Resulta que todo aquello no era más que otra estafa.
Ya que él podía actuar, ¿por qué yo no podría?
Parpadeé suavemente, y mis labios se alzaron en una sonrisa tenue.
—No es nada, nada más estoy un poco cansada. —Mi voz sonaba suave, con un aire de cansancio, sin rastro de nada raro.
Él suspiró aliviado, y me consoló con voz suave:
—Está bien, descansa.
«Perfecto, entonces te acompaño en esta actuación por tres días más», pensé.
Dentro de tres días, esa obra debía llegar a su fin.
A la mañana siguiente, temprano, Ramón me acompañó al control prenatal.
Durante todo el proceso preguntó atento por todo, el doctor sonrió y comentó:
—Tu esposo te trata muy bien, ya no hay muchos hombres con tanta responsabilidad.
Ramón me tomó de la mano, y, con ojos tiernos, dije:
—Este es un niño muy esperado, claro que debo cuidarla bien.
Al salir del consultorio, nos topamos justo con Lana. Llevaba un vestido holgado, y, cuando nos vio, sus ojos brillaron con cierta satisfacción.
La miré, con esa panza que tenía tan grande, y me reí por dentro.
Con razón antes decía qué casualidad, quedar embarazada al mismo tiempo que yo. Resulta que solo estaba esperando que diera a luz.
Se acercó, con ojos sonrientes, y, con tono alegre, dijo:
—Hermana, ¿cuándo es tu fecha de parto?
Mientras hablaba, su mano se dirigía hacia mi panza.
La miré fría y alcé la mano para quitar la suya.
—¿Qué haces? —La cara de Lana se arrugó al instante y sus ojos brillaron con molestia.
Justo cuando iba a hablar, bajé la cabeza, puse la mano en mi panza, y, con voz débil, respondí:
—La panza... me duele un poquito...
Sus palabras se trabaron, la satisfacción en su cara se congeló al instante.
Ramón inmediatamente me sostuvo, y, con voz tensa, preguntó:
—¿Fue porque el chequeo duró mucho? ¿Quieres que regresemos a descansar?
Su voz estaba llena de preocupación, pero yo veía claramente que su mirada seguía en Lana, en un consuelo silencioso.
—Voy al baño —dije en voz baja, bajando las pestañas.
Frunció el ceño, quiso seguirme, pero yo agité la mano, diciendo:
—No hace falta, espérame.
Dudó un momento, pero finalmente asintió.
—Ten cuidado.
Me di la vuelta y entré al baño, pero, apenas cerré la puerta, lo vi irse apurado.
Como era de esperarse, fue a consolar a Lana.
Los seguí silenciosamente, me paré a cierta distancia, y lo vi consolándola en voz baja, con tono paciente y tierno.
Lana frunció el ceño, y, con voz caprichosa, dijo:
—¿Ya tienes sentimientos por ella? Hace rato, no me defendiste cuando ella no me respetó, al final, ¿ya no puedes dejarla?
Ramón suspiró con impotencia y la consoló en voz baja:
—Es por el bebé, después de todo ella ahora...
No terminó la frase, metió la mano al bolsillo y sacó una caja de una joyería elegante, la abrió y sacó una pulsera nueva, la cual colocó en su muñeca con suavidad.
—Mira —dijo con voz suave—. Te compré, el nuevo modelo de pulsera que querías la otra vez.
La expresión de Lana se suavizó un poco, curvó los labios, y, con voz mimosa y satisfecha, dijo:
—¿Recuerdas esa acción que me recomendaste la vez pasada? Gané un montón. Recomiéndame algunas más, ¿sí?
Me quedé ahí parada, viendo esta escena, y de repente sentí que era ridículo. Ramón usaba todo lo mío para complacerla.
Después de irme, saqué mi teléfono e hice una llamada:
—Hola, quiero confirmar la hora de la cirugía. Perfecto. Estaré lista para mañana.
Detrás de mí, unos pasos conocidos se detuvieron de repente.
—¿Mañana? —La voz de Ramón tenía un aire de confusión—: ¿Adónde vas?
Me di la vuelta y, al encontrarme con su mirada, mostré una tenue sonrisa.
