Capítulo 2

—¿En qué parte de este mundo en tu pequeñísima cabeza tú me ves a mí como un estúpido, Camila González?—su voz, penetrante y muy aterradora, parecía hacer vibrar mis huesos con cada palabra que me decía. Si hubiera sido al inicio, cuando recién empezaba con este trabajo y no sabía lo duro y directo que era mi jefe, yo me hubiera puesto a llorar por sus palabras, pero como ya estaba acostumbrada a esos tonos fuertes y un tanto groseros, solo tenía que tragar y callar, recibir lo que él me diera. Justo ahora me lo merecía y él lo sabía.—¿Crees que no sé que estabas en el otro edificio?—frunció su ceño y despacio se acercó a mí, contuve el aliento luego de tomar el olor fuerte de su perfume, que solo se percibía al acercarse, solo lo había olido un par de veces, pues él nunca se acercaba tanto a nadie.—Este es tu trabajo y resolver mis necesidades es parte de tu trabajo, señorita González.—Cuando único me llamaba por mi nombre era cuando incluía mi apellido, por lo demás siempre era señorita González, como acababa de hacer.

—Discúlpeme, solo me iba a tomar unos minutos, por eso me aventuré a ir. Pero le aseguro que no se volverá a repetir.

—¿Estás lista?—alejando su rostro, me miró de pies a cabeza, buscando el más mínimo defecto en mí para poder seguir reprendiéndome.—Han llamado para avisar que empezará quince minutos antes, pero ¿cómo lo sabrías si no estabas en tu lugar? ¡Susana no es la que me asiste! ¡Eres tú! Y que faltes a tu puesto es una falta muy grande, Camila González.—a veces me causaba gracia cuando decía Camila González con aquel tono de extremo enojo, pero hoy no era el caso, hoy estaba triste, vacía y con la cabeza en las nubes. ¿Cómo se supone que tenía que afrontar esto? ¿Cómo iba a terminar este día en el estado en el que me encontraba? Me era imposible y tenía muchas cosas pendientes para el día hoy con mi jefe.—Vámonos.—dictó.

Sus piernas largas recorrieron el camino hacia el ascensor en tan solo varias zancadas, mientras yo tenía que ir casi corriendo detrás de él. Bajamos del ascensor y el chofer nos esperaba con la puerta abierta, allí miré la agenda, encendí mi ordenador y programé algunas cosas otra vez, debido al cambio de horario.

—¿El almuerzo sigue en pie, señor?—pregunté, obteniendo una severa mirada de su parte. Eso era algo que tenía que saber yo, no él. Saqué mi móvil e hice varias llamadas para saber si el horario del almuerzo era el mismo y, efectivamente, nada había cambiado.—El almuerzo sigue en pie.—dije confirmando.

Como dije, el mundo seguía su ritmo, mostrándose inalterable.

En mi mente estaba aquella escena, esa imagen que no se iba y junto a mi jefe, mientras la imagen se reflejaba frente a mis ojos, salieron unas estúpidas lágrimas. Justo en aquel instante él giró su rostro hacia mí, abrió sus labios como si quisiera decir algo pero se detuvo al verme así. Las limpié con rapidez pero él ya las había visto.

—¿Lloras porque te hablo fuerte cuando no haces tu trabajo?

—No, discúlpeme, señor. No es eso. No es nada.

—Pues si no es nada, ¡deja de llorar!—dijo. Se alejó un poco de mi, recostando su brazo a la puerta, dejé mi mirada en la ventana para que al menos el paisaje alejara un poco lo que no dejaba de repetirse en mi mente.

¿Cómo es que pasó? ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué? Nos íbamos a casar, ¿no se supone que él también me amaba? Ahora sentía que no solo mi mundo se derrumbaba, sino que yo era una idiota, por creer en cada palabra de él, por…pensar que nos casaríamos dentro de poco, cuando él me estaba siendo infiel y yo estaba embarazada.

¿Dónde quedaba esa relación sólida que nos estaba llevando al matrimonio?

Por suerte no se lo llegué a decir, no quería saber nada de Tommy o su amante, él no tenía que saber que yo estaba embarazada.

