Capítulo 2

CAPITULO II

EL SUEÑO AMERICANO

Las fiestas nocturnas junto a Espil resultaron ser algo fuera de lo común, donde aprendía constantemente sobre economía, política, y alta sociedad, tanto que apenas podía asimilarlo en el tiempo de que disponía. Pero Wallis sentía fluir dentro de su alma una corriente que la empujaba cada vez más alto, como si un destino mejor y más encumbrado la esperase en el camino de la vida. Felipe Espil le había dicho un día que debería marcarse unas metas y no abandonarlas pasase lo que pasase…ella le preguntó si eso le incluiría a él mismo, y Espil le respondió con un lacónico: “Sí”. Fue entonces cuando supo Wallis que su historia de amor y entendimiento mutuo, tocaría algún día a su fin. Se marcó su primera meta, disfrutar de Espil, para nunca olvidar que un hombre mereció la pena antes de que la vorágine la devorase para situarle en lo alto de la cresta tanto a él como a ella.

-Wallis –le habló con voz queda y la mirada vidriosa a causa de las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.-debo decirte que cuando esto nuestro termine, tendremos que mantener nuestro recuerdo dentro, en un lugar privado que nadie conozca, allá donde no alcance la desdicha ni el dolor, y que siempre podamos contar en nuestros cerebros-señaló su sien derecha con el dedo índice-con el recuerdo que nos anime y nos haga recobrar el ánimo en los momentos de mayor dificultad.

-Veo que hemos recorrido un largo camino Philip,-le llamó por su nombre en inglés como solía hacer cuando hablaban de asuntos importantes-pero aun quedan asuntos pendientes, y espero que nos dé tiempo para solventarlos.

-Sí, así es. Queda algún tiempo, pero a pesar de que mi amor es tuyo, solo podré conservarlo cuando me vaya si tu haces otro tanto…

-Me estás asustando Philip, espero que solo sea una sugerencia y no un adiós precipitado.

-Nada de eso, darling-usó ahora él el inglés para agradarle a ella-es solo, que deseo que no sea de manera brusca, que hayamos de despedirnos, cuando no quede tiempo, ni lugar, al que acudir para dejar, que el caudal de la vida nos arrastre a ambos. Sabes que mis metas son altas y he de ascender para situarme antes de que proceda a venir la catástrofe que yo creo se avecina.

Wallis continuó la conversación, a pesar de que, le resultaba incómoda y resbaladiza, pero Espil le había dicho muchas veces que no debía abandonar ese tipo de conversaciones, si no era imprescindible, endurecían las cabezas de quienes combatían en ellas. Y como buena discípula Wallis obedecía en lo posible. Aquella noche los dos traspasaron sus propios límites y sus cuerpos como solían hacer se unieron en una danza de sensualidad y pasión que les desinhibió de pensamientos de abandono, de modales educados, o pretensiones sociales. Wallis y Espil terminaron la velada en la casa de un amigo común que jamás saldría a la palestra, y en la planta alta de su casa a las afueras de Washington, ambos desnudos uno ante el otro, se acariciaron sin prisas ni requiebros, recorriendo el cuerpo del otro en un ritual, que les ofrendaba el dios Apolo en su infinita misericordia, a fin de mantenerlos como a figuras ajenas a los dolores del ser humano. Wallis hizo gala de una pasividad que jamás se repetiría, sabedora de que las expertas manos de Espil, explorarían su cuerpo que se entregaba como fruta madura en las manos de su dueño, el único dueño, que ella reconocería jamás, a lo largo de su intensa vida. Los gemidos sordos de la mujer se entremezclaban con los jadeos excitados del varón que intercambiaban su sudor y su ansias devoradoras, de modo que cuando comenzaron a dar vueltas lentamente sobre las sábanas blancas de la enorme cama con dosel, los dos quedaron unidos por un vínculo eterno que ninguna reconvención humana o divina podría quebrar ya nunca. Espil penetró en el cuerpo de Wallis, con la virilidad de quien sabe que solo le pertenecerá a él, aquel templo que ahora le daba la bienvenida y que solo otros, profanarían con su indeseada presencia, a cambio de ofrendas a la diosa. Las noches transcurrieron como si el sol jamás volviese a salir para ellos dos, y las lecciones de Espil fueron siendo más duras, de aprender, a medida que el tiempo como la arena de un reloj iba cayendo inexorablemente, en el cuenco, de un vacío sentimiento de necesidad.

Cuando Espil trabajaba en la embajada ella aprovechaba para organizar su agenda diaria como lo haría un buen alemán, por un estricto horario, en el que hasta los momentos de ocio estaban enmarcados en su lugar exacto. Solía tomarse el té frente a la chimenea en una silla dorada tapizada en azul y blanco que le hacía sentir la reina de aquella casa. En la mesa un juego de té Royal Albert, desplegaba su majestad adornando el instante sagrado del té de la tarde. Era el prefacio que anunciaba la llegada de Felipe Espil su Philip. El pluncaque con pasas y la leche fría eran los únicos compañeros de aquel instante en que el mundo desaparecía ante sus ojos para permitirle dejar de pensar y de controlarlo. Echaba el té reposado previamente y un azucarillo que se disolvía en él suavemente. Removía con la cucharilla de plata y en el remolino que se formaba echaba una nubecita de leche fría que le confería aquel sabor secreto que tanto amaba. El mundo se paralizaba cuando ella se sentaba en aquella silla solo utilizada para tal momento privado. Tenía que prepararse para la cena de gala a la que Felipe Espil iba a acudir. La bandeja del té quedó abandonada y el armario cobró el protagonismo que le aportaba la seguridad externa. Eligió un vestido de corte recto, y de un color escarlata, que adornó, ciñéndolo con un fajín de seda negra, a modo de cinturón ancho, y unos zapatos negros de tacón muy alto. En las punteras, unas lentejuelas les hacían brillar levemente, y el bolso que extrajo de la balda superior, donde se alineaban los demás, resultó ser un diminuto y plateado estuche, con cadena que quedó aferrado ante el espejo por sus dedos.

