Capítulo 2

Emma tenía veintitrés años y antes vivía en Ciudad de México.

Era una mujer dulce, gentil, amable, humilde y muy humana. En conclusión, era extraordinaria y todos los que la conocían estaban orgullosos de ella, pero ocultaba un secreto que le daba mucha vergüenza y que había sido la razón por la cual decidió irse al extranjero. Antes trabajaba como enfermera el hospital Médica Sur de Ciudad de México, pero para poder mudarse tuvo que abandonar ese sueño y buscar trabajo de otra cosa apenas llegó al país. No quería estar sin hacer nada y tenía poco dinero, así que, en cuanto escuchó acerca de ese contrato, se había quedado en trance; siempre había querido ser madre, por lo que sería un gran desafío.

Tenía una hermana de veintidós años que vivía con sus padres y era licenciada en administración de empresas, pero aún no trabajaba. Era una de esas chicas mimadas que no quieren hacer nada. En cambio, Emma siempre había sido más inteligente, nunca fue perezosa ni había perdido su alta estima, y siempre ayudaba a la gente. En cuanto al amor, había tenido un solo novio y eso le bastó para no querer volver a estar con nadie más; había pasado por demasiadas decepciones.

Después de salir de la empresa, fue al supermercado a buscar algunas cosas que necesitaba, luego, fue a una tienda de ropa barata y compró algunas prendas. Una vez en su casa, trató de relajarse, pero no podía dejar de pensar en la oferta de trabajo y en la duda que tenía: ¿Por qué un hombre tan guapo e importante no podía encontrar a alguien a quien amar y con quien formar una familia? No sabía casi nada de él, así que tomó su computadora y buscó su nombre en Internet. Pronto encontró unos cuantos sitios de chismes en los que se decía que estaba involucrado con muchas mujeres. La chica leyó todo con atención y también buscó la historia de su vida y la de su familia, pero, de pronto, vio una nota que le hizo llevarse la mano a la boca con horror. Entendió todo al instante: un hombre tan rico, guapo e importante no tenía una mujer porque podía tener a cuantas quisiera. Guardó la computadora, cenó y se fue a dormir.

Al día siguiente, se despertó cuando sonó la alarma de su teléfono móvil y se fue a duchar. Luego se vistió y desayunó. Se fijó qué hora era y miró por la ventana; había un coche negro de lujo afuera. El chofer se bajó y le preguntó su nombre. En cuanto la joven respondió, él le abrió la puerta. Emma nunca había estado en un auto tan caro, hasta el aroma que tenía la hacía sentir bien.

Unos minutos después llegaron a una casa enorme. La chica sospechaba que iba a ser linda, pero no imaginó que fuera tan grande y lujosa. El conductor estacionó y ella se acercó a la puerta, pero, cuando estaba a punto de tocar el timbre, una señora le abrió desde adentro, sonriendo.

—Buenos días, soy Emma. —La saludó.

—Buenos días, cariño. Yo soy Vilma, por favor, pasa —dijo de manera amable—. Ya me informaron por qué asunto vienes. Espero que todo salga bien porque la pequeña Isadora necesita mucho amor y cuidados.

—¿Dónde está ella?

—Aún no se ha despertado, ¿te apetece un café?

—No, gracias, ya tomé uno antes de venir, pero sí le acepto un vaso de agua si no es mucha molestia.

—Claro que no, ven conmigo. —Vilma la condujo a la cocina y le sirvió lo que le había pedido. Mientras Emma bebía, le presentó a las empleadas que trabajaban en la cocina, que eran muy simpáticas—. Ella es la cocinera, Nicole, y ella es nuestra ayudante, Bruna.

—Un gusto —dijo Emma sonriendo.

—El placer es nuestro —contestó Nicole. Luego Bruna también le dio la bienvenida y Emma les agradeció.

—Cariño, vamos a la habitación de Isadora, será mejor que la despiertes. —Para dirigirse hacia allí, pasaron por el salón, en donde Diego estaba desayunando y comenzó a mirar a la joven.

