Luego de esconder a mi vecina Lucrecia en el lugar más seguro que encuentro, como lo es el depósito de las mercaderías donde solo entra de vez en cuando Francesco, el cocinero, ingreso al salón nuevamente y encuentro la mirada odiosa de aquel extraño sujeto clavada en mí. Me siento intimidada percibiendo que él sabe lo que acabo de hacer, pero a la vez molesta por causa de haber tenido que esconder a una persona de él. No entiendo por qué la pobre mujer se aterró de ese modo al verle. De pronto observo que el hombre me hace ademán para que me acerque hasta su mesa, cosa que dudo por un momento, pero luego valientemente y alzando mi mirada, voy decidida, pensando que nada podría hacer contra mí frente a la vista de todas las personas que se encuentran aquí.
Sí señor, ¿se le ofrece algo más? Digo aparentando valor.
Me mira con una fea sonrisa en la que puedo intuir la satisfacción que le causa mi temor y esto me produce demasiada ira. –Sí- me responde-deseo un café y una porción de pastel.
Lo miro sorprendida al comprobar que no había probado la sopa que le había llevado momentos antes. Él, notando la extrañeza en mi mirada, agrega que no desea la sopa y que la puedo retirar. Entonces vuelvo a preguntar si encontró algún problema con ella a lo que me responde que ninguno, pero que ya no la quiere.
- ¿qué sabor de pastel prefiere señor? – le digo mientras recojo el plato con la sopa. Pero cuando comienzo a describir los que se hallan disponibles me interrumpe abruptamente y con una voz irreconocible y desagradable.
- ¡El mismo que le diste a la señorita Lucrecia! – agregando una sonrisa sarcástica y horrenda. Las personas detuvieron su conversación para mirar hacia todas las direcciones, como si no supieran que ese estruendo provino de la boca de este maleducado señor.
Me quedo viéndolo sorprendida, pensando que todo aquello no era más que una falsa comedia montada solo para molestarme e intento descubrir su verdadera intención indagando en su extraña mirada, pero se hace el distraído y me esquiva. Solo se limita a observar el servilletero que alza con su mano para examinarlo cuidadosamente sin prestarme nada de atención, entonces, conteniendo la ira giro sobre mis talones para traer el pedido y llevar de nuevo lo que ni siquiera probó. Comencé a pensar que este señor tiene algún tipo de desorden mental y que tal vez es peligroso así que trato de calmarme y cumplo con su pedido como si no hubiera oído nada.
No pasan ni diez minutos cuando vuelvo con el mismo postre que solicitó Lucrecia sobre la bandeja, pero, para mi sorpresa, el hombre ya no estaba. Sobre la mesa encuentro un billete que duplica el valor de lo que pidió, aunque toda la comida está intacta, es decir que no la comió y él no está por ninguna parte. Me quedo perpleja, con la bandeja en la mano y luego tomo el dinero para pagar la cuenta. Le explico al encargado lo sucedido, pero está tan ocupado con los pedidos de comida rápida, que no me presta demasiada atención, solo cobra y me entrega el cambio. Entonces, como no hay nadie a quien dárselo, lo guardo en el bolsillo de mi uniforme.
A continuación, entran tantas personas al restaurante que no hay más espacio para acomodarlas, el encargado y el cocinero traen mesas extras para el resto que espera de pie, ser atendida. Esta horda me mantiene sumamente ocupada durante las próximas tres horas de esta noche en que no paro de ir y venir de la cocina al salón hasta que poco a poco vuelve a quedar prácticamente vacío. Con todo esto, no tuve tiempo de ir a decir a Lucrecia que aquel sujeto ya se había marchado unas horas antes, la verdad, lo olvidé. Eric, sorprendido de la cantidad de personas que ingresaron al mismo tiempo, se hizo hacia atrás en la banqueta que ocupa detrás del mostrador y suspira.
