ha dicho que —habló de nuevo—... que tus viejos amigos vendrán para el sepelio. De hecho, ya llegaron algunos. Están esperando por ti en la parte de abajo, junto a él. —Emma afirmó con un movimiento de cabeza. Ava continuó con esa misma entonación latosa—: Gabriel y sus hermanos llegaron anoche, al igual que Debra, Michelle y ese chico raro..., el de los rizos..., ¡Raúl! Por otro lado, Dylan y Tyler, y Sebastian y Lily se irán directo al cementerio y... Reece viene en camino, creo que estaba en Toronto de vacaciones con su mujer. Lo escuché bastante conmovido por lo que ha pasado, te envió sus condolencias. Dijo que...

—¿Reece, dijiste? —Emma intervino asombrada—. ¿Reece Green?

Durante la infancia, y buena parte de la adolescencia, ella lo había querido. Pero eso fue hasta que Christian llegó para mostrarle lo que significaba amar y ser correspondido con la misma pasión. Se preguntó cómo se encontrarían él y su esposa Julie, imaginó que mejor que ella, ya que tenía entendido que ambos esperaban un bebé. A pesar de vivir en el mismo país, llevaba mucho tiempo sin verlos.

Ava calló. Resopló viendo hacia arriba, cansada, y respondió momentos después:

—Sí, el mismo Reece idiota de siempre.

Emma se limitó a suspirar.

«Al menos tú eres feliz, ¿verdad? Encontraste a la mujer correcta y pronto serás padre. Al menos tú eres feliz», pensó colocándose el abrigo lila, que solía usar casi siempre, y se soltó el cabello, el cual cayó con suavidad sobre sus hombros estrechos.

Era curioso que el sol no hubiera salido. Quizás lo imaginaba, podían ser ideas de su mente, mas le pareció que el mismo Reino Celestial lamentaba la pérdida de uno de los mejores hombres que el mundo hubiera visto nacer: Christian Dunne. Eso, todo lo que representaba la situación en sí, le recordó un viejo poema que nunca le gustó. Era demasiado fúnebre, cruel y real.

—Vamos —dijo.

Tomó con suavidad la mano de su hermana y salió de la habitación tratando de verse lo más calmada posible.

«Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono, porque los espíritus de los muertos —que existieron antes que tú en la vida— te alcanzarán y te rodearán en la muerte (...), por lo tanto, permanece tranquilo », pensó mientras bajaba las escaleras.

Incluso lo recordaba a perfección.

Si Christian continuara con vida seguro le diría que era bastante fatalista. Quiso saber cómo no serlo en una situación como esa.

No hubiera querido tener que atravesar tan lamentable proceso ni tener que enfrentar la cruda realidad que le golpeaba la cara, pero era su deber. Agradecía a su padre que se hiciera cargo de todo el papeleo y las llamadas. Ella no habría podido, ¿cómo hacerlo cuando quien estaba en aquella caja de madera era su prometido? Y, en ese instante, sus últimas palabras le volvieron a la cabeza como un eco: «Sé feliz. Si yo mañana no estuviera, quiero que me prometas que lo serás, que volverás a reír, que cumplirás tus metas. Que no dejarás la repostería, por mucho que David te diga que estás perdiendo el tiempo. Emma, quiero que... Emma, si mañana llegase a faltarte, quiero que ames con más intensidad, que no te encierres en tu mundo solitario, que no vuelvas a ser esa muchachita que se escondía de todos por temor. Quiero que vivas, por ti y por mí».

Eso hacía, a pesar de que lo único que deseaba era suicidarse.

Tan pronto como se encontró con los hermanos McAdden, Emma sonrió con la misma delicadeza de siempre, haciendo su mejor esfuerzo, repitiéndose: «que no se note, que no se note». Aun así, Gabriel tosió para llamar su atención y la observó durante unos instantes con esos impasibles ojos verdes, que en un pasado parecieron arder como el propio infierno, hasta que consiguió ponerla nerviosa.

—No necesitas fingir que estás bien —dijo severo, para sorpresa de los presentes, mas con suavidad—, Emma.

Y ella se derrumbó. Emma Davies lloró en silencio, desconsolada, deseando poder ser invisible. Gabriel se acercó y, después de acariciarle el cabello, le abrazó con fuerza. Emma le enterró los dedos en la espalda, a pesar de eso, él no se movió ni dejó escapar ningún sonido. Le permitió desahogarse en su pecho mientras era visto con asombro por Karl y Tessa, sus hermanos mayores.

Gabriel pocas veces daba muestras de afecto.

El chofer de la familia informó que el automóvil se encontraba listo. Emma se alejó de Gabriel y, luego de sonreírle agradecida, se limpió las lágrimas. Él se limitó a mover la cabeza en señal de aprobación.

En silencio, el grupo de personas abandonó el salón con dirección al cementerio.

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