Invertí tiempo y dinero en los arreglos de la boda, todas las invitaciones, ¡hasta le llegué a dar una a mi jefe!

Ahora todo se cancelaba.

Todavía guardaba mis esperanzas de que esto fuera parte de una pesadilla, quizás una broma pesada y que nada era real, pero claramente vi el pene de Tommy salir de aquella mujer, sus cuerpos desnudos en pleno acto y eso sería una imagen que me acompañaría por mucho tiempo. Esperando que algún día pueda superarlo.

Miré el correo, era Susana.

“Tommy está aquí como loco, llorando y suplicando por verte. Pide que le de tu dirección, ¿hacia dónde vas? ¿Le digo? ¿Qué es lo que ha pasado? Camila, parece muy desesperado y dispuesto a armar un escándalo por verte o saber dónde encontrarte. ¿Le dijiste lo del embarazo? ¡Dime qué hago antes de que lo echen de aquí”

Tecleé despacio para que no llamar la atención de mi jefe.

“No le digas nada de lo del embarazo, ¡no te atrevas! Aún no le dije nada y creo que no le diré nada. Cuando fui a su oficina lo encontré con otra mujer. ¡Dale un puñetazo por mí! ¡Patéale las bolas y luego pide que lo saben de allí como a un perro! No digas nada a nadie, menos de lo del embarazo. Ahora estoy ocupada. Te contaré en casa. No me respondas ahora.”

Un minuto después, ignorando que le dije que no me respondiera, lo hizo.

“¡Maldito cerdo! Ahora mismo lo golpeo y hago que lo saquen, como lo que es. ¡Rata de alcantarilla!”

“¡No hagas un escándalo!”

“¡Tarde…!”

—¡Mm! ¡Mm!—era él, no me había dado cuenta que ya el coche se había detenido, habíamos llegado y él esperaba a por mí.

—Discúlpeme, señor.—estaba cansado de mis disculpas, lo veía en las arrugas que se formaban en su frente cuando me miraba.

Lo seguí al interior y allí estaban todos reunidos, miré la hora, habíamos llegado siete minutos tarde, lo que complicaba todo para mí. La mirada de mi jefe me hizo saber que estaba en problemas, serios problemas.

La puntualidad para él era como…una regla, algo por lo que se regía y era muy severo con los que no eran puntuales, llegar tarde era una vergüenza para Diego Alba, vergüenza que yo acababa de hacerle pasar.

Para colocarle la cereza al pastel y…ponerme yo misma la soga al cuello, su mano se extendió para pedirme un folleto que yo debí traer, darle uno y luego repartirlo entre los demás, pero yo no podía dárselo, porque se quedó en el cajón de mi escritorio.

Si, mi cuerpo fue recorrido por un escalofrío, sin saber dónde meterme, todos se me quedaron mirando a espera de que hiciera o dijera algo, pero al cabo de un minuto, él comprendió que no los traje, que los olvidé.

“Lo siento.”—le dije sin emitir ningún sonido. Él se puso de pie y con una sonrisa dijo:

—Lamento la tardanza, disculpen por…los inconvenientes,—este hombre solo sonreía cuando estaba enojado, ahora estaba que echaba chispas.—pero temo que no podremos continuar por hoy. Se les informará a cada uno cuando será la siguiente fecha.

Todos se pusieron de pie algo alborotados, murmurando cosas mientras él pedía disculpas directas a cada uno de ellos y yo me quedaba con la mirada baja.

Era el error más grande que había cometido en todo el tiempo que tenía en este trabajo, era la primera vez que había cometido un fallo tras otro, añadiendo a la lista la vergüenza que hice pasar a mi jefe.

Mientras las personas salían, mi corazón también quería huir de mi pecho, sentía un nudo en mi garganta y aunque quería recurrir a mis lágrimas para pedir perdón mientras lloraba, las desgraciadas no salían y mi cara se quedaba como si estuviera algo estreñida.

Era el peor día de mi vida, eso era decir poco.

En la norme sala, sentada en la alargada mesa, solo estaba yo, mi jefe sentado a la cabeza.

—Camila González, dame un solo motivo, uno, que sea válido para lo que ha pasado hoy. Tienes cinco segundos para hacerlo.