La velada iba a ser de las que aportan nuevos conocimientos y contactos, que más tarde serían de inestimable valor, a la mujer que daba la cena en la mismísima embajada de la República Argentina. En el salón de recepciones los invitados tomaban unas copas de champán, en espera de ser llamados para acomodarse en la gran mesa del comedor oficial donde se daban cita cuatro parejas. A Wallis le desagradaba tener a más personas en la mesa, no podía controlar la conversación ni atender adecuadamente a cada uno de los personajes que tenía delante. Un automóvil llegaba con premura trayendo al personaje de mayor relevancia a bordo, el mismo presidente Máximo Torcuato Alvear, que descendía acompañado de su esposa la cantante de ópera Regina Pacini, que elegantemente ataviada sonreía satisfecha. El líder de la UCR entraba en la embajada y tras él se cerraban las puertas para acto seguido ser anunciado y abrir las dobles hojas de madera que comunicaban con el salón comedor donde el presidente acudía a la recepción dada por Wallis Warfield. Felipe Espil cedió la cabecera al presidente y a su derecha se situó su esposa, que lo alentaba en las cuestiones de índole cultural y alegraba las veladas añadiéndoles un elemento indispensable, la alegría de su rostro afable. Wallis ocupó el extremo opuesto y a su derecha se sentó Felipe Espil. El hacendado Miguel de la ciudad de Córdoba, dueño de grandes extensiones de azúcar y Manuel de Alcór, empresario textil que asomaba al escenario empresarial con fuerza, se acomodaron uno frente al otro, con sus respectivas y grises esposas. El último en tomar asiento, fue el contralmirante Julián Irízar, Su fuerza emanaba de una personalidad poderosa y en todo el país s ele consideraba un héroe.

Los camareros fueron sirviendo en delicadas tazas los consomés humeantes que crearon la atmósfera propicia para hablar del consabido tiempo, y de este modo romper el hielo, iniciándose las conversaciones. Las copas fueron llenadas de vinos tintos importados de España, y la carne de la Pampa hizo su aparición estelar abriendo el apetito de los emperifollados invitados, que comenzaban a relajarse. Wallis como anfitriona estaba obligad a empezar los contactos y hacer las presentaciones a fin de eliminar las reticencias y extirpar el desconocimiento entre ellos.

-Creo señor,-se dirigió al invitado más importante en `primer lugar-que el país pasa por una etapa de cambio en la que las importaciones no son el elemento mejor considerado…-dejó el resto para que el presidente se explayase mostrando su nociones sobre el tema y así poderse lucir.

-Es cierto señora Warfield, el tejido industrial en la Argentina, pasa por una mezcla de productos manufacturados, carne, textiles, y cereales, que nos colocan entre las primeras potencias productoras, y exportadoras…sin olvidar el azúcar-miró a don Miguel de Córdoba-que empieza a situarse entre las materias primas esenciales de la nación.

-Creo que para tales éxitos se habrá de contar con la armada argentina que protegerá las exportaciones de manera y forma que no se pierdan las ganancias de la nación-introdujo su opinión el contralmirante Irízar que con su corpulencia impresionaba.

-Nada como colaborar entre los que poseen naturales condiciones a la hora de engrandecer a una nación…-añadió Felipe Espil que satisfecho del curso que tomaba la velada sonreía seductoramente suavizando las posturas.

Las lámparas de estilo imperio relumbraban, y las ventanales despedían al exterior su luz intensa y dorada, mientras los comensales discutían y conformaban alianzas entre sí. La embajada no tendría nunca más una velada tan intensa y la marcha de Wallis supondría el decaimiento en este aspecto de las cenas de gala en las que el presidente mismo la echaría de menos. Las opiniones de Wallis Warfield una mujer ilustrada como lo estaría un varón de su tiempo, suponía un elemento disonante, que aportaba frescura y contraste, a las conservadoras opiniones políticas, que aburrían en las reuniones sociales al uso.

Wallis veía como su ascendente sobre los varones, era cada vez mayor, a causa de sus conocimientos, y de la información que siempre se encargaba de reciclar, a fin de mantener al día sus opiniones. La prensa diaria era como un ritual forzado para ella, y escuchar, su pasión, cuando tenía delante a un hombre, capaz de fascinarla con sus experiencias. A lo largo de los años posteriores, echaría de menos a Espil y sus veladas de gala, con personajes de alto copete, que le conferían parte de su brillo a ella misma. A partir de aquellos días, Wallis ya jamás seria la provinciana que llegase a Washington, carente de conocimientos, y con un puñado de pretensiones. Era una señora elegante y discreta, capaz de fascinar a quien se propusiese sin desentonar jamás.

