Capítulo 2

Yia sintió cómo algo caliente y viscoso salpicó su rostro. Abrió los ojos lentamente, y lo que vio la llenó de terror. El hombre que había intentado lastimarla tenía una espada atravesada en el cuello. Quiso gritar, pero el sonido se atoró en su garganta. El hombre cayó al suelo, ahogándose con su propia sangre, que burbujeaba por su boca mientras agonizaba.

Fue entonces cuando Yia vio a la mujer que la había salvado. Era una figura imponente, de unos cincuenta años, elegante y muy bien conservada. Su cabello rubio caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos negros y gatunos brillaban con una mezcla de frialdad y determinación. La mujer observó al hombre en el suelo con desdén antes de escupir las palabras:

-Maldita escoria.

Por un momento, Yia pensó que la mujer estaba allí para ayudarla, pero sus esperanzas se desmoronaron con la siguiente frase:

-¡Cómo te atreves a tocar a una de mis chicas!

La desconocida se volvió hacia Yia y le dedicó una sonrisa glacial.

-Eres más hermosa en persona -dijo con un tono casi halagador-. Me presento, soy Madame de la Crow.

Yia miró al hombre que yacía en el suelo mientras intentaba procesar lo que estaba ocurriendo. Su mente estaba en caos, y el miedo la paralizaba. Madame la miró con atención y preguntó:

-¿Te encuentras bien? No te lastimó, ¿verdad?

Yia, incapaz de responder, formuló una pregunta con voz temblorosa:

-¿Cómo sabe mi nombre?

Madame sonrió nuevamente, aunque esta vez con un toque de malicia. Antes de que pudiera responder, el otro hombre que había llevado a Yia al edificio entró en la habitación. Su mirada se posó en el cuerpo inerte de su compañero, y luego se dirigió a Madame.

-Madame... -comenzó a decir, pero ella lo interrumpió con un gesto de la mano.

-Saca el cuerpo de aquí. Y recuerda: sabes que no me gusta que toquen a mis chicas.

El hombre asintió sin decir nada y arrastró el cuerpo fuera de la habitación. Una vez solos, Madame se acercó a Yia, quien seguía temblando. Le ofreció un pañuelo con elegancia.

-Límpiate la sangre, linda. Ahora tu vida va a cambiar por completo. Serás parte de mi organización y harás exactamente lo que yo diga.

Yia tomó el pañuelo con manos temblorosas, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Su voz salió entrecortada:

-¿A qué se refiere?

Madame se cruzó de brazos y la miró con una franqueza cruel.

-Mis hombres secuestran jovencitas hermosas, jóvenes y vírgenes, para venderlas al mejor postor. ¿Y sabes qué? Tú eres una de ellas.

El corazón de Yia se heló. Su sangre parecía haberse detenido mientras procesaba aquellas palabras. Sacudió la cabeza con incredulidad.

-Yo no puedo hacer eso -dijo con firmeza, aunque el miedo era evidente en su voz.

La sonrisa de Madame desapareció, reemplazada por una expresión fría y despiadada.

-Oh, claro que lo harás. Porque si no lo haces, no tienes idea de lo que soy capaz de hacerte.

La amabilidad inicial había desaparecido por completo, dejando al descubierto una mujer calculadora y cruel. Yia retrocedió instintivamente, pero no tenía a dónde ir. En ese momento, el hombre que había sacado el cuerpo volvió a entrar. Madame lo miró y dio una órden con frialdad.

-Lleva a Yia con las demás.

Yia comenzó a forcejear nuevamente, pero fue en vano. El hombre la sujetó con fuerza y comenzó a arrastrarla fuera de la habitación. Sus gritos y pataleos se apagaron mientras la llevaban hacia su destino, y una desesperación sin fondo se apoderaba de su corazón.

La llevó a un cuarto, el cual abrió rápidamente antes de lanzarla al suelo. Yia soltó un gemido por el impacto, mientras el hombre se burlaba de ella, diciéndole que eso y más se merecía por haber causado la muerte de su amigo. Después de eso, cerró la puerta con un portazo, dejándola sola. Yia se incorporó lentamente y miró a su alrededor. La habitación estaba llena de mujeres, más de una docena, con expresiones que oscilaban entre el miedo y la resignación.

Una chica de cabello rubio se acercó a ella y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

-¿Estás bien? -preguntó la chica.

-¿Ustedes...? -comenzó Yia, pero fue interrumpida.

-Estamos aquí como tú -respondió la rubia, antes de presentarse-. Me llamo Susan.

Yia intentó contener las lágrimas, pero estas comenzaron a caer por su rostro. Susan la miró con compasión, pero antes de que pudiera decir algo más, una voz firme se escuchó desde el otro lado del cuarto.

