Capítulo 2

* * * * * * * HOPE STEVEN * * * * * * * * *

«Mierda», preciso en silencio al ver, de forma incrédula, a la mujer dentro de la pileta del parque. A la mujer que yo había tirado (tenía que aclarar).

—Señorita —le digo preocupado al reaccionar; y así, acercarme a ella para ayudarla a levantarse—. ¿Está bien? ¿Se lastimó? —le pregunto al tomar una de sus manos, la cual acepta sin resistencia alguna (lo cual me sorprende, ya que cualquier mujer estaría furiosa si un desconocido la tira a la fuente de agua de un parque, en el que hay mucha gente, y arruina su ropa).

—Dios —sisea suavemente al ponerse de pie con mi ayuda.

Inmediatamente después, se suelta de mi agarre y empieza a sacudir sus manos hacia sus costados como si con ello fuese a lograr des empaparse del agua.

—Señorita —le hablo una vez más, pero esta no me hace caso; solo se dedica a mirarse completa y, cuando hace ello, suelta una pesada respiración.

«Bien, aquí viene el reclamo», me digo al tiempo en que espero que aquella empezara a gritarme.

«Me lo merezco», añado en mi mente mientras sigo esperando, pero nada, la mujer no articula una sola palabra en mi contra.

Aquella solo se queda mirándome atentamente y yo… yo a ella.

—Señorita, la ayudo —interviene un hombre al tiempo en que toma una mano de la desconocida y ayuda a sacarla de la fuente.

«¡Carajo! ¡Reacciona, Steven!», me reclamo en silencio.

—Perdón yo… —trato de hablar, pero…

—Gracias —dice la mujer al dirigirse al hombre que la había ayudado.

—¿Desea que la ayude con algo más? —le pregunta él al mirarla fijamente— Tal vez…

—No, no —intervengo de forma inmediata al seguir viendo a la mujer, quien era extrañamente cautivamente.

Cuando intervengo, me gano la atención tanto de la mujer como la del hombre (Este último me miraba un poco molesto).

—Yo me encargo —completo al mirar a ambos.

—No es necesario —interfiere, rápidamente, la mujer—. Yo… estoy bien —menciona demasiado serena; y aquello me extrañaba—. Vivo un poco cerca a este parque —precisa— así que...

—De ninguna manera, señorita —habla el hombre de forma tajante.

—No voy a dejar que se vaya sola a su casa así —intervengo yo al tiempo en que decido verla directamente a sus ojos.

—No es necesario; no se preocupe…

—Insisto —articulo al interrumpirla—. Tengo mi auto estacionado muy cerca de aquí y…

—No —responde de forma inmediata y tajante (lo cual me sorprende; sin embargo, al otro hombre le parece gracioso, ya que se ríe ligeramente)—. Lo siento —interviene, nuevamente la mujer al mostrarse apenada (y eso me parece muy extraño, ya que se supone que el debería disculparse soy yo)—. No debí haberle hablado así; lo lamento —menciona nuevamente.

—No… no se preocupe —contesto algo desconcertado por la actitud de la mujer.

—Bien… entonces —suspira—. Me voy —determina.

—No, no, no; claro que no —le digo—. Yo voy a llevarla a su casa —le insisto.

—Eso está bien —interviene el hombre que estaba a nuestro lado—, pero no puede ser en tu auto —me señala serio—. ¿Acaso no te das cuenta que la señorita no quiere eso? —inquiere aquel; y yo regreso mi mirada a la mujer.

—Es cierto —dice ella—, pero, en serio, no se preocupe, yo…

—Entonces iremos caminando —le propongo, pero a ella no se le ve muy convencida.

—Yo… puedo ir sola a mi casa; no se preocupe —se sigue resistiendo.

—Entonces déjeme comprarle algo de ropa para que se cambie —le pido—. Es lo mínimo que puedo hacer —agrego realmente apenado.

—Está bien —acepta ella al tiempo en que asiente con su cabeza—. Pero solo pagará la mitad —aclara con firmeza.

—No —me niego a esa idea—. Yo paga…

—No —refuta ella al no dejarme terminar de hablar—. Yo también estaba muy distraída —me explica—, así que, en parte, también es mi culpa —sentencia al soltar una suave respiración mientras yo me quedo mirándola con curiosidad.

—Bien… —escucho la voz del otro hombre—, entonces yo me retiro, señorita —le habla de forma educada a la mujer.

