"Este es el acuerdo prenupcial. Si está segura, solo tiene que firmar al final".
En el bullicio del ayuntamiento, dentro de una oficina de uso exclusivo para Brian, Karlee sentía que todo era irreal, como si estuviera atrapada en un sueño mientras leía las cláusulas del acuerdo.
El fajo de documentos que detallaba el patrimonio de Brian era tan grueso como un diccionario, en marcado contraste con la única hoja que le correspondía a ella.
"Yo... no voy a gastar tu dinero", dijo.
Aunque su verdadero objetivo era usar el estatus de Brian para su venganza, no tenía intención alguna de causarle problemas innecesarios.
Él, sentado cómodamente en el sofá, jugueteaba distraídamente con un anillo entre los dedos. Respondió a su afirmación con una sonrisa relajada que tenía un matiz de burla.
Al percibir su escepticismo, Karlee se armó de valor y preguntó: "¿Puedo agregar una cláusula?".
Brian se encogió de hombros, un gesto que la invitaba a continuar.
De inmediato, Karlee añadió una cláusula que estipulaba un plazo matrimonial de tres años. Según esta, ambas partes acordaban disolver el matrimonio después de ese período.
Esos tres años le darían el tiempo que necesitaba para establecer su propio estudio, eclipsar a Jeremy y a Kathryn Lloyd, la mujer con la que él la había engañado, y así orquestar su triunfal regreso.
Después de revisar la cláusula recién añadida, Brian comentó con un matiz de diversión en la voz: "¿Tres años? Señorita Elliott, ¿acaso ya piensa en el divorcio antes de casarnos?".
Su tono era casual, pero su rostro era tan atractivo que cualquier cosa que dijera sonaba a coqueteo, lo que provocó que Karlee se sonrojara. En ese momento comprendió por qué él rara vez se mostraba en público.
Un hombre de tan guapo en público sin duda sería objeto del asedio implacable de innumerables mujeres.
"Yo... yo solo...", balbuceó Karlee.
"De acuerdo", la interrumpió Brian rápidamente. "Como mi esposa, espero que cumpla con las virtudes tradicionales. Puede continuar con su carrera, pero recuerde que su identidad principal es la de señora Olson; ser usted misma queda en segundo plano".
Con los dedos repiqueteando sobre la mesa y la mirada fija en ella, Brian sentenció: "Si puede aceptar eso, firme el acuerdo".
Karlee se detuvo con la pluma en la mano, sopesando las implicaciones.
Pero la claridad no tardó en volver. Asumir la identidad de la señora Olson le daría poder frente a Kathryn y Jeremy.
Con determinación, estampó su firma en el documento. Tras verificar que todos los detalles estuvieran en orden, le entregó el contrato al abogado.
Brian observó su expresión decidida y esbozó una sonrisa socarrona mientras le extendía la mano. "Casémonos ahora, señora Olson".
Karlee se sonrojó mientras le estrechaba la mano. Su voz sonó suave, pero clara. "De acuerdo, señor Olson".
Tras el apretón de manos, ella intentó retirar la suya, pero Brian la sujetó con un poco más de fuerza, acariciando tiernamente sus dedos con el pulgar.
El sutil coqueteo hizo que Karlee avergonzara aún más. Ella evitó la mirada divertida de Brian y retiró la mano rápidamente.
Después de registrar el matrimonio, Brian tuvo que marcharse apresuradamente al trabajo, pero se aseguró de que Karlee no se quedara sola. Le dio instrucciones a su asistente para que la ayudara a empacar sus cosas y a mudarse a su imponente mansión.
Al notar la vacilación de su esposa, Brian esbozó una leve sonrisa y explicó: "Aunque nuestro matrimonio sea solo por tres años, ahora eres legalmente mi esposa, Karlee. No querrás que vivamos separados, ¿verdad?".
"Por supuesto que no...", respondió ella, quien simplemente no había previsto que todo avanzaría tan rápida y fluidamente.
