En el momento en que Cathryn vio el papel, supo que la letra pertenecía a su madre.
La carta afirmaba que Bettina ya no soportaba el dolor y había decidido poner fin a su vida, para luego, en un lenguaje frío y plano, declarar que su hija había renunciado voluntariamente a toda su herencia.
A la joven se le revolvió el estómago. Se negó a creer una sola palabra de aquello. Su madre llevaba años recluida en un hospital psiquiátrico y apenas podía mantenerse consciente la mayor parte del tiempo. No había forma de que hubiera escrito de repente una carta como esa. ¿Y cuándo había renunciado ella al legado de su madre?
Las comisuras de los labios de Jordyn se torcieron cruelmente. "Cathryn, ¿no te duele que te hayan despojado de todo tu mundo?".
A la aludida le ardía la rabia en el pecho mientras clavaba la mirada en la otra. En ese momento, todo cobró sentido. Su madre había estado relativamente estable hacía apenas unos días, durante su última visita. Sin embargo, ¿ahora supuestamente se había quitado la vida? ¡Ni hablar! ¡Eso gritaba conspiración de Jordyn y Liam!
Bettina provenía de una familia acaudalada y había aportado una inmensa fortuna a su matrimonio con Ricardo Moore, el padre de Cathryn.
Esa fortuna fue la que lo sacó de la pobreza y lo convirtió en el refinado y respetado señor Moore que todos admiraban.
Ahora, al atar cabos, ella comprendió la verdad. Su padre se había acostado con esa rompehogares, Zoe White, y había tenido a Jordyn, pero nunca se divorció de su madre. Permaneció casado con ella solo el tiempo suficiente para asegurarse de heredar su fortuna. Su matrimonio no había sido una historia de amor, sino la jugada calculada de su padre para obtener poder y dinero.
Sintió un fuerte escozor en los ojos. Las familias Moore y Watson habían exprimido a su madre hasta dejarla seca, despojándolas a ambas de todo para luego desecharlas como basura. ¿Qué tormento debió de haber sufrido su madre en sus últimos momentos? ¿Qué le hicieron exactamente mientras exhalaba su último aliento?
Cathryn apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. La rabia, aguda y feroz, le arañaba las entrañas, arrasando con todo a su paso. Iba a vengarse. Sacaría la verdad a la luz, haría que los responsables pagaran por sus actos y no permitiría que ni un solo centavo del dinero de su madre terminara en manos de esos parásitos. ¡Las familias Moore y Watson pagarían por cada complot que habían urdido y llevado a cabo, y ella se aseguraría de que sangraran por ello!
Jordyn se inclinó hacia ella y le habló en un susurro petulante: "Puede que seas lista, Cathryn, ¿y qué? Para Liam, no eres más que una inútil sin nada que ofrecer. Y eso sin mencionar que ni siquiera tienes un diploma. Yo, en cambio, con mi título de una universidad de prestigio, soy la única que está a la altura de ser su esposa".
Tecnología Watson llevaba años tambaleándose, con proyectos estancados por una barrera técnica que no conseguían superar. Si lograban romper ese obstáculo, la empresa por fin podría cotizar en bolsa y la posición de la familia Watson se dispararía.
La pieza que faltaba era "Kestrel", una figura legendaria en el mundo de la tecnología. Años atrás, había publicado un único fragmento de código que sacudió a toda la industria. Quien lograra reclutar a Kestrel tendría el poder de catapultar a cualquiera a la cima de la noche a la mañana, y quizás incluso eclipsar el imperio de la prestigiosa familia Brooks.
La sonrisa burlona de Jordyn se acentuó. Levantó la barbilla con arrogancia, retrocedió un paso y alzó la voz: "Tuve la suerte de asistir a una de las conferencias de Kestrel mientras estudiaba en el extranjero. Fue prácticamente mi maestro. Si hay alguien que puede contactarlo, esa soy yo".
