Portada de la novela Deuda Heredada.

Deuda Heredada.

8.7 / 10.0
Emma Romero asume un sacrificio extremo para evitar la ruina de su familia: someterse a un contrato de entrega total. Su destino queda en manos de Mateo Falcone, un jefe mafioso cuya frialdad y desprecio por la traición dictan las reglas del juego. Entre el lujo de la élite y la brutalidad del crimen, ambos se sumergen en una espiral de peligro donde la moral desaparece. Las lealtades se rompen en una unión forzada que cambiará sus vidas para siempre.

Deuda Heredada. Capítulo 1

—Lo siento conseguiré el dinero —le dijo a sus sucias botas en lugar de enfrentarse al hombre frente a ella —. No pude sacar suficientes horas…

—Esa no era mi pregunta. —Alfredo se apartó del auto y se acerco para acunar su cara—. ¿Quieres ser libre?

Alfredo no era mucho más alto que ella, pero podia intimidarla con sus ojos penetrantes, algo que le faltaba a Emma y tambien la pistola metida en la cintura de sus pantalones. La culata sobresalía y era todo lo que Emma podía ver a pesar de sus esfuerzos por no mirar.

—Sí.

Sus pasos se acercaron, mientras el espacio entre ellos se reducía rápidamente. Se detuvo cuando ella pudo oler el fuerte olor a tabaco en su ropa oscura.

—Teníamos un trato tú y yo, ¿no? —Levantó la mano y se necesitó todo su coraje para no encogerse cuando le quitó un mechón de cabello de su hombro.

—Prometiste pagar la deuda que tu padre y así no tomaría a tu preciosa hermanita como compensación. Hasta ahora, he cumplido mi parte del trato, pero tú no has cumplido la tuya.

—Lo siento…

Con la velocidad de una cobra enfadada, su mano libre salió disparada y se cerró alrededor de su mandíbula. Las lágrimas llegaron a sus ojos y fueron rápidamente alejadas; él ya tenía todo el poder sobre ella. Ella se negó a que él la viera llorar.

—Lo siento no me da mi dinero, Emma, —murmuró en un susurro burlón que fue seguido de una fuerte presión en el rostro de ella. Sus ojos fríos y marrones la fulminaron. La mayoría lo habría considerado guapo, y tal vez lo era por su complexión y sus rasgos robustos, pero todo lo que Emma podía ver era un monstruo

―Quiero mi dinero, o algo de igual valor.

El terror paralizante la asaltó, escalofríos se precipitaron sobre ella en un torrente de calor y frío. Ella le agarró la muñeca por reflejo, pero ésta se deslizó sin esfuerzo hacia adentro a pesar de que ella usó ambas manos contra una sola de las suyas.

—No, por favor…

La mano en su rostro se apretó hasta el punto de producir un dolor cegador.

—Me perteneces. Todo lo que tienes, todo lo que tendrás... es mío, y no hay nada que puedas hacer al respecto, Emma.

La asquerosa verdad se extendió a lo largo de ella hasta cortar en su pecho.

—Lo siento —se ahogó, haciendo un esfuerzo por no luchar, mientras que al mismo tiempo le impedía a sus dedos insistentes no pasaran el material de sus bragas—. ¡Traeré tu dinero! —prometió aterrada—. Lo prometo.

—Asegúrate de hacerlo. —Su mirada se quedó en su boca, oscura y hambrienta—. Y asegúrate de que esta sea la única vez que tenemos esta conversación.

La soltó y Emma retrocedió tambaleándose en un ataque de tos.

Un sollozo llegó a su garganta y se enroscó en una bola apretada que le hizo querer hacer lo mismo en la tierra. Un violento escalofrío la reclamó.

—Y para asegurarme de que esto no vuelva a suceder, —giró sobre sus talones y volvió a su auto—. Quiero dos meses para mañana.

—¿Dos meses? —La incredulidad de Emma salió en un suspiro de asfixia—. No puedo conseguir seis mil dólares en un día.

Haciendo una pausa en la puerta del lado del conductor de su Maybach, Alfredo se giró. —Ese es tu problema, perra. —Abrió la puerta de un tirón—. Seis mil o tu hermana, ¿tu decides?

