—¡¡MARCOS, MARCOS, MARCOS!!.
—Dígame señor.— llega corriendo hacia él abriendo sus ojos como platos al verlo completamente desalineado.
—¡¡ME UBICAS DE INMEDIATO AL SEÑOR DANTES!!.
Franco Dantes, era el jefe de seguridad a quien le daría la orden de encontrar a esa mujer y echarla de la empresa inmediatamente.
En su vida se había sentido tan humillado. El que lo haya dejado en ridículo hizo sacar lo peor de él. Deseaba tenerla en frente y estrangularla con sus propias manos. Sí, de vez en cuando tenía estos pensamientos psicópatas, pero quedaban en eso, pensamientos si había una sola persona que merecía que recaiga todo su odio, ese era ese tal Tincho, el mismo que asesinó a su hijo y a quien sin importarle cómo ni cuándo, vería suplicar piedad arrodillado en el suelo. El tiempo había transcurrido tan rápido y todavía no tenían más que una foto de su rostro que había sido difundida por los medios de comunicación, pero al cabo de unas semanas ya nadie recordaba el incidente.
Nunca nadie lo había visto en ese estado y aunque había sido un escándalo los despidos masivos de mujeres cuando regresó a su puesto luego de la muerte de Mariana, jamás presenciaron un estado como el de ese momento.
—¡¡MARCOS!! ¡¡MARCOS!!— insiste esperando en el vestíbulo.
—Dígame señor.— se pone de pie como un soldado.
- ¡¡DÓNDE ESTA DANTES!! ¡¡ME BUSCAN DE INMEDIATO AL SEÑOR DANTES!!—. De pronto por quién gritaba aparece acomodándose el pantalón. —¡¡¡DÓNDE DEMONIOS ESTÁBA!!! ¡¡¡TE PAGO UN SUELDO PARA QUE ESTES AQUÍ PARADO EVITANDO QUE INGRESE PERSONAS INDESEABLES A MÍ EMPRESA!!!.
El hombre se sentía descompuesto, de echo debió haber solicitado el día, pero hacía un mes lo habían contratado y no quería que piensen que es un irresponsable que le gusta faltar, pero en verdad estaba pálido y solo quería regresar a su domicilio.
—Lo siento señor Salvatierra, es que...— pero no lo deja hablar, está demasiado alterado.
—¡¡¡ES QUE NADA!!! ¡¡¡MIRA COMO ESTOY!!! ¡¡¡UNA LOCA SALVAJE ME ATACÓ ¿Y DONDE ESTABAS TÚ?!!! ¡¡¡ PERDIENDO EL TIEMPO HACIENDO QUIÉN SABE QUÉ!!!—. El modo de tratar a sus empleados era realmente humillante.
Por los pasillos se rumoreaba de que su esposa no se había suicidado, sino que fue asesinada por él, que después del homicidio de su bebé se habría vuelto un monstruo y descargó su pena y frustración en la pobre mujer. Todas atrocidades, pero al final de cuentas y a sabiendas de lo que dicen, ha preferido no discutirlo, después de todo sabe cuál es la verdad y las pruebas lo avalan ¿qué le importa las personas que viven del morbo en cuanto a estas situaciones?
Estaba enojado y aunque en cierto modo tenía razón de estarlo porque después de todo, Dantes tenía la frente la seguridad de todo el edificio, no era para que lo trate de ese modo sin preguntarle si quiera el por qué de su ausencia.
—¡Dónde está señor!— indaga preocupado sacándose la cachiporra, su jefe se cruza de brazos y eleva una de sus cejas.
—Eso mismo me pregunto yo ¡PERO QUE VOY A SABER, SI TENÍAS QUE HABER ESTADO AQUÍ! ¡AQUÍ DEMONIOS! ¡AQUÍ! ¡AHORA QUIEN SABE A QUÉ INGRESÓ A ESTA EMPRESA! ¡ME LA BUSCAS Y ME LA CORRES SI NO QUIERES SER TÚ QUIEN SE QUEDE DE PATITAS EN LA CALLE!—. Luego de aquella discusión se dirige a todos los empleados que se encontraban murmurando sobre lo sucedido. —¡¡¡QUIERO A TODOS Y TODAS TRABAJANDO O MANDARE DESPIDOS MASIVOS!!!—. Se retira directo a su oficina en el piso más alto del edificio.