Pensaba en qué decirle y al mismo tiempo contaba los segundos.

Solo quedaban dos.

Opté por decirle la verdad.

—Cuando…fui a ver a Tommy, mi prometido.

—Por el que llegamos tarde, salimos rápido y no viniste preparada.—señaló, interrumpiéndome.—Prosigue.

—Lo encontré con otra mujer en el baño de su oficina.—el rostro de él ni se inmutó, solo miró hacia mí y con media sonrisa en sus labios me habló.

—Estás despedida.—las palabras se deslizaron de sus labios con mucha suavidad, como si no fuera tan importante lo que decía.—Dile al chofer que te lleve a la empresa y recoge tus cosas. No tienes ni que terminar el día, te quiero lejos de mi empresa y de todo lo que tenga que ver con mi trabajo, han sido muchas mis tolerancias contigo, es el final. No puedo tener a alguien así en mi equipo, incluso inventas excusas malas, retírate ahora. Tu falta de compromiso me deja en vergüenza.

Capítulo 3

Cuando vi llegar a Camila a mi oficina en su primer día de trabajo, lo recuerdo como si fuera hoy, a pesar de los años que habían pasado desde que trabajaba para mí.

Nunca olvidaré a esa mujer tan sensual y sexi que llegó llena de presencia a mi oficina, con aquella minifalda negra, su chaqueta blanca y un enorme bolso debajo del brazo, junto con aquellos labios pintados de un rosa pálido, con aquella viva mirada y esos lindos ojos verdes, su larga cabellera marrón y…esa voz.

Cada vez que hablaba mostraba sus dientes delanteros y sus labios se separaban de una manera muy inusual.

Tenía una voz suave, pero firme, lástima que poco a poco mi presencia la fue consumiendo, admito que me daba lástima cada vez que la veía llorar porque le alzaba la voz, pero eso fue lo único que la hizo convertirse en alguien más firme, correcta, diligente, con más desempeño.

¿Cómo fue que se comprometió con ese imbécil? ¿Por qué diablos no la seduje?

Yo y mi maldita regla de no salir con empleadas y ella, tan cercana a mí, hacía toda mi sangre correr por los lugares prohibidos. Tenía un buen trasero, me gustaba verla salir de mi oficina, porque esas caderas eran magníficas.

Pero también tenía el poder de sacarme de quicio, porque era perfecta para hacer las cosas que me hacían enojar, aún cuando sabía perfectamente que me molestaba.

Siempre me pregunté, ¿a qué saben esos labios pintados de rosa pálido?

Y ahora, frente a ella, luego de despedirla, Camila González se acercaba al pararse de la mesa, luego recoger sus cosas.

—¿Sabe qué?—sus tacones sonaron con fuerza al acercarse. Dejó una mano en mi hombro, inclinando su cabeza de lado hacia mí.—Hoy me lo he ganado y ya que me voy, hágame un favor.

—Camila González, ¿por qué tendría que hacerte un favor?

—Porque es algo que usted también quiere.—enarco mis cejas y ella muerde su labio.

¿Qué era ese favor que me pedía esta mujer con tanta cercanía y confianza?

¿Estaba loca?

Separó sus labios y sus ojos verdes enfocaron los míos. Parecía estar armándose de valor y sin yo esperarlo, sin predecir sus movimientos, me besó, tomó mis labios con fuerzas e hizo exactamente lo que le dio la gana con ellos, sumiéndome en un beso desenfrenado, sin que pudiera resistirme porque yo también estaba enloquecido con sus labios.

Hasta que el beso terminó.

Soltó mi rostro y me sostuvo la mirada, sin decir media palabra.

Había sido un beso…caliente, peligroso, muy peligroso, ¿cómo se atrevía a besarme de esta manera? Estaba prometida con alguien más.

Quise preguntar que qué había sido eso, pero me vería como un tonto. Este beso, supongo que se trataba de la despedida de los dos, ahora ella no trabajaba para mí, y por tanto, podía besarla, podía…

¡¡Está prometida!! ¡¡Prometida!! ¡¡Tengo una invitación a su boda!!

