Portada de la novela Donde Todo Comenzo

Donde Todo Comenzo

9.7 / 10.0
La promesa de amor que Ana y Martín sellaron en su niñez se desvanece cuando la vida los lleva por caminos opuestos. Años después, él vuelve convertido en un poderoso multimillonario, mientras ella enfrenta una dura realidad marcada por la pérdida y la pobreza. Su reencuentro desata una lucha entre el deseo y las profundas heridas del ayer. En un entorno de traiciones y lujo, deberán probar si su conexión es más fuerte que el abismo social que los separa.
Resumen de Donde Todo Comenzo
La promesa de amor que Ana y Martín sellaron en su niñez se desvanece cuando la vida los lleva por caminos opuestos. Años después, él vuelve convertido en un poderoso multimillonario, mientras ella enfrenta una dura realidad marcada por la pérdida y la pobreza. Su reencuentro desata una lucha entre el deseo y las profundas heridas del ayer. En un entorno de traiciones y lujo, deberán probar si su conexión es más fuerte que el abismo social que los separa.
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Donde Todo Comenzo Capítulo 1

El sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, pintando el cielo con tonos de naranja y rosado. Las calles del barrio bullían con los sonidos habituales: niños jugando, el silbido de un vendedor ambulante y el ladrido ocasional de un perro. Pero en la esquina más apartada, justo donde el barrio se perdía en un terreno baldío, había un viejo árbol de mango. Allí, dos figuras se encontraban sentadas bajo su sombra.

Martín, con quince años recién cumplidos, descansaba la cabeza contra el tronco rugoso del árbol. Su cabello desordenado y su camisa un poco grande le daban un aire despreocupado que contrastaba con la seriedad de sus pensamientos. A su lado estaba Ana, de trece años, con los pies descalzos y un vestido que le quedaba un poco corto, fruto del estirón que había dado ese año.

-¿Qué crees que hay más allá? -preguntó ella de repente, rompiendo el silencio que habían compartido por varios minutos.

Martín levantó la mirada del libro que tenía en las manos. Le gustaba leer bajo ese árbol, aunque pocas veces entendía completamente las historias.

-¿Más allá de qué? -preguntó, parpadeando como si volviera de un lugar lejano.

-Del barrio. Más allá de las casas, de la calle principal... ¿Cómo será? -Ana se abrazó las rodillas y miró al horizonte, donde el terreno baldío parecía tocar el cielo.

Martín pensó por un momento.

-Debe ser como los libros. Lleno de cosas nuevas, de lugares que ni imaginamos.

Ana soltó una risa suave.

-Tú siempre con tus libros. Yo creo que debe ser diferente, como... más grande, más ruidoso.

Martín sonrió, pero no dijo nada. Le gustaba escucharla hablar, incluso si a veces no sabía cómo responder.

El viento movió las hojas del árbol, dejando caer uno de los mangos maduros que todavía colgaban de las ramas. Rodó hasta detenerse cerca de Ana, quien lo recogió con cuidado.

-¿Sabes? -dijo mientras examinaba el mango entre sus manos-. A veces siento que este árbol sabe más de nosotros que nosotros mismos.

Martín levantó una ceja, divertido.

-¿El árbol? ¿Qué podría saber?

-Todo. Sabe que venimos aquí cuando estamos tristes o cuando queremos escapar de casa. Que siempre peleamos por quién se queda con los mangos más dulces. Y sabe que... -Ana se detuvo, como si estuviera pensando si debía decir lo que pasaba por su mente.

-¿Que qué? -insistió Martín, inclinándose hacia ella.

Ana lo miró directamente a los ojos, algo que no hacía muy a menudo.

-Que tú te vas a ir algún día, y yo me voy a quedar aquí.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una hoja que cae lentamente. Martín frunció el ceño, sorprendido.

-¿Por qué dices eso? -preguntó, su tono más serio de lo habitual.

Ana desvió la mirada, volviendo a centrarse en el mango.

-Porque lo sé. Siempre hablas de lugares lejanos, de cosas que quieres hacer. Y yo... yo no sé si tengo algo que me haga especial como para salir de aquí.

Martín dejó su libro a un lado y se sentó frente a ella, cruzando las piernas.

-Eso no es cierto, Ana. Tú eres más especial que cualquiera que conozca.

