Capítulo 2

Lo último que sentí fue el frío del acero.

Mi hermano, Javier, me sujetaba con una fuerza que nunca había conocido. Sus ojos, que antes me miraban con cariño, ahora ardían con un odio demencial.

"Tú y Elena", siseó, con el aliento oliendo a vino caro y a locura, "la matasteis. Destruisteis mi vida por celos".

No pude responder. La sangre llenaba mi boca.

Isabela. Todo era por Isabela.

Él se había llevado a toda la seguridad de la finca para irse con ella a una estúpida fiesta en un yate en Ibiza. Nos dejó indefensos.

Cuando los sicarios de nuestros rivales entraron, mataron a Elena, su esposa embarazada. A mi sobrino Mateo, de tres años, le cortaron las manos mientras intentaba protegerme.

Y ahora, mi propio hermano, manipulado por una nota falsa que Isabela dejó antes de desaparecer, me estaba matando a mí.

"Esto es por Isabela", fue su última palabra.

Luego, la oscuridad.

Un estruendo de cristales rotos me devolvió a la vida.

Abrí los ojos de golpe. Estaba en mi cama, en la finca. El olor a lavanda de las sábanas era real. El corazón me martilleaba en el pecho.

Otro golpe, más fuerte, desde la planta baja. La puerta principal.

Estaban aquí.

No era un sueño. Había vuelto. Justo al principio de la tragedia.

Salté de la cama, ignorando el mareo. Corrí descalza por el pasillo helado hasta la habitación de Javier. Estaba vacía, como esperaba.

Fui a la habitación contigua. Elena, mi cuñada, se despertó asustada por el ruido. Mateo dormía a su lado, abrazado a un osito de peluche.

"Sofía, ¿qué es ese ruido?", preguntó, con la voz somnolienta y la mano sobre su vientre de siete meses.

"No hay tiempo", le dije, tirando de su brazo. "Tenemos que irnos. Ahora".

Agarré a Mateo de su cuna. El niño se quejó en sueños pero no se despertó.

"¿Irnos? ¿A dónde? ¿Qué pasa?", Elena estaba confundida, asustada.

"Solo confía en mí", supliqué, arrastrándolos por el pasillo hacia la biblioteca.

Ignoré el teléfono de la casa. Llamar a Javier era inútil, una pérdida de tiempo precioso que nos costaría la vida. En mi bolsillo, mi móvil se sentía como un ladrillo.

Marqué el 112, el número de emergencias de la Guardia Civil.

"Hay un asalto en la Finca Valbuena", dije con la voz temblorosa pero firme. "Están forzando la entrada. Necesitamos ayuda urgente".

Mientras hablaba, empujé una estantería que ocultaba una puerta secreta. Era la entrada a la bodega vieja, un laberinto de túneles que solo la familia conocía.

"Por aquí", le insistí a Elena.

Los golpes en la puerta principal se convirtieron en el sonido de la madera astillándose.

Estaban a punto de entrar.

Capítulo 3

"Pero tengo que llamar a Javier", insistió Elena, mientras la empujaba hacia la oscuridad de la bodega. Su cara estaba pálida por el miedo y la confusión.

"No servirá de nada, Elena. ¡No nos creerá!".

Pero ella ya estaba marcando el número. Su lealtad a mi hermano era inquebrantable, incluso ahora.

Pude escuchar la música de fiesta al otro lado de la línea antes de que la voz de Javier, irritada y distante, respondiera.

"¿Qué quieres, Elena? Estoy ocupado".

"¡Javier, hay gente en la casa! ¡Están rompiendo la puerta!", gritó ella, al borde de las lágrimas.

Hubo una pausa. Luego, una risa cruel. La voz de Isabela se escuchó de fondo, burlona.

"Dile a tu cuñadita que se busque un drama mejor", dijo Javier, con un tono que me heló la sangre. "Ya sé que habéis vuelto, las dos. ¿Creéis que voy a caer en la misma trampa? Disfrutad de vuestra actuación. No pienso volver".

Y colgó.

Elena se quedó mirando el teléfono, con los ojos llenos de incredulidad y dolor.

"¿Qué ha querido decir? ¿Que ha vuelto?".

No tuve tiempo de explicarle el concepto de renacer. La puerta principal de la casa se vino abajo con un estruendo ensordecedor. Se oyeron pasos pesados y voces rudas en el vestíbulo.

"¡Registrad toda la casa! ¡El jefe los quiere a todos muertos!".

El terror finalmente se apoderó de Elena. Entendió que esto era real.

Nos adentramos en la bodega, cerrando la puerta secreta tras nosotras. La oscuridad era casi total, solo rota por la débil luz de la pantalla de mi móvil. El aire olía a tierra húmeda y a vino viejo.

"Hay una salida al final de este túnel", le susurré, guiándola. "Lleva a los viñedos, cerca de la villa de Alejandro".

Pero los pasos nos seguían. Habían encontrado la entrada.

La luz de sus linternas bailaba por las paredes de piedra. Estaban cerca.

De repente, Elena se detuvo. Me empujó hacia un pasadizo lateral aún más estrecho.

"Tú vete con Mateo", dijo, con una determinación que nunca le había visto. "Yo los distraeré. Corre, Sofía. No dejes que le pase nada a mi hijo".

"¡No, Elena! ¡Ven conmigo!".

Pero ella ya se había dado la vuelta. Salió al túnel principal y gritó.

"¡Eh, idiotas! ¡Estoy aquí!".

Escuché a los sicarios gritar y correr tras ella. Luego, un grito ahogado. Un sonido sordo.

Las lágrimas me cegaban, pero no me detuve. Corrí por el pasadizo oscuro, con Mateo en brazos y el eco del sacrificio de Elena resonando en mis oídos.

Una de las balas perdidas me rozó el brazo, un dolor agudo y ardiente.

Pero seguí corriendo.

Tenía que llegar a la villa de Alejandro. Él me ayudaría. Él era mi prometido. Él tenía que creerme.

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