Su estómago se retorció, un pozo de serpientes enojadas luchando por el dominio. Las náuseas la empujaron, amenazando con hundirla. Pero no pudo. Tenía trabajo y no podía entrar oliendo a vómito y sudor. Sus rodillas se tambaleaban mientras se abría paso inestablemente hacia el restaurante Holiday.

—¡Emma! ¡Llegas tarde!

Automáticamente, la mirada de Emma se dirigió al reloj detrás de la pared.

—Lo siento…

—Este no es un lugar de caridad, —dijo—. No te van a pagar por ser perezosa.

Estaba en la punta de la lengua decirle a la mujer que no había llegado tarde ni un solo día en dos años y que sólo eran cinco minutos, pero sabía que eso sólo haría que la despidieran.

—¿Tiene idea de cuántas solicitudes recibimos al día por tu puesto? —Clara su jefa, continuó con su chirrido ―Podríamos reemplazarte en una hora.

No importaba si eso era cierto o no. Emma no estaba en posición de probar la teoría. Así que se disculpó de nuevo antes de agachar la cabeza y correr detrás del mostrador. Sus zapatillas usadas chirriaban contra el sucio linóleo en su prisa por alejarse de la mujer astuta que la observaba en cada movimiento. Clara no la detuvo mientras Emma desaparecía en la parte de atrás.

La cocina era un lugar pequeño y estrecho que apenas cabían dos personas. La mayor parte del espacio fue ocupada por la parrilla y el combo de freidoras apiñadas en una esquina. Estaba unido a una hoja de metal manchada que terminaba bajo la ventana de la comida para llevar. Este era uno de los dos trabajos que hacía durante la semana. Sin embargo, no importaba cuántos trabajos tuviera o cuántos cheques de pago hiciera, nunca era suficiente. Entre la hipoteca, las facturas, la matrícula de Violeta y Alfredo, apenas veía un centavo.

Las cosas no siempre han sido malas. Hubo un tiempo en que era una adolescente normal y despreocupada con una habitación llena de toda la basura que las chicas querían cuando su vida era perfecta. Había tenido una madre y un padre y una irritante hermanita. En ese entonces, ella nunca tuvo que preocuparse por llegar a fin de mes. Nunca supo de dónde venía el dinero, sólo que lo tenían y que era popular y rica y la envidia de todos en su escuela de élite.

Entonces su madre murió. Ninguna cantidad de dinero en el mundo podía salvarla. El cáncer estaba demasiado avanzado. Se había apoderado de su cuerpo aparentemente de la noche a la mañana. Apenas duró un año. El mundo de Emma se fracturó en el segundo en que el monitor cardíaco de su madre se paró.

Su existencia perfectamente cuidada cayó en un oscuro caos y nadie se quedó para sostener su mano a través de ella. Su novio perfecto la llamó perra emocionalmente insensible y la dejó por su mejor amiga. Todos los chicos que una vez le rogaron por un segundo de su tiempo no estaban en ninguna parte. Su padre se ahogó en whisky, renunció a su trabajo y malgastó su dinero en caballos. Los cheques de la escuela rebotaron. El banco empezó a llamar tres veces al día. Los gabinetes tenían más telarañas que comida y ella tenía una hermana de nueve años que la necesitaba. Abandonando sus sueños de divertirse en la universidad, Emma había conseguido un trabajo, luego dos, luego tres. Trabajó hasta los huesos y se fue a casa exhausta sólo para despertar una hora después y hacerlo todo de nuevo.

Pero esa era su vida y alguien tenía que hacerlo.

—¿Larry? —Asegurando los cordones del delantal alrededor de su cintura, Emma se enfrentó a la bestia gigante de un hombre que tiraba anillos de cebolla grasienta de la freidora—. Me preguntaba si podría conseguir un adelanto de mi sueldo esta semana.

Retorciendo las enormes manos en su delantal, Larry se volvió hacia ella. —Todavía estás pagando el último adelanto que te di.

—Entonces, ¿un adelanto de mi paga de la semana siguiente?