—Camila…—ella no quería oír mi voz, ella quería otro beso, al igual que yo, quedarse tan cerca lo decía todo, pero sería yo el que tenía que besarla ahora.

Me acerqué con esa intención, pero ella esquivó mis labios con una sonrisa traviesa. Aquello me calentó más al verla tan juguetona, eché mi silla hacia atrás, la tomé por el brazo y la dejé sentada en mis piernas, condenada a ellas, tomé su rostro con enojo y la besé, mi lengua invadió su boca sin ninguna piedad y la mujer soltó un gemido suave, alegrando a mi cuerpo, subí su falda para que ella pudiera acomodarse sobre mí, sus piernas quedaron a ambos lados de mi cuerpo y ahora el beso se volvió algo serio.

Eran mis manos las que se adueñaban de sus pechos, mientras ella buscaba que mi erección la rozara en el punto exacto, moviéndose sobre mis piernas.

—Diego…—Oírla decir mi nombre por primera vez fue algo…como un placer intenso, más allá del contacto físico, era la primera vez que me gustaba tanto mi nombre, salido de estos labios.

¿Desde cuándo esta mujer era mi debilidad?

Sí, ya lo recordaba, desde que entró aquel día a mi maldita oficina, siendo mi nueva empleada.

Camila González lograba apretar mi entrepierna cada vez que entraba y salía de mi oficina, ahora, sobre mis piernas, me estaba volviendo loco.

—Tengo una habitación aquí.—gruñí con algo de fuerza, casi nos estábamos desnudando y era bastante claro el deseo que había entre los dos, teníamos que encontrar una habitación o pasaría algo aquí.

Esto era urgente.

—¿Y qué espera?—la levanté por los costados y luego me puse de pie, casi sacándola a rastras de aquella sala, tomamos el ascensor y allí, a solas, su mano se metió en mi pantalón y tomó mi pene con fuerza, firmeza. Comenzó a besar mi cuello, dejando una suave mordida en él.—No pensé que le gustara tanto.—me susurró en el oído.—Su amigote está muy duro, podría decir que ansioso.—intentó sacarlo allí, pero yo no se lo permití o tendría que hundirlo en ella justo en el ascensor.

—Camila González, ya deja de jugar, intentas quemarte.

—Intento quemarme, señor.

—Diego.—mascullé, dejando su cuerpo contra la pared del ascensor.—¡Dilo! Estás despedida, ¿lo olvidas? Di mi maldito nombre.

—Diego.—siseó, luego mostró su lengua y yo la tomé entre mis labios.—Diego, Diego, Diego.

Cuando el ascensor se abrió, sentí unas enormes ganas de salir corriendo con ella y ya encontrar la habitación, pero quedaba al fondo del pasillo. Su mano era muy suave, jamás la había sentido y aunque sus dedos eran delgados, también eran largos. Era la primera vez que caminaba a la par conmigo, ambos teníamos mucha prisa.

Cuando la puerta estuvo ante mí, ingresé el código y ella corrió dentro, en busca de la cama.

—Camila…—la vi sobre la cama, apenas con los zapatos quitados, en espera de mí, fui abriendo mi pantalón y ella se acercó. Dejé mi mano en su vientre y la otra sobre su muslo, subiendo hasta dar con la tela de su falta, la levanté con lentitud y mis ojos contemplaron sus nalgas, tan firmes, tan hermosas. Las recorrí con mis manos, Camila se quedaba muy quieta.

—¿Planea…hacerme esperar más?—se inclinó hacia la cama y allí apoyó sus manos, sin subir en ella, la vista de sus nalgas fue magnífica, era como una maldita obra de arte llena de sublimes pecados, rumbo a la perdición.

Aún no me explicaba, ¿cómo fue que pude contenerme por todo ese tiempo? Cuando siempre la deseé.

Subí su falda hasta su espalda y bajé sus bragas, recorrí con mis dedos sus pliegues, dando con su sexo mojado, listo, caliente, en espera de mí.

Su rostro se giró y desde allí me miraba, odiando que la hiciera esperar.

Más impaciente que yo, sin entender que mirarla en esa posición era toda una apreciación.

