Portada de la novela CASADA CON EL MALVADO CEO

CASADA CON EL MALVADO CEO

8.0 / 10.0
Bianca Vargas escapa de un matrimonio forzado y se oculta en México bajo el nombre de Dayana. Consigue empleo con Antón Montalvo, el enemigo de su padre, quien sospecha de ella y planea una cruel venganza mediante la seducción. Mientras él busca destruirla, ignora que Bianca huye del asesino de su propia estirpe. Todo cambia cuando Antón exige un aborto; ella huye para salvar a su hijo, dejando al descubierto una verdad que él jamás imaginó.

CASADA CON EL MALVADO CEO Capítulo 1

Me encontraba en la ciudad de los Ángeles, caminando hacia el altar, con los ojos empañados de lágrimas y un dolor profundo en el corazón. Los motivos, no quería casarme porque ni siquiera conocía a mi esposo, jamás lo había visto, solo sabía que mi padre perdió todo en el casino, y que ese amable caballero pagó su deuda a cambio de mí. Y aquí iba, directo al hombre que me aceptó por parte del pago.

Divisé la imagen parada frente a el sacerdote, pero no logré ver su rostro, pues estaba de espaldas a mí. A medio camino me detuve, dejé caer el ramo.

—Bianca ¡no te atrevas! —gritó mi padre, quien se encontraba cerca del altar, pues no quise que me entregara al altar, porque estaba siendo forzada a casarme, y él era el responsable. Pero nada de lo que dijo me detuvo, lo único que quería era escapar, por ello agarré los ruedos del vestido y salí corriendo, tomé el taxi que pasaba y le pedí que acelerara.

Como cargaba mi pasaporte debajo de mi vestido, supliqué a ese hombre me llevará a la estación de trenes. Al dejarme en la estación le pagué con una cadena que mi futuro esposo había enviado antes de la boda.

Aquel amable hombre me regaló las monedas que había hecho en todo el día. Agradecí por ello y corrí hacía el interior. Compré el primer pasaje que me dejará en la frontera de México, ya ahí contactaría con un coyote para que me ayudara a pasar, usando una identidad falsa.

Al entrar, me senté en el rincón más alejado y lloré, lloré porque no entendía como un padre podía vender a su propia hija, sin ningún remordimiento, todo para continuar manteniendo su estatus social o salvar su propia vida.

Por eso escapé, porque a él no le importaba lo que sucediera conmigo. Si estaba lejos o cerca le daba exactamente igual. A mí tampoco debía preocuparme su estatus, menos su miserable deuda.

Varias personas me miraban extrañadas por el vestido de novia que llevaba puesto, pero nada de eso me importaba ya que lo único que deseaba era estar lejos de las personas que decían ser mis padres y me estaban lanzando a los brazos de un hombre que no amo.

DÍAS DESPUÉS.

Me encuentro parada frente al espejo, dándole los últimos retoques a mi rostro. Hoy tengo una entrevista de trabajo en una de las empresas más grande de este país.

Escapar de mi ciudad natal me obligó a cambiar de nombre, solo con una identidad falsa mi padre no podrá encontrarme. Ahora me llamó Dayana Bracamonte, y mi vida empieza a tener un cambio diferente. La gente de este país me ha acogido de buena manera.

Estando lista salgo de casa, tomo un taxi y me dirijo a dicha empresa. Al bajar observó el alto edificio y me persigno. Espero que todo me vaya bien.

Soltando un suspiro camino en dirección a recepción. Aquella mujer me mira de arriba hasta abajo haciéndome sentir como un bicho raro.

—¡Buenos días! —digo con amabilidad—. Tengo una entrevista a las…

—¿Para secretaria del CEO?

—Si.

Ella sonríe, ladea la cabeza y murmura entre diente. “Pobre, la compadezco”.

—¿Disculpe? ¿Qué dijo?

—Nada querida. Solo decía que te deseo la mejor de las suertes —es como una frase muy larga para el movimiento de labios que hizo. Achico los ojos mientras ella me pide—. Dame tus datos —le doy los datos y me indica donde ir. Subo hasta el último piso lo cual me pone nerviosa ya que las alturas me dan pavor. Trato de calmarme mientras espero que el elevador llegue hasta el piso indicado. Cuando al fin se detiene camino hacia una hermosa mujer que se encuentra tras ese escritorio.