Las charlas en los clubes y las salidas a cenas de gala en las mansiones de los más estrambóticos y ostentosos magnates de la capital, fueron convirtiéndose en algo habitual, y le proporcionaron conocimientos de inestimable valor a Wallis. Aprendió a poner una mesa como solo en un palacio podría presentarse, a charlar animadamente sin destacar en exceso, a cambiar de tema si resultaba incómodo para su anfitrión, o a Decorar una casa al más puro estilo clásico sin recargarla o convertirla en una mera pretensión. La vestimenta que le llegaba de la mano de Espil le fue metamorfoseando y pasó de larva a mariposa en escasos días. Acompañando a estos vestidos costosos a los que rápidamente se acostumbrada a llevar, iban joyas discretas, que le conferían luz, como si de una estrella se tratase. Su armario era algo que jamás soñó, y su indumentaria, le convirtió en uno más, de aquellos seres privilegiados que pululan, por la cordillera del Olimpo económico de Washington, como ella solía hacer en su provinciana ciudad de origen. Todos esperaban su aparición en las cenas y en las reuniones de la alta sociedad en la que Espil le había introducido, para convertirla en lo que ahora era. Espil había logrado que obtuviese de los hacendados que habitaban Washington, algunas joyas, coches y viviendas temporales, que le daban el aspecto de dama social de alta alcurnia, que jamás tuviera antes de ahora. La vida le mostraba su lado más hermoso, y le regalaba los objetos que anhelaba, como si solo aquellos tuvieran algún valor. Wallis sentía que de terminar aquella época de graciosa majestad, todo volvería a la patética vida de provinciana y se juró impedirlo a toda costa.

Wallis había aprendido a poner una mesa de tal forma que al entrar dejase extasiado a quién hubiera tenido el honor de ser invitado a ella. Candelabros de plata y bandejas talladas por orfebres de renombre adornaban el centro, y los extremos. La vajilla Royal Albert, con sus delicadas flores rojas y amarillas en graciosos ramilletes, se convirtieron en algo emblemático en sus mesas. Flores de discreto perfume que no aminorasen el aroma de los selectos vinos que disponía se sirvieran, y mantelerías tejidas en hilos, trenzados a mano, y bordados en sus picos con sus iniciales, terminaban de decorar lo que era el marco incomparable para una cena en compañía de los más poderosos y exquisitos señores de la economía norteamericana. La música sinfónica sonaba suavemente como saliendo por las rendijas de cada puerta y ventana para envolver a los invitados y el aroma de esencias chinas hábilmente tratadas por ella misma, enseñada por madame Wung para tales ocasiones, completaban el escenario de la cena regia que Wallis, y solo Wallis podía ofrecer como fascinante anfitriona. Y ahora todo aquello peligraba a sus ojos, como un castillo de naipes que estuviera a punto de caer con estrépito. Felipe Espil debería continuar su camino al éxito de la mano de otra mujer que le aportase el abolengo preciso, y las influencias que él ansiaba tanto como para vender por ellas el amor hallado. Wallis miraba cada atardecer cuando los tranquilos instantes que preceden al ocaso reparador, le aportan la magia de conocer un destino, oculto cada amanecer.

Wallis se había despertado de manera abrupta como si un hado del destino le advirtiese del peligro de perder cuanto había edificado en tan escaso tiempo. Se incorporó en el lecho, sola, y se percató de su situación con tan solo mirar junto a sí. Se levantó con aire de diva furiosa y en el baño, se dedicó a recomponer su imagen lo mejor que pudo, para poder salir a la calle y elegir un lugar donde pensar sin que nada ni nadie pudiese detener sus elucubraciones. Un elegante vestido de dos piezas compuesto de blusa blanca con bordes negros en su cuello y mangas largas hasta las muñecas, y una falda negra acampanada, acompañada de unos zapatos negros de charol con medio tacón, le devolvieron la imagen que ella deseaba proyectar a los demás de sí misma. Abrió el armario y eligió un bolso negro y blanco donde guardaba sus elementos de escritorio, que solía llevar para tomar notas, desde que le enseñasen a hacerlo en Sanghai. El día estaba medio nublado como su propia vida, pero ella se prometió a sí misma que al terminar este, el sol brillaría como nunca antes para ella, y que al día siguiente saldría para ella solamente. Paseó con calma dominando su natural instinto, que le hacía intuir el abandono por parte de Felipe Espil, que tanto le había aportado y enseñado, tanto que ella reconocía que la mayor parte de sus conocimientos de este provenían. Ante sus ojos una cafetería con pretensiones de local lujoso que deseaba captar clientes de clase, se le presentó como el lugar perfecto entre los selectos locales del centro de la capital y los más comunes de los suburbios.