-Deberíamos dormir. Mañana tendremos que levantarnos temprano para el ensayo -dijo una chica de cabello castaño, que luego agregó-: Por cierto, soy Sol.

Yia, confundida, preguntó:

-¿Ensayo?

Sol suspiró y la miró con seriedad.

-Dentro de una semana, Madame de la Crow hará una subasta con nosotras. Nos venderá al mejor postor.

-¿Pero cómo es posible que haga algo tan horrible con nosotras? -cuestionó Yia, incrédula.

-Todo se reduce al maldito dinero. Esa vieja bruja solo busca hacerse rica a costa de nuestro sufrimiento -dijo Sol con amargura-. Yo solo estoy esperando a que alguien me compre y salir de esta maldita cárcel.

Susan, tratando de calmar el ambiente, se dirigió a Yia nuevamente.

-Ven. Dime cómo te llamas.

-Yia -respondió, casi en un susurro.

-Yia, debemos dormir juntas. Hay pocas camas, así que es mejor compartir.

Sin saber cómo reaccionar, Yia siguió a Susan hacia una de las camas. Mientras se acomodaban, su mente seguía llena de preguntas. Estaba claro que quería escapar, pero ¿cómo? Y ¿por qué algunas de las chicas parecían tan tranquilas, como si estuvieran acostumbradas a esta situación?

Cuando ya estaban acostadas, Susan se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

-No solo deberías tener cuidado de Madame. Algunas de las mujeres están aquí por elección. Ellas no son subastadas, solo rentadas. Pero el resto..., nos obligaron a estar aquí. A veces pueden estar celosas por la llegada de las nuevas. Solo Dios sabe qué harán con nosotras.

Yia fijó su mirada en el techo, incapaz de dormir. Su corazón latía con fuerza mientras una única pregunta resonaba en su mente: ¿Qué sería de su vida de ahora en adelante?

Capítulo 3

Había pasado una semana desde que Yia fue llevada a ese lugar, y las cosas no habían mejorado. Cada día era una lucha constante por mantener su dignidad, aunque no siempre lo lograba. Las mujeres que, como ella, estaban atrapadas allí por la fuerza, la trataban con desprecio, especialmente aquellas que habían sido rentadas por Madame de la Crow. Yia no se dejaba pisotear, siempre devolvía los insultos y las provocaciones, pero eso solo terminaba en castigos más severos. Cada vez que le daban una paliza o la humillaban, Yia se preguntaba cuánto más podría resistir.

Una tarde, después de un castigo particularmente doloroso, Yia se acercó a Susan, buscando respuestas. A pesar de su determinación por mantenerse firme, ya no entendía por qué las mujeres rentadas la trataban tan mal.

-¿Por qué me odian tanto? -le preguntó, con los ojos llenos de frustración.

Susan la miró con una expresión triste, casi resignada.

-Es más que obvio -respondió, sin rodeos. Yia frunció el ceño, sin comprender del todo.

Fue entonces cuando Sol, la chica de cabello castaño y actitud ruda, se acercó a ellas, escuchando la conversación con atención. Era evidente que todas las mujeres que vivían allí compartían una sensación de celos, pero Yia no podía entender por qué ella era el objetivo.

-Lo que pasa, Yia -dijo Sol con voz grave-, es que todas están celosas de ti. Celosas de que tú puedas ser comprada. Ellas no tienen esa opción. Son las que quedan, las que nadie quiere.

Yia no entendía. No podía comprender cómo algunas de esas mujeres, que aparentemente tenían la opción de quedarse o irse, seguían en ese lugar.

-¿Por qué están aquí entonces? -preguntó, desconcertada.

Sol suspiró, como si le costara hablar de ello, y luego miró a la mujer que estaba en una esquina, apartada de todas las demás.

-Ellas son las mujeres que no vendieron en el pasado. Ahora tienen que vender su cuerpo todos los días. Nosotras somos mercancía, Yia, pero ellas... ellas son las que no lograron escapar, las que no consiguieron un comprador en la última subasta. Ahora tienen que vivir vendiendo su cuerpo a quien se les ofrezca.

Yia se quedó en shock. No podía creer lo que estaba oyendo. Nunca imaginó que las cosas pudieran ser tan horribles.

-Pensé que ellas estaban aquí por decisión, por dinero -murmuró, mirando hacia donde Sol había señalado a la mujer, Clara, que estaba perdida en sus pensamientos.

Sol negó con la cabeza, y su rostro se endureció.

-No. Clara, la de ahí -dijo, señalándola de nuevo- me lo advirtió. Si no nos venden con algún magnate, seremos rentadas el resto de nuestras vidas. No tenemos opción. Es un ciclo del que no se puede salir.

Yia sentía que su mundo se desplomaba. El horror que ya había experimentado hasta ese momento parecía empeorar con cada palabra.

