Los años pasaron en la mansión Bach; 18 para ser exactos. La pequeña Lucero dejó de ser pequeña: ahora era toda una joven, igual o más hermosa que su madre. Sus ojos celestes, casi verdosos, eran dignos de ver; su cabellera larga, brillante y castaña realzaba la palidez de su rostro. Estaba lista para ir a la universidad: fue el último deseo de su bisabuelo, Marcus Bach. Él fue siempre el más apegado a ella; compartieron la habitación hasta que la pequeña cumplió cinco años. Luego, los años le pidieron a Marcus un descanso, pero aun así la conexión que tenían era única. Con él nunca tuvo secretos; siempre la alentaba a soñar. Cuando Lucero tenía 15 años, el anciano y patriarca de la familia le hizo prometer que iría a la universidad, algo que su madre no hizo, ya que estudió a distancia para ocupar su lugar como cabeza de la familia Bach. Porque llevar un imperio como el de ellos tenía su precio a pagar. Marcus quería que Lucero viviera todo lo que cualquier persona tiene que vivir: lo bueno, lo malo y lo mejor; que su vida fuera diferente a lo que fue la de Kimberly, su madre; que no dejara que la colocaran en la burbuja de cristal de los Bach.
—Lo juro, mi Abu hermoso: iré a la universidad, seré la mejor de todas y vos me darás mi diploma. Me verás convertida en toda una mujer —Lucero sonreía mientras veía al anciano. Quería a su abuelo Jack Simons, pero con Marcus tenía una fuerte conexión.
—Tú solo cumple la promesa y recuerda que una persona muere el día que se la olvida —respondió Marcus, mientras acariciaba una vez más el rostro de porcelana que poseía su primera bisnieta.
Lucero no se dio cuenta que su bisabuelo sentía que el tiempo se le terminaba, y así fue como esa noche Marcus se durmió y no despertó nunca más.
El gran Marcus Bach, había dejado de existir; fue un golpe muy grande para ella, su madre y los Bach en general, cada uno lloro al patriarca a su manera, y a pesar de que ya habían pasado tres años, la joven y su madre, seguían sintiendo la ausencia de Marcus, pero lograrían superarlo, como todo.
Ustedes se preguntarán ¿qué es todo? Les contare un poco, si para Kimberly fue difícil crecer en una familia donde todos eran hombres, no se imaginan lo estresante que fue para Lucero que era hija única, o bueno, ella creía que era por eso que la cuidaban tanto, con el tiempo y gracias a que era una experta en escuchar conversación ajenas, se enteró que cuando tenía dos años, su mamá estaba embarazada, esperaba un varón, lamentablemente alguien la atacó, le disparó dos veces a quema ropa, directo al vientre, lo que ocasionó no solo que perdiera el bebé, sino que también tuvieran que extirparle parte del útero, impidiendo de esta manera que pudiera quedar embarazada nuevamente, siempre se preguntó quién sería esa mujer que logró llegar a su madre, lastimarla y vivir para contarlo, porque de eso estaba segura, nunca dieron con ella, y eso que hasta el día de hoy la siguen buscando, simplemente era un misterio.
La mayoría de los Bach están casados y tienen su familia formada, pero parece que la maldición Bach que se rompió gracias a Kimberly, esa que consistía en que solo nacieran varones en la familia, dio paso a una nueva, ya que su tío Sam perdió a su hija, mejor dicho se la arrebataron y aun la siguen buscando, se sabe que de estar viva era un año menor que Lucero, su tía Riny esperaba dos niñas pero una murió en el parto, algo pasaba con la familia Bach, ya que solo lograban dar a luz un solo niño o niña, todos tenían hijos únicos, por lo que todos están al pendiente de Lucero quien es la mayor de todos y quien tomará el lugar de Kimberly algún día quizás ella podía romper la nueva maldición. Realmente así lo esperaban, en su familia parecía que la felicidad era algo lejano o que costaba demasiado conseguir y más mantener, Conall Bach lo sabía muy bien, había perdido a su esposa e hijo en el parto, juro jamás volverse a casarse y así lo hizo, Sam tenía a su esposa, la cual se reusó a tener otro hijo, aún seguía buscando a su hija, Vincent se había casado cuatro veces, todas perdían el divorcio cuando se veían afectada por la maldición Bach, la muerte de un hijo era algo insoportable para muchos, no importaba a que médicos recurrieran, cuantas medidas de seguridad se utilizara, algo terminaba sucediendo y lo que debía ser un día de felicidad se convertía en tristeza, la misma que sintió Kimberly cuando en un arrebato de furia Sam, su hermano, ocasiono que perdiera uno de los bebes que esperaba, quedando solo Lucero, fue allí que todo comenzó. Kimberly y Liam solo rezaban por que su hija no se viera afectada por aquella maldición. Lo que ninguno sospechaba era que la maldición que provoco Sam Bach, solo la podría romper su hija perdida.
