Capítulo 2

La primera cena no fue un acto de nutrición, sino una ceremonia de tortura. El comedor formal del ático, con su mesa de roble macizo diseñada para albergar a doce personas, se sentía como un desierto de madera que los separaba. Mateo se había cambiado de ropa, buscando refugio en una camisa de lino azul marino abotonada hasta el penúltimo ojal, un intento desesperado por recuperar la compostura que Sasha le había arrebatado en la terraza.

Ella, por el contrario, no había hecho ningún esfuerzo por ocultar su ventaja. Seguía con el vestido de seda perla, pero ahora llevaba el cabello recogido en un moño deshecho que dejaba al descubierto la línea de su cuello, un lienzo pálido que parecía absorber la luz de las velas que ella misma había encendido.

-He pedido comida tailandesa -dijo Sasha, rompiendo el silencio mientras servía un vino tinto denso, casi negro-. Recuerdo que en Londres te volviste adicto al picante. O al menos eso decía mamá en sus cartas.

Mateo aceptó la copa, cuidando que sus dedos no rozaran los de ella. El vino era un Ribera del Duero que su padre guardaba para ocasiones especiales. Beberlo allí, solos, se sentía como el primer robo de la noche.

-Londres fue hace mucho tiempo, Sasha. Mis gustos han cambiado -respondió él, observando cómo ella se sentaba justo enfrente, desafiando la distancia de la mesa.

-¿Ah, sí? ¿Y qué te gusta ahora, Mateo? ¿La castidad? ¿El orden? ¿O simplemente te gusta mentirte a ti mismo frente al espejo cada mañana?

El ataque fue directo. Sasha nunca había sido de las que rodeaban el objetivo; ella prefería la colisión frontal. Mateo dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. El líquido rojo se agitó violentamente contra el cristal.

-Vine aquí porque pensé que podíamos ser adultos. Papá está mayor, su salud no es la misma, y este negocio necesita que estemos unidos. No puedo trabajar contigo si vas a convertir cada conversación en un campo de minas psicológico.

Sasha soltó una carcajada melódica que no llegó a sus ojos. Abrió uno de los recipientes de comida y el aroma a curry, jengibre y chile llenó el espacio, volviendo la atmósfera todavía más pesada, más sofocante.

-Unidos -repitió ella, saboreando la palabra-. Es una elección curiosa de vocabulario. ¿Recuerdas la última vez que estuvimos así de "unidos", Mateo? Fue en esta misma mesa, pero debajo de ella. Teníamos catorce y dieciséis años. Tú me retaste a ver quién aguantaba más tiempo sin apartar la mirada mientras nuestras manos hacían cosas que no estaban en el manual de buenos hermanos.

-Basta -sentenció él, su voz vibrando con una advertencia profunda.

-¿Por qué? ¿Te incomoda la verdad? -Sasha se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La seda del vestido cayó, revelando el inicio de la curva de sus pechos-. Pasaste cinco años huyendo de lo que somos. Te enviaron lejos para "limpiarte", como si el deseo fuera una mancha que se quita con jabón inglés. Pero mírame. Mírame a los ojos y dime que cuando entraste hoy y me viste, no sentiste el mismo hambre que aquel día en la casa de campo.

Mateo intentó comer, pero el sabor del curry era ceniza en su boca. Sus sentidos estaban bloqueados por la presencia de la mujer que tenía enfrente. Ella no estaba comiendo; lo estaba devorando a él con la mirada. Era una depredadora que conocía perfectamente los ritmos de su presa.

-Lo que pasó cuando éramos adolescentes fue una confusión -dijo él, aunque sus propias palabras le sonaban a mentira-. Éramos dos niños solos, confundidos por la nueva estructura familiar. No sabíamos distinguir el afecto de la pulsión física.

Sasha se levantó lentamente. No rodeó la mesa; caminó directamente hacia él. El sonido de sus pies descalzos sobre el parqué era rítmico, hipnótico. Se detuvo detrás de su silla y apoyó las manos en los hombros de Mateo. Él se tensó, cada músculo de su espalda convirtiéndose en piedra.

-Mientes tan mal, hermanito -susurró ella cerca de su oído. El calor de su aliento le quemó la piel-. Un niño confundido no te mira como tú me miraste en la terraza. Un niño confundido no tiene el pulso acelerado a ciento veinte por minuto solo porque me he acercado a su espalda.

Las manos de Sasha empezaron a descender por el pecho de Mateo, desabrochando el primer botón de su camisa de lino. Él le atrapó la muñeca con fuerza, una presión que habría hecho retroceder a cualquiera, pero ella solo sonrió.