Por otro lado, Sofía, ante el comentario de la chica, se asustó, por lo que se apresuró a buscar a Norma, la señora que la había ayudado y recomendado para entrar a trabajar allí. Sabía que luego de aquello no le permitirían la entrada, pero necesitaba el dinero, no podía darse el lujo de regresar a su casa y decirles a su madre y hermana que había perdido la única posibilidad de darles una vida digna.
Llegó hasta un armario donde se escondió y se puso a llorar, sin imaginar o por lo menos, sin ponerse a pensar que, en ese momento, alguien abriría la puerta.
—¡AHHHH!—. Grita un joven de unos veintitantos. —¿Quién eres?— pregunta muy confundido.
—Por favor, no digas que estoy aquí.— entonces mira hacia ambos lados y se mete dentro. -—¿Qué haces?— se asusta, el espacio es estrecho y lo tiene muy cerca.
—¿qué pasa? ¿por qué o de quién te escondes?— pregunta por lo bajo.
—Me mandé un pequeño problema.— él frunce el ceño porque no comprende y ella continúa explicándole —le di su merecido a un tipo ahí afuera que me había humillado, pero resulta ser mi jefe.— finge llorar.
—¿Tu jefe?— cada vez entiende menos. —¿trabajas aquí?— él no era nuevo, pero si estaba allí, es porque trabajaba ahí.
—Creo que ya no.— y estalla de risa. —no es gracioso.— pero sigue haciéndolo. —¡ya! ¡deja de reírte de mí! Seguro estará buscándome con la policía.— piensa en voz alta.
—Eso es seguro.— y piensa un segundo.
—¿quieres salir de aquí?— sí y no. Pero no podía hacer nada, el trabajo estaba perdido. no te muevas, te buscare ropa con la que puedas salir.— y se va dejándola sola.
El tiempo pasa y nada de que llega. Sofia comienza a desesperarse y al cabo de media hora, no lo resiste más y decide salir. Piensa en salir por las escaleras, pero resulta que ve un par de policías por lo que se asusta y decide subir hasta le último piso donde para su suerte, estaba desolado, aunque extremadamente limpio. De pronto escucha voces provenientes de las escaleras y se adentra en la ultima puerta del pasillo con tanta mala suerte que se topa espalda con espalda con Alex.
—Tu.— le habla despectivamente, pero ella se queda idiotizada observando su cuerpo.
Justamente había ingresado a su despacho donde se encontraba cambiándose de ropa y ene se momento estaba sin su camisa.
A Sofía literalmente se le caía la baba. Alex tenía un físico envidiable, una espalda que cualquier mujer desearía sujetar mientras la penetra duramente. Unas manos que llevarían al éxtasis a cualquiera persona e incluso si esa fuera un hombre.
—¡Qué demonios haces en mi empresa todavía! – espeta con enojo y ella no sabe que hacer, solo le pide que la perdone, pero él solo la toma de los brazos y la sujeta con fuerza para entregarla a la policía.
—¡Suélteme!.
—Lo que me hizo abajo no va a salirle gratis.— le advierte. —hare lo que sea para que termine en la cárcel.— amenaza.
—¡QUÉ CRIMEN HE COMEIDO! Usted me humillo, me insultó.— intenta hacerlo entrar en razón, pero solo tenerla cerca le hace dar asco.
—¡Suficiente! Llamare a la policía para que te saque de aquí.
La empuja en cuanto escucha que la policía esta al otro lado de la puerta, por lo que a Sofía se le ocurre hacer algo para darle su merecido.
Decidida se saca la remera y baja el cierre de su pantalón lo cual hace que él se extrañe e indague qué es lo está haciendo.
—¿Pero qué haces?— pregunta horrorizada al verla en corpiño nada más.
—Tu no me vas a sacar de aquí como una delincuente.
—Vístete ya.— le ordena y toma la remera que acaba de tirar al suelo para cubrirla, pero no sabe de dónde sacó fuerzas, que lo hizo caer encima de ella, encima de un sillón ahí presente.
—Sí haces que entre la policía diré que quisiste violarme.
—No te atreverías.— contraataca.
—¿Quieres probar? ¿Qué van a pensar si ingresan y me ven llorando, casi desnuda igual que usted encima de mí? ¿Qué estamos dialogando de trabajo?— en los ojos de él se refleja las ganas de querer asesinarla. —¿Qué estamos acordando algunas clausulas del contrato laboral?
—Basta.— exige entre dientes e intenta zafarse, pero no sabe de donde es que saca tanta fuerza, que enreda sus brazos a su cuello y sus piernas a sus caderas.
