Portada de la novela El hijo oculto del CEO

El hijo oculto del CEO

9.8 / 10.0
María y Junior compartieron un vínculo desde niños que derivó en un romance prohibido y un embarazo secreto. Tras sufrir el desprecio de él, ella escapó al extranjero para criar a su hijo sola. Ahora, María vuelve decidida a cobrarse cada humillación, pero se encuentra con un Junior que hará lo imposible por reconquistarla. En medio de un torbellino de rencor y verdades ocultas, la pasión renace y los obliga a elegir entre el perdón o la mutua destrucción.

El hijo oculto del CEO Capítulo 1

Lo único normal en su vida era el nombre que le pusieron al nacer.

«María».

Tal vez normal no sería la palabra correcta. Lo correcto sería decir común. Porque María se llamaba la virgen y no podía pensar en normalidad cuando a su mente venía una mujer fecundada por una paloma.

—¡¿Por qué no puedo ser como todos los demás?! —Golpeó el volante de su Tesla color negro, regalo de su difunto y adinerado marido.

Elián, que se encontraba en el asiento del copiloto, profirió un grito afeminado al escucharla.

—¡Engendro del mal! ¡Mujer del diablo! —Elián se llevó la mano al pecho en un gesto dramático e hiperventiló con una efusividad fingida—. Deja de berrear en voz tal alta que no quiero morir de un infarto.

—¡No berreé! —vociferó de nuevo—. Y gracias por llamarme mujer del diablo, no me importaría ser la esposa de Tom Ellis.

María entrecerró los ojos y se mordió el labio inferior en un gesto lascivo. Su tío y mejor amigo le dedicó una sonrisa de esas que no necesitaban más comunicación para entenderse. Pese a ello, habló, ya que él y el silencio no conseguían llevarse demasiado bien.

—A mí tampoco me importaría ser la mujercita de ese hombretón. Lo acoso por redes sociales a diario, pero todavía no cayó en mis sexuales redes.

María giró a la derecha en cuanto visualizó la entrada de la empresa Onixbra. Ese día sería presentada como la nueva presidenta de la compañía de su padre adoptivo. El mismo que había tejido una sutil trampa a su alrededor para obligarla a salir de su reclusión voluntaria tras su viudedad.

Sentía el corazón vibrar en su pecho de tal forma que si se lo permitía escaparía por su esófago y caería libre sobre su regazo. La compañía de Elián y su charla sin sentido era lo único que la mantenía cuerda en aquel instante.

—Creo que está casado y que es heterosexual, tío.

—¿Desde cuándo ha sido eso un problema para mí? Los matrimonios se rompen y la heterosexualidad está muy sobrevalorada. Déjame decirte, querida sobrina, que yo, vestida de mujer, gano muchísimo. Y cuando eso sucede y atrapo a primer incauto borracho que encuentro en el bar…

—Déjalo, no quiero saberlo. Tío, mejor explícame por qué tenías tanto interés en acompañarme hoy. No me quejo, lo juro. Agradezco muchísimo tu presencia aquí.

Elián la ignoró y continuó con su diatriba.

—Créeme, cuando esos hombres caen en mis brazos y me levantan el vestido, jamás se echan atrás. O sí, pero para inclinarse ante mí como si yo fuera su dios del sexo y ofrecerme todo.

—¡No menciones el nombre de Dios en vano! —María se aferró al volante y apagó el coche en cuanto aparcó—. ¿No entiendes que no es agradable imaginar a mi tío en semejante posición?

—Ya pareces la mustia de tu hermana Paola. Diosito por aquí, Diosito por allá. Pues yo mantuve una relación ilícita con un sacerdote de su iglesia durante años y Dios nunca hizo nada para evitarlo.

—Deja a mi hermana tranquila que no está aquí para defenderse.

Elián elevó los hombros como si todo en la vida le importara poco o nada y negó con la cabeza.

—Sé muy bien que no está aquí, esa oveja descarriada desde que se casó y se fue, me quitó uno de mis entretenimientos preferidos, molestarla.

María observó a su tío en silencio. Tenía las mismas ganas de quedarse en el cómodo asiento de su coche escuchando a Elián que de salir y enfrentarse a ese otro Elián que siempre había puesto su vida de cabeza. Su primo adoptivo, con el que no había hablado en más de diez años, el amor de su vida y su mayor error. Por desgracia, las dos personas que en ese instante la tenían próxima a un ataque de pánico se llamaban igual.

Respiró lo más profundo que le permitió el estado nervioso en el que se veía envuelta e intentó recordarse los motivos por los que se encontraba en aquella situación.

María era huérfana y, a pesar de haber crecido en un orfanato regido por monjas, a sus veintiséis años no podía quejarse de su existencia. Puede que no tuviera familia biológica, pero tenía una maravillosa familia que la había integrado en su vida como una más. Era tal el grado de amor y confianza de sus padres que le habían legado la empresa en la que tanto esfuerzo pusieron.

¿Y qué había hecho ella para ganárselo?

Nada.

Ni lo más mínimo.

Ni para ganárselo ni para que depositaran esa confianza en su persona. Deberían repudiarla por lo que había hecho. Huir a Italia, embarazada, y ni más ni menos que del hombre al que debía llamar «primo». Irse sin contarles sus motivos, mentir para que la apoyaran con el viaje, casarse con un hombre que le duplicaba la edad y darle a su hijo el apellido de su difunto esposo sin que él fuese el padre.