—Muchas gracias —le responde ella de forma gentil; y el hombre siente como parte de su respuesta y, en unos segundos, se marcha.

—Bien —tomo la palabra—, entonces vamos a una tienda —le digo.

—Vamos a la que está allá —me señala la más cercana.

—Está bien —le respondo al asentir para después disponernos a caminar hacia la tienda de ropa más cercana que habíamos divisado.

Estoy caminando al lado de la extraña mujer (porque ni siquiera sabía su nombre) hasta que vuelve a sonar mi celular. Decido sacar aquel de mi bolsillo, ya que quería saber quién era, puesto que, tal vez, podría ser Sov para decirme que, lo de hace un momento, solo se trataba de una broma de muy mal gusto.

Cuando aquella terminó de decirme que culminaba con nuestro compromiso, no lo podía creer; sin embargo, el verla correr después de decirme ello, me demostró que no estaba bromeando. Y bueno, ahora, como consecuencia de correr detrás de la mujer que amaba, había tirado a la desconocida que caminaba a mi lado a la fuente de agua

—Su celular sigue sonando —oigo la voz de la extraña y joven mujer.

—Sí, sí, perdón —le digo al tiempo en que reviso de quién se trataba.

«Paul», leo en silencio y después, guardo mi celular.

No tenía ganas de hablar de trabajo y, muy seguramente, de ello es de lo que quería hablarme.

—Oiga —me habla mujer al mirarme de forma directa.

—¿Sí? —le respondo al hacer lo mismo.

—Si tiene algo importante que hacer, no se preocupe por mí; puede ir…

—No, de ninguna manera —niego tajante al seguir observándola—. Yo lamento mucho lo que pasó…

—Y yo acepto sus disculpas; no se preocupe —precisa al interrumpirme—. Pero si realmente tiene algo importante que hacer…

—No —vuelvo a negar rotundo—. Yo la acompañaré a comprar su ropa y luego, me gustaría acompañarla a su casa.

—Eso no será necesario —responde ella de forma inmediata.

—Pues insistiré —le digo firme al encogerme, ligeramente, de hombros.

—Bueno —articula ella al tiempo en que exhala suavemente—. Si es lo que quiere hacer…

—Sí, es lo que quiero —contesto en el acto al fijar mi mirada en ella; y aquella sonríe un tanto divertida.

—Está bien —es lo que articula al rendirse.

Después de ese cruce de palabras, entramos a la tienda de ropa. Ahí, la joven mujer escogió un polo básico, un jogger muy parecido al que estaba usando, así como un par de medias y zapatillas. Luego, se fue hacia la zona de vestidores para cambiarse de ropa.

Mientras ella se estaba cambiando, yo aproveché en sacar mi móvil para llamar a Sov; teníamos que hablar, sobre todo porque ella solo dijo que el compromiso se rompía sin explicación alguna demás. Voy a mi agenda del celular y busco su contacto para marcarle. Cuando lo hago, llevo mi móvil a mi oído y me alejo un poco del área de caja.

«No contesta», preciso en mi mente cuando el celular llevaba unos segundos timbrando hasta que se hace oír la contestadora. Cuando sucede ello, cuelgo de inmediato y vuelvo a intentar.

«Contesta, Sov», pido en silencio, pero me llevo una gran sorpresa cuando mi móvil me manda directo a su casilla de voz.

«Lo apagó», sentencio en miente al tiempo en que decido no insistir más y guardar mi celular.

No entendía por qué había hecho tal cosa; pensé que nuestra relación iba bien, pero tal parece que me equivoqué.

«Tal parece, no. Te equivocaste», interviene mi subconsciente al tiempo en que exhalo de manera pesada.

—Tarjeta —escucho, de pronto, la voz de la mujer con la que estaba y, de inmediato, me giro de nuevo hacia caja para así, encontrarme con la imagen de ella entregando su tarjeta; así como las etiquetas de cada prenda.

—No, no, no —intervengo rápidamente al ir hacia ella y tomar, ligeramente, su brazo para que no pagara.

—Dijimos mitad, mitad —le recuerdo; y ella sonríe un tanto incómoda.

—No es necesario…

—Por favor, no haga esto —le pido al mirarla fijamente; y ella también hace lo mismo: me mira.

—Está bien —accede después de unos segundos; y, ene se momento, decido dejar de sujetar su brazo—. Lo lamento —añade; y aquello me hace sonreír.