Alex se veía entre la espada y a pared, porque ella tenía razón ¿cómo se defiende ante lo evidente? Y no porque en verdad intentó abusarla, sino porque ¿cómo explica que esté en paños menores en su oficina? Si ni siquiera hay cámaras en esas cuatro paredes.
De momento a otro tocan la puerta y ve en sus ojos la ira. Respira hondo y decide ceder.
—¡ESTOY TRABAJANDO! ¡RETIRENSE!—. Sin volver a intentar llamar a la puerta, esas personas se retiran. —¿Contenta?— asiente. —suéltame, porque no quiero estar un segundo más cerca suyo.— y deja de abrazarlo.
El hombre se termina de cambiar mientras ella hace lo mismo. Durante esos segundos están en silencio y cuando al final sus cuerpos están cubiertos, él se sienta a trabajar y pasa por alto que ella sigue en frente esperando a que le preste atención.
—Retírate.— Ordena sin mirarla.
—Solo si avisa que no soy ninguna delincuente— respira hondo e intenta tratar de hacer las paces. En verdad necesita ese trabajo. —mire, sé que no debí haberlo tratado con confianza, pero no sabía quién era usted y, además, me ha tratado mal.— pero su silencio la desespera y le suplica —necesito este trabajo, mi madre esta enferma y soy el único sostén.— apela a su compasión y le dice algo que no debió haber dicho nunca. —estoy dispuesta hacer lo que sea.— y una sonrisa diabólica se dibuja en su rostro. —por favor.— y lo observa detenidamente y con mucha atención.
—Esta bien.— camina hasta ella con sus manos en el bolsillo.
—Muchas gracias señor, Dios le va a pagar su bondad.— pero él carcajea y levanta un dedo solicitando silencio.
—No es tan fácil como crees, me has humillado delante de todos mis empleados y no puedo permitir que ellos crean que puede venir cualquiera a ofenderme y no hacer nada al respecto, porque de ese modo, pensarán que pueden hacerlo y no habrá castigo.
—Pero le pedí disculpas.
—Pero no es suficiente.— intenta hablar, pero no se lo permite. —¿tu necesitas el trabajo?— asiente. —yo te lo daré, pero deberás disculparte.—
—Pero señor, lo hice.— niega con el dedo y señala el suelo.
—Desde allí. Quiero que te arrodilles y te disculpes.— pide completamente serio y ella solo quiere llorar y escupirle la cara.
Sofía sabía perfectamente que, en la vida para escalar, tenías que pagar derecho de piso, pero eso le parecía muy cruel. Iba a decirle que no, pero pensar en todo lo que debían, que en cualquier momento podrían quedarse en la calle ¿Dónde llevaría a su madre discapacitada? No podía permitir que sigan padeciendo tantas necesidades. Respiró hondo y conteniendo las lágrimas se arrodilló a sus pies.
—Lo siento.— dijo sin mirarlo, en un hilo de voz y sintiéndose completamente humillad.
—¿Perdón? Es que no escuché bien. – insiste y acerca su perfil para poder oírla.
—¡Lo siento!—. Repite entre dientes elevando la voz.
—Esta bien. Pero te advierto que, si esto vuelve a suceder, no lo pensaré dos veces y te sacaré de patas a la calle ¿comprendes? Ahora ponte de pie y retírate, no quiero volver a verte. Quiero que te mantengas lejos de mí.— se pone de pie y cuando camina hacia la puerta para irse, él agrega algo más —Por cierto, no quiero que comentes nada de lo sucedido aquí.
Y se retira sintiéndose humillada como nunca le ha pasado antes.
Ese hombre era un monstruo.
Las palabras de aquel hombre la habían lastimado y por supuesto, humillado. Sofía no podía permitir que alguien con ínfulas de superioridad, la humille de tal modo y si no fuera por la necesidad seguramente le hubiera dado su merecido. Pero su posición en ese momento era mucho menor.
En cuanto fue a recursos humanos para firmar el contrato de trabajo, lo primero que le dijeron fue que bajo ningún concepto podía asomar la cabeza en el séptimo piso dado que el presidente no permitía mujeres en ese sector. No objetó y firmó.
—Bueno señorita Flores, bienvenida a la empresa.— y estrecha su mano.
Su sitio de trabajo eran todas las oficinas de 6to piso y cómo ya se había perdido de casi toda la mañana, su jefe ordenó recuperar las horas perdidas, las cuales habían sido 2 por lo que tendría que quedarse después de hora.
