Capítulo 2

María entró en el edificio y lo hizo acompañada de su tío Elián. En apariencia, nada en su aspecto externo mostraba el huracán de emociones que la recorría por dentro. Su cabello largo hasta la cintura, con bucles rubios que caían sobre su espalda, le daban un aspecto angelical que poco tenía que ver con la mujer que era. Su busto, que siempre había sido voluptuoso, se mostraba en el acentuado escote del vestido rojo y entallado que escogió para su presentación en la empresa.

Se había vestido para él, por más que quisiera y necesitara negárselo. Incluso el sonido de sus tacones al caminar con paso decidido era por él, por Junior.

¿Por qué ese hombre continuaba afectándola de aquella manera?

Ya no había un gramo de grasa en su esbelto cuerpo. Podía ser que lo único que no hubiera podido cambiar fuese su altura y que continuara siendo bajita, pero ya no era redonda como lo había sido en su pasado. Sus curvas ahora eran las de una mujer atractiva que hacía que los hombres se detuvieran a observarla.

—Dios, necesito comer chocolate —susurró para sí misma.

Cada vez que los nervios la superaban no podía evitar pagarlo con la comida y si eran dulces muchísimo mejor.

—Y yo necesito que Halim regrese de su viaje de negocios y me dé duro contra el colchón, y no por eso lo voy murmurando como una desesperada.

—¡Tío! —pronunció en un grito—. Ya sabes que cuando estoy alterada…

—Comes como un cerdo al que van a llevar al matadero. Por eso estoy aquí, para impedirte que estropees esa preciosa figura con la que regresaste de Italia. Benditos italianos. Ese marido tuyo tuvo que ser todo un experto en el arte amatorio, porque te dejó en los huesos. Qué pena que esté difunto, podría haberle mostrado lo que un hombre tiene para ofrecer.

María apretó los puños y se contuvo para no comenzar a discutir. Conocía a Elián y sabía que sus comentarios poco acertados nunca eran con mala intención, pero eso no significaba que no le molestara.

Había amado a su marido. Tal vez no de la forma convencional ni con los sentimientos que solo una vez en su vida experimentó. Lo adoró por ser el hombre que la salvó de la desgracia, que la cuidó a ella y a su hijo, él que nunca permitió que nadie le faltara el respeto e incluso después de muerto, en su testamento, se aseguró de que nunca quedaran desprotegidos. Y todo ello en un matrimonio basado en la amistad. Porque su marido jamás la tocó, no podía. Su enfermedad lo imposibilitó para todo lo relacionado con el sexo. Pese a ello, ambos se adoraron. María sabía que él no la amó como a una hija, por más que ella lo hubiera visto como a un padre. La rescató cuando no era más que una chiquilla asustada y con un hijo por venir al mundo.

Habían pasado tantos años desde la última vez que un hombre la acarició… Junior fue el único.

—¡Maldita sea! —se quejó. Sus pensamientos eran incoherentes, molestos y, sobre todo, muy inoportunos.

Cuanto más se acercaba el momento del reencuentro, su cuerpo parecía tomar vida propia y anteponerse a ella. Se odiaba por pensar así, por sentir de esa forma. Por no poder librarse de ese deseo enfermizo que siempre sintió hacia ese malnacido. Así debía llamarlo y no olvidarse de lo que ese rubio con ojos violetas era capaz de hacer y de la forma en la que dañaba. Lo único que debía sentir por él era odio. El deseo sexual ya se ocuparía de apagarlo… Con otro, por supuesto.

—Descarga Tinder, cuando yo estaba solterito lo usaba mucho.

María miró a su tío con los ojos muy abiertos. Se habían adentrado en el ascensor y podía dar gracias de que fueran sus dos únicos ocupantes. Elián no tenía filtro, y si tenía algo que decir lo hacía sin importar quién se encontrara presente.

—¿De qué hablas?

—Niña, a mí no me vengas con cuentos. No me hace falta ser muy listo para leer tu pensamiento. —Elián alzó las palmas de las manos y movió la cabeza con gesto burlón—. Te has puesto roja como un tomate y has comenzado a caminar como hembra en celo. A mí en temas de índole empotrador nadie me puede engañar.

