Giselle Lemaire
Observo el gesto de desagrado de la mujer, la cual me indica que puedo subir al piso de mi marido y bajando la mirada me dirijo al ascensor. Como casi no vengo a este lugar se me olvida que aquí tampoco soy bien recibida, el trato de estas personas no es diferente del que recibo en casa.
Una vez que llego al último piso, me muerdo los labios lista para recibir esa mirada burlona que siempre me dedica Paulette, la asistente de mi marido, no obstante para mi sorpresa su escritorio se encuentra vacío y gracias a ello lanzo un suspiro de alivio, seguramente está en el baño y de momento me puedo librar de ella.
Me acerco a la enorme e imponente oficina de Oliver y justo cuando estoy por tocar a la puerta, me percato de que está un poco abierta, debido a lo cual las voces del otro lado llegan con bastante facilidad.
—¿Ya sabes los ingredientes del nuevo perfume de los Dubois? —cuestiona Oliver a alguien.
—Sí, justo hace un rato Leroy me la entregó —musita con suficiencia la asistente de mi marido, dejándome en shock ante su falta de ética como para robarle a la competencia su nuevo lanzamiento.
—¿Quién pensaría que ese hombre sería capaz de vender a su jefe solo por unos cuantos euros? El idiota de Dubois ni siquiera imagina que tiene al enemigo en casa —se burla Oliver, dejándome un amargo sabor de boca.
—Es la ley de la supervivencia —masculla con un mohín, Paulette.
Un pequeño silencio se instala por algunos segundos y cuando el ligero chirrido de una silla al ser arrastrada rompe ese silencio, me decido a tocar la puerta, sin embargo, una vez más debo detenerme cuando las siguientes palabras de la mujer me roban el aliento y en un parpadeo me rompen el alma en mil pedazos.
—Oliver, hay algo que debo decirte —hace una ligera pausa y después prosigue—: estoy embarazada, tengo un par de semanas y obvio que es tuyo.
Me sostengo con fuerza de la pared y cubro mi boca con mi mano para no soltar un sollozo ante semejante noticia. Desde hace mucho tiempo intuía que mi marido me era infiel, debido a que en todos estos años de matrimonio me ha sido imposible darle un hijo, pero nunca imagine que mis sospechas fuesen ciertas y mucho menos que me engañase con su asistente.
—¿E-es en serio? —inquiere con evidente alegría y un tono tan suave que nunca ha usado conmigo que sin poder evitarlo mis ojos se aguadan.
—Sí, espero que nuestro bebé se parezca a ti —rebate con alegría la mujer—. ¿Cuándo le dirás a la idiota de tu esposa y lo más importante cuándo le pedirás el divorcio? No es justo que tu hijo y yo suframos por tu ausencia, mientras que esa mujer vive contigo como si fuesen una verdadera familia, aun cuando nunca la has amado y solo te casaste con ella para que te ayudase con tus perfumes.
—Dios, no puedo creer que por fin seré padre —comenta aún con ese tono alegre que envuelve cada una de sus palabras y sin atreverse a negar lo que acaba de mencionar su amante, ante lo cual me queda claro que no miente y que durante todos estos años solo me utilizó—, quería esperar un poco más de tiempo para que Giselle revisará la composición del perfume de los Dubois y mejorarlo un poco, sabes que los químicos que tenemos son unos ineptos y siempre tardan semanas en modificarlos, pero con tu embarazo es imposible postergarlo.
—¿Por qué no se lo dices todo durante el aniversario de la empresa?
—¿Por qué durante ese evento?
—Así le será imposible negarse, imagínate la vergüenza que pasará al saber que estoy embarazada y que su vientre seco nunca será capaz darte el hijo que tanto anhelabas. Te aseguro que con eso ella sola renunciará hasta a la pensión que debas darle.
—Tienes razón, ese día es el ideal para hacerles saber que Oliver Lefebvre será padre y lo más importante, haremos el lanzamiento oficial de nuestro nuevo producto —se jacta orgulloso de la bajeza que piensan hacerme a mí y a su competidor principal.