Se sentó ante una mesa redonda de mármol rosa y blanco y dejó el bolso sobre su pulida superficie. El camarero llegó casi en el acto y ella con una media sonrisa le pidió unté frío. Las nubes luchaban afuera por dominar al astro rey y ella en su interior trataba de crear un medio por el que seguir en el lugar más maravilloso del mundo conocido por ella, la capital de Norteamérica. Pero el dios destino estaba empeñado en llevarla de nuevo a presencia de su pasado más terrible, para elevarla a la cumbre de los mortales de donde ya jamás nadie podría quitar su nombre, que se escribiría con letras de oro en los anales de la historia. Rememoró los instantes en que su esposo aun, la estrechaba entre sus poderosos brazos, cuando les parecía, que el amor lo sería todo en la vida, y que jamás se separarían, antes de que Win empezase a amar a otra esencia mucho más peligrosa que una mujer, y con la que nunca podría competir, la afición al alcohol. Pero habían pasado dos años, y quizás él hubiese recapacitado, le hubiera echado de menos a ella como ella a él, y estuviese dispuesto a recomponer su matrimonio, para juntos elevarse, en el mundo que ella ahora conocía y dominaba. Estaba segura, ¡sí!, le convencería de unirse a ella en su proyecto ambicioso, de ascender en el mundo de los negocios y llegar a donde deseasen solos los dos…depositó unas monedas en la mesa y salió con donaire del local, animada por sus pensamientos positivos, dispuesta a presentarse ante su Win y perdonar incluso las humillaciones más evidentes del pasado. El sol estaba perdiendo la batalla y las nubes comenzaban a dejar caer pequeñas gotas de agua que le golpeaban con suavidad amenazadora.

Por la tarde Espil apareció vestido de traje y corbata como era su costumbre y le sonrió mostrando sus dientes blancos y sus hoyuelos en las comisuras de la boca, que tanto le fascinaban a Wallis. Su cabello dorado y su monóculo en el ojo derecho, y su delgadez, le hacían verse a ojos de Wallis como un dios nórdico. Era la despedida de dos amantes que se unieron en una alianza eterna, que habían de perpetuar en otra dimensión, en la que la carne no contaría como elemento.

-Estás realmente hermosa Wallis…-se dirigió a ella por su nombre como solía hacer desde hacía algún tiempo-ese vestido está bien elegido…sin embargo diviso en tu mirada algo que me aterra, dime ¿Qué es ello?

Aquella mañana sin embargo el espíritu de ella se hallaba impregnado de un ánimo nuevo, que parecía haberse contagiado con la benignidad del ser que habita en cada hombre y mujer, en un día dulce y luminoso. Y como chisporroteando, los brillos de sus ojos encandilaban a quien osaba encontrarse con ellos en un cruce que los sometía a su férrea voluntad femenina.

-No te disgustes Darling, es solo que la vida nos separa para crear personajes en lugar de personas, y hemos de alejarnos sin que realmente nada pueda hacerlo de manera definitiva.

Felipe Espil creyó en un principio no comprender nada de lo que Wallis quería transmitirle, pero a medida que ella se explayó en matices, y fue concretando sus ideas, este fue entendiendo que el ave que había enseñado a cazar estaba empezando a salir del nido y ya nunca regresaría a él. Un hondo dolor lo invadió por dentro y las entrañas le pareció de desgajaban sin remedio al sentir que se iba de su lado la única persona que lo había comprendido y admirado sin interés alguno, tan solo por ser quien era. Nada podría ya evitarlo, y se dispuso a facilitarle la huída en pos de su destino.

-Debes seguir tu instinto, sabes que siempre estemos donde estemos pensaremos el uno en el otro sin que nada lo impida…ve, ve y aferra tu destino creado solo para ti…-le impelió a proseguir su rumbo con su beneplácito.

Los dos ex amantes se miraron largo rato, se examinaron por dentro y por fuera, y recordaron brevemente sus momentos vividos entre el glamour de las cenas de gala, y los vestidos lujosos, adornados de joyas costosas, y poderosos personajes solo soñados. Un mundo cambiante, en una era peligrosa, y llena de esquirlas de cristales envenenados, les hacían saltar de un lado a otro, para tratar de hallar su lugar. Un coche azul oscuro llegó a la altura de Felipe Espil como presagio de un final anunciado. De este descendió una figura delicada y menuda, que sonrió abiertamente y sin control. Era la nueva mujer de Espil, que llegaba trayendo consigo la desgracia de Wallis y el desamor de Espil, unidos a la fortuna de su padre y a sus influencias que lo elevarían a la cumbre del poder en el cono sur. Espil la presentó y Wallis le extendió la mano con absoluta cortesía invitándola a quedarse con ellos y tomar algo. La muchacha decidió acceder y los tres por una sola vez formaron una extraña trinidad. Al concluir la mañana, Felipe Espil se despidió de Wallis, Wallis pegada virtualmente a Espil, acarició sus mejillas sin detenerse a pensar en la muchacha que esperaba, a pie firme, que desapareciese de sus vidas, y lo besó en los labios depositando su esencia en ellos, como marcándolo para la eternidad. Espil su Philip sintió que un fuego devorador se apoderaba de su cuerpo, y sus manos acogieron el rostro ovalado de Wallis con ternura para mirarle a los ojos y ver en ellos el reflejo de sus sentimientos, para asegurarse de que no habían cambiado, que era ella en realidad, y no otra la que tenía entre sus brazos.

-Wallis, Darling, sabes que esto es lo más difícil que he tenido que hacer en mi vida…es algo de lo que no me siento orgulloso, y que sé lamentaré por siempre, pero debo hacerlo en honor a nuestra amistad-una palabra que le dolió especialmente a Wallis- ya nuestro amor intensamente vivido. Te dije en una ocasión que mi propósito en la vida era situarme donde creo debo estar, y eso tiene un alto precio, pero nunca, fíjate que te digo nunca, creí que un dolor similar pudiera lacerarme tanto el alma como hoy está haciéndolo.