[***]

Si ya estaba despedida, ¿qué más daba follarme a mi jefe? Si ambos llevábamos con una intensa tensión por varios años, detrás de aquel maldito engreído y sensual cascarrabias que me miraba las piernas o el culo cada vez que podía, ahora lo ponía a disposición de él y aunque era por las cosas que me habían pasado solo en un día, influía mucho el deseo que despertaba este hombre, porque Diego Alba era el pecado andante.

Su pene se sumergió dentro de mí con una fuerza brutal, lo sentía llegar muy lejos desde la primera estocada, separando mis labios y haciéndome gemir con fuerza, tomando todo el control de la situación y de mi sexo que no dejaba de palpitar con aquello tan grueso dentro de mí. Cuando lo sentí en mi mano lo supe, era muy grueso y se abría paso en mis paredes como un torpedo.

Mis piernas intentaban resistir a todos sus ataques, mientras mi mente estaba en otro lugar, menos en mi cuerpo, todo mi cuerpo temblaba de placer y gracias a ello y al pene de mi jefe que no dejaba de penetrarme con furia, me desplomé en la cama.

Pero allí no quedaba la carrera.

Esto sería una única vez, pero no por un rato, este día lo terminaba pero agotada, saciada y con una muy buena follada de mi insufrible, pero follable jefe.

Me desnudó con rapidez y él vino a la cama, lo obligué a tenderse en ella y al mirar su pene, solo me apetecía una cosa.

Montarlo.

¿Quién diría que yo, el día que me enteraba que estaba embarazada y descubría la infidelidad de mí prometido, sería el mismo día que me montaría en mi jefe? Y vaya asiento me esperaba.

Con toda la actitud del mundo, tomé aquello y lo dejé dentro de mí, recibirlo en esta posición fue algo difícil, complicado pero no imposible.

Dejé que mi vientre aceptara que ya él estaba dentro y que no iba a salir, entonces comencé a moverme. Sus ojos grises no apartaban la vista de mí y yo me lo gozaba, disfrutaba en cada movimiento de cadera y cuando sentía que eso se iba de lado, golpeando una de mis paredes, reclamando mis gemidos, provocando mi orgasmo otra vez.

Allí, sobre él y con un caliente que me quemaba, sentí la mejor sacudida de toda mi vida, sentada sobre el pene de mi ex jefe. Pero no bajé, luego del segundo era que la fiesta comenzaba, me apoyé en su pecho y él, al ver que mi fuego no se apagaba y que si seguía así, sería el tercero para mí, pero el primero para él, cambió la posición sin pedir permiso, dejándome debajo suya y no solo debajo, con mis piernas pegando a mi pecho mientras él empujaba con descaro su pene sobre sobre mí.

Pensaba muchas cosas de mi ex jefe, pero jamás noté que de cerca fuera tan hermoso, no solamente era guapo, sensual y atractivo, es que era hermoso.

Me perdí en sus ojos grises y el placer se unió con algo más, se mezcló con algo extraño, mi mano se levantó para tocar su cara y él mordió mis dedos, sonreímos y fue aquí donde me di cuenta que era la primera vez que lo veía sonreír, no esa sonrisa de cuando estaba enojado, esta era una real, sincera, muy clara.

Desde aquí quedé hipnotizada y todo lo que pasó después solo se guardó en mi memoria, como algo sagrado.

Me dormí como unas cuatro horas, lo sé porque desde las ventanas ya no entraba ninguna luz del día, mi jefe estaba acostado al lado mío, su mano sobre mi muslo, salí de la cama de manera muy silenciosa y recogí mi ropa, encerrándome en el baño.

Cuando me vestí, pude salir de la habitación sin que él se diera cuenta, seguía dormido.

Tenía que ir a recepción por si sabían dónde estaban mis cosas que se quedaron en la sala de juntas.

Pregunté a una chica y ella desapareció por unos segundos y regresó con mi enorme bolso.

Era hora de irme.

Esta era la despedida con Diego Alba y su empresa.

Fue una muy buena temporada, pero mejor había sido lo que pasó en esa habitación de hotel.

Creo que…jamás la olvidaría. Eso daba un alivio para los demás acontecimientos horribles del día de hoy.

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