Portada de la novela EL INFIERNO DE LA MAFIA

EL INFIERNO DE LA MAFIA

8.7 / 10.0
La vida de Katya, una recién graduada en medicina, da un giro drástico al salvar a Egan Caruso, el temido cabecilla de la mafia italiana. Para asegurar su silencio, el criminal decide secuestrarla, forzando una convivencia donde el terror inicial se transforma en un deseo incontenible. Mientras la pasión nubla su juicio, Katya enfrenta las traiciones del tío de Egan y un secreto familiar oculto que pone en riesgo su peligroso e intenso vínculo.

EL INFIERNO DE LA MAFIA Capítulo 1

Egan tenía apenas seis años cuando descubrió la sangre. Quizás alguna vez vio a alguien cortarse ligeramente con un cuchillo mientras picaba vegetales o alguna herida en su rodilla. Pero nunca nada comparado con aquel día que él cumplió seis años.

Pese a que su familia no era mucho de celebrar, su madre horneó ese día un pastel. El padre de Egan estaba como de costumbre encerrado en su oficina, hablando por teléfono y contando enormes fajas de billetes. La madre de Egan estaba ese día acompañándolo, igual que el tío Elián, pero era costumbre verlo rondar la casa, con un vaso de licor y un cigarrillo.

En la seguridad de la enorme y confinada sala de su casa, Egan saltó en el sofá y gritó de emoción al ver como su madre entraba con el pastel de seis velas. Ella comenzó a cantar una hermosa melodía que repetía una y otra vez "feliz cumpleaños", y Egan sintió que la emoción le hacía cosquillas en el estómago.

La madre de Egan se arrodilló en el suelo al tiempo que él saltaba del sofá y se quedaba de pie, preparado para soplar las velas. Su madre terminó de cantar y el tío de Egan aplaudió a la espera de que él soplara las velas. Un par de amas de llaves de la mansión también se habían detenido a mirar el espectáculo.

Egan sintió la felicidad instalarse en su pecho: era tibia y le provocaban lágrimas. Miró también la belleza en el rostro de su madre: sus ojos miel, la ubicación de cada peca, su cabello rubio. Todo en ella era más que perfecto.

Tomando aire en sus pulmones, Egan se preparó para soplar las velas de su pastel. Pero la ráfaga que apagó las velas no provino de Egan, sino de tres balas que salieron del tipo armado y cuyo rostro estaba cubierto con un pasamontaña. La madre de Egan fue la única en caer, la sangre bañó toda la alfombra y salpicó por el cuerpo de Egan. El disparo había sido certero y limpio hacia la cabeza, los sesos y el líquido viscoso que estaba en lugar del hermoso rostro de su madre era lo único que Egan podía mirar.

Antes de que hubiese otro accidente, el tío de Egan lo tomó en brazos y lo sacó con enorme rapidez de la escena, mientas que dejaba a los guardias de su padre encargarse del enmascarado. Pero incluso con todos los años que transcurrieron después de eso, Egan siguió viendo el rostro destrozado de su madre cada vez que cerraba los ojos.

Despertó otra mañana más, bañado en un sudor frío, con un grito silencioso atorado en su garganta. Cuando recordó que todo era un simple sueño, tomó aire y se levantó lo más rápido que pudo.

Por eso odiaba dormir, ¿hasta cuándo tendría que recordarse no hacerlo por más de noventa minutos seguidos? En su defensa, ese día estaba cumpliendo 21 años de fallecida su madre. Aquello le provocaba una sensación de malestar en todo el cuerpo. Sin embargo, se sacudió las emociones de encima y buscó algo de ropa que ponerse. La debilidad estaba solo permitida dentro de la puerta de su habitación. Fuera de ella, donde todo el mundo lo observaba, él no tenía derecho a sentir absolutamente nada.

Cuando Egan se puso su traje verde oscuro y salió de su habitación, su caporegime estaba esperándolo en su puerta.

– Dime que es lo que quieres ahora, Argus –escupió con desdén–. Te he dado dinero para armas nuevas, les di un fin de semana a tus hombres para que fuesen a ver a sus prostitutas baratas y te dejé robarte todas las joyas de Marco antes de matarlo. Dime, por favor –rogó Egan con fingida súplica mientras bajaba las escaleras en forma de caracol hasta el primer piso–, qué quieres ahora. Tienes tres segundos o te corto la lengua yo mismo.