El trabajo era pesado. El piso contaba con 8 oficinas y si bien no eran tan grandes, debía verificar que cada rincón brille de limpio. Lo cierto es que comúnmente por cada sector se ocupaban 3 personas, pero como quería castigarla por lo que hizo, dio la orden de que nadie, absolutamente nadie, debía ayudarla. Su jornada laboral era de 6 horas, por lo que la haría trabajar de corrido hasta las 20 hs.
Las horas pasan y el cansancio es abrumador. Cuando todos se empezaron a marchar y creyó estar segura de que no había nadie más que ella y seguramente el personal de seguridad, decidió subir hasta la planta alta, por encima de la de su jefe, y descansar unos minutos antes de continuar.
La terraza era un sitio bastante agradable y no visualmente, por supuesto, no tenía decoración alguna, pero por lo menos podría estar unos momentos para estar consigo misma.
Se ubico detrás de unos tanques de agua y prendió un cigarro.
—Ten paciencia Sofi. Recuerda que lo haces por mamá y Yanina.— de pronto mira hacia el cielo y nota un brillo especial, esa primera estrella que suele asomarse antes de caer la noche. —Tincho, no tienes idea de cuánto nos haces falta.— susurra por lo bajo mientras siente como las lágrimas resbalan por sus mejillas.
La pérdida de su único hermano varón había deteriorado por completo la salud de su madre, qué pese a saber que su hijo no andaba en nada bueno era sangre de su sangre. Lo había llevado 9 meses en su vientre y peleo con el mundo por mantenerlo con ella ¿cómo no podía amarlo, si él era la luz de sus ojos también?
Sumida en sus pensamientos mientras escucha algo de música y llora en silencio, logra divisar a un hombre de unos 25 años aproximadamente hablando por teléfono y por como gesticulaba, estaba bastante enojado.
Completamente curiosa, apaga su mp3 y se acerca lo más que puede para poder escuchar lo que estaban hablando, pero fue poco lo que pudo oír, porque de momento a otro el tipo avienta el aparato donde se encontraba ella y éste se destruye en varios pedazos.
—¡Mierda!— dice por lo bajo buscando dónde poder esconderse, pero era tarde dado que aquel hombre se acercaba a toda prisa a buscar las partes del celular y ella, aunque se escondiera detrás de una caja de luz, no era lo suficientemente petisa y delgada como para que no la descubra.
—¡AHHHH!—. El susto de su vida, se pego el joven en cuanto la vio acurrucada en una esquina.
—Por favor, no grites que, si alguien se entera que estoy aquí, me van a descubrir con el amargo de mi jefe y ya bastante lo tolere esta mañana.— explica suplicándole, pero solo ve en su rostro una amplia sonrisa.
—¿No te llevas bien con él?— ella se encoge de hombros. —bueno, la verdad que sí, dicen que es un amargo— ambos carcajean y la ayuda a levantarse —¿te lastimé?— indagó preocupado mientras la observa con detenimiento.
—No, no. Pero se ve que te hicieron enojar mucho. ¿Qué te pasó?— Sofía era menos discreta y demasiado curiosa por lo que la frescura de la chica lo hizo reír.
—Nada importante. Pero ¿Qué haces aquí escondida?— observa su mano derecha que sostiene el cigarro el cual le arrebata y le da una pitada. —y fumando—ella abrió tan grande sus ojos como pudo ante el atrevimiento del desconocido, pero no dijo nada, sino que contestó a su pregunta.
—Lo que sucedió es que este es mi primer día de trabajo y bueno, tuve una pequeña discusión con quien supe después era mí jefe. Intentó sacarme con la policía porque dice que lo humille ante todos sus empleados.— actuando la misma voz de Alex. —y aunque me dio el trabajo debo cumplir el horario y por tanto, hasta las 20 hs no puedo irme. Lo peor es que mi hermana no podrá ir al colegio porque si no, no hay quien cuidé, a mi madre enferma; y me vine aquí porque necesitaba descansar y fumar un poco— y le quita su cigarro para continuar fumándolo.
—¿qué le sucede a tu mamá?— realmente se interesó y ella pudo verlo en sus ojos.
—Tiene diabetes y le han cortado una de sus piernas, por lo que con mi hermanita nos turnamos para que cuidarla.— él hombre asentía y la curiosidad por saber más, lo llevó a seguir preguntando.
—Perdón que me entrometa, ¿no tienen algún tipo de ayuda?.