Pero ahora era tiempo que una nueva historia se escriba, Lucero se despidió de toda su familia y partió a Europa, quiere estudiar en otro continente y así tratar de pasar desapercibida, y creía que usando solo el apellido paterno lo lograría, solo el tiempo le haría ver que nadie puede escapar de lo que es.
Lucero Simons arribo a Francia un mes antes que las clases comenzaran, el complejo de departamentos donde viviría los próximos tres años tenía una fachada imponente, poder y dinero, eso era lo que mostraba, quienes vivieran en el solo podían ser hijos del poder, fama y fortuna, aun así, ella haría cualquier cosa por ser “normal” aunque nunca entendió bien a que se refería su bisabuelo con aquella palabra.
Los dos primeros días no tuvo tiempo de hacer nada más que acomodar su nuevo hogar, no permitió que contrataran a alguna empleada ni nada, seria independiente por tres años, y sus padres respetaron su decisión, en especial Liam su padre, la joven había heredado de él la voluntad de abrirse camino por sí misma, aunque tratar de escapar de su apellido materno no sería nada fácil, quizás imposible.
—Hola. —saludo a un joven alto de cabello negro y ojos celestes casi azules que encontró en el pasillo del complejo.
—Hola, supongo que eres mi nueva vecina. —respondió señalando la puerta que quedaba justo en frente de la suya y mostrando una sonrisa amistosa.
—Sí, me mude hace dos días, soy Lucero Simons. —extendió su delgada mano, era hora de conocer gente nueva, aunque el muchacho se le hacía familiar.
—Lo sé, soy Neri Neizan, te vi en el entierro del señor Marcus. —Por un momento la joven recordó aquel día, todas las personas que fueron a mostrar sus respetos a su bisabuelo sabían que todos eran importantes, pero estaba tan dolida que no presto mayor atención a los rostros, menos a los nombres.
—Disculpa, no te recuerdo. —Se sentía avergonzada, su madre recordaría a cada persona que asistió, nombre, apellido y a que se dedicaba.
—No te preocupes, lo entiendo, no era un momento para presentaciones, ¿Qué te parece si vamos a tomar un café? y así esta vez sí nos podremos conocer cómo se debe. —Neri no solo quería hablar con ella y ser su amigo, el joven de 20 años sabía que su trabajo acababa de comenzar, él sería el sucesor del clan Neizan, el jefe de la mafia rusa y como tal debía entablar relaciones con los más poderosos, entre ellos los Bach.
El joven ruso conocía muy bien aquel lugar, hacía tres años que estaba estudiando en aquella universidad, este año terminaría y regresaría a Rusia, no tenía necesidad de mentirle a la joven o de ocultar su identidad, por lo que cuando entablaron conversación le hizo saber quién era él.
— No lo puedo creer, sabía que había escuchado tu apellido, pero no sabía que eras ese Neizan, debo confesar que te imaginaba de otra forma. – dijo algo sorprendida y es que para Lucero las personas que se movían entre las sombras se suponían que eran malas y tenebrosas, pero este joven que estaba frente a ella era totalmente lo opuesto, alto, musculoso, un cabello negro azabache que brillaba incluso más que el de ella, su tez muy pálida y de ojos hipnotizaste.
— Tu tampoco eres como te imaginaba, creí que eras pretenciosa como tus primas y odiosa como tus primos. — dijo mientras hacía un gesto de asco con su rostro y ambos rompieron a reír.
Esa tarde en la cafetería de la plaza centrar, nació una amistad y a pesar de que en un principio Neri se acercó a ella más por obligación que por placer, pronto descubrió que la joven era muy diferente a todas las niñas ricas que él conocía, si, Lucero Bach era una joven que valía la pena conocer y ser su amigo.
El mes que siguió se hicieron compañía, Neri se encargó de enseñarle toda Francia, pero en especial el bar donde iba casi todas las noches, el ruso casi no tenía amigos, a pesar del tiempo que llevaba en aquel lugar, la mayoría lo evitaba ya que su apellido lo precedía y nadie quería tener nada que ver con la mafia rusa, ya sea para bien o para mal.
— Neri, raro verte con compañía, buenas noches, señorita. — el joven moreno de cabello lago hasta los hombros hizo su entrada coquetamente, ante el asombro de Neri, quien no pudo evitar reír.
— Lucero, disculpa a este entrometido, Tiago si querías que te la presente solo lo tenías que decir. — Lucero miro con curiosidad al joven, rápidamente supo que era un empleado del Bar o eso creyó.
— Con que Lucero, la estrella de los enamorados, ¿acaso ya tienes novia Neri? — pregunto solo para molestarlo, Tiago sabía que el corazón del ruso estaba bajo siete llaves.