-Lo sé…-fue la lacónica respuesta de la compungida Wallis que jamás volvería a sentir algo parecido por otro hombre. Ella había intuido que la abandonaría cuando surgiera quien debería estar a su lado apoyando su carrera, de un modo que ella no podría, con pode re influencia.

-De hecho no lo haré, no puedo...-le dijo mirándola como lo haría un devoto a una diosa lejana en el tiempo.

-No…-alzó la mano abierta en un intento de detener la conversación que derivaba por derroteros que ella creía eran dolorosos e inapropiados para Espil.-debes hacer lo que debes hacer…me dijiste en una ocasión que no se deben alterar las metas por nada ni por nadie, incluyéndonos a nosotros dos…es la hora de ponerlo en práctica. Dime ¿quién es ella?.

-Es…es mejor que lo ignores, así sufrirás menos, será mi esposa en unos días –casi se le cortó la voz al pronunciar la palabra esposa, que debería haber estado ligada tan solo a Wallis.

-Piensa-le susurró como si la brisa de un verano olvidado le llegara, rozándolo-que estaremos unidos por un destino mayor, y que siempre seremos lo que la vida ha decidió que seamos. Cuando la tormenta arrecie, yo estaré en tus pensamientos.-Y diciendo esto se retiró dejando que el aire ocupase el lugar que ella invadiera.

-Solo estas palabras me consolarán cuando el mundo se dé la vuelta y nada valga la pena…-le respondió pálido y jadeante, con el pecho hendido de dolor, y los ojos húmedos, intentando en vano disimular sus sentimientos al verla alejarse para siempre.

Wallis le daba la espalda y dejaba que resbalasen por sus mejillas las que serían últimas lágrimas de su larga y aparatosa vida. Tenía que marcharse de aquella ciudad no podía consentir que Espil y su flamante esposa, que lo sería dentro de escasos días se encontrasen con ella turbándole de tal manera. Win agradecería la oportunidad estaba segura de ello. Habían sido dos años intensos, en lo que la vida y un maestro de esta le habían enseñado a amar a odiar a elegir…

El barco zarpaba con el alba, y Wallis abandonaba el continente americano, dejando atrás sus sentimientos, abandonando su vulnerabilidad para siempre. Salía del puerto de New York, con la estatua de la libertad alzando su llama, en pro de un mundo libre, que tendría que pagar con sangre, con ríos de sangre, su anhelada libertad. El humo de las calderas y el sonido de la sirena, le dijo a Wallis que el navío se despegaba del puerto, guiado por el práctico y siguiendo al remolcador, que lo sacaba a alta mar. Una brisa suave trataba de despeinarle, y arrebatarle su sombrero, bien ajustado por largos alfileres, al cabello perfectamente peinado. En la lejanía el continente se fue recortando cada vez más pequeño y delgado a sus ojos, hasta que solo fue una línea que se unía al horizonte. Los pasajeros ocupaban dócilmente sus camarotes y ella aun extasiada, permanecía en la cubierta superior dejando que el cielo la cubriese con su manto protector.

En alta mar su mente descansó para retomar sus pensamientos sobre el matrimonio, sobre la continuidad, sobre los hijos que no tenía…y sobre sus recién adquiridos conocimientos. Llevaba consigo una respetable cantidad de joyas y dinero que había reunido pacientemente, a través de los regalos de Espil y de sus invitados. Le daba cierta garantía de seguridad a la hora de marchar y le aportaba un pequeño capital para construir algo junto a Win. La vida recomenzaba, sin que nada ni nadie pudiese evitarlo. Recordó la despedida de sus amigos en la cena que diera la noche antes de la partida, donde todos lamentaron su marcha y se prometieron reunirse de nuevo en una cena, en un lugar donde pudiesen celebrar su retorno, un retorno que jamás se produciría. Palabras grandilocuentes, que se decían para dar calor y se olvidaban al enfriarse.

El capitán del navío que conocía de oídas a la señora Warfield aprovechó para entablar conversación con tan distinguida señora y de esta forma conocer al mito en persona, pues ya se hablaba de ella en todos los círculos sociales de importancia.

-Es un honor tenerla en mi barco señora Warfield, espero que se sienta cómoda durante el trayecto. Si precisa de alguna cosa no dude en pedírmela. –Con las manos a la espalda y la cabeza ladeada para admirar el porte de la dama, el capitán esperaba una invitación que no llegaba. –esta noche tendrá lugar la cena que doy como capitán, me sentiría muy honrado con su presencia…

-Verá capitán es un placer navegar en su navío, es un momento delicado el que vivo, y deseo La soledad más que nada, pero estaré encantada en cenar con usted cuando considere adecuado.

-Entonces no se hable más, está formalmente invitada a la cena de gala, que daré esta noche-y sin esperar palabra de ella, le besó caballerosamente la mano enguantada, y se dio la media vuelta desapareciendo de escena.