Ella se rió, pero su risa fue amarga.

-Eso dices porque somos amigos.

-No, lo digo porque es verdad. Eres lista, eres valiente, y... -Martín dudó por un instante antes de continuar-, y haces que todo sea más fácil cuando estoy contigo.

Ana levantó la mirada, sorprendida. Martín rara vez decía cosas como esa.

-¿De verdad crees eso? -preguntó en un susurro.

Él asintió con firmeza.

-Claro que sí.

El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era incómodo. Era como si algo invisible y profundo hubiera pasado entre ellos.

Después de un rato, Martín se levantó y extendió una mano hacia Ana.

-Ven, quiero mostrarte algo.

Ella tomó su mano sin pensarlo dos veces. Lo siguió mientras la guiaba hacia un claro en el terreno baldío, no muy lejos del árbol. Allí, el suelo estaba cubierto de flores silvestres, pequeñas y amarillas, que brillaban bajo la luz del atardecer.

-¿Qué es esto? -preguntó Ana, maravillada.

-Lo descubrí hace unos días. Pensé que te gustaría.

Ana se agachó para tocar las flores, como si no pudiera creer que algo tan bonito estuviera tan cerca de casa.

-Es hermoso -susurró.

Martín la observó con una mezcla de orgullo y nerviosismo. Había estado planeando ese momento, aunque no sabía bien por qué.

-Ana, quiero que me prometas algo -dijo de repente.

Ella lo miró, sorprendida por el cambio en su tono.

-¿Qué cosa?

Martín tomó aire, como si estuviera reuniendo valor.

-Que pase lo que pase, siempre recordarás este lugar. Y que, cuando sea el momento, vendrás aquí para que nos volvamos a encontrar.

Ana frunció el ceño, confusa.

-¿Por qué dices eso? ¿Planeas irte?

Martín bajó la mirada. No quería mentirle, pero tampoco sabía cómo explicarle que sentía que su destino estaba en otra parte.

-Solo promételo -insistió.

Ana lo observó por un momento, tratando de descifrar lo que pasaba por su mente. Finalmente, asintió.

-Te lo prometo.

Martín sonrió, aliviado.

-Entonces, yo también te prometo algo. Pase lo que pase, siempre voy a volver por ti.

Ana sintió que su corazón se aceleraba. Había algo en su voz, en la forma en que lo dijo, que la hizo creerle.

-Más te vale cumplirlo, Martín -dijo con una sonrisa.

Él extendió el meñique, y Ana hizo lo mismo. Sellaron la promesa con ese gesto infantil, pero que para ellos significaba todo.

El sol terminó de ocultarse, y el cielo se llenó de estrellas. Bajo la luz de la luna, el árbol de mango parecía más imponente que nunca, como si fuera un guardián de sus secretos.

Cinco años después

El tiempo había pasado velozmente. Martín, ahora un joven de 20 años, estaba de pie frente a la estación de autobuses del barrio, su maleta a un lado. Había conseguido una beca para estudiar ingeniería en un prestigioso instituto en el extranjero. Era la oportunidad de su vida, pero no se sentía del todo feliz.

Ana estaba allí con él, tratando de esconder las lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas. Tenía dieciocho años y acababa de terminar la preparatoria. La idea de que Martín se fuera la llenaba de orgullo, pero también de un vacío indescriptible.

-No me gusta despedirme -dijo ella, rompiendo el silencio.

-Esto no es una despedida, Ana. Solo será un "hasta luego" -respondió Martín, tratando de sonar más seguro de lo que realmente estaba.

Ella bajó la mirada, pero no respondió.

-Ana, mírame -dijo él, tomando su rostro entre sus manos-. ¿Recuerdas nuestra promesa?

Ella asintió. Claro que la recordaba. La había repetido tantas veces en su mente que se había convertido en su refugio en los días difíciles.

-Voy a volver por ti. No importa cuánto tiempo pase, ni dónde esté. Tú eres mi casa, Ana.

Ana finalmente dejó escapar las lágrimas, pero también sonrió.

-Más te vale, Martín. Si no vuelves, te juro que iré a buscarte.

Él rió suavemente y le dio un último abrazo. Cuando subió al autobús, miró por la ventana hasta que Ana desapareció de su vista.

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