Vivía en un modesto apartamento de alquiler y, antes de la traición de Jeremy, había planeado rescindir el contrato a fin de año para comprar una casa juntos.
"Me alegra oír eso", respondió él. Luego le entregó una tarjeta de crédito negra y agregó: "Das la impresión de ser una mujer independiente, pero ahora que estamos casados, es mi responsabilidad mantenerte. Espero que no la rechaces".
Las palabras y los gestos de Brian hicieron que a Karlee se le acelerara el corazón.
Al principio, quiso rechazarla, pero considerando su reciente matrimonio, negarse habría sido una descortesía.
"Está bien", dijo finalmente.
Sostener esa tarjeta negra se sentía irreal, como si todo fuera parte de un sueño.
La mansión de Brian, ubicada en la zona más exclusiva de Ordmery, tenía un valor incalculable. El modesto equipaje de Karlee parecía patéticamente escaso. Sin embargo, al instalarse en su habitación, descubrió un vestidor repleto de ropa elegante y bolsos de diseñador.
Dennis, de pie detrás de ella, le explicó: "El señor Olson nos dio instrucciones de comprar todo esto a primera hora. No estaba seguro de sus preferencias, así que si algo no es de su agrado, por favor, hágamelo saber".
La consideración de Dennis hacía imposible que Karlee sintiera la más mínima insatisfacción. Sus propias pertenencias parecían fuera de lugar allí.
El tocador y el baño ya estaban surtidos con productos de marcas de lujo de las que ella solo le había oído hablar a Kathryn; lujos que ni esa descarada amante podía permitirse. Sin embargo, Brian los había comprado como si se tratara de una adquisición al por mayor.
Incómoda ante tanta opulencia y, al saber que Brian no tenía planes para esa noche, Karlee decidió prepararle la cena.
Estaba en la cocina, con los ojos llorosos por el humo, cuando la voz del mayordomo resonó desde la entrada: "¡El señor Olson ha vuelto!".
Karlee contemplaba el pescado a medio quemar en la sartén. El desánimo era tal que estaba a punto de desecharlo todo y empezar de nuevo, cuando una voz grave la sorprendió por la espalda. "¿Estás cocinando algo?".
Karlee no se atrevió a mirar a Brian. "Solo quería prepararte algo para agradecerte por las compras", murmuró. "Pero... no salió muy bien".
Brian rio suavemente y comentó: "A mí no me parece que esté tan mal".
Karlee, roja de vergüenza, explicó: "Lo siento, la cocina no es lo mío".
Recordó que él buscaba una esposa atenta y dedicada, y sintió que ya estaba fallando en su primer intento.
"No te preocupes". Con un gesto natural, Brian se quitó el saco y se lo entregó. Luego, se arremangó las mangas de la camisa, revelando unos brazos musculosos y bien definidos. "Yo sé cocinar, así que me encargaré".
Karlee se quedó atónita. ¿Quién iba a imaginar que el presidente del Grupo Olson sabía cocinar?
En poco tiempo, la cena estuvo lista.
Brian le retiró una silla a Karlee en un gesto cortés. Una vez que ella se sentó, le sirvió un tazón de sopa de almejas. "Pruébala".
Ella probó una cucharada y el sabor la sorprendió: estaba deliciosa.
De repente, la chica sintió los dedos de Brian sobre su mejilla. Se quedó inmóvil, cautivada por su mirada. Solo entonces fue consciente de su propio olor a aceite y humo, y la vergüenza la invadió. ¿Acaso él iba a...?
Cuando él se inclinó hacia ella, Karlee contuvo el aliento y cerró los ojos por instinto.
Sus pestañas temblaron. Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Pero el beso que esperaba no llegó.
En su lugar, escuchó la risa baja de Brian. Luego, sintió algo limpiando suavemente su mejilla. Karlee abrió los ojos y lo vio limpiándole el rostro con un pañuelo húmedo.