La cena servida en la cubierta superior, consistió en una serie de productos del mar cocinados al estilo mediterráneo, que atrajeron la atención de quien no había probado a tratarlos de tal manera. El champán francés y los vinos españoles, corrieron libremente desinhibiendo a los comensales que conversaron sin prejuicios, algo poco usual, que desagradó en parte a Wallis. El capitán mismo comprendió que la dama de mayor relevancia de la mesa, que se situaba por supuesto a su diestra, se sentía molesta. Cuando los comensales fueron retirándose lentamente, el capitán le entregó un pequeño paquete que Wallis apurada, abrió para ver en un estuche de terciopelo rojo, una brújula dorada que llevaría siempre con ella.

-Perteneció a mi abuelo adquirió dos yo poseo otra, la otra, y me gustaría que accediera a tener en su poder la segunda…

Wallis consternada la tomó entre sus dedos y admiró su factura, era como poseer el tiempo mismo en sus manos y se esforzó por sonreírle a le vez que asentía. Los hombres, comenzaba a darse cuenta de ello, le entregaban sus tesoros voluntariamente, sin necesidad de manipulaciones aparatosas ni mentales que les colocasen en sus manos. Aquel hombre que apenas le conocía le ponía en sus manos el mayor tesoro que debía guardar en su haber, y lo hacía con auténtico placer. Esto le hizo preguntarse si n o debería cultivar aquel don que era la atracción fatal sobre los varones que ejercía como dado por la madre naturaleza para su defensa. El viaje transcurrió sin mayores incidentes dignos de mención y las aguas a veces furiosas y amenazadoras hicieron balancearse el navío más de una vez antes de hacer la primera escala. Unos pocos hacendados y ricos comerciantes neoyorkinos viajaban a bordo y todos ellos conocedores de la fama que le precedía ya por los cotilleos que se desprendían de las cenas de los Espil, deseaban contactar con ella y conocerla en primera persona.

Wallis evitó en lo posible tales contractos superficiales que en nada le beneficiaban y nada le podían aportar tal y como lo veía ella que anhelaba reunirse con Win convencida de que todo iría bien. Ignoraba que el padre tiempo y la madre destino habían entretejido los hilos de la trama más extraordinaria que jamás haya existido, y que ella, y solo ella, sería la gran protagonista.

Capítulo 3

CAPITULO III

LOS AÑOS NEGROS

15 de Marzo de 1924

En las radas del puerto de Hongkong, un discreto buque de transporte atracaba al medio día, desembarcando a una veintena de pasajeros que salían abriendo sus paraguas bajo una fuerte lluvia. Una mujer delgada, quizás excesivamente, descendía en último lugar mirando en torno suyo con la mirada triste y el ceño fruncido. Vestía una falda negra ajustada al talle, con un cinturón ancho de charol brillante y blusa blanca levemente abierta en el cuello, de manga larga, que casi ocultaba por completo la chaqueta de buen corte, que se cerraba bajo su pecho con dos botones. Su pelo ondulado y con raya al medio, realzaba un rostro carente de belleza, con una expresión seria y decidida. Los zapatos de tacón bajo de Wallis Simpson, resonaron contra la piedra rítmicamente, y nadie le prestó demasiada atención. Venía dispuesta a reanudar una relación quebrada desde hacía años y deseaba que las viejas heridas pudieran restañarse con tiempo y acceder a una estabilidad que la vida se había negado a concederle.

Wallis sabía exactamente donde encontrar a su aun marido Earl Winfield Spencer, y allí se dirigió, perdiéndose entre callejuelas estrechas, con grandes balconadas salientes, desde cuyas celosías de madera, observaban sus inquilinos a los que llegaban del otro lado del mundo. Las aceras apenas eran líneas delgadas de piedra, que se pegaban a las fachadas de los edificios, delimitando el espacio por el que los escasos automóviles y los carros, transitaban. No tardó en llegar hasta una taberna escondida tras una destartalada y ruinosa casa, que la ocultaba de la vista. Cerró su paraguas y penetró en el local. Recorrió la entera longitud de la barra de madera que a su derecha se elevaba hasta llegarle al pecho. Al fondo una docena de mesas, ocupadas todas ellas por rudos estibadores y marineros de diferentes nacionalidades, conformaban una heterogénea masa informe que bebía y gritaba y que le resultó desagradable a Wallis.

Win, como le solían llamar sus conocidos a su esposo Earl Winfield, estaba en la mesa que hacía esquina, al fondo del local, solo, y con una botella ya vacía frente a él. Su faz evidenciaba los efectos del licor. Mirada enrojecida, ojos llorosos y repantingado en la silla que crujía bajo su peso, la miró e hizo un intento de levantarse, desistiendo al sentir que su cuerpo se balanceaba amenazando caerse. Wallis sintió que el mundo se derrumbaba en torno suyo, y quedó en pie ante Win con una media sonrisa en su cara y la mano tendida para ayudarle a incorporarse. El corpachón de Win logra ponerse en pie a duras penas y es entonces cuando ella se percata de que al lado de la botella vacía ,hay no uno, sino dos vasos. Alguien ha estado bebiendo por largo tiempo con su marido…no tiene la oportunidad de preguntarle, pues en ese instante la figura enjuta de rostro afilado llega a su altura y sonríe fríamente antes de presentarse formalmente.