Sin poder soportarlo más me alejo del lugar cuando el susurro de las prendas que caen al piso me indica que mi esposo y su amante se están divirtiendo de lo lindo sin importarles el sufrimiento del resto. En cuanto llego al ascensor, me pego en una de las paredes y comienzo a llorar hasta que las puertas se abren en la planta baja y salgo corriendo de ese lugar.
Estoy segura de que por el momento Oliver no se enterará de que estuve en la empresa, sus empleadas nunca le pasan los recados que les he dejado, por lo que mi visita pasará desapercibida como siempre.
Llego a un parque cerca de la empresa y me dejo caer en una de las bancas sin dejar de llorar. ¿Cómo pude ser tan estúpida de seguir con un hombre como Oliver que nunca me ha demostrado el menor respeto frente a sus empleados ni que decir de su casa donde sus padres me tratan como una basura?
Cuando estoy un poco más tranquila decido que debo buscar un abogado, pero dado que no tengo ni un solo euro con cuál pagarle, es seguro que nadie deseará tomar mi caso y al no tener amigos no tengo alguien en quien pueda sostenerme en este momento.
Poco a poco las horas pasan y cuando el cielo comienza a oscurecerse me levanto de mi lugar para regresar a casa, aquel lugar donde nadie me echa de menos o tal vez la única que nota mi ausencia es mi suegra, pero solo para humillarme como desde hace algunos años.
Cuando el cielo está completamente cubierto de estrellas, llego a la mansión de los Lefebvre, pago el taxi y observando con cierto recelo la camioneta último modelo que se encuentra en la entrada principal, subo la escalinata de mármol y alcanzo a escuchar los gritos que resuenan por todo el lugar.
—Quién debería de estar preocupado eres tú, sé que robaste la nueva fórmula del perfume que estábamos por lanzar y te juro que esta vez no lo dejaré pasar.
—No sé de qué hablas Dubois, solo es una coincidencia el que hayamos pensado en algo similar —se burla Oliver—, o puede que otra vez solo quieras robar mis ideas como últimamente haces y crear copias baratas de mis productos.
»Recuerda que algunas veces nos toca perder y muchas otras ganar, es algo que sucede a menudo en los negocios, sobre todo para aquellos que sabemos mover bien nuestras piezas.
Me quedo en lugar sopesando sus palabras, esta tarde había dicho que lo presentaría en el aniversario de la empresa, pero conociéndolo seguramente filtró la noticia de que su empresa tendría un nuevo producto en los siguientes días, no hay otra forma de que ese hombre Dubois sepa que Oliver tiene la fórmula de su nuevo producto.
—No es la primera vez que me haces algo semejante, las otras veces estoy seguro de que solo modificaste un poco mi fórmula y presentaste como tuyos esos perfumes —gruñe el hombre y debido a sus palabras cierro los ojos, definitivamente él tiene razón, aunque no estoy segura es posible que Oliver haya robado sus fórmulas desde hace mucho tiempo y por eso siempre dicen que Dubois nos copia, cuando es todo lo contrario.
—No tengo la culpa de que seas un imbécil para hacer negocios. Te aseguro que muy pronto acabaré por completo contigo —escupe Oliver y casi al instante se escuchan algunos golpes, seguido de unas cuantas maldiciones.
—¡¡Deje a mi hijo!! —escucho el grito de mi suegra.
»¡Maldito, infeliz! —grazna Oliver—. Esto no se quedará así, te demandaré por invadir propiedad privada y ustedes que esperan sáquenlo de aquí.
Oliver y el otro hombre intercambian unas cuantas palabras más, pero dado que mis suegros comienzan a gritar que llamen a la policía, no puedo escuchar lo que se dicen, por lo que continúo escondiéndome entre una maceta y la pared para no ser descubierta.
Después de algunos segundos observo salir a dos hombres, mientras varios guardias se mueven por todo el lugar para ver que sucedió con mi marido. Muerdo mis labios, debatiéndome en mi interior si debo entrar a mi casa o seguir a ese tal Dubois y dado que no tengo otra opción corro detrás de él y me subo a su camioneta antes de que cierre la puerta.
