Capítulo 2

Esther estaba sentada en la sala de reuniones de la casa de su padre, tenía el corazón acelerado, pero se sentía confiada. Imaginó que era imposible que su padre cumpliera lo que le había prometido. ¿Cómo podía casarla con un vagabundo?

Por la puerta entró un hombre en traje que cargaba unos papeles y los dejó sobre la mesa frente a ella.

Su padre, acompañado de su esposa, la madrastra de Esther, y un par de hombres entraron en la sala. La mujer traía un ramo de rosas que le tendió a Esther y la muchacha le pidió ayuda con la mirada, pero la madrastra no la miró a los ojos, Esther sabía que no podía ayudarla, aunque quisiera.

Cuando la puerta se abrió de nuevo un par de hombres entraron por la puerta arrastrando al vagabundo que tenía un ojo morado y el labio roto. Era más alto que los dos guardaespaldas, pero la ropa gruesa no le permitió saber si era un hombre ancho o delgado.

Lo sentaron de golpe en la silla a su lado y él se sujetó el costado, como si lo hubieran golpeado.

— Estamos aquí reunidos para presenciar este matrimonio — el vagabundo se puso de pie.

— ¡Ya les dije que yo no me voy a casar con esta muchacha! — gimió y el guardaespaldas lo sentó de un puño en el estómago. El papá de Esther se puso de pie, sacó su arma y le apuntó en medio de la frente. Esther contuvo el aliento y le pareció que el vagabundo era valiente, no le apartó los ojos a su padre ni por un segundo.

— ¿Acaso le estoy preguntando? Se casará con mi hija.

— No lo haré.

— Entonces aparecerá muerto mañana en una esquina, señor Luna, yo cumplo mis promesas — lo amenazó el mayor.

— Usted no sabe quién soy…

— ¡No, tú no eres nada y tú no sabe quién soy yo! — gritó su padre y Esther dio un brinco — yo soy Fernando Lacrow y aquí se hace lo que yo digo. Usted mismo se metió en este problema, y lo pagará. Continue — le dijo al juez que continuó hablando sobre el amor como si ellos fueran una pareja real.

Esther miró al vagabundo, su padre lo había llamado Luna, ¿Era su apellido? Cuando el hombre la miró ella notó toda la rabia y el rencor que le tenía y eso la asustó.

El juez continuó y las manos de Esther temblaron cuando firmó el papel, pero, ¿Qué podría hacer? No podía ir en contra de lo que decía su padre, bueno, sí podía, pero lo perdería todo, lo perdería a él. Deseó que su hermano Carlo estuviera ahí, estaba segura que no permitiría esa locura.

Cuando el vagabundo recibió la pluma, Esther notó que la apretó con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero al final firmó, estampó su firma en el papel y ella pudo notar que era de rasgos grandes. Muy elegante para ser de un hombre de la calle.

— Está hecho — le dijo el juez a su padre y Esther dejó caer el ramo de rosas al suelo.

— ¿Y ahora qué? — su padre se rio.

— Ahora te irás a vivir con tu nuevo esposo, señora Esther Lacrow de Luna.

Un par de hombres de su padre llegaron con una maleta y la lanzaron a los pies de Esther.

— ¿Me tengo que ir ya a vivir con él? — preguntó Esther aterrada y su padre asintió, llegó con ella y le dio un beso en la frente.

— Mi retoñito se va de casa, te extrañaré. Recuerda, metiste a este hombre en este problema, si no me obedeces lo mataré y tú tendrás que cargar con esa muerte para toda la vida — Esther sintió que todo le dio vueltas. Su padre se dirigió al vagabundo que parecía igual de turbado — si algo le pasa a mi hija, te mueres, y de la forma más dolorosa posible — y salió del lugar.

— Lina, ayudame — le pidió Esther a su madrastra.

— Ya es hora de que enfrentes las consecuencias de tus actos — Esther se quedó paralizada.

Uno de los hombres de su padre le explicaba algo al vagabundo, pero ella tenía los oídos tapados de la impresión y solo regresó en sí cuando el vagabundo tomó su maleta del suelo y la llevó a la salida de la casa.

Esther lo siguió más por el miedo que por que de verdad quisiera obedecer a su padre, pero si no lo hacía mataban al hombre y ella no podía vivir con esa culpa.