—¿social?— asiente. —sí, su pensión por discapacidad, pero no es suficiente. Si bien no vivo en un lugar caro, las cuentas debo pagarlas y soy la única que trabaja— admite apenada.
—Lo siento— y pone su mano en la espalda, ella sonríe.
—Gracias ¿y tú?— él se señala. —sí, ¿qué haces aquí?.
—Bueno, ante todo, me llamo Adrián, mucho gusto.— toma su mano y sin dejar de mirar sus ojos cafés, la besa y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—Sofía.— dice en un hilo de voz.
Sus ojos lo devoran, pero inmediatamente se regaña mentalmente.
—Bueno, ante todo, lamento por lo que estas pasando yo nací con todas las comodidades, por lo que no podría comprender tu situación, pero sí creo que, si tu jornada laboral es de 6 horas, no tienes porque quedarte 8. Independientemente del conflicto que tuviste con tu jefe, no puede hacer tal abuso a no ser que te lo abone como extra.— explica de un modo que pueda entender.
—Puede ser, pero me costó mucho poder tener este trabajo.
En un momento se pone a pensar en todo lo que le costó llegar hasta ahí a sabiendas que resultaría peor el remedio que la enfermedad y recordando lo que tuvo que hacer para que no la despidiera antes de empezar.
—Comprendo, pero no puedes permitir que pisotee tus derechos, Sofía.— y sonaba tan bello su nombre en sus labios que enseguida borró de su mente aquellas palabras impuras.
Adrián le llevaba una cabeza. Media un metro ochenta y cinco con un cuerpo seductor y envidiable. Sus ojos negros como la noche hacían que cualquier mujer, incluso ella, se derritiera ante su presencia y su humor ¡DIOS, SU HUMOR! Lo hacía ver demasiado sexi. Su sonrisa la dejaban tonta y su manera de expresarse hacía que se pierda en el cosquilleo del sonido de su voz dentro de sus oídos.
—¿Tendrá novia?— ella no se dio cuenta, pero pensó en voz alta.
—¿Perdón?— se inclina porque creyó haber oído mal.
Él tenía novia, Valentina, una modelo de su misma edad que había participado en muchos certámenes de belleza y había ganado algunos. Ambos se conocieron hacia 5 años y desde entonces llevaban una relación entre idas y vueltas. Él soñaba con poder llevarla al altar, pero para la joven era más importante su cuerpo y su carrera que hacer una familia con su novio y justamente era por eso que peleaban.
Por alguna extraña razón, no quiso decirle a la chica que efectivamente estaba con alguien. Algo en ella le atraía y aunque una parte de él le decía a gritos que estaba haciendo mal, simplemente acalló sus pensamientos con una invitación.
—¿Te gustaría tomar algo?— ella eleva una de sus cejas y agradece que no insista en lo que accidentalmente pensó en voz alta.
—Ehhh— no logra contestar, porque él lo hace por ella.
—Perfecto ¿café? No, hace calor. ¿una gaseosa?— asiente sonriendo.
—¿Sprite?— susurra que si —ahora vuelvo.— y desaparece de su vista.
Se acomoda en la cornisa con sus pies en el vacío mientras cierra sus ojos y disfruta de la suave y cálida brisa de aire caliente en su rostro.
Extrañaba tanto a su hermano que cuando lo mataron, porque estaba segura que lo mataron, sintió que su vida se fue con él.
De niños acostumbraban a salir por el barrio a juntar botellas y venderlas por unas monedas que juntaban para comprar golosinas. En el barrio, cuando había alguien que se quisiera propasar con ella, los surtía a golpes por lo que sabía que nadie, absolutamente nadie podía meterse con la hermana del “Tincho” pero ahora no estaba y cada día le hacía más falta.
Cuando Adrián bajo desde la terraza, se encontró de frente con su hermano mayor, quien estaba enfurecido recorriendo los pasillos.
—¡EY! – llama su atención.— ¿qué te sucede? Andas bien alterado.— y carcajea.
—Mira Adrián, no me molestes porque no estoy de humor.— lo regaña sin mirarlo. —¡Maldición! ¡¿Es que no hay nadie quién me atienda en mi empresa?!.
El hombre buscaba con desesperación a su empleada nueva para solicitarle que le preparase un café y se lo llevara a su oficina dado que estaba trabajando en unos planos y estaba agotadísimo y su secretario se había marchado.