-Nuestros padres regresan en catorce días, Mateo. Catorce días de vivir en esta farsa de civilización. Podemos pasar ese tiempo fingiendo que somos extraños que comparten un código postal, o podemos aceptar que este ático es el único lugar en el mundo donde las reglas de fuera no existen.

-Si empezamos esto otra vez, no habrá vuelta atrás -dijo él, su voz apenas un susurro quebrado-. Esta vez no habrá un avión que me salve. Si nos descubren ahora, destruiremos a papá. Destruiremos todo lo que han construido.

-Ya estamos destruidos, Mateo. Lo estuvimos desde el momento en que nuestras sangres no se mezclaron, pero nuestros cuerpos sí.

Sasha se soltó de su agarre con una suavidad insultante y rodeó la silla para quedar entre sus piernas. Se arrodilló sobre la alfombra, obligando a Mateo a mirarla desde arriba. La posición era de una sumisión fingida, porque el control absoluto de la habitación lo tenía ella. El tabú palpitaba entre ambos como un tercer corazón, ruidoso y exigente.

Él llevó su mano al cabello de ella, deshaciendo finalmente el moño. Las hebras oscuras cayeron sobre sus hombros como una cascada de sombras. La extrañeza de verla como una mujer adulta desapareció para dar paso a una familiaridad aterradora. El contorno de sus labios, la pequeña peca cerca de su clavícula, la forma en que su respiración se entrecortaba cuando él apretaba un poco más el agarre en su nuca.

-Cenizas vivas -murmuró él, recorriendo con el pulgar el labio inferior de ella-. Eso es lo que somos.

-Entonces sopla, Mateo -respondió ella, cerrando los ojos-. Sopla y deja que todo arda de una vez.

Mateo se inclinó, eliminando los últimos centímetros de decencia que quedaban en el comedor. No fue un beso de amor; fue un choque de necesidades reprimidas durante media década. Sabía a vino tinto, a especias picantes y a un peligro que le recorrió la espina dorsal como electricidad. En ese momento, la estructura de 80,000 palabras que era su vida se redujo a un solo punto: el contacto prohibido de sus bocas bajo la luz de las velas que agonizaban.

La farsa de la civilización había durado exactamente tres horas y cuarenta minutos.

Mateo la levantó de la alfombra con una urgencia que rayaba en la violencia, sus manos buscando la piel bajo la seda, reconociendo territorios que su memoria había guardado bajo llave. La mesa de roble, testigo silencioso de las cenas familiares y los negocios de su padre, se convirtió en el primer escenario de su rendición.

Mientras el mundo exterior seguía su curso en las calles de Madrid, ajeno a la transgresión que ocurría en el último piso de "Los Alerces", Mateo comprendió que el exilio no lo había curado. Solo lo había vuelto más hambriento. Y Sasha, con sus ojos de sabiduría oscura, estaba más que dispuesta a alimentarlo hasta que no quedara nada de ninguno de los dos.

Capítulo 3

El eco del encuentro en el comedor aún vibraba en las paredes del ático, pero el silencio que siguió fue más pesado que el ruido. Mateo se encontraba de pie frente al gran espejo veneciano del pasillo, observando su reflejo mientras se subía la cremallera del pantalón. Su respiración aún no había recuperado el ritmo. A sus espaldas, la puerta del comedor seguía entreabierta, dejando escapar el olor a velas consumidas y a esa humedad eléctrica que deja el sexo urgente y prohibido.

Cerró los ojos y, de repente, el espejo dejó de mostrar el presente.

Flashback: Diez años atrás.

Sus padres se habían casado apenas seis meses antes en una boda de ensueño que pretendía unir no solo a dos personas, sino a dos imperios inmobiliarios. Para los adultos, era una fusión estratégica; para los niños, era una invasión.

-No eres mi hermano -le había dicho Sasha aquella tarde de lluvia, sentada en el borde de la fuente del jardín de la casa de campo.

-Y tú no eres mi hermana -respondió Mateo, observando cómo el agua empapaba el vestido blanco de la niña, volviéndolo translúcido.

Había algo en la mirada de Sasha, incluso a esa edad, que no era infantil. Una curiosidad depredadora. Ese día, mientras los padres brindaban con champán en el porche, ellos se refugiaron en el invernadero. El calor allí dentro era sofocante, cargado del aroma de la tierra mojada y las orquídeas exóticas. Fue allí donde Mateo vio por primera vez la piel de Sasha bajo una luz diferente. Ella se había quitado la camiseta empapada sin pudor alguno, desafiándolo con la mirada.

-Mírame, Mateo. Si fuéramos hermanos de verdad, tendrías que apartar la vista. Pero no puedes, ¿verdad?

Ese fue el inicio. El espejo del pasillo no solo reflejaba su cuerpo adulto, sino la acumulación de una década de esos momentos: roces accidentales en el coche, miradas prolongadas en las cenas de Navidad, el sonido de los gemidos ahogados tras las puertas cerradas durante la adolescencia.

