Portada de la novela El Engaño De Mi Propia Sangre

El Engaño De Mi Propia Sangre

8.1 / 10.0
Repudiada por su familia tras la pérdida de su madre, una joven descubre que su matrimonio con Rodrigo fue un montaje para encubrir a su hermana. Tras obtener una grabación que revela que su hermana es la verdadera criminal, es atacada brutalmente por sus propios parientes. Aunque intentan tildarla de demente, ella filtra las pruebas para destruirlos. Ahora escapa hacia el Amazonas, buscando libertad y seguridad para el hijo que espera en su vientre.

El Engaño De Mi Propia Sangre Capítulo 1

Siempre fui la sombra de mi familia, la culpable de la muerte de mi madre. Creí que mi matrimonio con Rodrigo era mi salvación, pero descubrí que solo era una cruel trampa. Mi único propósito era ser una incubadora para darle un riñón a mi hermana, el verdadero amor de mi esposo.

Cuando accidentalmente grabé a mi hermana confesando que ella asesinó a nuestra madre y que su enfermedad era una farsa, el infierno se desató. Mi padre me abofeteó, mi hermano me pateó brutalmente en el vientre y Rodrigo, mi supuesto salvador, me llamó monstruo mientras corría a consolarla.

"¡Ella es la asesina!" , les grité con mis últimas fuerzas, pero nadie me creyó.

Para mi propia familia, yo era la loca, la deshonra, una mentirosa que merecía morir.

Lo que no sabían es que, mientras me daban por vencida, yo ya había enviado anónimamente las grabaciones a todos. Dejé que la verdad los destruyera y tomé el primer vuelo al Amazonas, para empezar de cero con el hijo que juré proteger.

Capítulo 1

Daniela POV:

Mi corazón se rompió el día que descubrí que mi matrimonio era una mentira. Una farsa cruel orquestada para salvar a mi hermana. Ahora, estoy escapando. El asiento de mi auto me parece un pozo sin fondo. Mis manos tiemblan sobre el volante. Las lágrimas nublan mi vista, pero no me detendrán. Ni el miedo, ni el dolor. Voy a huir.

No sé a dónde. Solo sé que no puedo quedarme. Cada centímetro de mi piel arde con la traición. Rodrigo. Verónica. Mi propia familia. El pasado se agolpa, una avalancha de dolor que me ha ahogado toda la vida.

Siempre fui la sombra. La culpable. La mancha en el lienzo perfecto de la familia Esteban. Mi padre, Héctor, el magnate del tequila, nunca me miró a los ojos sin que una sombra de reproche cruzara los suyos. Mi hermano, Rafael, repetía sus palabras como un eco vacío.

"Por tu culpa, Daniela".

"Ella se fue por tu culpa".

Mi madre murió el día que yo nací. Un accidente automovilístico, decían. Esa fue la verdad oficial. Pero para ellos, yo era la verdadera causa. Mi llegada trajo su partida. Un intercambio cruel que me marcó para siempre.

Crecí a la sombra de Verónica, mi hermana mayor. Ella era la perfección encarnada. La heredera designada. La hija que todos amaban. Su risa llenaba la hacienda, mientras mis pasos siempre fueron silenciosos.

Recuerdo su decimoquinto cumpleaños. Una fiesta opulenta. Mariachis, fuegos artificiales, cientos de invitados. Yo, con once años, la observé desde la distancia. Mi vestido blanco, sucio por un tropiezo, contrastaba con el brillo de su tiara. Mi padre le regaló un ponny pura sangre. Rafael, un reloj de diamantes.

Yo solo tenía la soledad.

Un mes después, caí enferma. Fiebre alta, delirios. Me llevaron al hospital de la familia. Una habitación fría y vacía. Nadie vino a verme. Ni siquiera una llamada. Apenas una enfermera me traía agua. Me sentía invisible.

Un año después, Verónica resbaló en la alberca. Una pequeña contusión. La preocupación llenó la casa. Rodrigo, que entonces era solo un conocido de la familia, la visitaba a diario en su casa. Médicos privados, enfermeras dedicadas. Mi padre canceló viajes. Rafael dejó sus clases de polo.

Verónica, con un vendaje diminuto en la frente, sonreía encantada.

"Pobre mi Vero", decía mi tía. "Ha sufrido tanto".

Yo siempre creí que era mi culpa, que yo no merecía ser amada. La muerte de mi madre, mi existencia misma, era un peso que llevaba en el alma. Me convencí de que era indigna.

Un día, en una cena benéfica, Verónica me humilló frente a los socios de mi padre.

"Daniela, ¿por qué no le cuentas a todos cómo murió mamá?", dijo con una sonrisa dulce y maliciosa. "Es una historia tan trágica. Y tan… tuya". Su voz, un susurro venenoso, atrajo todas las miradas.

"Ella siempre fue tan celosa", añadió, volviéndose hacia una dama. "Incluso del amor de mamá por papá. Por eso... por eso se fue así". La mentira, una daga retorcida en mi pecho. Nunca había hablado de ello, nunca me atreví.

La gente me miró con lástima, con desaprobación. Me sentí como un insecto pisoteado.

Mi vida era una serie interminable de humillaciones. Una tarde, cuando tenía dieciocho años, decidí escapar de la hacienda por un momento. Necesitaba aire, lejos de las miradas de juicio. Conduje hasta un viejo puente, donde solía ir a pintar en secreto.