—¿Quién diablos es usted? —me exige el hombre, lanzándome una gélida mirada que contrasta con esos ojos azules que parecen echar chispas.
—Salgamos de aquí y le contaré todo —balbuceo con un ligero temblor en mi voz.
—¡Baje de mi camioneta!
—Arranque, le aseguro que no se arrepentirá —insisto, mirando fuera de la camioneta, esperando que nadie me haya visto subir—. Por favor —le suplico.
El hombre lanza un bufido y con un ligero movimiento de su cabeza le indica a su chófer que nos saque de aquí.
Después de algunos minutos la camioneta detiene su marcha y nos aparcamos en un lugar un tanto oscuro.
—¿Quién es usted y por qué subió así a mi camioneta?
—Y-yo soy Giselle Lefebvre, esposa de Oliver…
Sin darme oportunidad de explicarme, el hombre me toma con rudeza del brazo e intenta abrir la puerta para bajarme.
—Largo de aquí no quiero hablar con alguien tan despreciable como la esposa de ese infeliz.
—P-por favor espere. Yo sé quién le vendió la fórmula del nuevo producto a mi marido, se lo diré a cambio de algo —farfullo, intentando zafarme de su agarre.
—Más le vale que se deje de este estúpido juego y que me diga de una vez quién es el maldito infeliz que me traicionó. Odio cuando alguien me quiere chantajear y más cuando procede de alguien tan despreciable como los Lefebvre —replica, tomando con fuerza mi barbilla y ejerciendo tal presión que mis ojos se vuelven a llenar de lágrimas.
—¿Acaso estás loco Nathan? ¡¡Suéltala!! La estás lastimando —interviene su chófer, apretando la mano de su jefe y logrando con ello que el hombre me suelte.
—Yo tengo una oferta que hacerle —murmuro, sobando un poco mi barbilla e ignorando el repudio con el que me mira el tal Nathan—. Aunque me siga mirando así no me hará sentir peor, créame que estoy acostumbrada a este tipo de humillaciones.
—¿Qué clase de oferta? —me cuestiona sin perder el tiempo.
—Si me ayuda a fingir ser mi amante y a divorciarme de Oliver, yo le diré quién es el traidor de su empresa, además de que le podría entregar algunas fórmulas para nuevos perfumes…
—Ja, ja, ja. ¿Quién creería que usted y yo somos amantes? —cuestiona con incredulidad el hombre—. Ni en sueños podría fijarme en alguien como usted, es tan ordinaria que me duelen los ojos de solo mirarla, ¿además cómo podría confiar en la mujer que está detrás de cada caída mía?
—¡¡Nathan!! —grita su chófer.
—Nada de Nathan, tan solo mírala. Se ve tan desalineada y poca cosa que es increíble que sea esposa del bastardo de Lefebvre. Ahora entiendo por qué tiene tantos años engañándola.
—Y-yo sé que mi apariencia no es la mejor, pero es lo único que se me ocurre para humillar a Oliver —murmuro, soportando sus insultos—. ¿Y a qué se refiere en que yo estoy detrás de sus desgracias?
—Su laboratorio siempre es una competencia bastante fuerte para nosotros, así como robar nuestros productos, eso se les da de maravilla.
—¿Mi laboratorio?
—Sí, su laboratorio. Todos saben que el laboratorio ParfumLab le pertenece y que es la única dueña.
—E-eso no es verdad, el laboratorio de mis padres se fue a la quiebra.
—¿Cree que con su miserable llanto podrá convencerme de lo contrario? Es bien sabido por todos que la esposa de Lefebvre es la dueña de ese laboratorio, el cual es el más codiciado del mercado por tener las mejores fórmulas.
—Eso no es verdad, mi laboratorio se fue a la quiebra hace más de seis años —insisto, negando sus palabras—. Oliver me dijo… Él no… él no pudo mentirme —sollozo, cubriendo mi boca con mi mano al darme cuenta de que él en realidad sí me mintió.
