Portada de la novela Dos mil voltios

Dos mil voltios

9.6 / 10.0
En 1956, un guardia de San Quintín llega a la cárcel de Lacarosta huyendo del alcoholismo y sus crisis personales. Pronto, el ambiente se impregna de un olor a carne quemada y gritos de mujeres que desafían la lógica. Lo que parece un delirio por su abstinencia cobra un matiz mortal tras la extraña muerte de un recluso. Entre el drama LGBT y el terror psicológico, el protagonista descubrirá que las apariciones espectrales son una amenaza real.

Dos mil voltios Capítulo 1

Cuando abrió la puerta de la oficina, estaba un custodio con el uniforme marrón, sentado dándole la espalda, los pies sobre la mesa, la gorra en el regazo y un cigarro en la mano, en la radio sonaba una canción, no oyó al recién llegado porque cantaba voz en cuello: «Dame una cueva en la montaña / O una choza junto al mar / Y estaré en el cielo, cariño, / Si estás ahí conmigo. / Besando tus bonitos labios / Miro la luz de amor en tus ojos. / Cualquier lugar es el paraíso / Cuando estoy contigo».*

El visitante debió tocar fuerte la puerta para que el custodio bajara las piernas y el volumen de la música, luego soltó una carcajada y con un ademán le pidió que se acercara.

—¿Eres el nuevo? —El otro se desprendió la gorra antes de corresponderle el saludo con la mano— Soy Max Johnson, el capitán de este basurero.

—Haley Whitaker.

—¿Haley, como el cometa?** —El nuevo asintió— ¡Qué raro! Bien —Señaló alrededor con enfado—. Ésta es la oficina para nosotros, qué mierda, ¿no? —Max tomó la gorra y la botó en el escritorio— Sígueme —indicó y salió primero; curioso, Haley observó un poco alrededor y luego le dio alcance al capitán—. En el informe dice que trabajabas en la prisión de San Quintín*** —Haley confirmó sin hablar—. Te aseguro que aquí es mucho más relajado, no tendrás problemas conmigo, Whitaker, tampoco me importa cuánto bebas mientras cumplas con tu horario y las reglas. Es por esto que pediste tu traslado a Lacarosta, ¿no?

—Más bien, fue debido a que trabajaba en el corredor de la muerte —explicó casi murmurando, en tanto andaban por el largo pasillo enrejado—, llegué a mi límite. —Max se detuvo un momento para elegir una llave de entre decenas que tenía colgando de un gancho y sonrió sin ver a su subordinado.

—La vida en la prisión de Lacarosta no es como en San Quintín, ¿eh? —farfulló mientras abría el cerrojo— El alcaide de aquí, el capitán del turno matutino y yo, en el turno nocturno, estamos de acuerdo en que nos gusta el silencio y la tranquilidad —Se apartó para ceder el paso a Haley, quien accedió primero—, escuchar a Elvis Presley, fumar y mantener el orden —Enseguida cerró la reja y continuó el trayecto por el corredor principal, que conducía a la infinidad de celdas distribuidas en ambos laterales, en tres pisos—. Para eso, hace algunos años el alcaide de Lacarosta permitió que los presos fueran separados por áreas según su raza, ese simple proceso redujo los enfrentamientos violentos y homicidios dentro de la prisión al sesenta por ciento —Haley sonrió un poco mientras miraba hacia arriba las celdas abiertas, pues los presos aún no regresaban—. Conforme llegan los prisioneros, nos aseguramos de que los mexicanos estén en el área de mexicanos, los chinos con los chinos y los negros con los negros, así podemos estar tranquilos toda la noche.

—¿Eso no provoca pleitos en el patio? —inquirió Haley.

—Ahí es donde entramos nosotros —Se frenó un momento para encender un cigarrillo; Haley pensó que se prendería fuego en el espeso bigote negro—. Cero tolerancia a la violencia en la prisión de Lacarosta: primer altercado, va a confinamiento solitario tres semanas; segundo altercado, una visita a la enfermería, tú me entiendes —insinuó, guiñando un ojo—, tercer altercado… bien, ya el capitán en turno decide —Continuó en el pasillo y Haley lo siguió—. El turno nocturno es el mejor, los presos duermen y si no, están follando, nos da lo mismo. No eres ajeno a esto si trabajaste en San Quintín.

