Portada de la novela Clariké

Clariké

8.1 / 10.0
La vida tranquila de Estefanía en su apartamento se desvanece cuando los alaridos de su vecina, Lucrecia Santos, alteran sus noches. Tras el deceso de Lucrecia, una serie de muertes y visiones espantosas la sumergen en un tormento constante. Apoyada por el espectro de la difunta, lucha por detener el caos. Pese a encontrar el amor y contraer matrimonio, la tragedia la golpea durante su luna de miel en Italia, destrozando sus esperanzas de forma inesperada.

Clariké Capítulo 1

Ella se encuentra sentada junto a la ventana; en una de las mesas para dos del restaurante La Bohemia donde yo trabajo como empleada en el puesto de mesera.

Desde allí puede distinguirse con total claridad, los colores del semáforo situado en la transitada avenida. Aunque las gotas de lluvia salpican el cristal y el vapor proveniente de la cocina lo mantienen empañado, aún se visualiza el cambio de colores y la detención del tráfico en una rutina incesante.

Cuando digo “ella” me estoy refiriendo a Lucrecia Santos, cuyo estado civil me es desconocido. Una vecina bastante extraña si se la mira de cerca, aunque desde lejos no se nota tanto.

Le gusta vestir faldas y blusas amplias. Como el sobrepeso que la caracteriza le obliga a desplazarse con suma dificultad sobre zapatos de taquillos finos, acabó reemplazándolos por plataformas planas con las que tiene menos riesgo de accidentes.

En los estampados de sus atuendos predominan los lunares, parecen ser de su absoluta preferencia. Los hay grandes y pequeños, de fondos blancos o fucsia y prácticamente en todos los colores del arco iris. Los lunares están en sus blusas, en sus faldas y probablemente también en sus ropas íntimas.

Lucrecia tiene el aspecto de una niña algo mayor, suele colocarse diademas (obviamente de la misma tela de sus prendas), lo que hace suponer que cuenta con una por cada vestido y un moño también del mismo material.

Carteras acharoladas rellenas con quien sabe qué, porque se las ve a punto de estallar y que hacen a la vez, perfecta combinación con sus calzados. A veces me da la impresión de que están rellenas con un arsenal de cosméticos, pues no se me ocurre otra cosa.

Bueno el caso es que mi vecina Lucrecia es muy particular en su apariencia, algo que me divierte un poco y me recuerda a menudo al dicho que solía repetir mi abuela cuando decía: - ¡gustos, son gustos mija, y sobre él no hay nada escrito!

Ella, sin embargo, parece ser feliz con su manera de desplazarse por la vida y eso es lo único importante, cada vez que yo la veo me da la impresión de que está lista y preparada para su baile de graduación.

Pero valla, ¿habrá existido tal baile en su vida?, es una pregunta que a menudo se cruza en mi mente.

Alguien experimentado diría que su edad oscila entre los cuarenta o cuarenta y cinco años, aunque aparenta no estar enterada de ello, así como tampoco del hecho de vivir en una realidad alterna, es decir, en un mundo diferente.

A veces parece perderse en un punto fijo de este plano existencial pensando valla a saber uno en qué. Yo siempre la observo cada vez que viene, es que me gusta hacerlo.

Por el momento, el mundo tangible del que soy testigo que ambas habitamos es el departamento tres del cuarto piso. Y lo sé porque vivo en el número dos, por consiguiente, el suyo se halla contiguo al mío. Lo que literalmente la convierte en mi vecina.

Así que no solo solemos cruzarnos en el ascensor y demás lugares del edificio, sino que además hasta la oigo gritar por las noches debido a las pesadillas que la atormentan.

Desde hace mucho tiempo mi curiosidad me obligó, más de una vez a pegar mi oreja contra el muro que separa nuestros dormitorios y que es bastante delgado para oír cómo, al parecer algún monstruo atroz la persigue sin descanso cada noche, atormentándola hasta que su mismo grito la despierta. Y a mí, en muchas ocasiones, también. Luego, cuando me habitué a escucharla prácticamente dejó de asustarme. Simplemente aquello se convirtió en esperar el grito final y listo, fin de los alaridos.

En este momento yo me encuentro detrás de la barra de La Bohemia, con la bandeja en mi mano, esperando el pedido que debo llevar hasta su mesa.

Desde aquí la observo y los interrogantes no dejan de roer mi cabeza, como, por ejemplo: - en sus pesadillas ¿cómo irá vestida? ¿Será que irá con esos amplios vestidos a lunares? Y en el caso que lleve puestas esas plataformas, ¿no le resultará incómodo correr con ellas en sus pies? Luego me pregunto cómo hará para escapar de su perseguidor con el sobrepeso que lleva debajo de esas amplias ropas.

Esta es parte de la lista de interrogantes, que, aunque sé que quizá nunca obtendré las respuestas, no dejan de azotarme el cerebro cada vez que la veo.

Me acerco hasta su mesa. - Buenas noches señorita Lucrecia, aquí traigo su pedido- le digo muy animada y con la mejor de mis sonrisas. Porque debo confesar que hay algo en ella que me cae muy bien… no sé qué es, tal vez su gusto por aquellos coloridos lunares, o qué se yo.

Deposito sobre la pequeña mesa una gaseosa de tamaño chico la cual destapo con un abridor extraído del bolsillo de mi uniforme y lleno una cuarta parte de un alto vaso de vidrio. Luego acomodo frente a ella el plato con un bife de ternera bien cocido, acompañado de un montón de papas fritas y en un recipiente a parte dejo la ensalada de zanahorias, tomates y pepinos.