—N-no sé de qué me hablas. —Con las manos temblorosas pulsó el botón que los haría dirigirse a la última planta del edificio—. Yo solo estoy nerviosa por todo esto de hacerme cargo de la compañía. Ya tengo suficiente con los negocios que me heredó mi esposo, tanta presión no sé si será buena.

—Sí, ya, y yo soy una monja de clausura. Tinder, niña, descarga Tinder. Con tu aspecto actual no vas a tener problema en llevarte a uno o a muchos al huerto. Un buen par de polvazos y como nueva. No querrás que esa falta de sexo que traes desde tu viudez te haga caer en las manos de Junior, ¿no?

—Que se te caiga la lengua a pedazos si vuelves a mencionar algo así —siseó y lo miró amenazante—. Si fuera el último hombre de la tierra, yo me quedaría con mis dedos. Y si tuviera los dedos amputados, preferiría arrancarme las costillas sin anestesia para poder doblarme y…

—¡Perversa! —Elián entrecerró los ojos y se mordió el labio inferior—. Cochina, pero muy inteligente, ¿cómo no se me ocurrió a mí antes? Todos saben que soy el cerebro de esta familia.

María sonrió, aliviada. Había logrado cambiar de tema en el momento justo. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.

—Tuve el mejor maestro. —Le guiñó un ojo a su tío y salió todo lo decidida que la situación le permitía.

Apenas habían dado unos pasos cuando una mujer alta, esbelta, con un cabello lacio y negro hasta la mitad de la espalda, salió a su encuentro.

—Buenos días —saludó con voz cantarina y demasiado efusiva para el mal momento en el que se encontraba—. ¿Os perdisteis? Esta planta está destinada a los CEO, ya sabéis —pronunció con un toque de desprecio y observó a Elián como si fuese una cucaracha—. Chief executive officer, el consejo de administración y el presidente de la compañía. Además, hoy hay una reunión muy importante, ¡ah! ¡Son del catering! Qué tonta, cómo no me di cuenta.

La hermosa mujer no detenía su diatriba y por el rostro enrojecido de su tío, María sabía que faltaba muy poco para que estallara y comenzara a dar gritos. Decidió cortarla y permitirle a su futura empleada el beneficio de la duda. Tal vez era su primer día y estaba nerviosa, no podía dudar de su inteligencia tan pronto, entre mujeres debían apoyarse.

—Buenos días —correspondió a su saludo y con ello logró que se callara—. Mi nombre es María y mi acompañante…

—Menos hablar y más moverse. —Con un gesto de sus manos finas y con una manicura perfecta los apremió—. La comida de la junta no se servirá sola. La reunión está por comenzar y si no os apuráis… —Chasqueó los dedos—. Mi jefe y novio, el futuro presidente de la compañía, jamás os dará trabajo de nuevo. Yo me ocuparé de que así sea.

Elián apretó los labios e infló las mejillas a la vez que negaba con la cabeza haciendo que sus rizos, que le llegaban hasta los hombros, se movieran. Miró a la mujer que se dirigía con prepotencia a ellos y después dirigió su vista a María. Ambos se hablaron sin necesidad de comunicarse en voz alta. Sin poder evitarlo, María comenzó a toser frente a la mirada hastiada de aquella bruja.

Se disponía a presentarse de forma adecuada cuando Brais, su padre, salió de su despacho y con una sonrisa llena de amor se dirigió hacia ella.

—¡Por fin has llegado! —María se vio envuelta entre sus cálidos brazos y se apretó contra su pecho—. ¿Me puedes explicar por qué traes a Elián contigo? —susurró para que nadie más que ella escuchara.

—¿Cómo te quedas, perra? —su tío se dirigió a la mujer que permanecía con la expresión atónita—. Ahora, si quieres conservar tu empleo, más te vale que muevas ese precioso culito y me traigas un whiscaso, o mejor, busca en la oficina del muchachote de Cris y me traes las bebidas de reserva que tiene. Para este cuerpo hermoso siempre lo mejor. Go, go, go, que para dentro de dos minutos ya es tarde.

Cristian apareció como si la sola mención de su nombre fuera suficiente para atraer su compañía y la mujer aprovechó el momento para escapar. Al igual que su padre, Cris ya era un hombre maduro, cercano a los sesenta años, pero que continuaba manteniendo gran parte de la belleza que lo caracterizó en su juventud.

