Aparté el celular de la oreja y colgué.
La pantalla se apagó.
***
Pensé que no podría dormir, pero no fue así. Esa noche me quedé dormida en cuanto toqué la almohada.
Cuando desperté, ya habían pasado de las dos de la madrugada. Me despertó la sed. El invierno del norte es seco y frío, y todavía no terminaba de acostumbrarme.
Bajé a tomar un vaso de agua. Pero, justo cuando iba a subir las escaleras, escuché un ruidito muy leve que venía del baño.
¡Hay un ladrón en la casa! Todo mi cuerpo se tensó al instante. Sentí cómo se me erizaba la piel.
El corazón me dio un vuelco. Contuve la respiración, me quedé quieta un momento, y luego avancé descalza, con cuidado.
Mi celular estaba arriba. Tenía que subir para llamar a la policía.
Pero justo cuando estaba a punto de llegar a las escaleras, la puerta del baño se abrió de golpe.
Se me erizó hasta el cuero cabelludo del susto. Por instinto, agarré el paraguas que estaba a un lado y lo lancé sin pensar. El hombre lo atrapó de inmediato. Antes de que pudiera gritar, me jaló hacia él y me tapó la boca.
Fue entonces cuando, horrorizada, caí en cuenta de que… no llevaba ropa interior. El camisón, sostenido apenas por los tirantes, dejó mi espalda al descubierto, y se pegó directo a su pecho desnudo. Había calor, vapor… y un ligero aroma a verbena húmeda.
¡Carajo! ¡Este ladrón no solo se metió a mi casa, sino que encima anda desnudo!
Temí que me asfixiara. Giré la cabeza y le mordí el antebrazo con todas mis fuerzas, forcejeando desesperada.
Pero su fuerza era demasiado grande. Me sujetó con firmeza y, cuando me di cuenta de que no podía zafarme, me entró el pánico de verdad.
Estaba asustada, furiosa y desesperada. Pensé que, por haberlo descubierto, podría matarme para silenciarme… ¡y mis papás estaban arriba!
Con la voz temblorosa, casi llorando, supliqué:
—No… no me mates. En el mueble junto al balcón está el dinero que mi papá tiene escondido; debe haber unos doscientos dólares. Si no te alcanza, puedo transferirte un poco más, pero no tengo mucho, apenas unos cuantos miles dólares. Agarra el dinero y suéltame; y hacemos de cuenta que esto nunca pasó. Yo esta noche no vi nada, no sé quién eres. Soy joven, ni siquiera he tenido novio ni me he casado… no quiero morirme, por favor.
Escuché una risita apagada junto a mi oído y, al instante siguiente, se encendió la luz de la sala.
Cuando mis ojos se adaptaron a la luz cegadora, vi frente a mí a un hombre joven. Tenía el torso desnudo. Pequeñas gotas de agua resbalaban por sus músculos firmes y bien definidos, bajaban por la cintura y caían al suelo.
Era muy alto. Me sacaba al menos una cabeza; debe haber medido como un metro ochenta y tantos. Frente a él, yo parecía diminuta.
Lo miré unos segundos y dije, con una mezcla de emociones:
—Oye, con esa cara podrías ser modelo o, no sé, irte de acompañante de alguna señora con dinero y ganarte fácil cuatro o cinco mil dólares. ¿Qué se te ocurre venir a robar a mi casa? ¡Si somos pobres!
Sus labios finos, de un tono rosado, se curvaron levemente. Y entonces noté que su voz también sonaba bien.
—Tú eres Celina, ¿verdad? Soy el inquilino de al lado. Se me descompuso el calentador y tu mamá me dijo que podía venir a bañarme aquí. Perdón, te asusté.
Me quedé en blanco un momento. Entonces recordé que, en el camino, mi mamá había mencionado algo sobre que la casa de al lado ya estaba alquilada.
Nuestra familia había comprado dos casitas juntas, frente al mar. En una ciudad pequeña no valían mucho, pero el paisaje era precioso. El balcón daba directo al océano, y con el desarrollo del turismo, poco a poco empezaron a llegar inquilinos.
Sentí tanta vergüenza que quise desaparecer. Con la cara roja hasta las orejas, balbuceé:
—Perdón, yo…
Él hizo un gesto con la mano.