—¡Buenos días!

—¿En qué puedo ayudarte? —Pregunta sin despegar la mirada del computador.

—Tengo una entrevista de trabajo a las ocho de la mañana.

—No me digas ¿Aplicaste para secretaria del CEO?

—Si ¿Es muy duro el trabajo?

Otra que sonríe disimuladamente.

–El trabajo no es complicado. El complicado es—… se queda en silencio cuando las puertas del elevador se abren. Le veo tragar grueso y saluda a quien acaba de llegar.

—¡Buenos días, señor Antón! —Giro mi cuerpo lentamente para ver a quien saluda. Cuando mis ojos hacen contacto con los suyos siento un destello en mi rostro. El hombre que acaba de entrar es un adonis del universo, un completo Dios griego que pone a latir mi corazón con solo una mirada y hace elevar mi estomago con su fragante aroma. Inconscientemente lamo mis labios al verlo más de cerca.

Aquellos ojos verdes profundo se apartan de mí. Pasa de largo y no responde al saludo de su empleada. Y me giró para seguir observando su porte alto, espalda ancha y puedo decir que un rico trasero. definitivamente es una perfecta escultura tallado por los mismos dioses.

Cuando llega a la puerta se detiene, sin regresar a ver pregunta.

—¿Llegó la nueva secretaria?

—Si señor, es ella —me indica esperando que se dé la vuelta, sin embargo, el tipo no lo hace.

—Bien —dice con esa voz gruesa y encantadora—. Encárgate de enseñarle todo, lo primordial, que salude cuando ingreso. Después de eso que ingrese a mi oficina —dicho eso cierra la puerta.

Todos los pensamientos hermosos que tenía hacia él se me van. Me siento molesta, puesto que pide que me enseñen a saludar, cuando él no lo hace. ¿Quién se cree? Es el jefe, pero un humano como yo, también debería tomar clases de saludo. Digo para mí misma.

—¿Aun quieres el trabajo? —Pregunta

—¡Claro! No puedo dejar pasar esta oportunidad, necesito trabajar— ¿Por qué no lo querría? ¿Por qué lo que dijo el estirado del que supongo será mi jefe? Esos son detalles que puedo soportar, pero el hambre, ese si que no podré soportarlo.

—Bien, esto es un reto enorme el cual debes llevar a diario. Como vez, es un príncipe por fuera, pero un ogro por dentro, mejor dicho, el mismo demonio.

—Reto es mi segundo nombre —Le respondo y ella sonríe.

—Bienvenida entonces. Soy Rosa, pero puedes llamarme Rous, me encanta así —Asiento con la cabeza y continúa explicándome paso a paso lo que tengo que hacer—. Ahora ve, salúdalo así no responda, es mejor ser educado que mal educado como él.

—Bien, así lo haré.

Voy hacia su oficina, toco la puerta y se escucha su gruesa voz.

—Adelante —inhalando profundo ingreso.

—Buenos días, señor Antón Montalvo. Soy Dayana...

—No he preguntado su nombre y tampoco lo quiero saber, ya mi equipo se encargó de investigarla, así que, al grano —dice sin mirarme.

—¿Al grano? ¿De qué grano me habla, señor? —Levanta la mirada impactándome con esos ojos verdes, tan verdes como las praderas, los cuales me dejan anonada, sembrada sin poder articular palabras.

Me pongo nerviosa por su mirada intensa, seguido forma una sonrisa de mueca lo que le hace ver más divino, y podría decir, que es la sonrisa más hermosa que he visto.

—¿Porque está aquí?

—Eh, porque… porque usted me dijo que ingresara.

—¿Y para que debía ingresar?

—A realizarme la entrevista…

—Si entra a mi oficina, es porque ya está contratada.

—Entonces, supongo que debo empezar a trabajar.

—No suponga y empiece a trabajar, porque si está aquí es para eso ¿No? —me mira de forma retadora —¿Que espera para sentarse y tomar dato de lo que le voy a decir?

—Si, sí. Ahora mismo.

Me siento muy nerviosa, acomodo mi falda y saco la tableta. Él aún continúa mirándome, y eso me provoca más nervios.