-Soy Robert Ley, lamento que tengamos que conocernos en tan inoportunas circunstancias froilan, creo que precisará de ayuda para trasladar a su esposo a su casa…-A Wallis, mujer intuitiva y sagaz, le desagradó profundamente aquel hombre que tenía la desfachatez de proponerle a ella acompañarle a su casa, sin saber si era algo que podía serle incómodo a ella. Wallis desecha el ofrecimiento del desconocido y este finge, no haberse da cuenta de la mala impresión que ha causado a aquella mujer que no se parece en nada al desdichado Win.-Tengo un coche afuera y resultará más fácil llevarlo entre los dos, no se preocupe su marido me conoce de hace varios años somos amigos.

Robert Ley desconoce el espíritu de Wallis, que es capaz de hacer cuanto se proponga sin la ayuda de ningún hombre, acostumbrada a llevar a su esposo a casa cada noche, cuando este vivía con ella, Incluso a sufrir sus malos tratos, cosa que pretende olvidar, borrándolo de su mente para siempre, a fin de reedificar su resquebrajada relación, abandonada por ella, hace demasiado tiempo para su gusto. Sin pronunciar palabra, la en apariencia débil mujer, aferra a su marido con el brazo derecho bajo la axila izquierda de este, y lo ayuda a andar mientras con voz firme lo estimula a caminar por sí mismo, haciendo mención de su hombría menguada a causa del alcohol. Los dos salen del local y bajo la lluvia, quedan en pie, hasta que un carro llevado por un chino pasa y se hace cargo de ambos ayudándolos a subir, bajo el insistente aguacero, y guarecerse bajo la capota, abrazados para proporcionarse calor mutuo. Los dos occidentales desaparecen bajo la atenta mirada de Robert Ley, que se queda chasqueado bajo el dintel del tugurio en que se ha medio emborrachado para hacerle hablar a Win de algo que desea saber.

Cuando la calesa de tracción humana, llega a la dirección proporcionada por Wallis, la estilizada silueta de un discreto hotel se alza en medio de las casuchas que la rodean, como apretándola para tratar de derruirla. Wallis que ha despabilado lo suficiente a Win como para que este camine por sus propios medios hasta el vestíbulo del hotel, engancha su brazo derecho al de este y como una pareja vulgar más, penetran en el lugar en que se hospedarán por unos escasos días, en que el destino habrá de visitarlos como un ave de rapiña, dispuesto a explotar sus cualidades más escondidas. La habitación resulta pequeña pero bien amueblada, con un amplio ventanal que le permite a Wallis, divisar desde lejos quién se acerca a la entrada del hotelito, y controlar las visitas inesperadas, o quizás incluso indeseadas.

Earl, su Win, se despatarra en la cama y compone una imagen que despierta más la rabia y la impotencia de Wallis que la pena por su lamentable estado. Pero ella ha venido a resucitar su turbulenta relación y está dispuesta a conseguirlo, como sea. Le saca las botas embarradas y los pantalones y los coloca doblados encima de la silla que hará de galán, para posteriormente desabrocharle la camisa sudada y maloliente, que tira al suelo asqueada. Un mohín de repulsión se dibuja forzadamente en la cara, perfectamente enmarcada por unos ojos ligeramente almendrados y unas cejas limpias y diáfanas, que escrutan cada detalle de su entorno, sintiendo el aguijón de la pobreza una vez más en su cerebro. Se desnuda lentamente y coloca cuidadosamente su ropa en la silla cercana a la ventana alejándola de la de Earl, para evitar que su olor se pegue a ella.

Se embute en un kimono chino y mira el rostro hermoso y viril, de quién despertase en ella el fuego de la pasión más desenfrenada que jamás fuese a conocer, y se queja para sus adentros de haber tenido que renunciar a su cuerpo y a las caricias de sus manos, antaño buenas conocedoras de sus secretos más íntimos. Desde que el mando de la marina descubriera que bebía en exceso y decidiese destinarle a un lugar apartado y discreto, en el confín del mundo, con la vana esperanza de que terminase con el vicio que ya le había costado su matrimonio, que para cuando llegó a Honkong, era tan solo un montón de cenizas, con varios episodios de malos tratos a cuestas, el alcohol se hizo con su persona como un amo con un esclavo al que ha quebrado su espíritu.

La luz del nuevo día penetraba a través de las cortinas demasiado delgadas como para impedirlo, y Wallis se incorporó casi de un salto para salir de puntillas de la habitación, y encerrarse en el baño comunal del modesto hotel, donde realizar sus abluciones cotidianas. Se miró en el espejo y se juró a sí misma, que jamás permitiría que le volviera a poner la mano encima, ni a Earl, ni ningún otro hombre que caminase sobre la faz de la tierra. Se peinó, se perfumó y cuando salió para entrar de nuevo en la habitación era una sensación de poder y seguridad tal la que le embargaba, que supo que dominaría desde entonces la situación como nunca antes lo había hecho. Earl incorporado en la cama, se quejaba de un fuerte dolor de cabeza, debido a la borrachera de la noche anterior. Wallis quedó en pie ante la cama desecha y cuando su marido logró sentarse en el borde, con ambas manos en la nuca masajeándosela, le habló en un intento de dar comienzo a una relación que había muerto en realidad tiempo atrás.

-Debemos sobreponernos a estos tiempos duros y críticos y empezar por abandonar ese vicio que te mantiene atado a los tugurios y te somete a un estado de indignidad permanente.