—Se apena por cualquier cosa —le digo al tiempo en que saco mi billetera para buscar una de mis tarjetas y entregársela a la señorita de caja—. Cóbrese de aquí la mitad —le pido con cortesía a la mujer que se encargaba de los cobros; y ella asiente sonriente.

Después de realizar el pago, la mujer y yo decidimos salir del lugar.

—Un momento —menciona la extraña al empezar a caminar hacia un mostrador lleno de turbantes; y yo la sigo detrás.

—¿También quiere uno de esos? —le pregunto; y ella sonríe al mirar uno en especial.

—Sí… —susurra al mirar con admiración un turbante bastante peculiar— me llevaré este —sentencia sonriente al seguir mirando el accesorio para después tomarlo y, sin perder el tiempo, llevarlo a caja para que realice el pago.

Luego de pagar por aquel, se dirige al espejo que había en la tienda y empieza a soltarse el moño que había hecho con su cabello (razón por la cual aquel no llegó a mojarse mucho o casi nada). Me quedo observando, de forma atenta, cómo empieza a desatárselo hasta que me que completamente impresionado con el largo de aquel, así como lo bonito que era.

«Qué hermoso», preciso en mi mente al ver cómo caía aquel y luego, por instinto, me concentro en toda la imagen de la mujer y… sonrío.

Aquella parecía ser una persona bastante tranquila, serena, relajada y, en cuanto a su forma de vestir, pues también gritaba lo mismo.

«Muy distinta a las mujeres que conozco», menciono en mi mente al seguir observándola.

—Listo —articula ella al mirar su reflejo para después llevar una de sus manos a su turbante y suspirar—… bonito —murmura al verlo y luego, se gira hacia mí nuevamente.

«Sí, es hermosa», preciso sin siquiera pensarlo; y aquello me toma por sorpresa.

—¿Lista? —le pregunto al verla; y ella asiente.

—Sí, vamos —indica y, luego de ello, salimos de la tienda.

Capítulo 3

* * * * * * * * * * JADED * * * * * * * * * * *

—Bueno… —susurro al salir de la tienda— muchas gracias —le digo al desconocido mientras detengo mi andar.

—No tienes nada de qué agradecer —responde él al mirarme—. De hecho, soy yo el que te debe unas disculpas —agrega apenado—. Yo… venía corriendo y no me di cuenta de que…

—No se preocupe —me apresuro en responder—. Yo también he tenido responsabilidad —le digo de forma comprensiva—. También venía distraída pensando en…

Me detengo de hablar al recordar el motivo por el cual empecé a caminar rápidamente para llegar a mi departamento cuanto antes y, así, poder encerrarme en mi habitación a llorar.

Me gustaba que Evan pudiera haber logrado concretar una relación con Carrie; sin embargo, me era inevitable no poder sentir algo de tristeza.

—¿Señorita? —escucho la voz del desconocido al tiempo en que veo una mano pasar frente a mis ojos— Señorita —escucho una vez más (un poco más fuerte) y, ahí, recién reacciono.

—¿Ah? ¿Qué? —respondo algo confundida.

—¿Señorita, se siente bien? —me cuestiona él l mirarme con curiosidad—. ¿Hay algo más que, tal vez, pueda hacer por usted? —agrega.

—No, no, no, no —niego rotundamente—. Perdón, perdón —agrego apenada de forma inmediata.

—Tranquila, no se preocupe —responde relajado al sonreír.

—Lo lamento —expreso con total sinceridad—, pero tranquilícese usted también —le pido—. Mi único problema era mi ropa mojada —le preciso al mirarlo—, pero ahora ya está todo resuelto; así que no hay necesidad de algo más —puntualizo firme.

—¿Está segura? —cuestiona él no muy convencido.

—Completamente segura —respondo con mucha firmeza; y le sonrío (gesto al cual soy correspondida, de la misma manera, por el extraño).

—¿Completamente segura? —vuelve a cuestionar él; y yo sonrío.

—Completamente —determino al mirarlo a sus ojos, los cuales eran bastante bonitos.

«Pero ningunos como los de Evan», precisa mi subconsciente.

—Tal vez, podría acompañarla hasta su casa —propone el desconocido de forma repentina.

Y digo de forma repentina porque creo que no había la necesidad de ello.

—No se preocupe —le reitero—. Yo estoy bien y; además, vivo demasiado cerca a esta zona —le miento, ya que, en sí, este parque no estaba tan cerca de mi casa—. Así que no hay necesidad; no se preocupe —concluyo sonriente.