Presente.

Sasha apareció en el reflejo, caminando hacia él por el pasillo. Se había despojado por completo del vestido de seda. Estaba desnuda, moviéndose con una naturalidad que a Mateo le resultaba dolorosa. La luz de los apliques de pared, de un tono ámbar cálido, bañaba su cuerpo, resaltando cada curva y cada sombra con una precisión cinematográfica.

Mateo se giró lentamente, atrapado de nuevo por la visión.

Sasha era una escultura de carne viva. Sus hombros eran redondeados y suaves, descendiendo hacia unos pechos firmes, de una palidez nacarada que contrastaba con la aureola oscura y extendida de sus pezones, endurecidos por el aire acondicionado y el rastro de la excitación previa. La línea de su cintura era profunda, marcando el inicio de unas caderas anchas que sostenían el peso de su historia.

-¿Qué buscas en el espejo, Mateo? -preguntó ella, deteniéndose a un paso de él-. ¿Buscas al niño que se escondía o al hombre que no puede dejar de tocarme?

Ella se acercó más, obligándolo a fijar la vista en el triángulo oscuro y sedoso de su vello púbico, que se perdía entre sus muslos tensos. Sasha no ocultaba nada; su desnudez era un manifiesto de poder. Extendió una mano y empezó a desabrochar el cinturón de Mateo, sus dedos rozando la piel del abdomen de él con una lentitud calculada.

-Quiero que me veas de verdad -susurró ella, bajando la vista hacia la erección que tensaba el pantalón de Mateo-. Sin el vestido, sin el apellido de nuestros padres, sin la farsa.

Mateo la tomó por la cintura, sus dedos hundiéndose en la carne suave de sus costados. La sensación de la piel de ella, tan real y tan prohibida, lo hizo jadear. La giró bruscamente contra el espejo frío. El contraste entre el cristal helado en la espalda de Sasha y el calor abrasador del cuerpo de Mateo la hizo soltar un gemido agudo.

En el reflejo del espejo veneciano, Mateo vio la imagen completa de su perdición. Él, todavía medio vestido con la camisa de lino abierta y arrugada; ella, totalmente expuesta, con las piernas abiertas y la espalda arqueada contra el cristal.

Se inclinó para besar el espacio entre su cuello y su hombro, succionando la piel hasta dejar una marca violácea, un estigma que proclamaba su propiedad. Sus manos bajaron hacia las nalgas de Sasha, apretándolas con una fuerza que buscaba compensar los cinco años de vacío. Sentía la humedad de ella entre sus dedos, una evidencia líquida de que el tabú la excitaba tanto como a él.

-Mírate -le ordenó Mateo al oído, obligándola a observar el espejo-. Mira lo que estamos haciendo en la casa de tu padre. Mira cómo tiemblas cuando te toco así.

Sasha abrió los ojos, empañados por el deseo, y se miró en el reflejo. Vio cómo las manos de su "hermano" rodeaban sus pechos, comprimiendo la carne blanca, y cómo el rostro de Mateo se transformaba en una máscara de posesión salvaje. No había rastro de la niña del invernadero, solo una mujer que encontraba su clímax en la transgresión de la sangre ficticia.

-No me importa -jadeó ella, apoyando las palmas de las manos en el espejo, dejando huellas de sudor sobre el cristal-. Hazlo. Rompe todo lo que queda de nosotros, Mateo.

Él se deshizo de sus pantalones con movimientos torpes, cegado por la urgencia. Cuando entró en ella, lo hizo con una embestida profunda que hizo vibrar el espejo contra la pared. El sonido de sus cuerpos chocando -carne contra carne, sudor contra sudor- llenó el pasillo. Era un acto de conquista. Cada movimiento era un capítulo de su pasado que intentaban reescribir con placer y dolor.

Sasha echó la cabeza hacia atrás, sus cabellos oscuros barriendo el cristal, mientras Mateo la penetraba con una cadencia hipnótica. Podía ver en el espejo cómo su cuerpo se estremecía, cómo la piel de sus muslos se enrojecía por el roce y cómo los ojos de ella se ponían en blanco en el momento en que el primer orgasmo empezó a sacudirla.

Cuando finalmente terminaron, colapsados el uno contra el otro frente al espejo, el silencio regresó. Pero ya no era el silencio de un museo. Era el silencio de una zona de guerra tras la explosión. Mateo observó las marcas de sus dedos en la cadera de Sasha y el rastro de semen y sudor que manchaba el espejo veneciano.

El pasado y el presente se habían fundido. Las raíces del veneno habían crecido tanto que ya no había forma de arrancarlas sin matar el árbol.

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