—Fue culpa mía también. Yo también me asusté… y vaya que lo pagué.
En su antebrazo había una marca redonda de dientes, ya empezaba a sangrar.
Me llené de culpa.
—De verdad lo siento mucho. Voy por yodo para desinfectarte.
Antes de venir aquí, jamás imaginé que la primera noche terminaría sentada en el sofá con un hombre desconocido.
Y casi con la cabeza pegada a la suya.
Presioné un algodón sobre su herida. Entonces supe que se llamaba Bernardo Reynaud. Era pintor, y había venido a la zona para hacer bocetos del paisaje.
—Parece bastante profundo —fruncí el ceño al mirar la mordida—. ¿No deberías ponerte una vacuna?
Bernardo se tocó la barbilla, muy serio.
—Yo creo que sí. Una antirrábica.
Tardé un segundo en entender que me estaba insultando. Lo miré con rabia, aunque sin mucha convicción: al final la culpa era mía.
Bernardo se rió.
—Oye, pero mírala bien. Tu mordida quedó bastante redonda. Tiene cierto sentido estético.
***
Mi mamá estaba encantadísima con Bernardo. Todo el tiempo lo invitaba a comer a la casa.
A escondidas, me guiñaba el ojo y me apretaba el brazo, toda emocionada:
—Bernardo es un encanto. Siempre ayuda a tu papá y a mí con lo que sea. Míralo nada más, ¡qué guapo está! Si ustedes dos se casan y luego tienen un bebé, ese niño va a salir guapísimo…
Yo suspiré, resignada.
—Mamá, ya. Basta.
No es que Bernardo no me gustara. Pero una vez vi el abrigo de lana que él usaba. Lo dejó tirado, como si nada, sobre el respaldo del sofá. Y yo ya lo había visto antes en Antonio. Un abrigo de una casa de sastrería artesanal, de esas con siglos de historia. Uno de esos no bajaba de los diez mil dólares.
O sea: otro rico, otro mundo.
Aun así, Bernardo era buenísimo para caerle bien a la gente. Hablaba muy bien, sabía decir lo justo. Desde que llegó, él se encargaba de cargar los bidones de agua a la casa; incluso mi papá, que es muy exigente, no paraba de elogiarlo.
Tanto que el día de Año Nuevo mi mamá también lo invitó a comer con nosotros.
Yo le reclamé en voz baja:
—¿Y tú por qué lo invitaste?
Mi mamá me miró como si yo fuera la mala.
—Pobrecito, él está solo aquí. ¿Te parece bien dejarlo pasar el Año Nuevo solito, sin nadie?
No tuve forma de discutirle. Solo pude ver, impotente, cómo Bernardo se sentaba a la mesa, con esos ojos claros, brillantes, siempre a punto de sonreír.
—¡Qué rico cocinas!
A mi mamá casi se le iba la sonrisa hasta las orejas.
—Si te gusta, come más.
Entre una cosa y otra, mi mamá terminó soltando un suspiro y mirándome de reojo.
—Celina, ¿y yo cuándo voy a conocer a tu novio?
Con Bernardo ahí, me dio una vergüenza horrible.
—Mamá, ¿qué dices?
Bernardo me miró y habló como si fuera lo más natural del mundo.
—Celina es tan guapa que seguro le sobran pretendientes. No te preocupes.
Mi mamá frunció los labios.
—¿Y cómo no me voy a preocupar? Seguro salió igualita a mí; desde chiquita era bonita. Ay, ahora mismo te enseño fotos de cuando era niña.
Ya no aguanté.
—¡Mamá!
Pero Bernardo apenas sonrió.
—Claro. Me encantaría.
***
Después de cenar, mi mamá de verdad sacó el álbum de fotos y se puso a verlo con Bernardo.
—Mira, aquí tenía cien días de nacida, bien gordita, ¿no estaba preciosa? Y mira, de chiquita Celina era una ternura, con los ojazos. En el barrio todos la adoraban, decían que parecía muñeca.
—Y esta es de la primaria, en una presentación, ¡ay no! Ese rubor gigante, me muero de risa.