— No, no soy la novia, solo la amiga, Lucero Simons. — extendió su mano a modo de presentación, como lo hacía siempre, deseosa de conocer gente nueva.
— Tiago Andersson, el único amigo del mafioso y dueño de esta cueva. — respondió el saludo mostrando una blanca y perfecta sonrisa, Lucero lo detallo un poco más, el joven de piel canela y ojos color miel a primera vista gritaba peligro, pero solo hacía falta ver su rostro para descubrir que solo era una fachada de chico malo la que mostraba.
— Si te sigues burlando de mí, acabaras en medio del mar. — Neri lo taladraba con la mirada.
— Tranquilo Vidente, solo bromeo, ¿acaso no me extrañaste? — siguió charlando de forma amistosa, pero Lucero seguía pensando en algo.
— Disculpa, pero ¿Cuántos años tienes? — era tan curiosa como su madre, de eso no había duda.
— 20 cariño, aunque sé que aparento menos. — respondió guiñándole un ojo.
— ¿Cariño? – dijo con preocupación la joven y los dos jóvenes rompieron a reír.
— No te asustes Lucerito, no tengo segundas intenciones contigo. — se defendió el castaño.
— Ignóralo, él es así, que no te sorprenda que te llame cariño, vida, reina, es tan… — Neri buscaba la palabra justa para describirlo.
— Latino, así soy, pero ¿por qué preguntabas mi edad? — dijo ahora curioso Tiago.
— Soy curiosa, y dijiste que eras el dueño, me llamo la atención lo joven que eres. — honestidad, así se hacían amigos le dijo su padre.
— Es lo único bueno que me dejo mi padre. — la cara del joven dio a entender que no quería hablar más.
— Respondiendo a tu pregunta Tiago, no, sabes que no te extrañe, por suerte apenas te fuiste a tus vacaciones Lucero apareció y ya vez tengo un círculo de amigos más grande, ya tengo dos. — dijo con diversión el ruso.
— Entonces Lucero debe ser una buena persona, no cualquiera se acerca a este hombre. — dijo riendo, apuntando al ruso.
— Creo que lo soy. — respondió siguiéndole la broma al moreno.
— En ese caso mi reina, déjame informarte que yo también seré tu amigo, pero de igual forma te cobrare la bebida. — le advirtió aparentando seriedad.
— Tiago, ella es una Bach, créeme que lo que menos necesita es tu amistad a cambio de una bebida.
Esa noche Lucero se hizo de un nuevo amigo, Tiago Andersson, aunque ese no era su verdadero apellido, el joven se lo había cambiado solo hacía tres años, Neri sabia la razón, pero no diría nada, ya sabría Tiago si confiaba en Lucero como para decirle su secreto o no. De algo estaban seguros, con la llegada de Lucero a la universidad sus vidas no serían las mismas.
El lunes Lucero se dirigió a la universidad, tomo asiento y se preparó para comenzar esta nueva etapa de su vida, pudo ver algunos estudiantes que se notaba eran norteamericanos, y pensó que sería buena idea hacer amigos, después de todo durante estos 18 años, nunca interactuó con alguien que no sea de su familia, su imagen fue aún más protegida que la de su madre, el mundo desconocía como era Lucero Simons Bach.
Para cuando termino la clase, ya tenía a una amiga, Dulce Ángel. Una joven pelinegra con ojos celestes que llamaban la atención.
— Entonces en ¡¿verdad tu nombre es Dulce Ángel?! Y yo que me quejo porque me nombraron, como la primera estrella que se ve en el cielo al caer la noche. — La joven se reía de su nueva amiga y de ella misma.
— Lo supuse, tienes el nombre de la estrella de los enamorados. Tus padres son muy cursis, mi nombre es en honor a mi tía, Candy Ángel, ya sabes Candy es Dulce en castellano y mi apellido es Ángel.
— Tu tía debe de ser muy especial.
— Si supieras... aún que mejor no, además el mío no es nada comparado con el de mi hermano y primo.
— Y ¿cómo se llaman ellos?
Las jóvenes caminaban enfrascadas en su conversación, y en ese momento Lucero chocó con algo grande y duro, que casi la hace caer, si no fuera por unas enormes manos que la sujetaron en ese momento.
— ¡Eros! Ten más cuidado casi tiras a mi amiga. — Dulce miraba a su primo de forma acusadora, su nueva amiga era de su misma estatura metro sesenta, aproximadamente.
— Lo siento, es culpa de tu hermano. — se justificó el rubio de ojos verdes, mientras la dejaba en pie.
— Claro, si yo te dije que no prestara atención al caminar. — se defendió un castaño de ojos celestes, hipnotizaste.