—Buenos días, señor —lo saludó.

—Diego, la llevaré a despertar a la niña, creo que será bueno.

—Muy bien, hazlo.

Vilma la condujo hacia el piso de arriba. Emma ya estaba perdida en un lugar tan grande y con tantos ambientes. Cuando llegaron, la empleada abrió la puerta y comenzó a abrir las cortinas. Emma observó la habitación con detenimiento y fijó la mirada en la cama, en donde una hermosa niña dormía profundamente. Al verla, sonrió y se le aceleró el corazón de la emoción, luego se acercó a ella. Le pasó la mano por el cabello y su carita, y la despertó en voz muy baja:

—Despierta, princesa. —Isadora se movió y se despabiló despacio, abrió sus ojitos azules y miró extrañada a aquella desconocida que estaba en su habitación—. Hola, soy Emma, tu nueva amiga.

—¿Una amiga?

—Así es, pero solo si quieres. Sé que no me conoces, pero podemos llevarnos bien y jugar mucho juntas.

—¿Eres la novia de mi papi?

—No, no tengo nada que ver con tu papi. Solo vine por ti. Entonces, ¿qué opinas? ¿Quieres ser mi amiga? —La niña asintió—. Genial, ¿nos damos una ducha, bajamos a la sala a tomar algo y luego jugamos?

—Está bien, ¿tú me ayudarás?

—Si quieres y me dejas, puedo hacerlo.

—Sí quiero.

Emma sonrió porque estaba encantada con la niña. Le habló con dulzura y pronto se ganó su confianza, la tomó en sus brazos y la fue a bañar. Luego la sentó en la cama mientras buscaba un atuendo en el enorme armario que tenía. Para la chica era apabullador tanto lujo. La vistió y la peinó y, cuando estuvo lista, la niña tomó un juguete y bajaron juntas a la sala. Vilma sonrió al ver que se llevaban bien y que Emma era tan dulce. La joven sentó a Isadora en la mesa, mientras su padre observaba en silencio cada paso que daba la chica y cada gesto que hacía. Luego de acomodarla en su sitio, se quedó de pie.

—Cariño, puedes sentarte —le indicó Velma.

—Permiso —dijo Emma.

—Quiero yogurt y galletas —exclamó la nena.

—¡Excelente! Debes comer de todo para estar fuerte —la animó Emma.

—¿Me lo das?

—Claro, princesa.

La chica colocó un sorbete en el vaso de yogurt bebible y se lo dio a Isadora, que estaba comiendo una galletita y mirando a su nueva amiga con curiosidad. Diego seguía tomando su café y mirando cómo se llevaban las dos. Advirtió que Emma la cuidaba como a una hija y que su manera de actuar no era forzada, sino honesta. No había ninguna duda de que había encontrado a la mujer indicada para la misión. Se levantó para darle un beso en la cabeza a su hija y se fue a la empresa. Emma, por su parte, terminó de darle el desayuno a Isadora y la llevó a jugar.

Capítulo 3

Emma se dio cuenta de que a la niña le costaba entrar en confianza y de que aún le daba vergüenza estar con ella, lo que era lógico porque recién se conocían. Así que se sentó a su lado en la alfombra.

—¿Puedo jugar contigo?

—Sí.

—¿Te gusta el juguete de Peppa? —Intentó encontrar un tema que le interesara.

—Sí, mi papi me lo dio.

—Qué bien, es muy hermoso.

—¿Tú tienes un papá?

—Sí, lo tengo. ¿Puedes enseñarme a qué juegas?

—Claro. —La niña tomó unas muñecas y se las dio. A su manera, le explicó el juego y comenzaron. Emma hacía de la mamá e Isadora de la hija. Jugaron un largo rato y finalmente ella se relajó y entró en confianza, incluso la abrazaba. La mujer estaba muy a gusto con ella y disfrutaba de su compañía. Parecía una locura, pero ya sentía que tenían un vínculo. Además, le provocaban mucha dulzura su ingenuidad e inocencia de niña.