Sabes que soy buena para eso, —presionó—. He estado trabajando aquí durante dos años. Siempre soy puntual y vengo cada vez que ustedes me lo piden.

—¿Siempre a tiempo? —murmuró con una ceja levantada.

Emma hizo una mueca.

—Hoy fue una excepción. Me encontré con algunas complicaciones.

Larry gruñó y volvió a recoger aros de cebolla en una cesta cubierta de papel. —¿Cuánto necesitas?

Era una lucha para no mirar hacia otro lado, para no moverse con dificultad. —Seis mil.

Los diminutos ojos de Larry casi se salen de sus órbitas. —¿Seis mil dólares?

—¡Sabes que te devolveré hasta el último centavo!, —interrumpió apresuradamente.

—¿Para qué demonios necesitas seis mil dólares?

—Facturas, —ella medio-mentía.

—No tengo esa cantidad de dinero, —Larry respondió—. ¿Estás loca? ¿Te parezco un banco?

—Bueno, ¿qué tal tres mil?

—¡No!, —ladró—. Ponte a trabajar.

Con las mejillas calientes, se giró sobre sus talones y comenzó a lavar los platos.

El Hotel Twin Peaks era la crème de la crème del lujo y estaba situado en el corazón de la ciudad.

Desenganchando su bolso de alrededor de sus hombros, Emma entró en el área de cambio y pasó por las filas de armarios de metal y bancos de madera. Su casillero estaba escondido en la esquina izquierda, lejos de las duchas, la puerta y los baños. En la habitación había otros tres armarios propiedad de otras tres mujeres con las que Emma nunca había hablado, ni una vez en

cuatro años. Pero ella estaba bien con eso. Los amigos requerían un nivel de dedicación para el que ella no tenía tiempo. La grasa y el sudor que le quedaban de su turno de seis horas en la cafetería, se filtraron por la cerradura mientras buscaba a tientas abrir su casillero. No parecía importar lo mucho que lo intentara, la sensación de grasa nunca dejaba su piel.

La cerradura cedió con un clic audible y abrió la puerta de metal. Su bolso fue colgado descuidadamente en uno de los ganchos mientras se quitaba los zapatos y buscaba con su mano libre el uniforme de mucama. El simple conjunto gris y blanco fue un cambio drástico con respecto al de la camarera. El material era más suave y cómodo, con un pequeño cuello que hacía juego con

los puños de las mangas cortas. Los botones planos y brillantes se deslizaban fácilmente en cada agujero desde el dobladillo hasta la garganta. Ella se sacudió el polvo con una mano a lo largo de la parte delantera antes de atar su delantal por encima y comenzar la segunda ronda de su día.

Ser asistente de limpieza no requería un verdadero poder cerebral, pero el esfuerzo manual era agotador. La mayoría de los clientes no eran tan malos, como las parejas mayores que eran pulcros y ordenados y sólo requerían una asistencia mínima. Eran los chicos de la fraternidad, los ricos y sórdidos imbéciles que se divertían mucho con los dólares de sus padres y pensaban que eran dueños del maldito mundo que ella no podía soportar. Al comprobar las habitaciones desde su portapapeles, agarró su carrito y se apresuró a bajar por el ascensor de servicio. Su pie golpeó ansiosamente sobre la lámina de metal mientras veía los números descender. En el cinco, las puertas se abrieron y uno de los camareros empujó su carrito de comida vacío junto al de ella. Le llevó años alinearlo perfectamente.

—Noche ajetreada, ¿eh?, —dijo inesperadamente cuando el elevador empezó a descender una vez más.

—Sí, —murmuró distraídamente, los ojos nunca se desviaron de los números parpadeantes sobre su cabeza.

—¿Ya casi te vas? —preguntó.

Ella lo observó entonces, mirando su cara de niño, puñado de rizos marrón dorado y ojos verdes brillantes. Prácticamente todavía un bebé, pensó, juzgando su edad como de unos diecinueve años.

—Casi, —respondió.