—¿Es su primer trabajo? —Asiento reteniendo el aire—. Tranquila, no soy un ogro con las que recién empiezan, pero si se pasan de mensa, sí que conocerá ese ogro de los que todos hablan —así que sabe que le llaman ogro. Tan divino que es para que lo apoden de esa forma. Tengo el esfero en mis labios y se me sale un suspiro. Reacciono y musito.

—Lo siento, es que nunca he trabajado—acabo de cumplir los dieciocho años.

—Ahórrese las excusas y aprenda, porque si aplicó, es porque sabe a lo que se atenía, ¿cierto?

—Si señor, solo debo...

No me deja hablar y continúo hablando él.

El momento en la oficina es incómodo, pues este hombre habla solo mirando a los ojos y de la misma forma quiere que yo lo haga. Me llama la atención en repetidas ocasiones por no mirarlo a los ojos. Carajo, que no se da cuenta que si lo miro a los ojos me pierdo en lo verde de ellos y no escucho lo que dice.

—Es todo por hoy, retírese.

Se gira en la silla, quedando de lado, se concentra en la laptop. Antes de mover sus dedos me mira sobre el hombro. Yo estoy anonada, observando su hermoso perfil, aquella mandíbula que se mueve debajo de su piel—. ¿No escuchó?

—Si, solo que—vuelve la mirada al computador y procedo a levantarme.

Al salir logro tranquilizarme. Me acomodo en el escritorio que pertenece a secretaria y me acomodo a realizar lo que me pidió. Solo una enorme ventana de vidrio nos separa.

Paso toda la mañana revisando correos y aprendiéndome números telefónicos, en hora de almuerzo salí con la chica que me atendió, me presentó a sus demás compañeras y pasamos un almuerzo agradable. Por la tarde pasé aprendiéndome códigos y tantas cosas. De vez en cuando la mirada me llevaba a él, que hombre más hermoso y sexy, musito para mí misma.

Se me escapan más de un suspiro mientras laboro.

Dejo de mirarle por unos minutos. Cuando vuelvo a levantar la mirada, se encuentra parado a mi lado.

—Acompáñeme —dice y se va.

Camina hacia el elevador mientras yo agarro mi cartera. Una vez que la tengo en mis manos corro tras él, como un perrito faldero voy detrás.

Sostiene la puerta del elevador hasta que entro. Estando dentro el ambiente se vuelve más tenso, es como si la atmósfera se vuelve pesada que no puedo respirar con normalidad. Me siento super calurosa, y con tremendo bombón al lado cualquiera ¿no?

Mientras descendemos, su móvil suena, observa el número y contesta inmediatamente.

—¿Dime Damm? —Lo que sea que le dice el tal Damm lo preocupa, porque su rostro se vuelve pálido —Voy para allá— tras colgar la llamada posa su mirada en mí—. Tengo una reunión muy importante en la que esperan por mí —mira el reloj de mano—. En una hora, debo reunirme con unos gringos —levanta sus largas y arqueadas pestaña y dice—. No podré ir, así que irá usted. Le adjuntaré el archivo sobre que se trata para que pueda repasarlo mientras se dirige al lugar.

—Pero…

—¿Tiene algún problema en asistir? Según su currículo, su inglés es perfecto, por eso se la contrató. ¿O nada de lo dicho en su hoja de vida era verdad?

—Claro que lo es, señor —le sonrió forzadamente—. Mi inglés es muy bueno.

—Entonces, no le veo el problema que vaya sola.

—No, no tengo problema. Yo puedo…

Al llegar a la salida detiene un taxi y me invita a subir, antes de que este arranque dice.

—De esta reunión depende su continuidad.

— ¿Ya no tenía el trabajo?

—Bien dice, lo tenía, ahora está en usted, continuarlo manteniendo —Sin esperar respuesta le indica al taxista que arranque. Suspiro cuando lo veo alejarse.

Al desaparecer de mi vista recuerdo lo que debo hacer, saco la tableta y me pongo a repasar lo que me ha enviado. Tengo que quedarme, porque sería sumamente vergonzoso que me echaran el primer día del trabajo.

Antes de ingresar al restaurante, me persigno y rezo a la virgen de Guadalupe. Se dice que ella concede muchos milagros en este país, espero que me lo conceda a mí, porque sí que necesito el trabajo.

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