"¿De verdad?", preguntó Liam, arqueando una ceja con sorpresa. Los titanes de la industria habían gastado fortunas intentando localizar a Kestrel, sin éxito alguno. ¿Y ahora Jordyn decía que lo conocía?
Esta última asintió con dulzura y se acurrucó en el abrazo del hombre. Kestrel se había convertido en una leyenda, inalcanzable para la gran mayoría. En realidad, no lo conocía en absoluto, pero si esa mentira le aseguraba su lugar como la esposa de Liam, mantendría la farsa a toda costa. Dudaba que su engaño le explotara en la cara.
Cathryn, que escuchaba cerca, soltó una risa aguda y burlona.
Liam se giró bruscamente hacia ella, con el disgusto marcado en el rostro. "Tú apenas tienes estudios. Por supuesto que no puedes comprender la influencia de Kestrel. Como sea, mañana nos divorciamos. Haré que tiren tus cosas; no volverás a poner un pie en la mansión Watson".
Y con Jordyn aferrada con aire de suficiencia a su brazo, él se alejó sin mirar atrás.
La fría mirada de Cathryn siguió las siluetas que se alejaban, cargada de una furia silenciosa. La realidad era que apenas había pisado un aula porque fue reclutada muy joven para un programa secreto diseñado para cultivar mentes extraordinarias. La programación siempre había sido su arma.
Sacó su celular y una calma peligrosa se apoderó de ella. En la pantalla brillaba el código que había pasado tres arduos años perfeccionando.
La figura que toda la industria tecnológica buscaba, el legendario Kestrel, no era otra que ella, quien había pasado desapercibida en la familia Watson desde que se casó.
Cathryn había dedicado incontables noches en vela a depurar los sistemas de Tecnología Watson. Justo la noche anterior, había completado la última mitad del código. Había planeado dárselo a Liam como un regalo, pero después de lo ocurrido, la idea le parecía absurda.
Apretó el dispositivo con más fuerza, con los nudillos blancos. Ese código podía llevar a Tecnología Watson a la cumbre o arrastrar a las familias Watson y Moore al desastre.
Mientras tanto, fuera de una de las salas VIP del hospital, el médico a cargo informaba a Andrés sobre el estado de su padre, Jorge Brooks. "Las enfermeras exageraron. El movimiento de los dedos es un reflejo común en un estado vegetativo. Su padre sigue inconsciente".
Carlos bajó la cabeza, avergonzado. "Ha sido un error mío, señor. Creí que su padre había despertado y lo informé sin corroborarlo".
Andrés negó con la cabeza, con la expresión endurecida por una gélida determinación. "No. Alguien difundió deliberadamente el rumor de que mi padre estaba despertando para retrasar mi sucesión en el Grupo Brooks".
El asistente alzó la vista y murmuró: "Entonces debe de ser Carla…".
Carla Brooks, la calculadora madrastra de Andrés, llevaba años poniéndole trampas, esperando la oportunidad de tomar el control del conglomerado.
El jefe asintió, con la mandíbula tensa y una frialdad glacial en la mirada. "Se está impacientando".
Carlos frunció el ceño. "Con razón su abuela insiste en presentarle candidatas adecuadas. Si ella no actúa primero, lo hará Carla. Y no le presentará a cualquiera, sino a mujeres de orígenes cuestionables y agendas ocultas".
Una sombra cruzó el rostro de Andrés. El tiempo se le agotaba. Tenía que conseguir una esposa, y tenía que ser pronto. Un matrimonio era la jugada más rápida para evitar que Carla intentara de nuevo infiltrar a uno de sus peones en su vida. Una imagen fugaz cruzó su mente: la mujer de la noche anterior.
"Encuentra a alguien para mí", ordenó con tono cortante.
Carlos parpadeó, desconcertado. "¿A quién?".
"A la mujer de anoche", murmuró Andrés, con una voz que no admitía réplica.