-No sé cuál de los escenarios es peor -respondió Yia, con un nudo en la garganta. No podía imaginar una vida como la de esas mujeres.

-Llevo dos meses aquí -dijo Sol, con una mirada sombría-. Esta es mi primera subasta. Ojalá alguien me compre, o acabaré como todas ellas, pasando de un hombre a otro, vendiéndome, sin poder salir jamás.

Susan suspiró, y su voz tembló un poco cuando habló.

-Yo llevo tres meses aquí. Esta es mi última subasta. Si no me compran, terminaré como ellas, o peor... seré una de las rentadas.

Yia miró a las mujeres que estaban a su alrededor, sintiendo una desesperación creciente. ¿Qué sería de ellas después de la subasta? ¿Y qué sería de ella?

Antes de que pudiera decir algo más, los hombres de Madame entraron en la habitación, interrumpiendo su conversación. Uno de ellos les indicó que se prepararan. El gran día había llegado. Madame de la Crow realizaría la subasta, y no había vuelta atrás.

Yia trató de calmarse, pero la sensación de terror crecía dentro de ella. Sabía que la subasta no solo decidiría su destino, sino que también marcaría el comienzo de una nueva etapa en su vida, para bien o para mal. No podía dejar de pensar en lo que estaba por venir, pero una cosa era segura: no estaba dispuesta a rendirse sin luchar.

Las mujeres se levantaron, temblorosas pero firmes, sabiendo que ese día podría ser el final de su sufrimiento... o el inicio de un tormento aún peor.

Yia se miró en el espejo del pequeño vestidor donde la habían dejado para prepararse. El reflejo que la observaba la hizo sentir una asfixiante oleada de repulsión. El vestido que Madame había elegido para ella era una prenda de seda roja, ajustada al cuerpo, con un escote profundo que dejaba muy poco a la imaginación. La abertura en la falda permitía que sus piernas quedaran expuestas, como si la pieza de ropa no fuera más que una forma de exhibirla ante los demás. El solo hecho de ver su imagen allí, tan vulnerable, la hizo sentir realmente sucia, como si su dignidad ya no le perteneciera.

Quiso gritar, arrancarse ese vestido, borrar la imagen de sí misma que le devolvía el espejo. Pero nada de eso podía cambiar lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué le estaba pasando esto a ella? ¿Por qué tenía que ser su vida la que se desmoronaba de esa manera?

La rabia y la tristeza se mezclaban en su pecho, pero lo que más la atormentaba era la impotencia. Quería luchar, salir de allí, pero algo en su interior le decía que ya no quedaba mucho por hacer. No podía ignorar lo que había ocurrido unos días atrás.

Una nueva chica había llegado al lugar, una joven que, al igual que ella, parecía tener la misma determinación en sus ojos. Era una guerrera, una chica que no se rendiría fácilmente. Yia pensó que, tal vez, podría encontrar en ella una aliada, alguien con quien compartir sus miedos y esperanzas de escapar. Pero Madame no estaba de buen humor ese día, y la chica fue castigada de manera cruel. Los gritos y súplicas de la joven resonaban en los pasillos esa noche, desgarrando el silencio de la casa. Yia y las demás chicas escucharon, aterradas, sin saber con certeza qué estaba pasando.

Al día siguiente, la chica regresó al cuarto, pero ya no era la misma persona. Había algo en sus ojos, algo roto, algo que Yia no podría describir con palabras. La joven ni siquiera decía una palabra. Su mirada estaba vacía, su rostro una máscara de desesperación. Parecía una sombra de lo que había sido, y esa imagen quedó grabada en la mente de Yia como una advertencia de lo que podría pasarle a ella.

Esa misma noche, la chica se quitó la vida.

El golpe fue brutal. Para todas las que estaban en ese lugar, fue un recordatorio doloroso de la realidad en la que vivían. La joven que había llegado con la misma fuerza que Yia, había decidido que no podía soportarlo más. No se podía escapar de ese lugar. La muerte parecía ser la única salida.

Las palabras de Sol resonaron en su cabeza, esas mismas palabras que había escuchado hace un momento: "Si no nos venden, seremos rentadas el resto de nuestras vidas." Y aquella chica que había intentado resistir, había optado por la única libertad que le quedaba.

Yia no podía evitar preguntarse: ¿Era esa la única manera de ser libre? ¿Era esa la única forma de escapar del dolor y la humillación que les esperaba? ¿Morir?

Las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras miraba el reflejo en el espejo, su propia imagen, y se preguntaba si ella sería capaz de soportarlo todo. Podía sentir que la desesperación comenzaba a tomar su lugar en su corazón. Pero una pequeña chispa de resistencia seguía ardiendo en lo más profundo de su ser, aunque no sabía por cuánto más tiempo podría mantenerla encendida.

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