—Tengo cita para fotos de embarazo, quiero tomar un retrato familiar para el recuerdo.
Su cara cambió un poco, y su expresión mostró cierta vacilación.
Alcé las cejas a propósito, y, con tono alegre, le pregunté:
—¿Qué pasa? ¿No quieres acompañarme?
Abrió la boca, evitando mi mirad.
—No es eso... es que tengo miedo de que te canses mucho, además mañana tengo una junta en la empresa, ¿qué tal si lo dejamos para otro día?
Lo miré, me reí suavemente, y, con voz tierna y comprensiva, respondí:
—No importa, tu trabajo es más importante. Puedo ir sola.
Pareció aliviado, sonrió y me revolvió el cabello.
—Eres tan comprensiva —dijo con voz mimosa—, ¿qué haría sin ti?
El día de la cirugía, antes de salir, Ramón de repente sacó una pulserita y me la puso tiernamente.
—Esto es para ti. —Su voz era suave y sus ojos reflejaban la misma ternura de siempre.
Bajé la mirada, era la pulserita que venía de regalo cuando compró esa pulsera para Lana.
Mis dedos se tensaron poco, alcé la mirada, con una sonrisa, y, con voz tierna, mentí:
—Gracias, me gusta mucho.
Sus labios se curvaron levemente, me revolvió el cabello con suavidad, y, en voz baja, suspiró:
—Norma, siempre eres tan tranquila.
Antes de ir al hospital para la cirugía, decidí regresar a la casa familiar a ver a mis padres. Pero, antes de entrar, escuché claramente las voces de adentro.
Lana hacía berrinche, con tono descontento:
—¿De qué tiene que presumir Norma? ¡Ayer hasta me pegó en la mano!
—Aguanta un poco más, ¿no te ayudamos antes cuando dijiste que querías a su prometido? Esta vez igual, no te apures —la consoló mi madre, con dulzura.
Mi papá suspiró, y, con un tono cargado de cierta impotencia, añadió:
—Ay, ya no hagas travesuras, con tanto trabajo para que te casaras, si tus suegros se enteran de cómo vino este niño al mundo, habrá problemas otra vez, y también meterá en líos a Ramón.
—Lana, no te preocupes —se apresuró Ramón a consolarla, con voz tierna pero firme—, ayer traje el reporte del control prenatal, no hay problema, solo hay que esperar a que nazca el bebé. —Hizo una pausa y agregó—: Papá, mamá, no se preocupen por mí. Todo está bien. Por Lana haría lo que fuera.
Mis dedos se helaron, toda la sangre de mi cuerpo pareció congelarse al instante.
Resulta que todos sabían, que todo aquello había sido planeado por ellos.
Resulta que, de principio a fin, yo no era más que una pieza de ajedrez.
Poco después, la empleada llamó a la puerta para servir té.
Ramón abrió la puerta, distraído, e iba a recibir la taza de té, cuando su mirada se detuvo de golpe.
En la puerta, esparcidas por el suelo, estaban unas perlas sueltas, y la pulsera rota yacía ahí silenciosamente. Era la pulserita que él me había puesto esa mañana.
Su cara cambió al instante y su respiración se cortó. Se lanzó hacia la puerta y miró alrededor, con el pánico en sus ojos. Acto seguido, marcó mi número como loco.
Cuando contesté, su voz estaba llena de prisa e inquietud:
—Norma, ¿dónde estás? Déjame explicarte...
No dije nada.
—¡Norma! ¡¿Qué está pasando?! —Su voz se tornaba cada vez más desesperada—. ¡¿Dónde estás?!
En ese momento, al fondo en la llamada, se escuchó claramente la voz de una enfermera:
—Norma García, firme aquí el consentimiento para la cirugía.
Del otro lado de la línea, Ramón pareció ahogarse, su respiración se cortó de golpe, y, de pronto, enloqueció por completo.
—¿Cirugía? ¡¿Dónde estás?! ¡¿Qué cirugía te van a hacer?!
Su voz era casi un grito, llena de un pánico sin igual.
Miré la pantalla tranquila, deslicé el dedo suavemente por ella, colgando la llamada y…
Apagué el teléfono.