Había una banda local. Chicos rudos. Empezaron a molestarme. Ignoré sus comentarios, pero se acercaron más. Uno me arrebató la caja de pinturas. Otro me empujó contra la barandilla oxidada.

"¿Qué hace la niña rica por aquí?", se burló uno, su aliento a alcohol en mi cara.

Intenté huir. Me acorralaron. El puente era alto, el río abajo, oscuro y furioso. Sentí un miedo paralizante. Me empujaron de nuevo. Me resbalé. Mis manos se aferraron a la barandilla. Mis pies colgaban en el vacío.

El pánico me invadió. La risa de los chicos era música de terror. Nadie más pasaba por ahí. Estaba sola. Sentí que mis dedos resbalaban. El río me llamaba, prometiendo un final a tanto dolor.

"¡Suéltenla!", una voz clara, fuerte, resonó en el aire.

Un hombre apareció de la nada. Alto, con el traje impecable. Rodrigo Bárcena. El tiburón de los negocios. Pensé en un primer momento que era un espejismo.

Se abalanzó sobre los chicos. Sus movimientos eran precisos, letales. Uno cayó de un puñetazo. Otro, con una patada. En minutos, los tres estaban en el suelo, gimiendo. Él no tenía ni un rasguño.

Luego se giró hacia mí. Mi corazón latía desbocado. Mis manos aún aferradas a la barandilla. Él me extendió la suya. Fuerte, cálida. Me sacó del abismo.

"¿Estás bien?", preguntó, su voz sorprendentemente suave. Sus ojos, profundos y serios, me miraron con una preocupación genuina que nunca antes había sentido de nadie.

Mis piernas cedieron. Caí al suelo. Él se arrodilló a mi lado. Me sentí segura, por primera vez en mi vida. Él no me juzgó. Solo me miró. Me vio.

"No te preocupes", dijo, y fue como si la luz se filtrara en mi oscuridad. "Estás a salvo".

En ese momento, lo amé. Lo idealicé. Él era mi héroe. El caballero de armadura brillante que me salvó de la oscuridad. Sentí que finalmente merecía algo bueno.

Pero una pequeña voz dentro de mí, esa voz que siempre me recordaba mi indignidad, me susurraba: ¿Cómo podrías, Daniela? ¿Cómo podrías ser digna de un amor así?

Esa voz nunca se equivocó.

Mi pecho volvió a arder con el dolor de la traición, tan real como el fuego que me había quemado. Los recuerdos de ese día, del rescate de Rodrigo, ahora eran una cruel mentira, una ilusión más en mi vida de engaños. La calidez de su mano, la promesa de seguridad, todo se había desvanecido. No había sido mi héroe, sino el instrumento de mi siguiente tormento. Mi garganta se cerró, impidiéndome respirar, mientras el auto avanzaba sin un rumbo fijo. El dolor no era solo mío, sino también el de la pequeña vida que crecía dentro de mí. Una vida que ahora, más que nunca, necesitaba ser libre de esta oscuridad. Deseaba que el mundo se detuviera, que el auto se desintegrara en mil pedazos, pero sabía que tenía que seguir adelante. Por nosotros.

El amor no es para mí, pensé, mientras una lágrima solitaria se deslizaba por mi mejilla, salada y amarga como la verdad que acababa de descubrir.

El volante se sentía frío y pesado en mis manos. Mis ojos, fijos en la carretera desierta, veían solo un borrón de luces y sombras, como si la realidad misma se disolviera ante mis ojos. No había vuelta atrás. No había más esperanzas, solo el camino hacia un futuro incierto. La voz de Rodrigo retumbaba en mi mente, las palabras que una vez me parecieron promesas ahora eran cadenas. Cada latido de mi corazón era un tambor de guerra, resonando con la urgencia de escapar, de desaparecer, de ser libre por fin. El silencio dentro del coche era ensordecedor, roto solo por el sonido de mis propios sollozos ahogados. Era el sonido de una vida terminando para que otra pudiera comenzar.

No puedo permitir que esto nos destruya, me repetí, sintiendo un pequeño aleteo en mi vientre.

No era solo por mí. Era por la vida que llevaba dentro. Era por ese pequeño ser inocente que no merecía nacer en un mundo de mentiras y crueldad. Tenía que ser fuerte. Tenía que luchar. El camino por delante era largo y desconocido, pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía un propósito. Un propósito más grande que el dolor, más grande que la traición.

El dolor en mi pecho era tan agudo que apenas podía respirar. Cada recuerdo de Rodrigo era una espina clavada, retorciéndose en mi carne. Las promesas vacías, las caricias falsas, todo se reproducía en mi mente como una película de terror. Pero en medio de ese torbellino de agonía, una chispa de fuego se encendió en mi alma. Ya no era la Daniela sumisa, la víctima silenciosa. Había terminado. Esta Daniela, la que ahora conducía hacia lo desconocido, era una superviviente. Y por primera vez en mi vida, no me sentí sola. Tenía un copiloto silencioso, una razón para luchar.

Seremos libres, me prometí, ajustando el agarre en el volante.

La noche era un manto oscuro sobre mis hombros, pero en el horizonte, muy lejos, imaginé el amanecer.

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