Capítulo 2

El rey Zuberi condujo a Mara a una habitación de huéspedes VIP, la cual tenía una mullida cama de sábanas de seda, un espejo de medio cuerpo, un armario de dos puertas y un baño privado. Si bien a lo largo del camino no se dirigieron la palabra, apenas llegaron le indicó el rey a la chica:

- Si necesitas algo, puedes tocar el timbre que está debajo de la cama y un sirviente la atenderá. La reina Brida vendrá en un rato, así es que aguarda aquí, por favor.

La joven lo miró fijamente. El rey Zuberi pensó que era bastante atrevida como para actuar como si estuviese delante de un hombre ordinario, pero trató de armarse de paciencia y simplemente comentó:

- No esperes a que te reciban con los brazos abiertos. La Corte estará armando un gran revuelo ahora mismo por tu presencia. Así es que mantente calmada y no hagas nada indebido. ¿De acuerdo?

- Sí, su majestad – respondió la chica.

El rey Zuberi se marchó para dejar que Mara se acomodara en su habitación y recorrió los pasillos del palacio, apesadumbrado por lo surgido. Los sirvientes, al verlo, hacían su acostumbrada reverencia, pero, apenas se alejaban unos metros, cuchicheaban entre sí sobre la supuesta hija perdida de la reina.

“Si un hombre no es capaz de dar hijos a su esposa, perderá prestigio dentro de la Alta Sociedad”, pensó Zuberi, con tristeza. “Si bien hicimos varios tratamientos, nada funcionó. Bueno, dudo mucho que esa niña sea nombrada princesa heredera ya que la reina la tuvo en una relación extramatrimonial, pero… ¿Existirán casos en que una hija ilegítima logró heredar el trono? Tendré que averiguarlo”.

Cuando dobló hacia una puerta que conducía a otro pasillo, se encontró con un par de sirvientes vestidos de azul, hablando entre sí sobre el asunto.

- ¿De verdad esa chica es la hija de la reina?

- La reina la reconoció, pero… ¡Siento lástima por el rey Zuberi!

- ¡Sí! Él y ella han estado juntos por cuatro años. Y pensar que la reina tenía una hija escondida…

- En ese caso, ¿qué pasará con el rey Zuberi?

- Si sigue sin darle hijos a la reina, deberá aceptar a su hijastra como suya.

- ¿Estás loco? ¡No puede ser la heredera!

El rey decidió tomar otro camino y se dirigió al patio principal del palacio. Ahí, vio que unos jardineros estaban podando unos arbustos de ornamento y, también, cultivaban unas margaritas para contrastar con el verdor que abundaba en el lugar.

Paseó por entre las plantas, con el objetivo de despejar la mente. Y, a lo lejos, vio a unos nobles de la Corte que hablaban entre sí sobre lo sucedido.

- ¿Entonces la reina de verdad tenía una hija escondida?

- Bueno, es normal que eso surja ya que las reinas se casan solo por compromiso, no por amor. Y es así como buscan romance con amantes secretos y pasan estas cosas.

- En ese caso, ¿esa chica será entonces la siguiente sucesora al trono?

- No lo creo. Las hijas ilegítimas jamás fueron consideradas dentro de la línea sucesora al trono.

- Bueno, los tiempos han cambiado. Eso era cuando la Doctrina estaba al mando.

Zuberi recordó que la Doctrina era una institución religiosa liderada por una Papisa que veneraba a la Diosa, la cual se creía que salvó a la humanidad de su debacle total haciendo emerger un continente nuevo en el medio del océano Pacífico. Por siglos, los cuatro reinos se regían bajo sus normas, pero, al enterarse que la última Papisa planeaba derrocar a las reinas e instaurar un imperio absoluto, todas se unieron para sacarla del medio y dejar de ser controladas por ella.

La reina Brida, tras declarar que su gobierno era un estado laico, prometió que revisaría muchas leyes para modificar ciertas cosas que le parecían muy injustas. Entre ellas, el de desechar a los hijos tenidos fuera del matrimonio.