—Bien… —susurra él al no estar convencido al cien por ciento todavía.

—Bueno… cuídese —le digo—. Muchas gracias por la ropa y… —me callo.

—¿Y? —articula él en forma de pregunta.

—Y… —alargo— nada —puntualizo—. Solo… muchas gracias otra vez.

—No tiene nada de qué agradecer —responde; y sonríe para mí.

—Bueno, me voy —menciono—. Adiós —murmuro y luego, empiezo a caminar rumbo a mi departamento a hacer lo que tenía planeado: llorar para poder dejar salir la especie de frustración que sentía por no haber hecho lo que hace demasiado tiempo debí haber realizado.

«Pero bueno… ahora ya es tarde», sentencio en silencio mientras sigo caminando.

Saco mi celular, el cual, por suerte, no había sufrido daño alguno, y después, me coloco bien mis audífonos inalámbricos.

Ahora, continuaba mi rumbo con la compañía de una canción que me encantaba: “Every breath you take” de “The Police”. Creo que, después de todo, el tema era perfecto para este día tan… diferente y determinante para mí. Llevaba demasiados años enamorada en silencio de mi mejor amigo y esto, de alguna manera, me asfixiaba. Me asfixiaba porque, muchas veces, sentí la necesidad de confesarle lo que sentía por él; sin embargo, estaba casi segura de que aquello sería una pésima idea, ya que tenía la extraña sensación y sospecha de que, si hacía ello, Evan se alejaría completamente de mí.

—Creo que no debería escuchar música en tan alto volumen —oigo una voz muy cerca de mí, la cual logra que yo me sobresaltara.

—Pero qué… carajos —articulo en un susurro ahogado y, a los segundos, el desconocido se coloca delante de mí y me detiene—. Pero… ¿qué hace aquí? —cuestiono incrédula al observarlo.

—Regresaba hacia mi auto —me responde relajado al sonreír.

—Me asustó —le informo algo desconcertada aún—. No debería hacer eso —le recomiendo al tiempo en que respiro profundamente para tranquilizarme por completo.

—Lo siento, no creí que hablarle muy cerca la sobresaltaría demasiado —menciona.

—No, descuide —le digo al verlo apenado—. Pero sí…, este tipo de cosas me sobresaltan más de lo que debería —le comunico—. Aunque más cuidado debería tener usted —añado de pronto; y aquel frunce su ceño al no entender a lo que me refería; y yo sonrío ante ello.

—¿A qué se refiere? —pregunta interesado.

—Sé defenderme —es lo único que le digo—. Un solo movimiento más, el que sea, y usted ya habría estado en el piso —preciso muy seria; y aquel sonríe para después empezar a reír ligeramente.

—Entonces es usted de temer —precisa divertido.

—No estoy bromeando —le digo muy seria; y aquel deja de sonreír.

—Está bien, lo siento —responde para después, colocarse a mi lado y, así, dejarme seguir mi camino otra vez.

—¿Dejó su auto por aquí? —interrogo interesada, ya que, después de todo, el tipo no me inspiraba demasiada confianza (pareciese que me estuviera siguiendo o, tal vez, solo era paranoia mía).

—Sí —contesta—. Es el que está allá —señala y, cuando sigo hacia donde señalaba su dedo, me encuentro con una verdadera belleza.

—¿Ese es su auto? —interrogo incrédula al retornar mi mirada a aquel.

—Sí —responde relajado mientras sonríe—. ¿Le gustan los autos de colección? —cuestiona de pronto.

—Sí… —susurro impresionada al seguir viendo la belleza de cuatro ruedas que estaba a unos metros de distancia de mí.

—Si desea, puede acercarse a verlo —propone gentil.

—Ah… no, gracias —contesto no muy animada, puesto que moría de ganas por revisar, más de cerca, cada detalle del automóvil; sin embargo, no sabía qué tan seguro era aproximarme al auto de un desconocido sin ser secuestrada—. Está bien así —agrego mientras sigo mi rumbo.

—¿Está segura? —pregunta divertido al observarme— Porque no lo parece —añade.

—Sí, estoy segura —contesto sin dejar de caminar.

—No soy ningún secuestrador —comenta de pronto.

—¿Y cómo puedo estar segura de eso? —pregunto al mirarlo; y aquel sonríe.