Argus, un borracho y amigo de la infancia de Egan, era el líder de los hombres encargados del trabajo sucio. También era un desangrón que le gustaba acabar con el dinero amasado por la mafia incluso antes de tenerlo.

– Buenos días también para ti, Egan –murmuró Argus–. Realmente no vengo a pedirte dinero...

– Más te valía. –Replicó Egan mientras entraba a la cocina y ni siquiera le dirigía una mirada a la cocinera cabizbaja que estaba terminando de poner la mesa.

– ...Realmente venía a decirte que el avión para partir a Sacra Corona está listo y lo puedes abordar en cualquier momento. Ya mis hombres están esperándote.

Egan miró de reojo con cinismo a Argus.

– Pueden esperar un poco más –Argus arrugó su ceño ante aquella respuesta–. ¿Dónde está mi consigliere? No iré a ningún lado hasta hablar con él.

Egan, quien, aunque tenía un enorme plato con comida frente a él, simplemente tomó la taza de café dispuesta a un lado de él y tomó un largo trago. Le quemó la garganta a su paso, incluso la cocinera jadeó de asombro, pero Egan la ignoró como siempre y leyó las noticias en el periódico matutino que también estaba esperándolo en la mesa de vidrio.

Argus se mofó antes de sentarse en una silla junto a Egan y, arrebatándole el plato de huevos revueltos, se comió casi la mitad de un solo bocado. Egan simplemente lo asesinó con la mirada porque, sinceramente, no cargaba nada punzante encima en ese momento.

– Ya que esperaremos, desayunaré un poco.

– No creo. –Con gran rapidez, Egan tomó el plato de las manos de Argus y lo tiró en el fregadero con todo y comida. Algo sonó a roto al hacerlo, pero Egan si lo notó, no le prestó mucha atención–. Nos vamos ya mismo. Nos encontraremos con mi tío en el camino.

Al llegar al avión, Egan se subió en él sin prestarle demasiada atención a las azafatas que le lanzaban miradas curiosas ni a los guardias de su tío que lo miraban completamente serios debajo de sus capuchas y cubre bocas. Egan ni siquiera se molestó en quitarse sus lentes de sol una vez estuvo dentro del avión y rechazó sin decir ninguna palabra un plato con botanas que le estaba ofreciendo una linda mujer vestida ridículamente. Sin embargo, Egan no desperdició la oportunidad de aceptar el vaso con whisky escocés de las bebidas de su tío que le ofreció una joven azafata.

Una vez estuvo sentado en su asiento y el avión despegó, su canoso y pálido tío, Elián, le sonrió con orgullo desde el otro lado de la mesa que compartían.

– Macallan –anunció su tío–, de 64 años de añejo.

Egan estaba impresionado por aquello, pero sin mucho esfuerzo logró lucir indiferente y encogerse de hombros mientras se bebía el resto del contenido de su vaso.

– Con un poco de suerte, la misma edad a la que llegarás cuando mueras de cáncer de pulmón –su tío bufó e, ignorando por completo el comentario de su sobrino, le sirvió más del líquido de la hermosa botella a Egan–. Sé que tienes la información, quiero que me digas todo.

Egan se inclinó sobre la mesa y su traje se tensó en la zona de los hombros y la espalda. Elián simplemente sonrió ante la prisa de Egan.

– Macallan –repitió Elián con una sonrisa de duende tramposo–, ruso de nacimiento, pero actualmente residenciado en Italia, Sacra Corona. Es conocido como "el cobarde" porque dicen que siempre contrata a sicarios, no importa cuán caro le salga, para hacer el trabajo que él no se atreve a hacer. Las historias de los bajos mundos dicen que él nunca ha tocado una pistola. Se especula que, desde el inicio de los tiempos, él odiaba a tu padre y a tu madre por motivos personales. Yo no creo esa basura, pero siempre en todas las mentiras hay algo de verdad.

Egan levantó una ceja y arrugó su inexpresivo rostro.

– ¿Y dices que él mató a mi madre por motivos personales?

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