El laboratorio que tanto apreciaban mis padres en realidad nunca se fue a la quiebra y, por el contrario, Oliver me engañó y me lo arrebató.
—Aquí está la prueba señora, de que mi jefe no miente y ese laboratorio es bastante famoso —musita el chófer estirando su mano y mostrándome en su móvil las noticias más recientes.
Con un ligero temblor lo tomo y cuando la realidad me azota, vuelvo a llorar. ¿Cómo fui tan estúpida de creer ciegamente en todo lo que me decía Oliver? Ahora, gracias a ello, no tengo nada, lo he perdido todo.
—Hace un rato, usted mencionó que mi esposo me engaña desde hace varios años. ¿Cómo es posible que usted sepa eso? —inquiero aun sin desear saber la respuesta. Sé que en cuanto me diga la verdad será algo que me destruirá por completo.
El hombre me mira con desagrado y después de lanzar un suspiro de fastidio se decide a hablar.
—Porque no es un secreto para nadie que Oliver y su asistente son amantes desde hace poco más de nueve años.
Cuando lo escucho decir esto suelto un grito y golpeo mi pierna en un intento por mitigar el dolor que me recorre todo el cuerpo al saber esa verdad.
—No haga eso, señora, se va a lastimar —murmura con delicadeza el chófer—. Tome un poco de agua, le hace falta —me tiende una botellita y cuando estoy un poco más tranquila se la acepto.
—¿C-cómo se enteró de eso?
—¿Cómo no saberlo? ¿Es que acaso no lee las noticias o los chismes en Internet? ¿O ha estado viviendo debajo de una piedra para no enterarse de esto? —me cuestiona con incredulidad.
—Y-yo… no tengo móvil. Desde que me casé con Oliver, él decidió que no era necesario que tuviese algo tan inservible como eso —farfullo apenada.
Una vez que digo esto, ambos hombres casi se ahogan, pero fingen una pequeña tosecilla para no denotar su sorpresa.
—No podía esperar menos del imbécil de Lefebvre —se burla el ojiazul, negando con su cabeza.
Me observa por unos instantes y debido a la intensidad con que me mira, bajo mi rostro, demasiado avergonzada frente a este extraño que me ha dicho más verdades que las que mi esposo fue incapaz de contarme en estos ocho años de matrimonio.
—Me dijo que si la ayudaba a separarse de su marido me daría el nombre del traidor y fórmulas para nuevos perfumes…
—He decidido cambiar mis condiciones. Le daré lo mismo que prometí, pero a cambio deseo otra cosa.
—¡¡Con un demonio!! Estoy harto de sus malditos juegos baratos —sisea, enredando sus manos en mis brazos y zarandeándome de tal forma que su rostro queda a escasos centímetros del mío.
—Le aseguro que le conviene, los dos saldremos ganando.
—¡¡Nathan!! —interviene su chófer cuando se da cuenta de que su jefe no piensa soltarme.
—¿Qué es lo que quiere? —me increpa, apretándome un poco más fuerte que hace un rato y gracias a lo cual suelto un quejido de dolor.
—¿Acaso fuiste criado por monos de la selva? ¡¡Suéltala!!
Gracias a que el chófer, aprieta su mano, el tal Nathan me suelta y solo puedo sobar mi brazo, mientras pienso cuidadosamente lo que estoy por pedirle.
—Sigo deseando que se haga pasar por mi amante. No importa el tiempo que usted diga que nos conocemos y también quiero que me ayude con mi divorcio, pero además quiero proponerle que nos casemos por uno o dos años…
—¿Acaso escuchar sobre la infidelidad de su marido le provocó un infarto fulminante en todas las neuronas como para pedirme algo semejante? —grita el hombre, apretando su mano en un puño y mirándome con odio.
—Hace un instante recordé que en televisión vi una nota sobre usted. Se decía que su madre…
—Madrastra —gruñe, acercándose una vez más a mí, pero gracias a que el otro hombre interpone su brazo entre nosotros no me vuelve a zarandear como si fuese una muñeca de trapo.