—Mi sobrina favorita. —Se acercó con paso decidido, como si estuviera modelando el traje de Armani que tan bien le sentaba. De un solo movimiento apartó a Brais y tiró de ella para que cambiara de brazos—. Si me permites, hermano, hace mucho que no tengo entre mis brazos a una preciosidad como esta.

—¡Cómo te escuche la nalgona de tu mujer te va a romper las piernas! Repítelo en este mismo instante. —Elián sacó el teléfono móvil del bolsillo de su pantalón y se lo acercó a Cris—. ¡Vamos, muchachote! Atrévete a decirlo de nuevo, ya quiero ver cómo te la cortan en rodajas y te la meten por el trasero trocito a trocito.

La carcajada de Cristian inundó sus oídos y no pudo evitar sonreír y apretarse más contra su cuerpo. Él podría haber sido su suegro en un universo alternativo donde Junior y ella hubieran logrado ser pareja. Era el abuelo de su hijo, y estaba segura de que, en cuanto viera a su nieto, se percataría de que ese niño no tenía los genes de su marido italiano.

—Hola tío —murmuró contra su pecho y aspiró el aroma a perfume masculino que emanaba de su ropa—. No hagas caso a Elián, Karla sabe que no tienes ojos más que para ella.

—Hija —interrumpió su padre—. ¡¿Por qué está Elián aquí?! ¿Acaso intentas sabotearnos? Serás mi sucesora, la presidenta de la empresa que tanto trabajo me costó levantar. Traer a tu tío a algo tan serio es como lanzar un misil sobre una planta nuclear.

—Nos costó —apuntó Cristian con tono jocoso—. No te olvides de que mientras tú siempre fuiste el cerebro creativo, yo fui el que mantenía las finanzas y el guapo de esta fructífera asociación. En lo único que estoy de acuerdo contigo es en lo que acabas de decir. ¡¿Qué hace aquí este genio del mal?!

—Sabía que me amabas, hombretón. Claro que soy un genio, y por eso mismo estoy aquí. Para que nada empañe el día de mi sobrina preferida. No como vosotros que solo con vuestra presencia sois capaz de hundir en la miseria a cualquiera.

—¡Basta! —María se separó de los brazos de Cris y miró a los tres hombres con genuina preocupación—. No sé si podré soportar que comencéis con las peleas. Cristian, no entiendo por qué apoyas a mi padre con todo esto. Tu hijo comenzó a aprender sobre la empresa desde que tenía catorce años. Antes de comenzar la universidad, tú ya lo entrenaste para hacerse cargo de la compañía.

—No nos cuestiones, hija. Tu tío y yo sabemos por qué hacemos las cosas. Junior ha trabajado mucho y no pensamos dejarlo a un lado, pero su comportamiento deja mucho que desear. Vive como si cada día fuera una fiesta.

—Pues al igual que su padre. —Elián le dedicó una sonrisa ladina a Cris—. Cuando tu tío era joven y guapo, no como ahora, la prensa siempre afilaba sus colmillos cuando salía. Era escándalo tras escándalo hasta que su mujercita lo domó.

—Elián, no soy ningún caballo ni necesité que nadie me domara.

—Ojalá fuera así. —Su tío Elián se relamió los labios como si degustara algo delicioso—. Para mi mala suerte sí la tienes tamaño caballo y por eso te he deseado por tantos años, pero cambiando de tema, mi querido Junior solo necesita encontrar a su potra para que le alivie toda esa carga hormonal que lleva dentro. En cuanto eso suceda, será un calzonazo igual que su padre.

Los tres hombres se dirigieron una mirada, como si el comentario que acababa de hacer hubiera sido muy acertado, para después mirarla a ella. María frunció el ceño sin comprender. Iba a preguntar cuando su padre la detuvo.

—Vamos a la sala de juntas que ya está todo preparado. Envié a Junior allí hace más de media hora para que no se encontraran antes de tiempo. Muero de ganas por ver su expresión cuando se entere de lo que tenemos planeado.

Brais hablaba sin dirigirse a ella y sus dos tíos asentían y reían como si aquello les divirtiera mucho. Un mal presentimiento se instaló en su interior. Se sentía un pajarito engañado que había caído en una trampa y se había percatado una vez dentro de la jaula. Todavía podía huir, estaba a tiempo, pero sus piernas no respondieron con la rapidez necesaria y antes de que pudiera hacer algo se vio arrastrada en dirección a su futura tortura.