“Quizás Brida use esta oportunidad para reconocer a su hija como la heredera al trono”, pensó el rey Zuberi, con angustia. “En ese caso, ¿qué será de mí? ¿Debo rendirme y aprender a amar a esa chica como si fuese mi hija? ¿O seguir luchando para hacerme un lugar en su corazón que sigue estando ocupado por otro más?”

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La reina Brida visitó a Mara una vez que terminó de atender a los visitantes. Encontró a la joven leyendo un libro, por lo que dedujo que la hizo esperar bastante en ese lugar.

- Buenas tardes, pequeña – la saludó Brida – Espero que estés cómoda.

- Buenas tardes – saludó Mara, dejando el libro a un lado.

Ambas mujeres se mantuvieron en silencio, sin saber qué decirse. Y es que eran completas desconocidas, que no congeniaban en nada y no tenían ningún recuerdo en común.

Brida, a modo de relajar el ambiente, le dijo:

- La Corte armó un gran revuelo. Exigen un examen de ADN para comprobar que tengamos parentesco.

- No tengo problemas en hacerme eso – dijo Mara – Estoy segura de lo que soy y no temo a nada. Solo quiero conocer mis orígenes, saber el porqué me abandonaste y accediste a que me llevaran a otro reino, lejos de ti.

Brida tragó saliva. Si bien siempre soñó con averiguar el paradero de su hija, sus deberes de monarca la absolvieron por completo y no tuvo ni tiempo de resolver esa parte de su pasado. Se culpó a sí misma de lo sucedido y pensó que, por lo menos, debió mantener contacto con aquella doncella que accedió a cuidar de ella en otro país.

- No pretendo apoderarme de tu trono – continuó Mara – Solo busco protección porque mi cuidadora falleció. Y pensé que, si se lo pedía a mi verdadera madre, estaría a salvo.

- Bueno, tendré que hablar con mi esposo primero.

- Eres la reina. Tu esposo deberá acatar tus órdenes.

- No es tan así. Quizás en los otros reinos se rigen a esa ley, pero en el reino del Oeste consideramos a los esposos como un igual, respetamos sus deseos y nos apoyamos mutuamente para llevar adelante la relación.

Mara abrió ligeramente los ojos, pero no dijo nada. Brida, mostrándole una media sonrisa, continuó:

- Dejaré que permanezcas en el palacio, como te dije antes. Y me aseguraré de que no te falte nada. Mi esposo es comprensivo, si le explico lo que sucedió, lo entenderá y accederá a protegerte. Por favor, te pido paciencia.

- Está bien, madre. Tendré paciencia.

El corazón de Brida se aceleró cuando escuchó la palabra “madre”, pero se contuvo de llorar delante de ella. En el fondo quería gritar, proclamar a los cuatro vientos que tenía una hija y que era el fruto de su primer amor. Recordó a Zaid y aquellos días de pasión juvenil que disfrutaron en las praderas. Y su cara pálida encerrada en el ataúd la invadió de una profunda depresión que creyó que nunca más lo superaría.

Y fue ahí que el rey Zuberi apareció, extendió su mano y la sacó de ese pozo profundo.

Él fue quien la orientó, la apoyó y la guio hacia su destino. Y solo por eso accedió a casarse con él, dejar que él la dominara en sus noches de pasión y acceder a cada uno de sus deseos para complacerlo y agradecerle por estar siempre a su lado.

- El rey Zuberi… ¿es mi padre? – le preguntó Mara, tras un largo tiempo de silencio.

- No. Tu padre falleció – respondió Brida – a él le habría encantado conocerte.

Mara casi lloró por esa noticia, pero se contuvo. Al menos le quedaba el consuelo de saber que su madre estaba viva. Pero le preocupaba el rey Zuberi, ya que él la trató con mucha frialdad y estaba segura de que haría lo posible por expulsarla del palacio.

Brida debió intuir su temor porque, de inmediato, le dijo:

- Mi esposo es un hombre bueno. Jamás te lastimaría. Por eso, voy a hablar con él para que acceda a cuidarte. Mientras, siéntate como en casa.