—Es cierto lo que dijiste, capitán, allá es diferente.

—Te acostumbrarás pronto, y lo mejor es que me importa un carajo si eres un borracho de mierda —Lo jaló hacia la izquierda para apartarse cuando una gran puerta de hierro se abrió, permitiendo el paso a otros cuatro custodios—. Caballeros, éste es el duque de San Quintín, Haley Whitaker.

—¿Como el cometa? —preguntó uno de los custodios, que sostenía un apoyador con un puñado de hojas.

—¡Sí! —contestó Max.

—¡Bienvenido a la prisión de Lacarosta! —gritó otro, agitando la mano. —Los presos comenzaron a entrar en fila, Haley los observaba desde su lugar junto a Max.

—Estamos en el Bloque B, aquí guardamos a los latinos y algunas otras minorías, es una de las más grandes —expuso, en tanto los otros custodios los identificaban antes de internarse al área de las celdas—. En la oficina te diré a quiénes debes tener muy supervisados —Entre los prisioneros, uno resaltaba por su gran tamaño, Haley estaba boquiabierto, poco le faltó para tallarse los ojos—. ¿Ya notaste al indio? —dijo Max, codeándole con burla— Es un maldito monstruo de casi dos metros y medio, se llama Moki.

—¿Es problemático? —murmuró Haley casi en el oído de su capitán— No sabría cómo dominarlo.

—Por fortuna es un preso muy tranquilo, incluso ha intervenido en altercados aquí, sobra decir que sus mismos compañeros le temen. Saldrá libre en dos años.

Moki observó a Haley cuando pasó, se trataba de un hombre maduro y visibles raíces nativas, casi pudo verle plumas en la cabeza; el moreno le clavó los ojos con tanto filo que le hizo sentir como si tuvieran una deuda, incluso se detuvo por un momento, hasta que alguien jaló al prisionero, iba casi pegado al brazo del enorme Moki porque lo cubría, pero alcanzó a ver que llevaba el cabello largo peinado en una coleta, notó entonces que varios prisioneros llevaban el cabello o el uniforme de maneras diferentes. «Creo que en el fondo, les permiten hacer lo que quieren a cambio de mantenerse tranquilos», concluyó Haley, pero no lo comentó a su capitán.

Haley llevó arrastrando la sensación de la dura mirada del preso Moki, se perturbó a tal grado que apenas pudo escuchar lo que decía el capitán mientras le mostraba las instalaciones en los otros bloques, aun si no ahondó en muchos detalles, sí indicó cuáles presos eran peligrosos y quiénes se consideraban los líderes de razas.

Se dice que en una cárcel, la primera noche es la más difícil. Haley no recordaba su primera noche en la prisión de San Quintín como guardia ni cuándo empezó a laborar en el pabellón de la muerte, sus recuerdos se disolvían conforme sus crisis nerviosas empeoraban, pero las imágenes de los condenados rostizándose en la silla eléctrica, el olor a carne quemada impregnándose en su nariz, los gimoteos y convulsiones de quienes se asfixiaban en la cámara de gas y sus caras contorsionadas tras declararlos muertos, los tenía tan presentes que casi podía ver a cada uno.

Sí, la prisión de San Quintín era mucho mejor, pero incluso estando en otro pabellón, podía sentir la piel erizada cuando era hora de una ejecución y la misma incertidumbre y angustia que devoraba el espíritu de los sentenciados le torturaba el corazón, lo único que le daba cierta paz era pegarle un orondo trago al pomo de licor que siempre llevaba entre la ropa.

En la cárcel de Lacarosta no había pabellón de la muerte, por eso pidió su traslado ahí.

°*°*°*°

Notas

*La canción es «Anyplace is paradise» de Elvis Presley (1956).

**El nombre del cometa se escribe Halley.

***San Quintin State Prison es una prisión fundada en 1852, en San Quintin, un área no incorporada en el condado de Marin, California. Posee el único corredor de la muerte del Estado.

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