- ¿Qué fue todo esto? - agrega alzando las cejas. Los tres nos damos cuenta que se trata de un suceso bastante extraño por estar fuera de la temporada de turismo, pero nos pone muy feliz.
-No lo sé –respondo agitada, - pero estoy exhausta. -
Aunque cansada, también estoy feliz porque mi bolsillo rebalsa de propinas.
De repente recuerdo a Lucrecia y el corazón me da un vuelco, ¡la había olvidado en el depósito! ¡Qué horror, pobre mujer! Tal vez hasta se haya quedado dormida, pero lo que más me preocupa es que Eric se entere de esto, porque podría perder mi puesto de trabajo. Entonces, con gran disimulo y en un descuido del encargado corro a buscarla.
Cuando abro la puerta del depósito dispuesta a pedirle disculpas por mi tardanza, me llevo la sorpresa enorme de ver la silla donde la dejé sentada vacía, tumbada en el suelo y no había rastros de ella.
¡Lucrecia no está! – me digo en voz baja y con los ojos enormes -, pero ¿en qué momento se había marchado?¡ Si además la puerta estaba cerrada con doble traba desde afuera, pues no tiene cerradura! Resulta completamente imposible que pudiera haberla abierto desde adentro. Lo único que me queda por pensar es que ¡ha desaparecido! Siento una terrible culpa por haber dejado a mi pobre vecina allí, pero es el único lugar seguro donde nadie entra salvo el cocinero. Me quedo boquiabierta y sin saber qué pensar ni decir, entonces, voy rápido a la cocina e interrogo a Francesco en voz muy baja, pero este niega con la cabeza haberla visto mientras limpia enérgicamente los utensilios llenos de grasa con agua hirviendo. En su complicado lenguaje de señas, me asegura que, luego que volví al salón para atender a la multitud, él fue por unas latas de conservas al depósito y la señora ya no se encontraba allí.
Sin más qué hacer vuelvo al salón desconcertada y me dispongo a dejar todo limpio y ordenado. Me quedo pensativa y mirando a la nada cuando el encargado me saca de mi letargo haciendo que me sobresalte cuando dijo mi nombre. -¡Eh, Estefanía!, ¿qué sucede? ¿No Me oyes? – yo lo miro desconcertada y él lanza una risotada que retumba en todo el salón. –Disculpa, estoy distraída y un poco cansada – digo, pero él vuelve a reír y me indica que puedo irme, que mañana ordene el salón pues fue demasiado trabajo por hoy. Pero yo hago caso omiso a sus palabras y doy unas vueltas más por el lugar fingiendo que busco algo. Entro al baño de damas por si Lucrecia está ahí y luego al de caballeros para asegurarme, pero no la encuentro por ningún lado.
Eric, el encargado de La Bohemia no se da cuenta de mi preocupación, tal vez cree que estoy cansada de tanto trabajo esta noche. Pero la verdad me encuentro desesperada pensando en cómo pudo esfumarse Lucrecia del depósito de las mercaderías y no se lo puedo contar a él, pues podría despedirme por ello, así que me limito a esquivar su mirada y desaparecer mientras él queda entretenido cerrando la caja. Sin más lugares donde buscarla, finalmente tomo mi abrigo y el bolso dispuesta a marcharme.
Pensativa y preocupada, camino hasta donde se encuentra estacionada mi motocicleta y luego de colocar mi casco reglamentario, me dispongo a marcharme apresuradamente, pues no me da demasiado placer viajar a estas horas por la avenida desierta. Además, quiero llegar lo más rápido posible para saber si Lucrecia está en su casa. De ser así la oiré desde el otro lado de la delgada pared que nos separa.
Pronto llego al estacionamiento del edificio, donde siempre dejo estacionado mi vehículo y al quitarme el casco protector puedo ver una sombra entre los autos estacionados que se esconde fugazmente. Pienso que se trata de alguno de mis vecinos, que seguramente anda por allí, pero cuando me acerco no veo a nadie. Entonces, giro sobre mis pies para dirigirme a la entrada del edificio, pensando que quizá solo se trata del reflejo de alguna marquesina, pero, doy un sobresalto cuando escucho pasos detrás de mí en medio de aquel silencio.