— Espera — le pidió, pero el vagabundo no la escuchó, arrastró la maleta y cuando abrió la puerta el aire frío la hizo estremecer.

Ya había caído la noche y la nieve formó una capa gruesa sobre la calle.

— ¿A dónde vamos? — le preguntó al hombre.

— A mi penthouse — le dijo él con rabia.

— ¿Tienes un penthause?

— ¡No puedo creer que seas tan estúpida! — le gritó él — maldita niña mimada.

— No es mi culpa, tú aceptaste.

— Yo pensé que sería divertido molestar a un par de millonarios, no que tu padre era al put0 jefe de la mafia de la ciudad — Esther no le quiso decir que era del país — ahora mira en el lio en que me metiste.

— Yo no te obligué. ¿crees que planee esto? ¿Crees que quería que me casaran con un hombre tan desagradable? — él se detuvo y Esther estuvo a punto de chocar con él, tenía las mejillas rojas y los copos de nieve se le enredaban en la barba.

— Elegiste a un vagabundo, es lo que somos, ¿No? Desagradables, sucios, muertos de hambre y ladrones.

— Yo nunca dije eso.

— Es lo que piensas, es lo que piensan personas como tú — soltó la maleta al suelo y caminó por la calle. Esther consideró la idea de agarrar sus cosas e irse lejos del hombre, pero los documentos que los acreditaban como esposos eran oficiales y su padre lo mataría si ella se iba.

Respiró profundo, solo tenía que aguantar un par de días a que su padre se le quitara la rabia, ya la aceptaría de nuevo como si nada hubiera pasado. Se divorciaría del vagabundo y no tendría que volver a verlo jamás, pero por el momento no tenía más a donde ir.

No tenía efectivo y su padre le había quitado las tarjetas y el celular, estaba segura que su hermano no la recibiría por tonta e inmadura y le diría que se merece el escarmiento, y las gemelas, Portia y Helene, que eran amigas… no las quería meter en ese asunto. Así que caminó tras el vagabundo arrastrando la maleta por la nieve.

— ¿Falta mucho? — le preguntó ella después de un rato.

— Pide un taxi si estas cansada, ricachona.

— Deja de tratarme así.

— Así es como te lo mereces, niña tonta — luego se detuvo y soltó una carcajada — que loco es el destino, te querías librar de un matrimonio desagradable y ahora estás casada con uno peor. A mi lado el niño llorón de nariz roja debe parecer un príncipe.

— A tu lado cualquier hombre, por mediocre que sea, es mejor — Esther sabía que no, nada sería peor que el v1olador con el que pretendían casarla.

— Qué lástima porque ya soy tu esposo — murmuró con fastidio — no puedo creer que me hubieran obligado a hacer esto, a casarme. De seguro ese hombre solo quería asustarme con esa arma.

— No, mi papá no amenaza en vano, si te dijo que te mataría, te matará — él se detuvo y Esther chocó con su espalda.

— ¿Qué clase de padre obliga a una hija a casarse con una vagabundo? —

«Uno que está cansado de una tonta hija» pensó Esther, sí era consciente de que le hacía la vida imposible a su padre, pero ya no había oportunidad, aceptó con amargura su castigo «Solo serán un par de días» se prometió.

— Llegamos — le dijo el hombre después de cruzar la calle y bajar por una pequeña colina resbalosa en la que Esther cayó sentada.

— Estamos bajo un puente — le dijo ella.

— ¿y donde crees que duermen los vagabundos? — Esther dejó caer la maleta al suelo.

— Yo no voy a entrar ahí — desde donde estaba podía ver un grupo de hombres sucios y desagradables y él la miró.

— Tienes razón, pareces demasiado millonaria — la tomó por los hombros y la lanzó al suelo con poco cuidado.

— ¡Espera! ¡Qué haces imbécil! — el hombre comenzó a moverla en el suelo, el cuerpo se le llenó de barro y nieve y cuando él la dejó libre se puso de pie dolorida y con frío. Luego él le rompió la blusa a la altura del ombligo y le quitó los caros tacones que metió en la maleta.

A la maleta le hizo lo mismo, la llenó de tierra y pasto hasta que quedó hecha una porquería.

— Listo.

— ¿Estás loco animal? — le gritó ella.

— Te estoy salvando, niña estúpida, si pasas la noche en ese lugar sin que parezcas alguien de la calle te asaltarán.

— Ah, y ahora me trataste mal porque creí que los vagabundos eran ladrones.