Al mediodía, Diego llegó a la casa para almorzar y encontró a su hija jugando con Emma en la sala. Había algunos juguetes en la alfombra y, en cuanto lo vio, la niña corrió hacia él y le abrazó las piernas.

—¡Papi!

—Hola, hija, ve a lavarte las manos para el almuerzo —dijo pasándole la mano por la cabeza.

—Está bien —contestó obediente y volvió hacia la alfombra, donde Emma estaba guardando las cosas en una caja. El hombre subió a su cuarto a darse una ducha y a ponerse ropa más cómoda y después bajó.

Emma llevó a Isadora a lavarse las manos y luego fueron a la mesa. La puso en su regazo y comenzaron a jugar y a hacerse cosquillas. La niña se reía sin parar y las carcajadas resonaban por toda la casa, por lo que Diego se acercó a ver qué pasaba. Emma puso a Isadora en su silla, pero la nena quería volver con ella. El padre se sentó y respiró profundamente.

—Isadora, es hora de comer.

—Traeré tu almuerzo —dijo Emma.

—Está bien —accedió la niña.

Todos se sirvieron la comida y la joven ayudaba a Isadora. Sabía comer sola, pero aún necesitaba ayuda para cortar. Diego se quedó en silencio y cada tanto las veía interactuar. Vilma almorzaba en la mesa con ellos porque ya era parte de la familia, y sonreía al verlas llevarse tan bien.

Más tarde, el hombre fue a su oficina y le pidió a la empleada que llamara a Emma. La chica dejó a Isadora jugando y fue a verlo. El ambiente de ese cuarto le parecía tenso. El joven le señaló la silla que estaba frente a él para que tomara asiento.

—¿Cómo te fue?

—Mejor de lo que esperaba, su hija es encantadora.

—¿Entonces aceptarás?

—Lo haré —decidió Emma.

—Bien, aquí tienes el contrato. —Ella firmó el documento y, en cuanto se lo dio, el hombre lo guardó en un cajón cerrado con llave y volvió su atención hacia ella—. Si quieres usar este fin de semana para organizarte, puedes hacerlo, pero debes estar aquí el lunes.

—Está bien, creo que será lo mejor.

—Ya sabes las reglas: si algo se filtra, lo pagarás. En esta lista está todo lo que necesitas saber.

Las reglas de la casa estipulaban que debía estar en la mesa con Isadora durante cada comida y ser puntual. La niña debía seguir sus horarios establecidos: todos los días se levantaba a las siete y veinte de la mañana para ir al preescolar, a donde debía llegar a las ocho de la mañana. Los jueves tenía clases de ballet a las cuatro de la tarde y, por las noches, se dormía a las nueve, o incluso antes, porque después de cenar iba a jugar un rato y se cansaba enseguida. No podía salir sin permiso, debía preguntar antes. Podía llamar a Diego solo en caso de una urgencia porque no le gustaba que lo molestaran por tonterías. Viviría en la mansión, pero no debía creer que tenía algún tipo de poder en la casa ni sentirse dueña del lugar; debía recordar que solo iba a ser la madre de Isadora. En cuanto a la oficina y la habitación del hombre, el ingreso estaba prohibido. Por último, el almuerzo era a las doce y media, y la cena entre las siete y media y las ocho.

—Bien, gracias —dijo Emma después de leerla.

—Ah, le agradaste a mi hija, así que cuídala bien.

—Lo haré, jamás le haría daño.

La chica volvió a la sala, se sentó en la alfombra y siguió jugando. Diego, por su parte, se sentó en el sofá y empezó a juguetear con su teléfono móvil.

—Papi, ven a jugar conmigo.

—Estoy ocupado.

—Princesa, ¿qué tal si te duchas ahora?

La niña aceptó, así que Emma tomó los juguetes y los llevó a la habitación. Eligió un atuendo y fue a bañarla. Al terminar, se acostaron en la cama y Emma le hizo un dibujo, tras lo cual Isadora se acurrucó con ella y se miraron con ternura.

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