Un frío extraño recorre mi columna vertebral y volteo a ver, pero sigo sin ver a nadie. El espanto se apodera de mí acelerando mis latidos y apresuro el paso hasta finalizar corriendo hacia la puerta del ascensor que me lleva al cuarto piso sin mirar atrás.
Cuando logro entrar a mi departamento cierro la puerta detrás de mí y lanzo un suspiro de alivio. luego, como no puedo dejar de pensar en Lucrecia, aunque mi corazón sigue acelerado, me voy directamente hasta el dormitorio para tratar de escuchar algo a través de la pared colocando mi oído sobre ella, pero nada. No se oye ni un solo sonido, parece no haber nadie en el departamento de la vecina.
Mi intriga es abismal y no puedo más con ella. Lo único que me preocupa es saber si se encuentra bien o no, si llegó a su casa, si está dormida o dónde está.
Entonces, aunque aún sigo temerosa por lo sucedido en el estacionamiento, vuelvo a salir cautelosamente al pasillo y golpeo con fuerza su puerta una y otra vez para asegurarme que nada malo le sucedió, pero nada. Definitivamente termino convencida de que no hay nadie, así que entro de nuevo a mi casa trabando la puerta con doble cerrojo por si aquellos golpes acaso alertaron al dueño de los misteriosos pasos que oí momentos antes.
Pero no vuelvo a escucharlos, el silencio en el pasillo es abismal, parece que todos duermen en estos momentos.
Lamentablemente, sin respuestas a cerca del paradero de mi querida vecina Lucrecia tengo que rendirme y acostarme a dormir con todas los interrogantes del mundo en mi cabeza.
Al mañana siguiente despierto cerca de las diez, aún tengo sueño, pero no quiero levantarme tan tarde de la cama para no saltearme los horarios de las comidas, además se me hace demasiado corto luego el resto del día y no realizo las cosas que me propongo, como por ejemplo zurcir algunas prendas. Entonces luego de alistarme, comienzo a preparar mi desayuno, pero llaman mi atención los ruidos que se oyen en el pasillo del edificio y más aún, parecen ser del departamento de mi vecina, siento alivio de escuchar que se encuentra allí. Tal vez anoche estaba dormida y no escuchó que golpeé su puerta. Aunque los ruidos que se oyen no parecen ser de un abrir y cerrar puertas como si se tratara de una persona que entra o sale, más bien parece una multitud moviendo muebles y haciendo rodar algo. Esto me llena de intriga así que dejo lo que estoy haciendo y voy a ver de qué se trata tanto alboroto.
Al abrir la puerta, observo horrorizada, cómo unos equipos de médicos junto a varios policías sacan en una camilla a una persona del interior del departamento contiguo, dentro de una bolsa mortuoria de color negro. ¡Lucrecia! – grita mi mente mientras mis ojos se inundan de lágrimas-
¡No lo puedo creer! le pregunto a uno de los policías si la persona que se encuentra dentro de la bolsa está muerta y asiente con la cabeza mientras rueda los ojos hacia atrás, dejándolos en blanco. Yo llevé una de mis manos al pecho mientras mis ojos tan grandes como dos platos dejaban caer todo su contenido acumulado mojando mi ropa y mi mandíbula queda abierta de par en par. El policía al verme en ese estado me pregunta si me encuentro en condiciones para responder algunas preguntas para aclarar el suceso, a lo que le respondo que sí, que no tengo ningún problema en contarles todo lo que sé.
Y así lo hice, mientras tomaron notas de cada detalle y las lágrimas siguen fluyendo de mí como cataratas. Le cuento todo: desde que oía lo que yo pensaba que eran sus pesadillas hasta el suceso de la noche anterior, en el que misteriosamente desapareció del depósito de mercaderías, así como, también la sombra y los pasos que lograron asustarme en el estacionamiento. Quisieron saber a cerca de la identidad del sujeto de los ojos rojos, pero lo único que puedo hacer es describirlo con la mayor cantidad de detalles posibles.
