Portada de la novela Amor y tempestad

Amor y tempestad

9.2 / 10.0
La vida de Maya, una joven de clase media, da un giro radical al conocer a Gonzalo, un estudiante que pronto se convierte en el centro de su mundo. Lo que comienza como un romance de ensueño y perfección absoluta termina chocando de frente con una realidad desgarradora. Inspirada en hechos reales, esta obra narra la metamorfosis de un vínculo idealizado hacia una relación tóxica, explorando el profundo dolor y el desencanto que surgen al romperse la ilusión.

Amor y tempestad Capítulo 1

Lo primero que vi al asomarme por la puerta fue una calavera que habían apoyado sobre el escritorio junto a una rosa blanca y una pluma. El profesor observaba la escena con satisfacción detrás de unas gruesas gafas que se oscurecían con la luz.

-¡Buenos días! -lo saludé y me dirigí hacia mi lugar habitual ubicado en el fondo del salón de Arte, justo detrás de Lorena, que dibujaba concentrada con su cabello negro rozando la hoja.

Una vez que todos estuvimos en nuestros asientos, el docente acarició su barba incipiente y dijo:

-El viernes tuve que ir al médico, por lo que les pedí a los chicos de quinto año que vinieran hoy para que podamos recuperar la clase que perdimos. Junten los bancos de a dos. Vamos a estar algo apretados, pero no importa.

Me quedé sentada mientras mis compañeros de cuarto año arrastraban los bancos de la forma más ruidosa posible y el profesor explicaba algo que no me molesté en escuchar. Fue entonces cuando lo vi por primera vez. No podía creer que no hubiera reparado antes en su presencia. No entendía cómo no lo había visto en los recreos o en la entrada, si era exactamente el tipo de chico que me gustaba. Alguien que podría llevarme en motocicleta a un concierto de rock, pero que difícilmente me animaría a presentarle a mis padres. Tenía el cabello rapado de un costado y un flequillo largo y negro que le caía del otro. El piercing de su ceja emitió un destello casi mágico cuando pasó por debajo de los tubos de luz del salón.

Caminó hasta uno de los pupitres con esa actitud que tenía de comerse el mundo y cuando llegó a él lo arrastró hasta colocarlo exactamente junto al mío. Si las personas fueran bloques de hielo, en ese momento me hubiera derretido.

-¿Tenemos que copiar eso? -preguntó y su voz levemente áspera hizo que me diera vértigo. 

No podía creer que estuviera junto a mí, hablándome.

-Me parece que sí -respondí, aunque no había escuchado ni una palabra de la explicación del docente.

Durante la clase, hice mi mejor esfuerzo por enfocarme en mi dibujo. Intentaba disimuladamente observar a mi compañero para memorizar los finos detalles de su perfil. Tenía la nariz apenas respingada, lo que confería una pizca de ternura a su apariencia rebelde. Cada vez que mi mirada se cruzaba con sus oscuros ojos, me apresuraba a dirigir la vista hacia mi dibujo.

-El tuyo es el mejor de toda la clase -me dijo en voz baja.

Sentí que mi corazón se detenía por un instante y que volvía a latir con más fuerza que nunca. Tardé una fracción de segundo en recordar cómo usar las palabras y dije:

-¡Gracias! ¡El tuyo también es muy bonito!

Cuando me detuve a ver su trabajo, me di cuenta de que no era verdad lo que le acababa de decir. Su versión de la calavera parecía una cara sonriente y su rosa tenía más bien apariencia de margarita. Aunque intenté contenerme, rompí a reír a carcajadas y deseé que el suelo me tragase. Por fortuna, él no se tomó a mal la situación e incluso le contagié la risa.

-¡Pérez y Aranda! -gritó el profesor para reprendernos.

Su apellido era muy lindo. A mí nunca me había gustado el mío porque lo consideraba demasiado común. Sin embargo, si me casaba con él, podría tomar el suyo. De acuerdo, estoy exagerando. No estaba planeando nuestra boda, pero sí me había parecido muy guapo.

Cuando escuché el timbre temí que no volviéramos a vernos. Por fortuna, antes de irse me dijo:

-Hoy a las seis me junto con unos amigos en la plaza que está cerca del cole. Te digo, por si te interesa venir, Pérez.

Esa tarde vacié mi armario hasta encontrar la ropa perfecta: unos jeans ajustados y una remera azul de mangas largas con un escote pronunciado. Llegué a la plaza unos minutos antes de la hora pactada y como no lo encontré, caminé unas cuadras a la redonda. De ese modo, podría estar allí un poco más tarde y no parecería tan desesperada por verlo.

Cuando regresé, lo vi en un banco sentado en medio de dos amigos. Llevaba una campera de cuero que le quedaba muy bien y tenía una botella de cerveza en la mano.

-Hola -saludé con timidez y los tres muchachos me miraron.