Deberían de repudiarla y ella no se quejaría por ello. Lo agradecería. Porque de esa forma no se sentiría tan culpable. Durante años les ocultó a su nieto porque sabía que si lo veían descubrirían su engaño. ¿Cómo no hacerlo?

Su pequeño era el vivo retrato de su padre. Parecía una copia exacta de él. Tenía la apariencia de un ángel, al igual que el innombrable a su edad. Al igual que él en cada momento de su vida, porque podría haberle roto el corazón en mil pedazos y eso no cambiaría que fuera el hombre más guapo que se hubiera cruzado. Tal vez era el amor que sintió en su momento por él, lo que la hacía pensar así, y sí, hablaba en pasado. Elián Junior Ferrer Quintero estaba muerto y enterrado de su corazón y por él no sentía más que odio y resentimiento.

Jr. como todos llamaban a su primo para diferenciarlo del tío Elián, tenía la apariencia de un ser caído del cielo. No importaba que los años hubieran pasado por él y ya estuviera cerca de la treintena. Cada vez que lo veía, o más bien lo espiaba en las redes sociales, su maltrecho corazón continuaba enloqueciendo…, por aborrecerlo como al ser putrefacto y abominable que era.

Los sentimientos que guardaba no eran de amor. Lo fueron muchos años atrás, pero eso estaba superado. Aquello que sentía ya nada tenía que ver con el sentimiento puro y noble que ella le regaló durante tanto tiempo. María, que no había hecho otra cosa que adorarlo, que amarlo, que entregarse a aquel sentimiento y darle todo, incluida su virginidad y un hijo que jamás reconocería que era de aquel engendro diabólico, lo único que recibió fue desprecio.

Elián, Jr. o Junior, daba igual como quisieran llamarlo, eso a ella, ya poco le importaba, era parte del pasado y ese temblor que la recorría, esa opresión en el pecho y que se deslizaba al estómago, esa angustia que se apoderaba de ella, no era más que el odio en estado puro. Porque aquella Navidad en que María intentó decirle que estaba embarazada, él ni siquiera la escuchó. No le permitió hablar. La insultó como siempre hacía, la humilló. Porque él se avergonzaba de estar con una mujer como ella.

Una con sobrepeso.

Una gorda.

Pero eso era el pasado y María ya no era aquella adolescente regordeta y llena de complejos. Ahora era una mujer muy adinerada, futura presidenta de una empresa multimillonaria, sin un gramo de grasa de más y con una belleza que en nada recordaba a su pasado. Era una mujer nueva en todos los sentidos, por eso dejaría de esconderse, de huir y se centraría en hacer lo correcto.

—Robarle la presidencia de la compañía a ese malnacido y hacerle la vida imposible como mi subordinado —pronunció en voz alta y con una sonrisa maliciosa.

Su tío comenzó a dar palmas y la miró con esa expresión que, viniendo de él, siempre auguraba problemas.

—Y yo estaré ahí para verlo y para ayudarte a cumplirlo. Me tomaré unas vacaciones de mi trabajo y me contratarás como tu secretaria. Ya verás, almacántaro, Junior caerá en tu telaraña de viuda negra antes de que cante un gallo.

María dio un frenazo en el mismo instante en el que encontraba el lugar que le pertenecía en el aparcamiento. El de la nueva presidenta de la compañía.

—¡Qué dices! Yo no quiero enredarlo en nada, lo quiero lejos de mí y a ser posible sufriendo, con sus entrañas en mis manos y retorciéndose en su propia bilis.

Mientras lo pronunciaba apretó ambas manos en un puño.

—Por fuera no queda nada de la niña que se fue a Italia —musitó Elián con una voz demasiado masculina para su gusto—. Te has convertido en toda una diva. Si Aledis fuese tu madre biológica, no podría estar más orgullosa del parecido. Ambas sois dos bellezas dignas de modelar cada una de mis creaciones, pero en el interior seguís siendo las mismas. Lo odias y del odio nace el amor, o más bien se aviva, porque el calentamiento global que se daba cuando ambos estaban juntos no se ha apagado…, por parte de los dos. Así que a mí no quieras engañarme.

—¡¿De qué hablas?! —gritó y de un par de movimientos consiguió aparcar y detener el automóvil. Apresó el volante con fuerza y evitó mirar a su tío—. En mí solo queda hielo, el único amor que siento es hacia mi hijo y mi difunto esposo. Muérdete la lengua antes de decir tan grandísima estupidez.

Por más que hubiera fingido no escuchar las últimas palabras de Elián, parpadearon en su cerebro una y otra vez mientras se quitaba el cinturón de seguridad y salía al exterior.

Todos repetían lo mucho que Jr. sufrió cuando ella decidió marcharse sin despedirse. Lo arrepentido que estaba de su comportamiento y el deseo que tenía de que se volvieran a encontrar.

Lo sabía.

Ese maldito diablo había acosado con preguntas a toda su familia para saber su paradero, pero no lo hacía por amor. Ese hombre no sabía lo que significaba esa palabra y menos lo que era sentirlo. Él solo deseaba continuar riéndose de su aspecto, de su gordura, de su poca feminidad. Eso se había acabado y María se encontraba allí para poner punto y final al pasado.

Ya no sentía nada por ese hombre, se repitió.

Jamás le diría que tenían un hijo en común porque nunca lo mereció.

Ya no tenía dieciocho años, ya no lo amaba…

Cada frase fue un mantra que pronunció en bucle en su mente mientras caminaba junto a su tío al interior de la empresa.

Después de tantos años iba a verlo frente a frente y ese hecho le afectaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

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