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Un par de días después, las cosas se calmaron en el palacio y la presencia de Mara fue algo cotidiano. Aún así, muchos nobles y sirvientes no paraban de mirarla cada vez que recorría los pasillos. La reina Brida le regaló algunos vestidos para que pudiera usar durante su estadía.

Mara fue al patio usando un vestido azul de mangas abultadas. Solía ir ahí para leer o tomar el té con la reina. En esos momentos, solo fue a leer. Y el rey Zuberi la contempló a lo lejos, pensando que en verdad lucía como la reina Brida en su juventud, cuando la conoció por primera vez.

“Se ha adaptado al palacio”, pensó el rey Zuberi. “Mi esposa me dijo que sea amable con ella, pero… ¿Acaso le importa lo que yo siento?”

Y es que, como rey, se encontraba en un callejón sin salida donde, eligiera lo que eligiese, la gente lo juzgaría sin contemplaciones. Si decidía aceptar a Mara, lo tomarían como un tonto sin orgullo. Pero si actuaba de forma hostil hacia ella, lo considerarían un hombre cínico, que no empatiza ni apoya a su esposa. Trató de mantenerse al margen lo más que podía con la excusa de que tenía mucho trabajo, pero tarde o temprano debía coincidir con ella y actuar de acuerdo a las circunstancias.

Y fue así cuando recibió un mensaje en su dispositivo comunicador, el cual era un aparato rectangular que usaba para llamar o enviar mensajes de texto. En ocasiones, podía proyectar imágenes holográficas del remitente, facilitando así la comunicación cara a cara.

Y, en esos momentos, se proyectó la imagen de su hermana menor, la duquesa Mila.

- ¿Mila? – le preguntó Zuberi - ¿A qué se debe tu llamada?

- Escuché lo de la supuesta hija de tu esposa – le respondió Mila – y quería saber cómo te sientes.

- No lo sé – dijo Zuberi – me siento confundido, pero no tengo otra opción más que aceptarla.

- Lo entiendo. En ese caso, cuenta con mi apoyo. Y cambiando de tema, quería avisarte que volvieron los piratas.

- ¿Piratas?

- ¡Sí! Se han fortalecido en estos últimos tiempos y, ahora, roban a los comerciantes que transportan los diamantes a las distintas regiones del reino.

- Entonces hablaré con mi tropa. La reina me permite actuar por mi cuenta en esta clase de casos, pero igual la mantendré al tanto.

- Yo atrapé a unos cuantos, con mi ejército privado, pero me gustaría contar con la ayuda de la Tropa Real, ya que capturaron a una familia de nobles que intercedían directamente con los burgueses y necesito rescatarlos sin que sufran daños.

- Entiendo. En ese caso, cuenta conmigo para eso.

Cuando se cortó la comunicación, el rey Zuberi dio un bufido. Los problemas se le acumulaban ya que no solo debía lidiar con la hija perdida de la reina sino, también, solucionar el problema de los piratas que arruinaban el negocio de los diamantes. El monarca recordó que, hacia cinco años atrás, cuando descubrieron la mina de diamantes entre las cordilleras que lindaba hacia el oeste de su reino, pronto se volvieron pioneros en el mercado y lograron salir de la crisis surgida tras el cambio de mando en el trono por culpa de la inexperiencia de Brida en su puesto de reina.

“Los diamantes son cotizados tanto por las reinas como las princesas y los príncipes de todas las naciones”, pensó el rey Zuberi. “Si los piratas siguen atacando a los comerciantes y capturando a los nobles que interceden con los burgueses, nos llevarán a la ruina porque los ofrecerán más baratos. A este paso, perderá su valor y las familias de la realeza ya no querrán usarlo como monedas de transacción”.

Decidió dejar tranquila a Mara en el patio, ya que consideraba que el problema de los piratas era más urgente. Contactó con varios burgueses encargados del comercio para que le pusieran al tanto de la situación y todos coincidían en que los ataques los perpetraban cerca de las costas.