— Yo nunca dije que los vagabundos serían los que te iban a robar. Los drogadictos son el verdadero problema — las palabras y el frio hicieron que Esther sintiera miedo de verdad. El hombre tomó la maleta y la llevó dentro y Esther caminó junto a él.

Bajo el puente había varios hombres arremolinados entorno a un barril con fuego y el esposo de Esther los saludó alegremente, pero no la presentó.

Más a dentro había una señora de la tercera edad, acostada en unos cartones con la piel muy pálida que abrió los ojos cuando lo vio.

— ¡León! — le dijo ella y el hombre se arrodilló a su lado.

— ¿Cómo va hoy el dolor?

— Como siempre — él le acercó un barril y con unos cerillos lo encendió y Esther se acercó un poco para conservar el calor. Estaba mojada y sucia y cuando la anciana la miró con curiosidad ella le apartó la mirada avergonzada.

— Tu cama matrimonial — le dijo él y Esther vio como acomodaba un cartón en el suelo.

— Es una broma, ¿verdad? — como única respuesta él le dio la espalda y se acercó al barril.

Esther sintió que los ojos se le llenaron de lágrimas, tenía hambre, frío y se sentía cansada y humillada. Pero eso no duraría, al día siguiente hablaría con su padre y le pediría perdón, había aprendido la lección. Él la perdonaría y nunca tendría que volver a ver al tal León.

Poco a poco el lugar se llenó de muchas personas que buscaban refugio de la noche y se acostaban en los cartones.

— Tengo sed — le dijo ella al vagabundo que la miró con fastidio y la ignoró.

Una mujer alta y zarrapastrosa, pero relativamente joven, se acercó al hombre y le acarició la espalda.

— Hola, León. ¿Esta noche sí dejarás que te caliente la cama? — el hombre no la miró.

— Largate, Emily — la mujer clavó los ojos en Esther, tenía los dientes podridos.

— ¿Quién es esta perr4 en tu cama? — Esther esperó que el hombre la defendiera, pero no dijo nada. La mujer le había dicho León, ¿Así se llamaba?

— Es mi mujer — dijo el vagabundo y la cara de Emily se transformó de la rabia.

Cuando Esther abrió la boca para hablar el hombre le lanzó un valde de plástico sucio.

— Trae agua del rio para hervir — le ordenó.

— Yo no soy tu mandadera — él la miró con una rabia que la asustó así que Esther sacó los zapatos de la maleta y se los puso, luego se puso de pie, los tacones se hundieron en el fango cuando salió y cuando estaba lejos se echó a llorar.

Esther se sentía humillada y tonta, ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué había desafiado a su padre de esa manera? Él no era el mejor padre del mundo, pero Esther quería ser libre… él quería casarla con un abusador.

Cuando llegó al rio comprobó que el hielo frágil bajaba arrastrado por la corriente.

Trato de no mojarse los pies, con el frío que hacía los perdería, así que se estiró lo más que pudo para intentar tomar un poco de agua cuando unas manos la empujaron y Esther cayó de narices en el agua.

El frio se le clavó como mil agujas en la piel y cuando levantó la cabeza vio a la mujer que había estado hace un segundo con el vagabundo, Emily, que sacó un cuchillo que tenía en el pantalón y le apuntó a Esther.

— León es mío, ¿Me escuchas? — Esther miró hacia el puente, pero estaba ya tan oscuro que no se veía nada, nadie la ayudaría — Voy a dañarte esa carita linda para que aprendas a no meterte con mi hombre — y se abalanzó contra Esther con el cuchillo al aire.

Capítulo 3

Esther levantó las manos cuando la mujer se le abalanzó encima y logró agarrarla de las muñecas.

— Él es para mí — le decía la mujer, Esther le apretó con fuerza las muñecas, si la soltaba la apuñalaría.

— Espera, no sé de qué hablas — le suplicó Esther — no tienes que hacer esto.

— Sí tengo que hacerlo, si destruyo tu linda cara él no te verá atractiva él será mi hombre y no te interpondrás en mi camino — Esther sintió que la rabia superaba al miedo, así que le lanzó una patada al estómago a la mujer y la hizo retroceder un par de pasos.

— Pues eso no será posible, porque ya estamos casados — Esther le enseñó el anillo barato que su padre le había obligado a usar y la otra mujer, Emily, se le lanzó con más rabia todavía.

