Capítulo 2

El sol de la mañana golpeó la piedra gris del edificio del Tribunal de Familia, pero no ofreció calor alguno.

Alteza estaba de pie cerca de uno de los pilares masivos, temblando dentro de su delgado blazer negro. Era un traje barato de Zara, una de las pocas cosas que había comprado con su propio dinero de la mesada, pero se ajustaba perfectamente a su figura.

La cabeza le daba vueltas. El mundo se inclinaba ligeramente hacia la izquierda.

Estaba anémica. Anemia crónica, inducida por tres años de donaciones de "emergencia". Su cuerpo funcionaba con los últimos vapores de energía. Apoyó el hombro contra la piedra fría, cerrando los ojos, deseando que los puntos negros en su visión desaparecieran.

Un zumbido bajo de motor se acercó.

Un Maybach negro y elegante se detuvo junto a la acera. Era agresivo, ocupando demasiado espacio, exigiendo atención.

La puerta trasera se abrió.

Surco bajó.

Lucía impecable. Su traje azul marino era de lana italiana hecha a medida, sin una sola arruga a la vista. Su cabello estaba peinado hacia atrás con gel, su mandíbula afilada. Parecía un hombre dueño del mundo.

Se ajustó los puños, sus ojos escaneando la acera hasta que aterrizaron en ella.

No dijo hola. No preguntó cómo estaba.

Subió los escalones, con el rostro torcido en una mueca de molestia.

-¿Por qué diablos no contestaste el teléfono anoche?

Su voz era un ladrido. Se detuvo a medio metro frente a ella, imponiéndose con su altura.

-Escarcha esperó toda la noche. ¿Tienes idea de lo egoísta que eres?

Alteza abrió los ojos. Lo miró hacia arriba.

Durante años, este rostro había sido su sol. Ella había girado en torno a sus estados de ánimo, sus necesidades, sus raras migajas de aprobación. Ahora, mirándolo, sentía... nada. Solo un silencio hueco y resonante donde solía estar su amor.

No respondió. Metió la mano en su bolso y sacó la carpeta.

-Vamos adentro -dijo ella. Su voz era plana-. No me hagas perder el tiempo.

Surco parpadeó. Miró la carpeta, luego de vuelta a su cara. Soltó una risa corta e incrédula.

-¿De verdad vas a hacer esto? -sacudió la cabeza, pasándose una mano por el cabello-. Recio me dijo que presentaste una moción de emergencia. ¿Cómo pudiste siquiera pagar la tarifa de presentación, y mucho menos conseguir un turno tan rápido? ¿Vendiste los aretes que te compré para Navidad?

-Adentro -repitió ella, dándole la espalda.

Caminó a través de las puertas giratorias. Surco la siguió, sus pasos pesados y furiosos detrás de ella. Estaba convencido de que esto era un truco desesperado y costoso financiado empeñando sus regalos.

En la sala de mediación, el aire olía a café rancio y cera para pisos.

Recio estaba allí. Estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de caoba, con una pila de documentos frente a él.

Recio era el viejo amigo y abogado corporativo de Surco. Pero cuando Alteza entró, Recio se puso de pie. Se abotonó el saco. Le dio un asentimiento, una inclinación de cabeza pequeña, casi imperceptible, que conllevaba un peso de respeto que Surco no notó.

-Siéntate -ordenó Surco, sacando una silla para él pero dejando la de ella metida.

Alteza se sentó. Deslizó los papeles a través de la madera pulida.

-Renuncié a la pensión alimenticia -dijo-. Renuncié al reclamo sobre la propiedad. Renuncié al apoyo conyugal. Solo quiero la disolución. Efectiva inmediatamente.

Surco tomó el documento. Lo escaneó, sus cejas juntándose.

Había esperado una pelea. Había esperado que ella pidiera millones. Había preparado un discurso sobre cómo ella no merecía nada porque venía de la nada.

Pero ella estaba pidiendo... nada.

Le molestó. Se sentía como si ella estuviera haciendo trampa en un juego que él se suponía debía ganar.

-¿Así que eso es todo? -se burló Surco, tirando el papel de vuelta sobre la mesa-. ¿Estás tratando de hacerme sentir culpable? ¿Jugando a la mártir? "¿Oh, mírenme, me voy sin nada para que Surco se sienta mal?"

Se inclinó hacia adelante, con los ojos fríos.

-No va a funcionar. Si quieres que te ruegue para que vuelvas a casa, necesitas esforzarte más.

Alteza miró sus manos. Recordó cómo esas manos solían sentirse cálidas. Ahora solo parecían garras.

-Surco -dijo suavemente-. Firma el papel. A partir de este momento, si vivo o muero no es asunto tuyo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Surco sintió un pinchazo de irritación en el pecho. Los ojos de ella estaban muertos. No había fuego, ni lágrimas, ni súplicas. Solo un vacío.

-Bien -espetó él-. Si quieres ser una divorciada indigente, sé mi invitada.