Mi mamá no alcanzó a terminar de pasar las páginas cuando mi papá la llamó. Ella se fue, dejándonos ahí.
Me acerqué, incómoda.
—Mi mamá es así, no le hagas caso. Si no quieres seguir viendo, déjalo ahí.
Bernardo levantó la vista; en sus ojos claros había una risa suave.
—No me molestó. Tu mamá tiene razón, de chiquita sí eras muy linda.
Me quedé congelada.
***
Sin darme cuenta, ya era la una de la madrugada. Afuera todavía había gente lanzando fuegos artificiales.
Yo estaba en el balcón, con una lata de cerveza en la mano, y aun así no pude evitar acordarme de lo que me dijo una amiga.
Que Antonio iba a llevar a Marcela de vacaciones a la playa. Y en su tono se notaba esa mezcla de enojo y "te lo dije":
—¿Cómo es posible que llevas tanto tiempo a su lado y nunca lo hayas conquistado? ¡Si estuvieras con él, te ahorrarías años de esfuerzo, en serio!
Yo solo sonreí, sin saber qué decir. Ellos seguro andaban ya como otras parejas, súper dulces, súper felices. Y de ahora en adelante, cada Año Nuevo, ya no iba a necesitarme.
Como si, a partir de ahora, su vida tampoco me necesitara a mí.
Cuando mis amigas se enteraron de lo mío con Antonio, también me dijeron que era una tonta, que era humillante, que me estaba rebajando. Y yo lo sabía. Sí, lo era.
Él nunca habló de quererme, y aun así yo me quedé ahí, en esa zona gris, sin nombre. Porque lo amaba demasiado. No soportaba perderlo. Y aunque fuera una cercanía falsa, esa intimidad engañosa me hacía sentir que, por lo menos un poco, lo tenía.
Pero al final, esas alegrías prestadas eran como los fuegos artificiales en el cielo: brillaban un instante y se apagaban.
—¿Te molesta?
La voz me interrumpió. Me giré.
Bernardo estaba ahí, con un cigarro entre los labios, inclinando la cabeza hacia mí.
Negué con la cabeza, y él se acercó. Se cubrió la llama con las manos, encendió el cigarro y aspiró hondo.
Yo, por no quedarme en silencio, dije lo primero que se me ocurrió:
—¿Tú vas a pasar el Año Nuevo solo aquí? ¿Y tus papás?
Bernardo soltó el humo, con calma.
—Están lejos.
Me dieron ganas de darme una bofetada. Me apresuré a disculparme:
—¡Ay, perdón!
Bernardo me miró, y en sus ojos apareció una sonrisa.
—Están de viaje. Ahora mismo están en un crucero, de paseo.
Me quedé callada, sintiéndome la persona más tonta del mundo.
Bernardo se rió. El humo se le fue a la garganta y tosió un par de veces. Luego, como si nada, tomó mi cerveza y le dio un trago.
Yo solté, seca:
—A esa cerveza ya le tomé.
Él me pasó otra, sin destapar, pero se quedó con la mía como si fuera lo más natural.
—¿Y aquí qué se hace en invierno?
Me cambió el tema sin esfuerzo. Lo pensé un poco.
—La verdad, no hay mucho. Hace un frío tremendo. Puedes ir al cine.
Bernardo asintió apenas, como diciendo "ya entendí".
Para romper el silencio, pregunté con curiosidad:
—¿Y tú por qué viniste aquí?
—A hacer bocetos —Bernardo entrecerró los ojos, mirando a lo lejos—. ¿No te parece que el invierno aquí es hermoso?
—Eso sí, ¿y cuándo te vas?
Esta vez no respondió de inmediato.
Después de un rato, apagó la colilla aplastándola contra una lata. La comisura de sus labios se le alzó apenas, casi imperceptible.
—Pensaba irme en primavera, pero ahora, de repente, me dieron ganas de quedarme un poco más.
—¿Por qué?
—Porque…
Mi celular sonó de repente. Era un número desconocido.
Le hice una seña a Bernardo. Él entendió y salió del balcón, con discreción.
—¿Hola?
Del otro lado se hizo un silencio largo, y entonces escuché la voz de Antonio:
—Celina, ¿cambiaste de número?