Se acercaron a su piso y él la dejó salir primero. Emma impulsó su carrito directamente al almacén y rápidamente rellenó todo lo que había usado. Vació la basura, tiró la ropa en el conducto y devolvió su carrito al encargado del almacén, quien apenas levantó la vista de su revista. Con cinco minutos de sobra, corrió hacia la nómina como si sus pantalones estuvieran en llamas.

—¿Cuál es la prisa, chica?

Ignoró la pregunta lanzada por uno de los servidores al pasar y se puso a correr más rápido.

Marcos, el jefe de planta y todos los demás imbéciles, se tomaba un descanso a medianoche y normalmente no volvía hasta las seis de la mañana. Si no lo atrapaba antes de eso, tenía que esperar a ver al contable y esos bastardos no entraban hasta las nueve.

—¡Marcos! —Jadeando y resoplando, Emma se detuvo

torpemente en su puerta y se inclinó—. Necesito hablar contigo.

—Tienes dos minutos, —dijo Marcos, sin mirar ni una sola vez en su dirección..

—Necesito un adelanto, —dijo, tambaleándose en unos cuantos pasos más en el cuarto de ocho por ocho consumido principalmente por el escritorio de metal y la pared de los archivadores.

—No soy de la nómina, —murmuró.

—No, pero necesitan tu verificación.

La cara redonda y rojiza se levantó y fue atrapada por un par de afilados y oscuros ojos —¿No recibiste un adelanto la semana pasada?

Y la semana anterior, pensó miserablemente, pero no dijo tanto.

—Es una emergencia.

Sus ojos se entrecerraron cautelosamente. —¿Cuánto?

—Seis, —dijo ella, decidiendo ir con la cantidad alta y trabajar su camino hacia abajo si él decía que no.

—¿Cientos?

Por dentro, hizo una mueca. —Mil.

—¡Jesucristo! —Las articulaciones de su silla chillaron cuando se lanzó hacia atrás—. ¿Para qué demonios necesitas esa cantidad de dinero?

—Te lo dije, es una emergencia o no estaría preguntando.

—¡Cristo! —Marcos dijo de nuevo, frotando su palma sobre su cara regordeta—. No. Absolutamente no. No voy a ser responsable de que devuelvas esa cantidad de dinero.

—¡Te lo devolveré! —Emma lo prometió—. Sabes que lo haré. Vamos, Marcos. He sido una empleada modelo. Siempre soy puntual. Termino mi trabajo. Nunca he tenido una queja. Mi trabajo es ejemplar. Sabes que soy buena para eso.

Marcos siguió moviendo la cabeza de un lado a otro.

—No puedo hacerlo. No sólo porque no lo haría, sino porque la nómina nunca estará de acuerdo con esa cantidad. ¿Estás loca?

—Bueno, ¿qué tal tres mil?

Marcos suspiró. —Lo máximo que puedo hacer es tal vez

quinientos dólares.

—¿Quinientos? —La incredulidad y la indignación resonaban en su voz incluso cuando el miedo se enroscaba en su pecho. Sintió el impulso de estallar en lágrimas de frustración y se lo tragó rápidamente

—. Bien. Quinientos dólares no eran suficientes para pagar lo que debía, ni para apaciguar ha Alfredo cuando llamara a la puerta. Pero tal vez sería suficiente para darle unos días para que obtener el resto.

Con cuidado de no hacer ruido, empezó a subir las escaleras. Sabía por la mochila tirada junto a la escalera, que Violeta estaba en casa y ya estaba en la cama. Le dolía todo el cuerpo. Había un entumecimiento detrás de sus ojos que estaba segura de que no era normal y todo lo que quería hacer era acurrucarse y dormir. En vez de eso, entró tambaleándose en el baño, con cuidado de no hacer mucho ruido mientras se encerraba dentro. Las ojeras debajo de sus ojos verdes tenían bolsas y cada una era de un tono más oscuro que el púrpura. Destacaban sobre el blanco apagado y sin vida de su tez. Su uniforme de camarera cayó al suelo y se quedó allí cuando se dio la vuelta para meterse en la bañera para darse una ducha rápida.

Eran más de las cuatro de la mañana cuando cayó de bruces sobre la cama.

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