Agarró la pluma estilográfica que Recio le ofreció. Trazó su firma violentamente en la línea inferior. La punta rasgó el papel ligeramente.

Surco.

Estaba hecho.

Surco tiró la pluma. Se puso de pie, revisando su Rolex.

-Listo. Ahora que el drama terminó, vámonos.

Alteza levantó la vista, confundida. -¿Ir a dónde?

-Al hospital -dijo Surco, como si le hablara a una niña lenta-. La cirugía de Escarcha está programada para el mediodía. Necesitamos almacenar la sangre ahora.

Le alcanzó el brazo. -Vamos. Mi auto está afuera.

Realmente lo creía. Creía que el fin legal de su matrimonio no cambiaba nada sobre su servidumbre. Creía que todavía era dueño de su sangre.

Alteza se puso de pie. Se alisó las solapas de su blazer barato.

Una risa pequeña y oscura burbujeó desde su garganta. Sonaba extraña para sus propios oídos.

-Señor Surco -dijo ella.

Surco se congeló. Frunció el ceño. -¿Cómo me llamaste?

-Parece que ha olvidado algo -dijo Alteza. Dio un paso atrás, poniendo la mesa entre ellos-. La persona que estaba obligada a proteger a su esposa ya no existe.

-Alteza, basta -advirtió Surco, su voz bajando una octava-. Deja de hacerte la difícil. ¿Cuánto quieres? ¿Quinientos mil? ¿Un millón? Solo ponle precio. Sé que estás en la quiebra.

Alteza inclinó la cabeza. Lo miró con una mezcla de lástima y repulsión.

-Mi sangre -susurró-, es algo que no podrías pagar ni vendiendo toda tu empresa.

Dio media vuelta.

Surco se lanzó hacia ella. -¡No te atrevas a darme la espalda!

Le agarró la muñeca. Su agarre fue duro, capaz de dejar moretones.

Alteza reaccionó al instante. Arrancó su brazo con una violencia que lo sobresaltó. Se frotó la piel donde él la había tocado, como si se limpiara baba.

-No me toques -siseó ella. Sus ojos brillaron con una intensidad repentina y aterradora-. Me das asco.

Surco retrocedió. Se quedó congelado, con la mano aún suspendida en el aire.

Nunca la había escuchado hablar así. Era como si un extraño hubiera ocupado su cuerpo.

Alteza no esperó. Empujó las pesadas puertas de madera, saliendo al pasillo.

La luz del sol le golpeó la cara al salir del edificio. Sus rodillas se doblaron ligeramente. Estaba débil, mareada y hambrienta. Pero su pecho se sentía más ligero de lo que lo había hecho en años.

Llamó a un taxi amarillo.

-Al Hospital San Lucas -le dijo al conductor.

No iba a dar sangre. Iba a entregar un mensaje.

Mientras el taxi se alejaba, se permitió llorar. Una sola lágrima recorrió la base de maquillaje barata en su mejilla. Fue la última lágrima que derramaría por el pasado.

En la acera, Surco vio desaparecer el taxi en el tráfico.

Sentía el pecho apretado. Una ansiedad extraña y vibrante zumbaba bajo su piel.

Su asistente se acercó a su lado, sosteniendo una tableta. -¿Jefe? ¿Debo hacer que el chofer la siga al hospital?

Surco apretó la mandíbula. -No. Va para allá de todos modos. Se dará cuenta de que no tiene a dónde más ir. Una vez que esté en la quiebra y hambrienta, volverá arrastrándose.

Pero mientras lo decía, las palabras le supieron a ceniza en la boca.

Capítulo 3

El ala VIP del Hospital San Lucas no olía a hospital. Olía a lirios frescos y a cera para pisos cara. El silencio aquí se compraba a diez mil dólares la noche.

Alteza salió del elevador. Sus tacones no hacían ruido sobre la alfombra afelpada.

Dos guardaespaldas estaban parados afuera de la Habitación 808. La vieron y se hicieron a un lado, asintiendo. Para ellos, ella seguía siendo la Señora Surco, la bolsa de sangre obediente.

Ella no los corrigió.

Empujó la puerta para abrirla.

Escarcha estaba sentada en la cama. Sostenía una cuchara, comiendo delicadamente de un tazón de porcelana. Sopa de nido de golondrina. Sus mejillas estaban sonrosadas de salud, sus ojos brillantes mientras se desplazaba por su teléfono con la mano libre.

En el momento en que la puerta se abrió, Escarcha se congeló.

En menos de un segundo, ocurrió la transformación. La cuchara repiqueteó en el tazón. Escarcha se dejó caer contra las almohadas. Sus ojos se cerraron a medias, su respiración se volvió superficial y laboriosa.

-Alteza... -susurró Escarcha, con voz temblorosa-. Por fin viniste. Surco dijo que me salvarías...

Alteza entró en la habitación. No se detuvo a los pies de la cama. Caminó hacia el costado, imponiéndose sobre la mujer acostada.