— Bien, solo olvídenlo, te presento a mi primo Eros Zabet y mi hermano mayor Hades Ángel.
— ¡¿Nombre de dioses?! oh perdón, no quise... no lo tomen a mal, no es que me esté burlando, es solo... — Lucero hablaba de forma apresurada mientras los jóvenes la observaban con diversión.
— Raro, nuestros nombres son raros, lo sabemos. — respondió Eros dejando ver una hermosa sonrisa y Lucero sentía que se derretía.
El corazón de la joven latía a una velocidad frenética y su mente no pensaba con claridad, no eran solo sus nombres, ella realmente estaba en frente de dos hombres que parecían tallados por los dioses, pero algo en el brillo de sus ojos le advertía que nada bueno pasaría estando cerca de ellos.
—Hola, soy Lucero Simons. — Y al momento que sonrió, Hades supo que daría todo por conquistar a esa mujer.
— Un gusto, ahora señoritas, ¿Qué les parece si vamos a la cafetería?
Caminaron en silencio, la joven Bach descubrió que sus tres nuevos amigos llamaban la atención de muchas personas, por no decir de casi toda la universidad, apenas entraron a la cafetería Lucero dio con Neri, no era difícil, estaba sentado solo, y alrededor de su mesa la gente no se acercaba ni por accidente, ahora entendía lo que el joven futuro mafioso le había dicho.
Nadie se acerca a un Neizan.
No pudo evitar sentir un poco de penas, pero antes de decir nada, la voz de Eros llamo su atención.
— Zafiro, ya te dije que dejes de mirar al idiota de Neri. — Lucero miro a la joven que estaba sentada en la mesa, su cabello rubio era casi blanco, sus ojos parecían dos zafiros como su nombre y su piel daba una sensación de porcelana blanca.
— Dulce, Eros, Hades y Zafiro, bien por lo menos nadie se burlará de mi nombre. — dijo en un susurro pensando en voz alta la joven Bach, pero los cuatro la escucharon.
— ¿Y tú quién eres? — Zafiro clavo sus ojos azules en ella y un escalofrió subió por su espalda.
— Tranquila prima, es mi amiga, Zafiro Lucero, Lucero Zafiro. — intervino la joven Ángel, sabiendo el mal humor que su prima se cargaba.
— Una niñita consentida, ¿en verdad? — le pregunto Zafiro a Dulce, como si Lucero no estuviera allí.
— No soy una niñita y no soy consentida. — dijo Lucero dejando salir el carácter de su padre, no le gustaba que la subestimaran.
— Sabes niña, no importa que tan ricos sean tus padres, será mejor que no busques problemas conmigo, no tienes idea de quién soy. — Zafiro estaba de mal humor, y su estado tenía nombre y apellido Neri Neizan, se había enamorado de él apenas lo vio el año anterior cuando llego a estudiar en la universidad, pero su hermano y primo le tenían prohibido acercarse a él, o así sea hablarle, aun así, ella se las arreglaba para tratar de conquistarlo, el problema era que cuando regreso de sus vacaciones, sus amigas le informaron que Neri estaba saliendo con una castaña, una de primer año.
— Oye Zafiro ¿Qué rayos te pasa? — Hades no iba a permitir que su prima espantara a la joven que lo había embelesado.
— Yo, mejor los dejare solos, nos vemos luego Dulce, adiós, chicos. — la joven Bach no estaba dispuesta a soportar los desplantes de aquella rubia.
— Espera, no necesitas sentarte sola. — Eros por alguna razón se sintió ansioso, pero antes que Lucero pudiera decir nada, Neri estaba a su espalda, conocía muy bien a los Zabet Ángel, y no quería que su amiga se relacionara con alguno de ellos.
— Ella no está sola. — dijo el pelinegro con rosto de asesino mientras colocaba su brazo por los hombros de la joven.
— Hola Neri. — dijo la joven sonriendo y comenzó a caminar a la mesa donde Neizan ya tenía el almuerzo para ambos, no solo los cuatro jóvenes clavaron sus ojos en ellos, todos en la cafetería también lo hicieron.
— Princesa, no te relaciones con ellos, no son buenos. — dijo el ruso en su idioma natal, sabía que Lucero también hablaba ruso.
— ¿Qué problema tienes con ellos? Se ven simpáticos, menos la rubia con cara de asesina. — respondió la castaña, provocando que Neri rompiera a reír con unas sonoras carcajadas, eso era aún más raro, él no se carcajeaba, Neizan ni siquiera sonreía.
— Sus apellidos son ZABET ANGEL, ¿te suenan princesa? — Neri se había acercado y le hablaba al oído de manera conspiradora, mientras Zafiro se moría de celos. La joven Zabet no podía hacer nada en presencia de su hermano, por lo que envió un mensaje a una de las tantas lame botas que tenía, Sandra.