Brian ocultó el destello de burla en sus ojos y le limpió el rostro con una delicadeza inesperada. Luego, con voz suave, le dijo: "¿Cómo te manchaste tanto solo por cocinar?".
Solo entonces Karlee comprendió lo que estaba pasando. Intentó apartarse, pero él le sujetó la barbilla suavemente.
"Aún no está del todo limpio. ¿Por qué te alejas?", inquirió su esposo, con total tranquilidad.
"Yo...", masculló Karlee, con las orejas ardiendo. "Puedo hacerlo por mí misma".
Intentó tomar el pañuelo, pero Brian sonrió. "Listo", dijo él.
Karlee no supo qué decir. Su marido le dio un toque juguetón en la punta de la nariz y declaró: "Ahora sí, vamos a comer".
Brian se sentó frente a ella, y cada uno de sus movimientos destilaba una elegancia innata. Karlee probó otra cucharada de la sopa de almejas. Estaba realmente exquisita.
Era su primer día viviendo juntos, y un incidente como ese la avergonzaba profundamente. Cuando terminaron de cenar, ella se atrevió a hablar.
"Señor Olson, yo...".
Brian se limpió la boca con la servilleta. "¿Cómo me llamaste?", preguntó, clavando en ella su mirada cautivadora.
Karlee se dio cuenta de que ya no podía llamarlo señor Olson.
"Bri...", empezó a decir.
Antes de que pudiera terminar, el hombre se levantó, rodeó la mesa y, en un movimiento fluido, la alzó para sentarla sobre su regazo.
Ahora estaban increíblemente cerca. Él se había desabrochado un par de botones de la camisa mientras cocinaba, y Karlee podía ver el sutil movimiento de su nuez de Adán y el contorno bien definido de su clavícula.
"Yo...", susurró la mujer, con la respiración agitada. Se preguntó por qué un hombre tan atractivo nunca se había casado. Estaba segura de que, si él quisiera, incontables mujeres lucharían por su atención.
"Señora Olson". La mano de Brian en su cintura se sentía cálida, y en sus ojos danzaba un brillo pícaro. "¿No deberías saber cómo dirigirte a tu esposo?".
Acercó tanto su rostro al de ella que estuvieron a punto de tocarse los labios.
Karlee contuvo la respiración. Con la voz temblorosa, apenas logró articular: "Ca... cariño...".
No se percató de que sus mejillas estaban completamente sonrojadas.
"Buena chica". Brian pareció complacido y se inclinó para sellar su aprobación con un beso, pero la repentina aparición de Dennis en la puerta los interrumpió. "Señor Olson, hay noticias urgentes de la Mansión Olson. Su abuela no se siente bien...".
El momento de ternura se rompió, dejando en Karlee una punzada de decepción. Brian le alborotó el cabello con afecto. "Deberías ir a descansar. No hace falta que me esperes. En unos días te llevaré a conocer a mi abuela".
Karlee sabía que no podía inmiscuirse en los asuntos familiares de Brian, así que se mordió el labio y asintió, viéndolo marcharse.
En el asiento trasero de un carro de lujo, Brian examinaba unas grabaciones de vigilancia con el ceño fruncido. Dennis, sentado a su lado, comentó: "Señor Olson, si la señorita Elliott es realmente una espía, es probable que intente contactar a Laurence. ¿Deberíamos interceptar sus comunicaciones?".
La tensión entre Brian y Laurence era un hecho conocido, y se había agudizado con el deterioro de la salud de su abuela. Laurence parecía ansioso por causar problemas, y usar a una mujer tan seductora como peón era, sin duda, una estrategia para desestabilizar a Brian.
La expresión de Brian se tornó gélida, borrando todo rastro de la ternura de momentos antes.
"No es necesario", declaró con frialdad. Observaba la pantalla, mientras una sonrisa helada se dibujaba en sus labios. "Es más divertido jugar con el ratón que aplastarlo de inmediato. Esta mujer es interesante. Voy a divertirme con ella un tiempo".