-Muchas gracias Clariké - me dice mostrando una sonrisa de dientes blancos y perfectos.

Siempre ignoré por completo el motivo por el que me llama Clariké. Este apodo ni siquiera tiene asonancia con mi verdadero nombre, y por más que en tres ocasiones le expliqué que me llamo Estefanía, ella pareció ignorar lo que le estaba diciendo, acentuando con más firmeza el apodo con el que me ha bautizado.

Bueno, en fin, a mí no me importa cómo quiera llamarme, después de todo Clariké me parece un nombre con estilo. Si le gusta llamarme así, para mí está bien.

Lucrecia viene a cenar todos los jueves al restaurante en el que yo trabajo de mesera y siempre pide el mismo menú.

Como yo no puedo dejar de preguntarme todo a cerca de su vida, quisiera saber si el resto de la semana cena en otros restaurantes o en la soledad de su departamento.

No puedo saberlo porque solo tengo franco los días lunes, pero confieso que esos son mis días más ocupados y olvido completamente vigilar su existencia.

Pues al tener un solo día libre pretendo hacer todo lo que no puedo en el resto de la semana, así que este es el día en que la lavadora no descansa y también es el día que visito a mi madre, por consiguiente, la mayoría de los lunes ni sé si ella cena en su departamento o no, y el resto de los días estoy en el trabajo a la hora de la cena, así que me es imposible descubrir qué hace mi vecina. Pero si cuando llego, la oigo agitada no dudo en adosar mi oído en el muro pues estoy muy intrigada por saber quién o qué es lo que la persigue cada noche. Tremendo susto me llevé la primera vez que la escuché gritar, pensé que alguien había irrumpido en su departamento y se hallaba en peligro. Estuve a punto de llamar a la policía, hasta que, gracias a pegar mi oreja a la pared pude darme cuenta que no se oía más que la voz de ella, es decir, que no había nadie con mi vecina. Lo que me deja aún en la ventaja de ser un espía anónimo.

La particular cliente de los días jueves nunca tarda más de veinte minutos en dejar vacío el plato y la fuente de ensalada. A veces me da la sensación de que, el hecho de ser perseguida durante las madrugadas le han creado el delirio de estar alerta en todo momento y ese es el motivo por el cual come a toda velocidad.

De pronto alza su mirada directamente hacia mí y me hace un ademán con la mano izquierda para que me acerque de nuevo a la mesa que ocupa, lo que por supuesto hago inmediatamente.

-Quisiera helado de frambuesa, no, no mejor café con una porción de pastel de limón, ¿puede ser posible? –me pide limpiando su boca con una servilleta de papel.

- Sí, cómo no señorita Lucrecia- respondo con una sonrisa mientras me pregunto hacia mis adentros ¿cómo puede comer tanto?

-Muchas gracias Clariké, eres muy amable- contesta feliz.

A los pocos minutos regreso con su pedido y me dirijo hacia la mesa de enfrente, a la que se sentó un señor alto y delgado que me pide sopa de camarones mientras no le quita la mirada de encima a Lucrecia.

Ella parece no percatarse de la presencia del sujeto hasta que finaliza el postre.

Luego, cuando alza la vista buscándome, seguramente para pedirme la cuenta, cruza miradas con aquel señor y la veo palidecer repentinamente.

Como estoy muy atenta a toda esta secuencia me acerco de inmediato hasta su mesa y le pregunto si está todo en orden. Ella me mira fijamente con ojos desorbitados y se pone muy nerviosa.

- ¿Me tres la cuenta preciosa? - me dice con voz temblorosa.

-Sí, en seguida señorita Lucrecia –le contesto confundida y sin quitar mis ojos de los suyos-

Al voltearme veo la expresión en el rostro de aquel hombre y me quedo congelada. Por un breve instante sus ojos resplandecen y se tornan de color rojo intenso.

Me dirijo rápido hasta la caja y le llevo la cuenta. Lucrecia abona y me deja el cambio como siempre hace, para luego pedirme en voz muy baja si le acompaño hasta el baño de damas porque no se siente demasiado bien. Toda esta situación se me antoja demasiado extraña al igual que el repentino temblor que siento en sus manos al posarla sobre mi hombro.

Asiento con la mirada puesta en ella, la tomo del brazo y caminamos juntas hasta el baño pasando justo por delante del sujeto extraño que no para de mirarle fijamente. Puedo percibir su cuerpo tembloroso y pienso que está sufriendo un ataque de pánico.

Cuando llegamos, se aferra a mí muy desesperada y me suplica que le busque un sitio donde esconderse hasta que el sujeto que cena sopa de camarones se vaya. Puedo ver el terror en su mirada y me asusto mucho al comprender que ese hombre es el responsable de su gran temor.

La llevo hasta la cocina y le explico la situación al cocinero el cual me dice, en su lengua italiana por qué no llamamos a la policía y le comprendo más por las gesticulaciones de sus manos que por las frases que emite.

Le explico esto a Lucrecia, pero ella se niega rotundamente a llamar a las fuerzas policiales, sin embargo, por más que insisto, no me quiere decir el motivo, aunque lo intuyo por el destello que vi en los ojos de aquel hombre. A veces las cosas no suenan creíbles y no las mencionamos para no ser juzgados de irracionales.

Por alguna razón que se me antoja desconocida la comprendo y le pido al cocinero que guarde el secreto ante el encargado. La acompañé hasta el depósito donde se guardan las mercaderías, en el que sé con certeza que nadie entra, le coloco una silla y la dejo allí sentada sola, antes de cerrar la puerta e irme a seguir sirviendo las mesas.

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