- Entonces debemos apuntar aquí – le señaló en el mapa del reino el rey Zuberi a Lord Aries, su capitán de la tropa real y mano derecha – las cordilleras situadas a orillas del mar tienen muchos lugares donde pueden esconderse fácilmente. Lo que habría que averiguar es de dónde originan estos piratas, si son de los reinos vecinos o de nuestro propio reino.

- ¿Y si son visitantes de los continentes del “Viejo Mundo”? – le preguntó lord Aries.

- No lo sé, es difícil que un habitante del “Viejo Mundo” venga aquí, considerando que no resurgió ninguna otra sociedad avanzada, aparte de la nuestra, tras la caída de la civilización humana.

Ambos permanecieron varias horas conversando, hasta bien entrada a la noche. Al final, el rey se sintió agotado y decidió marcharse a su dormitorio para dormir.

Sabía que la reina Brida también estaría igual de agotada, por lo que decidió no visitarla. Aún así, le preguntó a un par de sirvientes que les asignaron el cuidado de Mara sobre el estado de la muchacha.

- La señorita Mara está bien.

- Ha ido al jardín a leer y, luego, regresó a su habitación.

- Casi es lo único que hace desde que llegó aquí.

- Bien – dijo el rey Zuberi – si surge algo, avísenme de inmediato.

Una vez que terminó su charla con los sirvientes, entró a su habitación y se echó a la cama. Su cuerpo se relajó y, poco a poco, su mente lo llevó al pasado, de cuando solía tomar el té con Brida para conocerse mejor.

Ella siempre iba con ese aire distraído y él trataba de ser educado con ella. Pero, con los encuentros, la entonces princesa heredera cambió su expresión y se sintió más interesada en su prometido. Y fue en esos momentos en que Zuberi lo tomó como una señal de que en verdad conseguiría conquistarla y controlar ese rebelde corazón que latía para otro más.

Capítulo 3

En una isla situada a varios kilómetros del reino del Oeste, había una guarida de piratas. El lugar estaba repleto de chatarra, con las cuales fabricaban barcos, avionetas y veleros de motores a máxima velocidad.

Un buen día soleado, un pequeño barco se acercó a la isla, portando una bandera negra con una calavera blanca al centro. Así reconocieron que eran de los suyos y los dejaron bajar a tierra. Los piratas que llegaron eran cuatro en total, y acarreaban pesados cofres repletos de diamantes que robaron de los comerciantes del reino del Oeste.

Todos se dirigieron a una alta torre de ladrillos vistos, donde les esperaba una mujer de unos cincuenta años, cabellos rubios y labios pintados en rojo. Ella se acercó, tomó un par de diamantes, sonrió y dijo:

- Excelente trabajo, muchachos. Pronto, podemos vender estos diamantes a todos los reinos del continente Tellus a un precio bajísimo. Sigan así y lograremos que el reino del Oeste se quede en la ruina.

- Sí, mi señora.

Cuando los hombres se retiraron, apareció delante de ella el capitán Oro, un pirata que era un par de años más joven que ella, tenía los cabellos largos y una enorme barba negra con algunas canas blancas debido a la edad.

- Señora, le traigo novedades del reino del Oeste que le pueden interesar – le saludó el capitán Oro.

- ¿Ah, sí? – dijo la mujer, alzando una ceja - ¿Qué tienes para decirme, capitán?

El capitán sacó del bolsillo de su saco un periódico, lo extendió y le mostró la portada, explicándole:

- La reina Brida recibió la visita de una misteriosa muchacha que se autoproclama su hija perdida. Tal parece que proviene del reino del Norte debido a sus vestimentas y dialectos, pero la reina la reconoció y ahora reside en el palacio real.

La mujer abrió la boca de la sorpresa. Había escuchado rumores sobre la supuesta hija perdida de la joven monarca, pero nunca creyó que fuesen reales. Al final, sonrió y dijo:

- Bueno, eso no me afectará en nada. Es más, estarán tan concentrados en esa chica que no prestarán atención a los ataques que hagamos en las costas. Sigamos como ahora para desestabilizar ese nefasto reino repleto de vacas y campos de cultivos.