—Porque si fuera un secuestrador, creo que no elegiría un lugar público y tan concurrido como este para cometer mi fin—indica con seguridad—. ¿No cree?

—Creo que… esa sería la clase de justificación que daría un secuestrador —respondo un tanto divertida.

—Veo que tiene usted buen sentido del humor —manifiesta él al mirarme.

—Y yo veo que usted no tiene claro el concepto de “buen sentido del humor” —respondo con diversión y, aquel extraño, sonríe.

—Reafirmo lo que le dije —es lo único que se limita a responder para después continuar caminando.

—Gracias una vez más por su amabilidad —le digo al desconocido cuando debo seguir otra calle muy distinta a la que se encontraba su auto—. Espero que tenga un buen día —concluyo y le extiendo una mano, la cual aquel recibe y la estrecha.

—Gracias a ti —responde— y disculpa por haberte lanzado a la fuente de agua —sonríe; y yo hago lo mismo—. Que… también tenga un buen día —finaliza y, después de ello, cada uno sigue su camino.

«Bueno… sigamos», es lo único que me digo, en silencio, para continuar con mi rumbo.

—Ay, qué hermosa canción —expreso cuando he vuelto a reproducir música en mi celular y, en esta oportunidad, “Thank you for loving me” de Bon Jovi comienza a retumbar en mis oídos.

Me permito disfrutar, tranquilamente, de aquella canción cuando, de repente, veo la imagen del desconocido posicionarse frente a mí, pero a unos cuantos metros de distancia.

Al verlo, nuevamente, me detengo, pauso mi música y, finalmente, lo miro de forma atenta.

—¿Ahora qué sucede? —le pregunto algo extrañada.

—Lamento ser tan molestoso e incluso provocar miedo, ya que tiene motivos suficientes para desconfiar de mí —precisa—, pero… no me siento bien así —confiesa de forma repentina.

—No entiendo…

—Me gustaría poder acompañarla hasta su casa —suelta de pronto—. Yo…

—No es necesario —lo interrumpo—. En serio, estoy bien, ya no tiene nada de qué…

—Por favor —me interrumpe—, la tiré a una fuente de agua y, si bien le compré la ropa, me sentiría mejor si me dejara acompañarla —indica—. Si desea, vamos caminando —propone—. Yo no tengo problema alguno con ello —comunica—. Y si eso no le parece suficiente, puede tomarme una fotografía a mí y a la placa de mi auto y enviársela a sus padres o a una de sus amigas —agrega y, cuando dice ello, no puedo evitar reírme ligeramente.

—¿En serio dejaría que le tome una fotografía a usted y a la placa de su auto? —interrogo divertida.

—Si con eso acepta que la acompañe hasta su casa, sí —responde firme.

—Wao… —siseo un poco incrédula al no poder creer en lo que decía—. ¿Lo dice en serio? —vuelvo a preguntar— Porque yo sí le tomaría la palabra —le advierto; y aquel asiente con seguridad, lo cual me sorprende demasiado.

—¿Quiere tomarme la foto ahora? —es lo único que agrega después de mi advertencia.

—Está bien… —acepto—, pero solo le tomaré una foto a usted y a su auto, no a la placa —le señalo.

—Bueno, como usted desee —precisa y, luego de ello, procedo a tomarle una foto, la cual envío a Amy.

No pasan más de dos minutos cuando recibo un mensaje de mi mejor amiga preguntando… “¿Y quién es ese bombón?”, lo cual me hace sonreír, pero más allá de explicaciones, solo le respondo… “Solo es por precaución”.

—Le acabo de enviar su fotografía a mi mejor amiga —le comunico al desconocido.

—Bien, me parece bien —contesta él.

—Ahora… su auto —determino mientras camino hacia aquel y, cuando llego, no pierdo el tiempo y me dedico a fotografiarlo de todos los ángulos posibles.

—Veo que le gusta mucho —articula él al sonreír.

—Tiene un auto realmente fantástico —le comento mientras termino de fotografiar a la belleza que tenía al frente—. Bien… —exhalo con suavidad— eso sería todo —concluyo al tiempo en que le envío una foto del automóvil a mi amiga.

—Ahora sí… ¿puedo acompañarla? —cuestiona él; y yo me giro a verlo.

—Sí, ahora sí —respondo al observarlo con curiosidad—, pero antes… —alargo— ¿puedo hacerle una pregunta?