Junior estaba allí, lo volvería a ver después de tanto tiempo y no estaba preparada.

Capítulo 3

Junior se encontraba exultante, aquel sería el mejor día de su vida. Por fin había llegado el momento que tanto esperó. Se encontraba en la sala de juntas, un lugar que conocía de memoria y en el que había estado en incontables ocasiones, pero siempre bajo la sombra de su padre y tío. Durante años trabajó bajo su mando para que por fin todo ese esfuerzo diera sus frutos. Brais y Cristian le cederían la batuta y él estaba ansioso por recibir ese honor.

No había nadie mejor para el puesto ni que conociera la empresa como lo hacía él. Esa noche saldría a celebrar su buena suerte, tal vez invitaría a Selene, su complaciente y dulce novia. Había accedido a llamarla de ese modo solo por darle el gusto a su madre. Desde que el rumor de que se acostaba con su secretaria se extendió por la empresa, Karla puso el grito en el cielo.

«¡Ya eres un hombre! Por una vez haz lo correcto, si tan machito eres para acostarte con ella también debes serlo para todo lo demás». Por darle el placer a su madre y para que dejara de meterse en su vida, él llamaría novia a su secretaria. Poca importancia tenía que fuese ella u otra. Estaba marcado y lo estaría de por vida. Todo por una mujer, todo por su comportamiento inmaduro, por no poder aceptar a tiempo que lo que sintió era más que un calentón de adolescente. María había desaparecido hacía más de ocho años y continuaba siendo un fantasma que lo atormentaba con su presencia, o más bien su falta de ella.

Intentó buscarla por mucho tiempo, pero su familia le dejó claro que ella no quería que lo hiciera. El que la mencionaran de forma constante tampoco ayudó a que esa espina que llevaba incrustada se hiciera más llevadera. ¿Cómo podía ser feliz cuando a todas las mujeres las comparaba con ella? Ninguna tenía sus ojos, ni sus regordetas mejillas, ni su voz altanera cuando respondía a sus pocos acertados comentarios. Desde que eran niños y la vio por primera vez, la conexión que sintió con aquella pequeñaja fue instantánea. La adoró, la cuidó y después crecieron… Y conforme ella se convertía en mujer, él fue consciente de que él también era un hombre y que su prima estaba vetada de cualquier pensamiento.

«No es mi prima», gruñó en su mente. Tantos años y el remordimiento de lo que hizo continuaba presente. Si sus padres se llegaran a enterar de que lo que hacía cuando se quedaba con ella a solas tenía poco de familiar, le quitarían la herencia. Incluso en aquel momento, regalaría la presidencia por tenerla de frente y volver a abrazarla, tener entre sus brazos esas exuberantes curvas que tanto le gustaban y pedirle perdón por todo el daño que le hizo. No esperaba que ella lo perdonara, ni que volviera a él como si los años no hubieran transcurrido. Tan solo necesitaba hacerla entender que nunca fue su físico el motivo, aunque lo usó como excusa para alejarla.

Se enamoró de su prima y aquello se escuchaba como el título de una novela de romance de esas que las mujeres adoraban. Si pudiera sacar todo el arrepentimiento que vivía en su interior, tal vez podría continuar con su vida. Quizá Selene lograra enloquecerlo y con ello todo el pesar con el que había convivido durante años se iría, pero parecía imposible. Sabía que María había enviudado, que también estaba de regreso en España, y a pesar de haber intentado comunicarse por todos los medios con ella, esa esquiva mujer se empeñaba en darle esquinazo.

La puerta de la sala de juntas se abrió y por ella entró su padre, a su lado iba su tío Elián que se sostenía de su brazo como si fuera su salvavidas y, por el rostro que exhibía su padre, Cristian parecía ser la víctima de un naufragio.

Junior esbozó una sonrisa sincera y radiante, le alegraba contar en ese día tan importante para él con la presencia de su tío. Estaba seguro de que si estaba allí era para felicitarlo por su merecido ascenso. Su sonrisa aumentó aún más al ver aparecer a Brais junto a una mujer.

—Guau —murmuró y le dio un codazo a su empleado y mejor amigo Fidel—. Como mi tía se entere de lo bien acompañado que va su marido, su plan de jubilación anticipada se convertirá en un velatorio anticipado. ¿Has visto eso?

