El aire de la residencia de ancianos olía a desinfectante y a soledad. Yo, Roy Castillo, sentía cómo la vida se me escapaba con cada respiración superficial.
Mi esposa, Luciana, ya se había ido.
Justo antes de morir, con una frialdad que helaba los huesos, me confesó la verdad que había destrozado mi existencia.
"Roy, nuestros hijos, esos dos muchachos que criaste... no son tuyos."
Su voz era un susurro débil, pero cada palabra resonaba en mi mente como un trueno.
"Siempre amé a Máximo. Él fue el único. Entiérrame a su lado, es lo único que te pido."
Máximo, mi primo. Mi rival. El amor de su vida.
Tras la muerte de Luciana, los hijos de Máximo, a quienes yo había llamado "hijos" durante décadas, tomaron la herencia que ella les dejó y me abandonaron en este lugar sin mirar atrás.
Me dejaron aquí para morir, solo, con el peso de una vida entera de engaños.
Cerré los ojos, un último deseo formándose en mi mente agotada: ojalá nunca la hubiera conocido.
Y entonces, todo se volvió negro.
Un olor familiar a roble húmedo y uva fermentada llenó mis pulmones. Abrí los ojos de golpe. No estaba en la residencia.
Estaba en la sala de catas de "Bodegas Castillo", la bodega de mi familia. La luz del sol se filtraba por los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Miré el calendario colgado en la pared.
1992.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza que no había sentido en cincuenta años. Estaba vivo. Era joven.
Y recordaba todo.
Mañana era la reunión del consejo. La votación para decidir quién sería el nuevo "Enólogo Jefe". El día que mi vida tomó el camino equivocado.
La puerta se abrió y entró Luciana. Tan joven, tan hermosa, tan letal.
Se acercó a mí, su rostro una máscara de preocupación fingida.
"Roy, cariño, tenemos que hablar."
Me quedé mirándola, viendo no a la joven prometida que adoraba, sino a la mujer que me confesó su traición en su lecho de muerte.
"He estado pensando... sobre el puesto de Enólogo Jefe. Máximo lo necesita más que tú. Es por la familia, Roy. Deberías retirar tu candidatura por él."
Su voz era suave, manipuladora. La misma súplica que me convenció en mi vida anterior.
Pero esta vez era diferente.
La miré directamente a los ojos, mi voz firme y desprovista de la adoración que una vez sentí.
"No."
La sonrisa de Luciana se congeló.
Una expresión de incredulidad cruzó su rostro.
"¿Qué has dicho?"
"He dicho que no," repetí, con una calma que la descolocó por completo. "No voy a retirar mi candidatura. El puesto será mío."
Ella parpadeó, confundida, como si no pudiera procesar mi respuesta. En nuestra vida anterior, yo habría cedido al instante, ansioso por complacerla, por demostrar mi amor.
"Roy, no seas egoísta," siseó, su tono cambiando de la súplica a la irritación. "Máximo es tu primo. Se trata de la lealtad familiar. Le debes gratitud por todo lo que ha hecho por ti."
¿Gratitud? ¿Por robarme la esposa, los hijos y la vida? Una risa amarga casi se me escapa, pero la contuve.
"No le debo nada," dije, mi voz cortante. "Y este puesto se gana con talento, no con chantaje emocional. Voy a competir."
La furia finalmente estalló en sus ojos. La máscara de la dulce prometida cayó, revelando a la manipuladora que yo conocía tan bien.
"Te vas a arrepentir de esto, Roy. Te lo juro."
Se dio la vuelta y salió de la sala de catas, dando un portazo que hizo vibrar las copas en las estanterías.
Me quedé solo, el eco de su amenaza flotando en el aire. Pero en lugar de miedo, sentí una extraña liberación. Por primera vez, le había dicho que no.
Durante el mes siguiente, Luciana estuvo extrañamente ausente.
"Tengo mucho trabajo extra en relaciones públicas," decía con evasivas cada vez que le preguntaba. "Hay que preparar todo para la votación."
Yo sabía la verdad. Sabía que cada una de esas ausencias era una reunión secreta con Máximo, una conspiración para destruirme.
El día de la votación llegó. Veinte miembros clave del consejo familiar y distribuidores importantes se reunieron. Presenté mis vinos, mis planes, mi visión para el futuro de Bodegas Castillo. Mi propuesta era técnicamente superior, mi pasión innegable. Lo sabía entonces y lo sabía ahora.
Pero perdí.
Máximo fue elegido Enólogo Jefe.