Logró hacerle una herida en el hombro a Esther con el cuchillo, pero no una herida muy grande, solo un rasguño. Esther logró morderle la mano donde tenía el cuchillo y cuando la otra lo soltó cayó al agua.

— Voy a matarte maldita perr4 — le gritó la mujer a Esther, la tomó por el cuello y comenzó a apretarlo, luego la metió al agua y Esther comenzó a ahogarse.

Las manos de la mujer de la calle eran fuertes y el agua tan fría le impedía pensar bien. Así que trató de patearla, pero la mujer parecía más fuerte.

Esther pensó que ese era el fin, que moriría ahogada en un rio helado por una vagabunda, pero de repente las manos se alejaron de su cuello y ella pudo emerger del agua.

Respiró tratando de que entrara aire, el agua helada le arrancó las fuerzas.

Cuando miró el hombre, su esposo, había agarrado a la mujer por la cintura y la tenía retenida.

— ¿Qué está pasando? — preguntó. Emily se echó a llorar y Esther la miró sorprendida.

— Yo solo vine a saludarla — le dijo Emily al vagabundo — pero ella me dijo que era tu esposa y me golpeó, mira donde me mordió — le enseñó la herida en la mano — así que me defendí.

— ¡Eso es mentira¡ — gritó Esther, pero la voz le salió débil — fue ella la que me atacó con un cuchillo — Emily se le colgó del cuello a León y se puso a llorar y Esther no pudo creer lo cínica que era.

— Esther, no mientas, Emily nunca atacaría a nadie de esa forma — le dijo él — que tengas rabia con tu padre no justifica que te comportes como una salvaje con todos — Esther lo miró sorprendida. Emily la miró por debajo del abrazo del hombre y le sonrió de forma burlona.

— Ella me atacó primero…

— Pues no te creo — le gritó León — comportate, o te matarán, niña mimada — el hombre se alejó de ella consolando a la mujer que seguía llorando y Esther pateó un trozo de hielo con rabia.

Cuando llegó al puente la tal Emily estaba guardando el calor en uno de los barriles, tenía un abrigo encima y la miró con una sonrisa burlona y Esther sintió rabia y miedo hacia la mujer.

Cuando llegó con león estaba tan congelada que casi se lanza de cabeza dentro del barril con leña para calentarse.

— ¿Y el agua? — le preguntó él.

— Ve por ella si te da la gana — le escupió Esther — tengo hambre — le dijo ella como una súplica. León se acostó en el cartón dándole la espalda.

— Hoy no cenamos — fue lo único que le dijo el hombre con rabia y Esther se sentó en el cartón.

— Fue ella quien me atacó, creeme — el hombre la miró — mira lo que me hizo en el brazo con el cuchillo — le enseñó, pero era solo un rasguño. El hombre apenas la miró.

Esther se quedó al lado del barril tratando de conservar el calor, pero la noche ya había caído y el frio entraba por los lados abiertos, el puente solo ofrecía protección a modo de techo.

— Luna — lo llamó Esther por su apellido, pero el vagabundo ya estaba dormido — ¿León?

— Ese no es su nombre — le dijo la anciana y Esther dio un brinco.

— Pero usted lo llamó así.

— Así le digo, pero nadie sabe cómo se llama, ¿Por qué lo llamaste Luna? — era como su padre le había dicho, así que asumió que era su apellido.

— Creo que así se apellida — la anciana asintió, tenías las ojeras muy marcadas y se veía muy delgada.

— Tienes de dormir, o no aguantarás el día.

— ¿En ese cartón?

— ¿En dónde más? — Esther no permitió que los ojos se le llenaran de lágrimas — ese hombre es un animal — la anciana ladeó la cabeza.

— Qué raro, estoy viva gracias a él — le dijo la anciana que levantó la cobija que tenía y se cubrió el rostro con ella.

Su padre le había quitado el celular, de lo contrario llamaría a su hermano para que viniera por ella. Pero por esa noche…

La caminata desde la mansión hasta el puente la habían cansado y al final, después de un par de horas, se quedó dormida.

Cuando despertó el sol ya había salido, pero estaba cubierto por las nubes espesas. Tenía todo el cuerpo entumecido de frío y su quijada castañeó apenas intentó abrir la boca.

El hombre ya no estaba y Esther se encontró en el cartón sola. La mitad de los vagabundos que pasaron la noche en el puente se habían ido y ella se inclinó, era la primera vez que había dormido en el suelo.