El agente toma nota de todo y luego se marcha junto con los otros que están a poca distancia. Al verlos me doy cuenta que se encuentran tan descolocados con todo esto como lo estoy yo.
Entro a mi departamento completamente asustada, pensando que quizá hay un demente suelto asesinando mujeres solas, y yo estoy en peligro entonces. No puedo quitar de mi mente la imagen del sujeto de la sopa de camarones, quien estoy completamente segura, es el responsable de la muerte de Lucrecia Santos. Si hubiera podido tomar una fotografía de él ya estaría empapelando el vecindario para que sea reconocido por todos.
Con gran temor me aseguro de reforzar muy bien las ventanas, pues, aunque vivimos en un cuarto piso nunca se sabe, tal vez sea un gran escalador. Más tarde, compro también un nuevo pasador para la puerta que coloco ese mismo día, para que, en caso de que ese degenerado logre abrir la cerradura, el grueso pasador no le dejará ingresar. A no ser que derribe la puerta, pero en ese caso, los vecinos de los otros departamentos se asomarían por los ruidos quedando así en evidencia. Con todos estos pensamientos me quedo más tranquila y llegada la noche, puedo dormir en paz.
Aunque igual me siento realmente en peligro, pues la puerta está impenetrable cuando estoy dentro del departamento, pero cuándo¿ voy a mi trabajo y la cierro desde afuera? ¿qué sé yo si ingresa sigilosamente y me espera para atacarme? Bueno, mi aprendizaje de las artes marciales me ayudará a defenderme. Sí eso es. No debo temer. Solo debo estar alerta. Lo más importante es que, con el grueso pasador no logrará sorprender mi sueño.
No quiero contarle a mi madre lo sucedido pues no me dejará en paz hasta que no me mude a su casa, y verdaderamente no pienso hacerlo. Vivo sola porque ya no podía verla más en ese estado de depresión sin fin. Sí ya sé que suena como si le hubiera abandonado, pero mi salud mental acabó bastante deteriorada con su dependencia emocional y mis esfuerzos por llevarla a terapia resultaron completamente en vano. Entonces un día tomé la cruel decisión de alejarme para poder respirar.
Luego de unas cuantas horas ya no se oye ningún ruido, me asomo nuevamente al pasillo y puedo ver que la puerta del departamento contiguo se halla sellada con un precinto amarillo señalando que no se puede ingresar, seguramente para no contaminar la escena del crimen. Dos vecinas están paradas a poco a distancia hablando en susurros y me observan con ojos tristes, me saludan con un movimiento de mano y regresan al interior de sus viviendas cabizbajas. El cuarto piso está de luto, asustado y dolorido-pienso en este momento-
Luego de un momento, revisando en mi mente todo lo sucedido, recuerdo que el policía que me interrogó dijo que alguien los había llamado anónimamente para informar el suceso, por eso pensaron que había sido yo, a lo que les respondí que no, ya que ni siquiera sabía qué cosa había sucedido luego de que la señorita Lucrecia desapareció del depósito de las mercaderías. Que, por otro lado, dentro de mí rogaba a los santos que el encargado no me despidiera por haber escondido una persona allí, ya que se enteraría de todos modos a través de los policías.
Entonces una duda se alojó en mi mente: ¿Habrá sido aquel sujeto extraño el que avisó lo sucedido a la policía? Siendo tal vez es el autor material del hecho y por ese motivo retorcidamente lo anunció. ¿O será algún otro vecino el asesino?
Si lo segundo es cierto entonces hay otro autor del hecho porque de otro modo, no existe manera de que alguien sepa que había una persona muerta en el departamento tres del cuarto piso aquella mañana.
Esto me lleva a sospechar de todos los que viven en el edificio además del sujeto misterioso que aterró a Lucrecia antes de su deceso.