- Como usted diga, señora.

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- ¡No puedo darte esa parcela de tierra que pertenece a mi reino!

- ¡Oh, vamos, majestad! ¿Olvidas que me debes un favorcito por haberte ayudado en el pasado? ¡Y ese favorcito casi mata a uno de mis hijos!

La reina Brida estaba discutiendo, desde su dispositivo comunicador en su oficina, con la reina del reino del Este, llamada Jucanda. Y es que, hacia cuatro años atrás, ella le dio una mano para evitar que un grupo rebelde surgido en uno de los países vecinos invadiera sus tierras. Si bien después de eso nunca más volvió a recordarle sobre el tema por andar ocupada con sus asuntos, de pronto retornó a su reclamo tras apaciguarse las aguas sobre el impacto que causó Mara en el palacio.

El problema era que las tierras que reclamaba la reina Jucanda se situaban bien al centro del continente, que lindaba justamente con el reino del Norte y Sur y donde extraía cobre para crear artefactos tecnológicos. Si le cedía a los del reino del Este, se le dificultaría tanto la extracción del material como el contacto directo con los reinos vecinos.

“En aquellos tiempos, yo era muy inexperta”, pensó Brida, con angustia. “Cometí muchos errores en mi primer año de monarca, entre los que se encuentra pedirles ayuda a las reinas del Norte y Este para contener a ese grupo rebelde que quería desestabilizar mi reino. Ahora ya no cometería más esos deslices, pero… ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo evitar perder todo ese territorio?”

Y mientras pensaba, la reina Jucanda le advirtió:

- Te conviene cederme esas tierras por las buenas, reina Brida. No me gustaría mandar mis tropas para invadir tu nación. Y sabes bien que mi reino cuenta con mejores recursos armamentísticos que el tuyo.

- Bueno, está bien. Tú ganas – resopló Brida – Te cederé esas tierras con una condición: que el duque o la duquesa que las administre se case con algún noble de mi nación. Así forjaremos una alianza matrimonial y garantizaremos la cooperación mutua entre ambos bandos.

La reina Jucanda pareció reflexionar las palabras de Brida. Luego, sonrió y le dijo:

- Uno de mis hijos será quien gestione esas tierras. Se llama Abiel. Es un príncipe, pero le otorgaré el título de duque para administrarlas con su propio ejército. Si quiere, puedo mandarlo a tu palacio para que puedas conocerlo.

- Me parece bien. Aguardaré su llegada.

Cuando cortó la comunicación, la reina Brida dio un largo bufido. Todavía no se recuperaba de los errores que cometió en sus primeros tiempos como monarca y eso la alteraba. Pero, en el fondo, se alegró de poder solucionar uno de sus problemas consiguiendo persuadirle a la reina Jucanda de crear un lazo matrimonial. Y si bien sería un príncipe quien gestionaría esas tierras en calidad de duque, la mujer que se casara con él podría persuadirle de que se pusiera a su favor para seguir extrayendo el cobre sin inconvenientes.

Y en eso pensaba cuando, de pronto, recibió la visita del rey Zuberi en su oficina.

- Esposa querida, me he comunicado con mi hermana Mila, quien me dice que los piratas volvieron a atacar a los comerciantes.

- ¿Otro problema más? ¡Ay, por la Diosa! – lamentó Brida.

- ¿Sucedió algo?

La reina Brida le explicó del reclamo que le hizo la reina del reino del Este, añadiendo que lamentaba haber cometido tantos errores en el pasado y que, de un día para otro, le estaban pasando factura. El rey Zuberi se acercó a ella, la abrazó y, acariciándole sus cabellos, le dijo:

- Todos cometemos errores, querida. Lo importante es aprender de ellos. En ese caso, me gustaría que me dejaras solucionar el tema de los piratas por mi cuenta, mientras que tú te encargas de negociar con ese príncipe para seguir obteniendo cobre de esas tierras.

- Está bien, esposo mío – dijo la reina – así lo haré.