Por su parte, mientras el personal de la funeraria se llevaba el cuerpo de su madre, Cathryn deambulaba por el pasillo, aturdida y sin rumbo. Cuando por fin volvió en sí, se encontró frente a una sala VIP del hospital.
Allí vio a un hombre alto, vestido con un traje gris oscuro. Tenía una mano en el bolsillo y su afilado perfil iluminado por las estériles luces del pasillo mientras daba órdenes precisas a su subordinado.
Ella se giró instintivamente para marcharse, pero se detuvo cuando la voz del subordinado resonó en el pasillo: "Entendido, señor Brooks".
Se detuvo en seco, con el cuerpo rígido. ¿Un miembro de la familia Brooks?
Andrés alzó la cabeza y su mirada se cruzó con la de Cathryn a lo lejos. Sus ojos, firmes e inescrutables, la dejaron clavada en el sitio.
Carlos inclinó la cabeza. "Enviaré gente a buscarla de inmediato".
"No será necesario". La voz de su jefe fue tranquila pero decisiva, mientras mantenía la vista fija en la joven.
Carlos siguió la línea de visión de Andrés, que aterrizó en Cathryn. Frunció el ceño. Había algo inquietante en su presencia. El momento era demasiado conveniente.
"Proceda con cautela, señor. Podría haber una trampa esperándolo", murmuró, manteniendo la voz baja.
La expresión del otro se tornó aún más impenetrable. "Descubre qué la ha traído hasta aquí".
Con un silencioso asentimiento, Carlos se marchó.
Por su parte, al no reconocer a Andrés, Cathryn se dispuso a marcharse.
Entonces, la voz de él, cargada de sarcasmo, la detuvo por la espalda. "¿Qué pasa? ¿Ahora te haces la dura?".
Ella frunció el ceño con confusión y contestó: "Se equivoca de persona".
Andrés se interpuso en su camino. Con las manos en los bolsillos, la miró de arriba abajo con desdén en los ojos. "Curioso. Esta mañana fingías que no había pasado nada entre nosotros y ahora, horas más tarde, apareces aquí con la endeble excusa de un encuentro casual... ¿Intentando llamar mi atención, eh?".
El corazón de Cathryn dio un vuelco. ¿Así que él era el hombre de la noche anterior? ¿El mismo que había quitado su virginidad?
En ese momento, Carlos volvió apresurado, inclinándose para susurrarle al oído a su jefe. "Se llama Cathryn Moore. Es la primogénita de Ricardo Moore. Su madre se había cortado las muñecas... Murió hace poco".
La mandíbula de Andrés se endureció y, por primera vez, bajó la vista hasta la mano de la joven. Una mancha carmesí se desplegaba en la palma de su mano, derramándose sobre la tela del vestido. "Llévenla a limpiar", dijo con voz cortante.
Llevaron a Cathryn a la residencia de Andrés. Después de una ducha y de vestirse con ropa nueva, un poco de vida volvió a sus mejillas.
El dueño estaba recostado en el sofá, girando distraídamente un mechero de plata entre sus dedos, sin apartar la mirada. "Dime: ¿cómo te las ingeniaste para engañar a mi abuela?".
Cathryn se paró frente a él. "Ni siquiera he conocido a su abuela. Y le agradezco lo que hizo, señor Brooks, pero si no necesita nada más, me iré".
Andrés soltó una risa corta y aguda, pues ella sabía su apellido y, aun así, seguía fingiendo ignorancia. De acuerdo. Mientras no fuera un peón de Carla, no le importaba jugar un poco. "Vamos a hacer un trato". Lanzó el mechero sobre la mesa y la miró fijamente.
La otra se quedó paralizada. ¿Un trato? ¿Sobre qué? Ya no tenía nada: ni dinero ni contactos. ¿Por qué un Brooks querría algo de ella?
El hombre deslizó un documento sobre la superficie de vidrio. "Léelo y firma".
Cathryn levantó el documento, cautelosa, y preguntó: "¿Qué es esto?".