—Claro… dígame

—¿Por qué el empeño en acompañarme? —le pregunto interesada al hablar suavemente.

—Pues… primero, porque creo que es lo que debo hacer —indica—. Segundo, porque mi padre me mataría si supiera que no acompañé, hasta su casa, a la mujer que tiré a una fuente de agua por mi imprudencia al correr sin tomar en cuenta a los demás —manifiesta serio— y, por último, pero no sé si sea apropiado decirlo… —menciona— porque… —articula dudoso.

—Porqueee… —alargo como para que aquel continuará.

—Porque, tal vez, me equivoque —precisa—, pero creo que usted no se encuentra muy bien —señala de forma repentina al mirarme fijamente—. Parece que hubiese recibido una noticia no muy agradable o que, si bien no me incumbe, estuviese pasando por un mal momento —concreta algo apenado—. Porque, no es que quiera librarme de cualquier responsabilidad, pero yo venía gritando —me informa— y me pude dar cuenta de que me había robado la atención de todos en el parque —añade—. Y me parece un poco extraño que usted no me haya escuchado, lo cual quiere decir que ha estado muy distraída y pensativa —formula— y creo que no debería andar caminando así, sola, por las calles, ya que podría accidentarse —concluye y, al terminar de escuchar sus razones, me quedo estática y preguntándome que…

«¿Acaso soy tan evidente?», formulo en mi mente.

—Lo lamento, no debí haber dicho eso —vuelvo a oír la voz del desconocido.

—No, no, no se preocupe —respondo de inmediato—. Está todo bien, pero, si es por eso que quiere acompañarme, entonces le pediría que no se moleste en hacerlo —señalo tajante—. Mi casa está muy cerca y llegaré a ella cuanto antes —afirmo—. Gracias de todas maneras —agrego y, luego de pronunciar aquello, me giro para seguir con mi rumbo.

—Por favor, no —me pide el hombre al pararse frente a mí—. Lamento haber sido muy indiscreto; en serio, realmente, lo lamento —manifiesta muy apenado—, pero recuerde que esa es solo una de mis razones —enfatiza—. La principal es porque deseo acompañarla; no me sentiré tranquilo hasta que me cerciore de que llegó bien a su casa —destaca con firmeza—. Lamento mucho mi indiscreción, pero, en serio, me gustaría acompañarla —sentencia y, ante sus palabras, no me queda más que aceptar.

Aceptar porque, después de todo, si yo notara que alguien no se siente bien, pues también haría lo mismo.

—Está bien… —acepto no muy animada—, pero le tengo que confesar algo…

—¿Qué cosa? —pregunta interesado.

—Mi casa no está tan cerca —le informo; y aquel sonríe.

—Ese no es ningún problema para mí —señala con seguridad.

—¿Seguro? —cuestiono nuevamente—. Porque, en realidad, no está muy cerca —le recalco; y aquel sonríe mucho más.

—Pues… —alarga— en ese caso, creo que deberíamos apresurarnos en ir hasta su casa para que yo pueda regresar por mi auto —señala.

—Cierto… su auto —menciono apenada—. En ese caso, creo que lo mejor es que se quede —sentencio firme.

—No, claro que no —refuta él—. La voy a acompañar, luego, puedo tomar un taxi para regresar por mi auto —precisa tajante.

—Bueno… como usted quiera —le digo—, pero ya le advertí que mi casa no está nada cerca.

—Y yo ya le dije que ese no es problema para mí —recalca.

—Yo ya le advertí —repito y, después de nuestra conversación, ambos empezamos a caminar rumbo a mi departamento.

—Por cierto, me llamo Steven —pronuncia él de forma repentina; y yo sonrío.

—Es cierto, no nos hemos presentado —puntualizo mientras camino a su lado—. Yo me llamo Jaded —me presento.

—Pues… un gusto, Jaded —articula él al extenderme una de sus manos, la cual recibo gentil.

—Un gusto, Steven —respondo al mirarlo por unos segundos para después regresar mi atención al frente y continuar con el trayecto.

—Me causa curiosidad tu nombre —comenta él— ¿Por qué te pusieron así? —cuestiona con interés.

—¿Quiere que le cuente la historia de mi nombre?

—Si no le molesta —responde amable al mirarme.

—Bueno… —suspiro— se la contaré —le digo y, así, nos dirigimos a mi casa mientras me dedico a contarle el por qué mis padres decidieron llamarme “Jaded”.

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