-¿Has venido desde tan lejos solo para sermonearme, o para hacer tu obra de caridad?- le soltó con sarcasmo Earl.-pierdes el tiempo, yo ya he sido denigrado por mis superiores y he aguantado todo lo que se supone que un hombre debe soportar...

-No me impresiona tu estado, ni me da pena la situación en que te hallas, es por culpa tuya y solo sé que si de verdad te consideras aun un hombre, deberías sobreponerte y salir de este submundo en que habitas como una rata que se esconde de su destino.

Earl intentó levantarse y llegar hasta Wallis con la malsana intención de pegarle, como estaba acostumbrado a hacer en otros tiempos, pero esta vez el alcohol estuvo de parte de Wallis, y ella mantuvo la compostura sin dar un paso atrás. Hubo de sentarse ante el intenso mareo que lo desorientó y a pesar de su egocéntrica personalidad, unas lágrimas escaparon de sus ojos. Wallis le ayudó a llegar al retrete, y a lavarse antes de vestir las prendas que había encargado la noche anterior al botones abonándole una generosa cantidad, que debería haber guardado para los días siguientes.

Earl, presentaba ahora una imagen al menos aceptable a ojos de Wallis y cuando se disponían a salir de la habitación, unos golpes fuertes les dejaron paralizados. Wallis abrió la puerta y ante ella, el hombre de la noche anterior, al que ella culpaba de haber emborrachado a Earl, cosa que no resultaba demasiado difícil, quedó enmarcado en la puerta con una amplia sonrisa desplegada a modo de tarjeta de presentación.

-Siento haberme comportado de manera tan vulgar anoche, le pido mil disculpas señora Winfield, utilizó el apellido de su marido, es mi deseo serles de utilidad en estos momentos. Si me lo permiten les llevaré a un lugar más apropiado para que se hospeden y me haré cargo de sus gastos mientras estén en Hongkong.

Wallis estuvo a punto de negarse al ofrecimiento de aquel presuntuoso varón, que tanto le desagradaba, pero ante la oportunidad de residir en un sitio más acorde con sus gustos, cedió amablemente y le siguió hasta la calle donde un Buick negro les esperaba. Seguro Robert de la respuesta de aquella fémina dominante y de rara inteligencia, bien reflejada en sus penetrantes miradas. Un conductor enteramente ataviado de negro, con un brazalete rojo en su brazo izquierdo, se acomodó en el lado derecho del auto y arrancó.

En el lujoso vestíbulo, antítesis del hotel en que se hospedase su primera noche Wallis, Robert Ley se sentó con las piernas separadas, cruzando la pierna izquierda sobre su rodilla derecha y extrajo un cigarrillo de su pitillera de plata, en la que un símbolo llamó la atención de Wallis, era un águila bajo cuyas patas se desplegaba una esvástica. Tras expulsar su primera bocanada de humo, y con Earl ya despabilado por completo, Robert se dispuso a dejar sobre la mesa su proposición.

-En estos tiempos de cambios sorprendentes, cuando los gobiernos se ven impotentes para frenar el desempleo y las revueltas sociales, los elementos que tienen algo que ofrecer, son considerados por quién sabe valorar sus capacidades.

-¿Está tratando señor Ley, de vendernos una idea? –le recriminó en un tono informal Wallis.

-¿Estaría usted dispuesta a comprarla, si esta le proporcionase los medios suficientes, como para vivir con el nivel que una mujer como usted merece sin duda…?

Wallis se limitó a no responder de manera imprudente, era consciente, de que aquel movimiento al que parecía pertenecer el señor Ley, era de una índole peligrosa y capaz de causarle problemas indeseados. Sonrió y permitió que se expresase sin ambages.

-Mi partido tiene sumo interés en conocer los gustos y proyectos de diferentes hombres de negocios que viajan desde los Estados Unidos e Inglaterra, así como de otros países con tejidos industriales de importancia.

-¡Me está proponiendo espiarlos!-fingió alarmarse Wallis.

-Nosotros somos gente normal, no sabemos de esas cosas…-trató de zafarse Earl, que vio como una irada penetrante, casi calcinadora le era dirigida por sus esposa, que llevaba las riendas de la conversación.

-Siga por favor señor Ley, me está interesando sobremanera su ofrecimiento.

-De aceptar usted, deberíamos prepararla para tal “trabajo”…

-Ya, y, ¿en qué consistiría esa digamos “preparación”?

-Vayamos despacio, antes quiero que me diga qué piensa de ciertos temas que son relevantes para mi partido.

Apenas pronunciadas aquellas palabras, un hombre de aspecto rudo vestido con ropas vulgares y desgastadas, llegó hasta ellos, Saludó a Robert Ley y se sentó enfrente de este con los antebrazos sobre sus rodillas echado hacia a delante.

-Les presento a mi colega Vladimir Yaroskov.

Wallis observó el bulto que se pronunciaba bajo el brazo izquierdo de la americana del recién llegado y supo que iba armado.

La conversación se desvió por caminos, en que la política era la principal de las preocupaciones de los tres, dejando un tanto marginado a Earl, que acabó dormitando en el blando sillón de cuero marrón del vestíbulo, olvidado.

Dos mundos que se verían enfrentados en unos años posteriores, se hallaban representados por sus agentes, en aquella parte del orbe en que se daban cita los más estrambóticos personajes.

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