—A «eso» se le llama alegrar a los empleados de esta empresa. Menuda delantera tiene la rubia. —Fidel se frotó las manos y se colocó en su mejor pose seductora.

Junior contuvo una carcajada, si algo tenía su mejor amigo era que no había mujer que se contuviera a sus encantos ni él a los de ninguna mujer. Años atrás él también había sido así. No dudó en perderse entre las piernas de tantas féminas como le fue posible, y si eran como aquella que acababa de entrar muchísimo mejor. Que fueran todo lo contrario a María para que nada le recordara a ella.

Algo en los torpes movimientos de la rubia llamaron su atención. Caminaba como si fuera al matadero, se aferraba a la tela de la chaqueta de Brais con fuerza y se veía casi obligada a estar allí. Sí que era hermosa, aquel vestido que llevaba parecía elegido a conciencia para que no pudieras evitar seguirla con la mirada e imaginarla en cualquier posición. Estaba acostumbrado a las mujeres despampanantes y más acostumbrado a hacerse el difícil con ellas. Lo que no se podía tener siempre se hacía más interesante, por eso solía mostrarse inaccesible, y por eso no lograba olvidar a su prima. Porque ella era lo más inaccesible que había conocido en sus años de vida.

Para sorpresa de Junior, tanto su padre como sus tíos tomaron asientos alrededor de la mesa, y el que pertenecía al futuro presidente de la compañía se lo cedieron a la nerviosa desconocida. No logró escuchar su voz cuando dio las gracias a Brais por retirarle el asiento y permitir que se acomodara, tan solo logró atisbar el movimiento de sus labios. Unos labios llenos, cubiertos de un labial del mismo color de su vestido rojo.

Lo sentía mucho por ella, pero pronto tendría que hacerle levantar sus preciosas nalgas para que le dejara libre el asiento. Incluso podría decirle que si le gustaba podría acomodarse sobre él. No le importaría para nada.

Cuanto más la observaba, más fascinante le parecía. Aquella sala era demasiado grande y ella se encontraba en exceso lejos para poder recrearse a gusto en todos sus rincones. Fidel tenía razón, aquel par que se atisbaba en el escote eran una obra de arte. Le recordaban tanto a los de…

—Joder —siseó entre dientes y pellizcó su pierna con fuerza para alejar ese pensamiento.

María lo había castrado en el terreno sentimental. Evitaba a todas las mujeres rellenitas con tal de no compararlas con ella, por no recordarla, pero su obsesión ya había traspasado los límites. Ya no importaba el peso o la talla, en todas veía algo de ella.

—Buenos días —saludó su padre y le guiñó un ojo.

Aquel gesto hizo que saliera de los pensamientos que lo habían mantenido preso desde que aquella mujer entró en la sala. Brais correspondió al saludo de la misma forma y seguido de él, Elián se cruzó de piernas, atusó su largo cabello azabache y ensortijado y actuó acorde a su personalidad.

—Buenos días a los muchachones y también a las muchachonas, aunque prefiero a los hombretones. Estoy comprometido, pero veréis que siempre estoy dispuesto a probar nuevas experiencias, para más información podéis encontrarme en los baños cuando termine este incordio. Muchas gracias por su atención.

—Cállate, Elián, o sales por el mismo lugar que entraste, pero con mi suela marcada en tus accesibles nalgas. —Brais no solía perder los nervios, su tío siempre era un buen hombre de carácter afable y un excelente jefe, pero Elián era capaz de sacar lo peor de él—. Como todos sabemos, el motivo de esta reunión iré al grano.

—Claro, ahí es donde quería ir yo —lo interrumpió Elián—. Al grano, al huerto, al paraíso, no importa el nombre que se le dé mientras me lleven.

La preciosa rubia deslizó un brazo por encima de la mesa y sostuvo la mano de su tío. Con solo aquel gesto y su mirada implorante lo hizo callar. Ese rostro…

Había estado tan ocupado admirando su cuerpo que no se había fijado en todas sus facciones. No solo eran sus labios, o su nariz algo alargada, lo justo para dotar a su rostro de personalidad; también eran sus ojos. Aquellos ojos tenían algo que le hacían no querer apartar la vista. Por un instante ella deslizó esa mirada intensa sobre él, fueron tan solo unos segundos, pero lo suficiente para paralizarlo. La sensación de sentirse cautivo por la sola presencia de una mujer era muy nueva para él. También podía describirla como agradable y más cuando se dio cuenta, por la forma en la que ella reaccionó al verlo, que él no le era indiferente.