— ¿Dónde está León? — le preguntó a la anciana que mordía un pedazo de pan con café. Esther le envidió el café caliente y humeante.

— No sé, se levanta en la mañana me trae algo de comer, luego desaparece, hay días en los que ni regresa — Esther se volvió para buscar en su maleta ropa limpia. La noche anterior tenía tanta rabia y orgullo que no quiso ni abrirla, pero no la encontró — él se la llevó — ella le dio un puño el suelo.

— Maldito vagabundo — gritó.

— Tú también eres una — le dijo la anciana y Esther se levantó hecha una furia. Salió de debajo del puente, afuera hacía mucho frío.

— Ya sé dónde debe estar ese malnacido animal — murmuró.

Le tomó por lo menos una hora llegar hasta donde imaginó que estaba el hombre, justo donde ella lo contrató el día anterior y ahí estaba cubriéndose del frío con un barril con fuego.

— Me abandonaste — le dijo ella, él miraba concentrado las puertas del edificio.

— Te dejé en casa — Esther quiso gritarle que eso no era una casa, era un puente, pero se contuvo.

— Tengo hambre — le dijo y él clavó sus ojos en ella.

— Pues come.

— No tengo dinero idiota.

— ¿Y yo qué culpa?

— Se supone que eres mi esposo, animal, alimentame — él se rio.

— Pues yo tampoco tengo dinero.

— ¿Cómo qué no? ¡Ayer te pagué tres mil!

— Y los hombres de tu padre me los quitaron — Esther pateó el suelo.

— ¿Entonces qué tengo que hacer? Tengo hambre.

— Eso sentimos todos todo el tiempo, acostumbrate. Vendí tu ropa cara, nos darán dinero por ella y comeremos esta noche — Esther lo miró con rabia y pateó el suelo.

— Tú no pareces pasar hambre, no te vez delgado y pareces bien alimentado.

— He aprendido a valerme por mí mismo — Esther lo miró, el hombre hablaba bien, con buena dicción, fácilmente podría ser un locutor. ¿Cómo alguien de la calle podía ser así? Se veía astuto, cada movimiento bien cuidado. Ese hombre había tenido dinero, nadie más que Esther sabía cómo se veía un hombre de clase.

— León, tengo hambre, por favor — él la miró y Esther notó que la vio con lástima, luego la expresión volvió a ser fría.

— En ese semáforo dan buenas propinas si cuentas buenas chistes — Esther pateó el barril y el contenido se volcó — ¡Qué haces, estúpida! — la riñó él.

— Estoy hablando enserio, troglodita, quiero comer — el hombre se irguió furioso, la tomó con fuerza del brazo.

— Esto no es la vida de privilegio que tenías antes, tú papá fue muy específico en que tenía que enseñarte la vida de la calle o me mataría. Así que mejor olvida comer tres veces al día, porque hay miles de personas que no lo pueden hacerlo, tú aquí no exiges nada, si quieres comer, tienes que trabajar y ganártelo — Esther se soltó del fuerte agarre del hombre, los dedos le quedaron marcados en la piel.

— Yo… — trató de decir algo, pero estaba conmovida y furiosa — me largo.

— No puedes, tu papá no te recibirá, y recuerda, si huyes me muero. ¿serás capaz de cargar con eso en tu conciencia? — Esther asintió, aunque era todo lo contrario, pero no quería darle la razón.

— Este mundo sería mejor sin personas como tú — el hombre se rio.

— ¿Personas como yo? ¿Qué te recuerdan con incomodidad el privilegio que has tenido toda la vida? — Esther dio la vuelta y se fue — Esperame en casa, llevaré algo de almorzar y no te metas en problemas.

Cuando Esther estaba fuera de la vista de León o como fuera que se llamara el hombre, se recostó en una pared y lloró con fuerza, nunca se había sentido tan humillada en toda su vida.

Cuando su papá le dijo que se tenía que casar con un millonetas para concretar un negocio, Esther había huido a casa de su tío, allá su primo trabajaba en un hotel. Fue el mejor mes de su vida, libre de las presiones de su padre. Hizo grandes amigos, como las gemelas Portia y Helene. El hermano de ellas, Oliver y su esposa Lia, pero había tenido que regresar. Deseó haberse quedado allá por siempre.