"Un contrato prenupcial", respondió él, cruzando una pierna sobre la otra con la confianza y la seguridad de un soltero empedernido.
Su interlocutora abrió los ojos de par en par, incrédula.
Andrés sonrió con arrogancia, con los ojos brillantes. "¿No es esto exactamente lo que querías? Has estado persiguiendo el apellido Brooks, ¿no?".
Ella apretó la mandíbula mientras la irritación le recorría el cuerpo. "Se ha equivocado, señor Brooks. Ya tengo esposo".
Andrés se enderezó y cerró el espacio entre ellos, proyectando su sombra sobre ella.
Un rastro de cedro y humo, fuerte y limpio, flotaba en el ambiente, acelerándole el pulso.
Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. "Si fueras tan leal a tu esposo, ¿por qué no te negaste a pasar la noche conmigo?".
A Cathryn le subió el calor por el cuello. Él había estado borracho anoche, lento para reaccionar. Si ella se hubiera resistido con más fuerza, podría haberse escapado. Pero no lo había hecho...
Andrés bajó la voz y, con los dedos, le inclinó el mentón para poder observarla. "Mi abuela te eligió por una razón. Divórciate de tu esposo y cásate conmigo en su lugar. No te faltará nada".
Cathryn parpadeó por un instante. El otro parecía tener algunas ideas equivocadas sobre ella. Tal vez, solo tal vez, podría usar eso a su favor.
Reconoció que la advertencia de Jordyn tenía sentido. Sola, su fuerza era limitada. Pero con el apellido de los Brooks a sus espaldas, todo podría cambiar. Allí estaba, un hombre que irradiaba poder. Hasta su casa gritaba privilegio e influencia. No era solo otro heredero adinerado, sino alguien que importaba. Con su madre fallecida y todas las puertas cerradas en su rostro, ya no tenía nada que perder.
Enderezando los hombros, lo miró fijamente. "Muy bien. Tenemos un trato".
Pasó las páginas del contrato. Sus ojos rozaron las líneas de lenguaje jurídico, pero las palabras se desdibujaban. Con un suspiro, lo empujó hacia él sobre la mesa. "Léelo en voz alta. No pienso leer todo eso".
Andrés levantó una ceja, sin gracia. Nadie se había atrevido a pedirle algo tan trivial. Normalmente, la gente se desvivía por leerle las cosas.
"Tengo dislexia", explicó la joven en un tono plano. "Todas esas palabras me dan dolor de cabeza".
Él vaciló, con la sospecha reflejada en su rostro. Quizá ni siquiera sabía leer. Luego descartó la idea de inmediato. Su abuela no habría elegido a alguien sin educación.
Dejó a un lado el acuerdo. "No necesitas saber cada detalle. Solo hay tres cosas importantes". Alzó un dedo. "Primero: este matrimonio durará solo un año. Cuando se cumpla el plazo, sin importar lo que pase, terminará".
Cathryn arqueó las cejas con leve sorpresa. ¿Solo un año? Era más fácil de lo que esperaba. "Me parece bien", respondió sin dudarlo.
El varón la miró con más intensidad. "Segundo: si llegas a estar embarazada, el bebé se quedará, pero tú te irás. No podrás reclamar ningún derecho sobre el niño".
Ella entrecerró los ojos. Frío. Pero ya había tomado la decisión: no tendría hijos con él. "Entendido. ¿Y el tercero?".
Andrés cerró la distancia entre ellos, y su voz sonó tranquila y definitiva. "El último: no tendrás acceso a mi corazón. No intentes buscar el amor donde no lo hay. No espero nada de ti y tú tampoco deberías esperar nada de mí".
Un destello indescifrable brilló en los ojos de la mujer, pero desapareció tan rápido como apareció. Desde luego, él era atractivo: intenso, dominante. Pero para ella, no era más que otro hombre en un mundo lleno de ellos. El amor no estaba en su lista.
Sin dudarlo, agarró el bolígrafo y escribió su nombre en el documento. "Como desee, señor Brooks".