Alcanzó detrás de ella sin mirar y giró el seguro de la puerta.

Clic.

El sonido fue pequeño, pero en la habitación silenciosa, sonó como un disparo.

Los ojos de Escarcha parpadearon. La actuación vaciló por un milisegundo. -¿Por qué... por qué cerraste la puerta?

Alteza tomó el historial médico colgado a los pies de la cama. Lo abrió de golpe.

-Hemoglobina, 12.5 -leyó Alteza en voz alta-. Presión arterial, 120 sobre 80. Ritmo cardíaco, estable.

Cerró la carpeta de golpe y la dejó caer sobre la cama. Aterrizó en las piernas de Escarcha.

-Estás más sana que yo, Escarcha. ¿Actuar te agota, o la adrenalina de ser una sociópata te mantiene en marcha?

La cara de Escarcha cambió. La flor débil y moribunda se desvaneció. Sus labios se curvaron en una mueca de desprecio.

-¿Y qué? -Escarcha se rió. Fue un sonido feo-. No importa lo que diga el historial. Si digo que estoy mareada, Surco entra en pánico. Si digo que necesito sangre, él te desangra a ti. Así es como funciona.

Escarcha se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un susurro conspirador. -Él estuvo aquí anoche, sabes. Justo en esta cama. Me dijo que eres como un trozo de madera. Aburrida. Fría.

Alteza sintió que una calma se asentaba sobre ella. Era el ojo de la tormenta.

-¿Ah, sí? -preguntó Alteza.

Escarcha, malinterpretando el silencio como derrota, extendió la mano. Agarró la manga de Alteza con una fuerza sorprendente.

-Ve a llamar a la enfermera -ordenó Escarcha-. Quiero mi transfusión. Y tráeme un chocolate caliente mientras vas.

Alteza miró la mano en su manga.

Se movió.

Arrancó su brazo. Escarcha jadeó, lanzándose hacia atrás contra la cabecera, abriendo la boca para gritar.

Antes de que el sonido pudiera salir de su garganta, la mano de Alteza se movió por el aire.

¡ZAS!

El sonido fue húmedo y nítido.

La palma de Alteza conectó con la mejilla de Escarcha con cada onza de frustración, traición y rabia que había reprimido durante tres años.

La cabeza de Escarcha se sacudió hacia un lado. El silencio que siguió fue absoluto.

Alteza flexionó la mano. Le ardía la palma. Se sentía increíble.

-Eso -dijo Alteza, con voz firme-, fue por la chica que pasó tres años vaciando sus venas por una mentirosa.

Escarcha se tocó la mejilla. Una huella de mano roja estaba floreciendo allí, vívida contra su piel pálida.

-¡Me pegaste! -chilló Escarcha-. ¡De verdad me pegaste! ¡Surco te va a matar!

Alteza se inclinó. Agarró la barbilla de Escarcha, sus dedos clavándose en la carne suave, obligando a la otra mujer a mirarla a los ojos.

-Grita más fuerte -susurró Alteza-. A ver si él puede des-abofetearte la cara.

Escarcha luchó, con los ojos muy abiertos por un miedo genuino ahora. Esta no era la Alteza que conocía. Esto era algo peligroso.

-Tengo los registros digitales -mintió Alteza con fluidez, aunque sabía que su contacto ya había asegurado los archivos reales del servidor del hospital-. Los que creíste que habías borrado. Si alguna vez te me vuelves a acercar, todos los noticieros de Nueva York publicarán la historia de la "Heredera Falsa".

La perilla de la puerta se sacudió violentamente.

-¿Escarcha? ¿Alteza? -La voz de Surco llegó desde el pasillo, amortiguada pero furiosa.

Los ojos de Escarcha se iluminaron. Inmediatamente se despeinó el cabello y soltó un gemido de desesperación.

BAM.

Una bota pesada pateó la puerta cerca de la cerradura. La madera se astilló.

La puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared.

Surco entró corriendo, con el pecho agitado. Asimiló la escena: Escarcha sollozando en sus manos, con la mejilla roja brillante, y Alteza de pie junto a la cama, pareciendo un verdugo que acababa de dejar caer el hacha.

-¡Surco! -lloró Escarcha, señalando con un dedo tembloroso-. ¡Intentó matarme! ¡Está loca!

Surco vio la marca roja. Una vena le saltó en la frente.

Cargó contra Alteza, con la mano levantada como para empujarla.

Alteza no se inmutó. No retrocedió. Le sostuvo la mirada, canalizando la autoridad helada de su padre, Beliger.

-Tócame -dijo, su voz bajando a un susurro mortal-, y pierdes la mano.

Surco se congeló. Su mano flotó a centímetros del hombro de ella. La pura amenaza radiante que emanaba de ella lo detuvo en seco. Era como mirar a los ojos de un depredador, no de una presa.

El aire en la habitación se volvió espeso, sofocante.

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