Caminó por las calles con el estómago vacío, las personas que la veían se la quedaban viendo con fastidio y ella bajó la mirada hasta que llegó a su cafetería preferida y entró.

Había una fila larga hasta el mostrador y la hizo, pero notó como las personas se cubrían las narices, ¿enserio estaba tan sucia?

Cuando llegó al mostrador la empleada la miró con susto, ambas se conocían, era un lugar que Esther frecuentaba mucho y tenía crédito.

— Dame un cappuccino grande, una rebanada de pastel de chocolate, y un pan de esos largos que no caben en la bolsa — la empleada dio la comanda y le dijo a Esther cuanto era — ¿Podría apuntarlo a mi cuenta? Casi nunca la uso, pero sé que está. Como ve, estoy pasando por una emergencia — la empleada la miró de los pies a la cabeza y luego, cuando comprobó en el computador, llamó al gerente. Esther lo conocía.

— Hola — le dijo él — lo siento, pero su padre me llamó anoche, me pidió que cancelara tu crédito.

— Él no puede hacerme esto — bufó ella y el gerente negó.

— Lo siento, si no tiene dinero no puedo atenderla, así que por favor le pido que se retire.

Cuando Esther salió estrelló la puerta con fuerza, tenía más rabia y más hambre que antes, así que se sentó en el suelo de la esquina a llorar y patear el suelo con rabia.

Un hombre que pasó le arrojó un billete y Esther se lo quedó mirando, lo tomó y lo apretó en un puño.

— ¡No soy una limosnera! — le gritó, pero el hombre salió corriendo. Era solo un billete, con eso apenas le alcanzaría para un café barato, pero podría hacer más.

Cuando llegó al café internet empujó la puerta y todas las personas dentro se la quedaron mirando.

— Necesito un computador por un par de minutos — si lograba contactar a su hermano Carlo, él la sacaría de ahí.

— Disculpe, señora, tiene que salir de aquí — le dijo la empleada.

— ¿Por qué? ¡tengo dinero! — pero la mujer le hizo señas al hombre de seguridad.

— Este es un lugar respetable, no aceptamos drogadictos — Esther golpeó el mostrador, tenía hambre, cansancio, debilidad y tanta rabia que podía golpear a la empleada.

— Tengo dinero, es lo que importa, deme un par de minutos de internet o le juro que la agarraré del pelo…

— Tiene que venir conmigo — le dijo el guardia de seguridad, tomándola por la muñeca y arrastrándola. Cuando la sacó la lanzó a la calle y Esther resbaló con el hielo de la acera y cayó haciéndose daño en la nariz.

— ¡Infeliz! — gritó — Yo soy la hija de Fernando Lacrow, desgraciado — tomó un bote de basura que había ahí y lo lanzó contra la ventana de vidrio que se rompió en un millón de fragmentos.

— ¡Llamen a la policía! — gritó una ancianita desde adentro y Esther vio como la empleada llamó por teléfono, y le costó un par de minutos para salir de su estupor. ¿Enserio había tenido ese arrebato de rabia?

Comenzó a caminar alejándose del café internet, pero alguien la llamó desde atrás, era un policía que la siguió y Esther salió corriendo. No podían atraparla, su padre tenía hombres sobornados en la policía, pero el principal consejo que siempre les daba a ella y a su hermano era no meterse en problemas con las autoridades, una investigación profunda y lograrían encontrar el imperio de mafia que él poseía, así que corrió evitando caer por el hielo y cuando creyó haberse librado del policía el oficial apareció por una esquina y la agarró por el cabello con fuerza.

— ¿Creíste que te saldrías con la tuya maldita vagabunda? — la lanzó al suelo boca abajo y comenzó a esposarla.

— ¡León! — lo llamó, pero el hombre no la oiría, nadie podía ayudarla.

Seguir leyendo
Apoya al autor e inspira más historias increíbles Moboreader
Desbloquear todos los capítulos
Capítulo
Personalizar
Siguiente capítulo
Minishorts Logo
Lee novelas web, ficción online y populares historias románticas en MiniShorts. Descubre romances de multimillonarios, fantasía de hombres lobo, novelas dramáticas y de fantasía, además de contenido seleccionado de dramas cortos inspirado en las tendencias narrativas más populares.
YouTube de MiniShorts
©2026 MiniShorts Todos los derechos reservados. CHASINGTOP HK LIMITED