Había esperado por años sentir un vuelco así en cada parte de su cuerpo. Por volver a tener sentimientos, por esperar que una fémina lograra devolverlo a la vida y darle esperanzas. No necesitaba más, acababa de decidirlo. Esa mujer sería suya, debía conocerla, tenerla entre sus brazos y descubrir si el sexo a su lado era tan fascinante como lo fue con… No pensaba volver a mencionar su nombre.

La misteriosa acompañante de su tío apartó su mirada y se la dirigió a Brais, le dedicó una hermosa sonrisa que ya se ocuparía de hacerla dedicársela a él, en su cama y con la cabeza apoyada en su almohada.

De pronto la junta ya no tenía tanta importancia, ni los empujones que le daba Fidel a su brazo para que reaccionara. No podía, por fin había llegado ese ángel que lo ayudaría a superar el pasado. Y aquella rubia parecía un ente celestial que acababa de bajar del cielo para que él la adorara. Lo haría de rodillas con el rostro encajado entre sus piernas. Podía imaginarse en esa posición frente a ella, adorando cada parte de su cuerpo desnudo.

—Junior. —El pellizco que recibió de su amigo lo hizo volver a la sala—. ¿Estás escuchando? Acaban de anunciar que se retiran, estás a punto de ser el nuevo presidente de la compañía.

—Como todos sabéis, mi hijo Junior ha sido durante años una parte muy importante de esta empresa. Como también esperáis que él sea el que presida la compañía cuando nosotros nos retiremos, pero no será así.

—¡¿Qué?! —gritó, se levantó del asiento y lo hizo deslizarse a su espalda—. ¡¿Qué quieres decir con eso?!

Cualquier pensamiento romántico se esfumó al escuchar a Cristian. ¿A qué se refería con que no sería así? Había luchado día a día durante años para obtener el mando de la empresa, estaba cualificado y no solo eso, era el mejor para ese puesto.

—Lo que oyes, hijo. Siéntate de nuevo o te perderás lo que Brais tiene que decir. Te cedo el placer de anunciarlo, hermanito.

Aquel tono jocoso de su padre le dio escalofríos. Acercó la silla de nuevo a su lugar y se sentó. Paseó la mirada por todos los presentes, en la sala había más de veinte personas que disimulaban la sonrisa de satisfacción. Todos menos Fidel, él permanecía con los labios entreabiertos por la sorpresa.

—Gracias, Cristian —comenzó su tío a la vez que apresaba la mano de la rubia entre las suyas—. Tal como dijo mi socio, amigo y hermano, es hora de retirarnos y dejar paso a sangre más joven. Tras pensarlo mucho, hemos decidido que Junior merece un puesto acorde a sus grandes talentos, él ocupara la vicepresidencia desde este mismo instante.

—Pero ese puesto me lo ibas a dar a mí en cuanto entraras como presidente —murmuró Fidel a su lado.

Junior no podía contestar, no era capaz de mover un solo músculo. Solo podía permitirse observar a Brais y a esa rubia, ambos agarrados de la mano y mirándose con un amor que él solo lo había visto dirigido a su familia.

—Y para darle a la compañía todo el empuje, la vitalidad y la lucha que necesita esta empresa, tanto mi socio como yo, hemos decidido dejarla en las capacitadas manos de esta preciosa mujer. —Su tío señaló a la rubia despampanante y ella lo miró con adoración. La muy mala pécora lo había seducido con sus artes y aquel viejo incauto había caído en sus redes. Esa misma noche se lo contaría a su tía Aledis, a ver quién reía el último.

»Su capacidad para el liderazgo está más que demostrada. Durante años se ha hecho cargo de las empresas de su difunto esposo y tras hacer un estudio exhaustivo de sus finanzas, sé que no podemos dejar la empresa en mejores manos. Os presento a la nueva presidenta de Onixbra, María Montenegro, mi hija.

Junior no logró escuchar más, ni tampoco logró pronunciar una sola palabra, la visión se le tornó borrosa y cayó desplomado sobre la mesa. Él, que tanto presumía su fortaleza, se había desmayado al verla de nuevo.

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