Quizás fuese por la conmoción del momento, pero el rey Zuberi se animó a tomarla del mentón y plantarle un beso en su boca.

Brida no lo rechazó, por lo que el monarca continuó. Al principio fue un roce leve y, luego, procedió a separarle los labios con su lengua, explorando así su cavidad hasta hacerla perder el aliento.

Sin embargo, no pudo continuar porque la reina giró la cabeza y dijo:

- Basta, Zuberi. No es el momento.

El rey se separó y presionó sus labios ante el rechazo de su esposa. Sus instintos le indicaban que la tomara de los hombros y la empujara bruscamente por la pared, para someterla y tener control sobre su cuerpo. pero se mantuvo quieto y, con una voz apagada, le dijo:

- Lo lamento, esposa mía. Respetaré tu espacio y seguiré con lo mío. Le informaré si surge otro percance relacionado con los piratas. Con su permiso.

Cuando su esposo se retiró, la reina Brida sintió que sus rodillas le flaqueaban, por lo que se sentó en la silla de su escritorio.

Así la vio una de sus damas de compañía, que entró a la oficina de la reina para charlar sobre un asunto importante.

- ¡Majestad!

La mujer corrió hacia la reina y le abanicó su coloreado rostro con el abanico. La monarca la miró y le dijo:

- Estoy bien. Solo le mareé un poco.

- ¿El rey Zuberi le hizo algo? – se atrevió a preguntarle su dama de compañía – lo acabo de ver saliendo de su oficina, muy triste.

- No me hizo nada, puedes estar tranquila – mintió la reina – a todo esto, ¿hay algo que quieras decirme?

- Es sobre la señorita Mara, su hija. Se siente indispuesta.

Brida se levantó de su asiento, activó su dispositivo comunicador y se proyectó la imagen del médico real del palacio.

- ¿Diga, majestad? – le preguntó el doctor.

- Ve a la habitación de mi hija – le ordenó la reina – pregúntale si le duele algo e infórmame de su salud.

- Como usted diga, su alteza.

Cuando cortó la transmisión, volvió a sentarse en su asiento. Luego, tomó unos documentos donde figuraban los nombres de damas nobles solteras disponibles en el reino y le dijo a su dama de compañía:

- El príncipe Abiel del reino del Este vendrá en un par de días al palacio. Accedí a que se casara con una dama noble de nuestra nación para evitar perder esa parcela de tierra que con mucha insistencia me la reclama la reina Jucanda. Pero no sé quién estaría dispuesta a casarse con un príncipe…

- ¿Y qué hay de la duquesa Mila? – le preguntó la dama – Es bastante joven y sigue soltera.

- No lo sé – dijo Brida, mirando los documentos pertenecientes a la hermana del rey – el príncipe Abiel es muy joven para ella. Y la duquesa Mila se encarga de administrar las tierras pertenecientes a su familia, no sé si será demasiado…

- La duquesa Mila es una mujer muy preparada, su majestad. Seguro que ella podrá lidiar con toda la gestión de su ducado y las tierras del príncipe.

Brida casi no había hablado con la duquesa Mila en persona, pero sabía que era una mujer valiente y decidida. Si bien el rey Zuberi heredó esas tierras de su padre cuando le asignaron el título de duque, quien realmente las cuidaba era su hermana mayor, ya que él contrajo nupcias con la reina y debía encargarse de sus deberes de monarca y esposo. La duquesa, durante ese tiempo, logró mantener su ducado en muy buenas condiciones, tanto que muchos plebeyos vivían ahí ya que consideraban que tendrían una mejor calidad de vida en comparación a otras regiones del país.

- Quizás sea tiempo de darle un buen porvenir a mi cuñada – dijo Brida, mostrando una media sonrisa – el rey Zuberi está decepcionado de mí por forzarlo a aceptar a mi hija oculta en nuestro palacio. Espero que logre aplacar el rencor acumulado en su corazón al hacer casar a su hermana menor con un príncipe, el cual daría lo que fuera para cuidarla y hacerla feliz. Después de todo, entre familias debemos ayudarnos.

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