Alex se había vuelto un monstruo luego del suicidio de su esposa por lo que era un despiadado sin corazón con las personas. Los únicos que conocían su alma rota y que, dentro de las cuatro paredes de su mansión, se desarmaba, aunque mostrara lo contrario eran sus hermanos, quien le hablaba y Lucía, una joven de 21 años que estudiaba diseño y publicidad.
Él se creía con el derecho de solicitarle de ordenarles a sus súbditos pasando por encima de contratos y sus derechos por lo que no le había sido suficiente humillarla hacía unas horas, que quería hacerlo otra vez.
—Si no fueras tan idiota, no se esconderían de ti.— ese comentario que dijo por lo bajo, lo escuchó y se detuvo a indagar.
—¿Quién se esconde de mí?.
—¿Perdón?— lo evade y se le ocurre preguntarle de donde es que venía ya que hacía media hora se fue hablar por teléfono con su novia y cómo lo conocía perfectamente, lo máximo que duraría esa conversación no superaría los 5 minutos. De pronto pone su rostro de roca y se acerca intentando descifrar en su mirada lo que esconde.
—¿De donde vienes?— su hermano eleva sus cejas y luego de hacer un chasqueo con su boca le da la espalda y sigue escaleras abajo dejándolo a los gritos.—¡Adrián! ¡Adrián! ¡te prohíbo que me dejes hablando solo! ¡ADRÍAN!—. Pero hacía caso omiso a sus gritos y continuó directo al bar de enfrente dado que el bufete había cerrado a las 17hs.
A puras carcajadas, se alejó de su vista dejándolo, peor de cuando estaba buscándola a Sofía.
En un momento reproduce la conversación en su mente y por sus palabras y la demora en la terraza, dedujo que, si no había aparecido con sus gritos su nueva empleada, era porque quien se estaba escondiendo de él, no era otra más que esa mujer.
Enfurecido sube las escaleras hasta llegar donde la cima de su imperio y recorre el sitio con su mirada, hasta que la encuentra sentada en la cornisa, despreocupada, sintiendo el aire acariciar su rostro. Entonces la ira lo envolvió.
—¡IRRESPONSABLE!— Con un fuego en sus ojos, sus manos echas un puño y cegado de furia le gritó haciendo que, del susto, se de la vuelta a mirarlo y al hacerlo pierda el equilibrio y caiga.
—¡AHHHH!—. Su grito lo deja atónito y en un parpadeo la pierde de vista.
En un segundo su mente lo traicionó. La imagen de su ex esposa arrojándose al vacío lo inmovilizó y como aquella vez, no pudo moverse, no pudo hacer nada para saber sí la joven estaba bien o no.
—No encontré Sprite, pero Seven…— abrió la puerta sin mirar hacia delante, fijado en las botellas y el chocolate en sus manos cuando elevó su mirada se encontró con un Alexander tieso como una estatua y nadie alrededor. —¿Dónde está?— pregunta mirando a ambos lados, cuando de pronto un grito lo alerta.
—¡AYUDA! ¡AUXILIO! ¡AUXILIO!.
—¿Sofía?— La nombra incrédulo, mientras la busca mirando a todas partes. —¡SOFÍA!— grita con todas sus fuerzas cuando logra visualizar como su mano se estaba aferrando al borde.
—¡ADRIÁN! ¡AUXILIO!.
Fue entonces que comprendió.
Corrió con rapidez los diez metros que separaban la puerta del borde de piedra donde se encontraba suspendida en el aire y fue entonces cuando la vio, tambaleándose mientras se sujetaba con fuerza a la piedra.
—Por favor, ayúdame.— pedía con lágrimas en los ojos.
—Dame la mano.— y la sujeta con ambas hasta que logra sacarla del peligro y ambos caen al suelo y mientras tiembla entre llantos, él hombre la abraza e intenta calmarla.
Alexander permanecía de pie, no podía dejar de visualizar a su muer en aquella ventana, observándolo con una mirada vacía y pidiéndole perdón antes de arrojarse al vacío.
Su alma se volvió a romper otra vez.
Sus piernas no reaccionaban, sus manos le temblaban, los ojos rojos y ese olor a muerte regresó de nuevo.
Verla llorar en el suelo, abrazada a su hermano y a sabiendas de que pudo haber causado su muerte, no movió un solo dedo, no ablandó su duro corazón. De pronto parpadeó un par de veces y se dio la vuelta para salir por la misma puerta en la que entró.
Era más que un monstruo. Ese hombre era la crueldad personificada.