-¿Vos sos...? -dijo con una expresión de total indiferencia.

-Maya... Maya Pérez, de la clase de arte -respondí al borde de las lágrimas.

-Ah, sí... ¿Un trago? -preguntó extendiendo la botella hacia mí.

-No, gracias. Solo pasaba a saludar -dije y me fui.

No sé por qué su actitud me había afectado tanto, pero comencé a llorar en silencio mientras caminaba despacio en dirección a la parada.

En la mitad de la plaza, Aranda me detuvo apoyando una mano sobre mi hombro. No me había dado cuenta de que me estaba siguiendo y aunque intenté disimular que estaba llorando, él lo notó y dijo:

-Era una broma. ¿Cómo no voy a saber quién sos, si yo te invité?

No me pidió perdón y yo me sentí tonta por no haber entendido que solo estaba bromeando. Regresé y pese al mal rato que había pasado al principio, me presentó a sus amigos, Carlos, alto moreno y regordete, y Julián, que tenía una sonrisa traviesa detrás de un montón de rulos color castaño claro que le cubrían parte del rostro. Me cayeron bastante bien y terminamos teniendo una tarde agradable en la que bromeamos mientras ellos bebían. 

-Perdón, pero ya es muy tarde. Va a ser mejor que me vaya -dije al ver que comenzaba a caer el sol.

-¡Quedate un rato más! -pidió él mirándome con ojos de cervatillo bebé.

-Es que si llego tarde, me van a matar en mi casa -dije con pesar, pasándome una mano por mis enmarañados rizos castaños.

-Hagamos una cosa, si te quedás unos minutos más, yo después te llevo a tu casa en auto. Vas a llegar muchísimo antes que si tomás el colectivo.

Quería quedarme con ellos, pero aunque me moría de ganas de viajar con él, no me parecía prudente ya que había estado bebiendo.

-No sé... ¿No tomaste bastante como para manejar? -pregunté señalando las cinco botellas vacías que había alrededor de nuestro banco.

-No te preocupes, soy el que menos bebió y soy muy buen conductor -explicó.

Al ver que yo dudaba, Julián, acomodando su cabello rizado, dijo:

-Conozco a Gonza desde hace años y es muy criterioso. Si sintiera que no puede manejar, no se arriesgaría a hacerlo y mucho menos si va a llevar a alguien como vos.

Aunque mi sexto sentido me instaba a tomar el colectivo, accedí a quedarme un poco más y a que después él me llevara hasta mi casa. Cuando abandonamos la plaza ya estaba oscuro. Me había excedido bastante de mi hora de llegada permitida.

Le envié un mensaje de texto a mi papá diciéndole que estaba bien y que me llevaban en auto. Su respuesta fueron tres emojis de caritas enojadas que viraban del amarillo al rojo furioso.

-¿Todo bien? -me preguntó Gonzalo Aranda abriéndome la puerta de su coche.

-Sí -mentí y me subí a su auto azul que era un pequeño y antiguo escarabajo, pero para pertenecer a alguien de diecisiete o dieciocho años que iba a una escuela pública, no estaba nada mal.

Gonzalo conducía manteniéndose por debajo de la velocidad máxima permitida, lo que me alivió mucho.

Cuando doblamos en la esquina de mi casa mi papá me esperaba en la vereda con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos. Me puse pálida apenas lo vi.

-¡No me digas que ese es tu viejo! 

-¡Ay, no! Mejor me bajo acá. 

Sentía una sensación de miedo y vergüenza arremolinándose en la boca de mi estómago.

-Le voy a decir a tu papá que fue mi culpa que se nos haya hecho tarde, así no se enoja con vos.

-No, por favor. No lo conocés... Va a ser peor... -rogué en vano.

Gonzalo estacionó frente a mi casa, se bajó del auto y mi papá fue a su encuentro antes de que yo pudiera reaccionar. No imaginaba que pudiera haber un peor escenario que ese. Jamás había llevado un chico a casa y por las cejas a punto de tocarse de mi padre intuía que no aprobaba a mi... llamémosle amigo, por el momento.

-¿Les parece que esta es hora de llegar? -gruñó mi padre haciendo que temblaran sus canosos bigotes.

Entonces Gonzalo respondió de la peor manera:

-Son apenas las ocho y cuarto.

Aquello descolocó a mi padre que por un instante abrió mucho los ojos. 

-¡Maya! ¿Quién es este mamarracho?

-Eh... Es Gonzalo. Es del colegio...

-¡Más le vale tener registro!

El mundo giraba demasiado rápido y sentí que estaba a punto de desmayarme.

-Claro que tengo...

-¡Encima está borracho!

El aliento a cerveza de Gonzalo lo había delatado. No había nada más que decir ni forma de arreglar la situación, por lo que se despidió como pudo y se marchó dejándome a solas con mi padre.

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