Capítulo 2

Capítulo 2

Negocios y tratos sucios.

La luz del sol iluminaba el rostro rígido del anciano que parecía estar dormido plácidamente tan tranquilo y sereno como solía hacerlo cada tarde, pero Alexander no podía evitar sentir una profunda tristeza por dentro.

«"¿Por qué tuviste que irte, abuelo?"» -se preguntó a sí mismo y en silencio, mientras luchaba por contener las lágrimas-.

Recuerdos de su infancia llenaron su mente: su abuelo enseñándole a navegar, contándole historias de la familia, llevándolo de pesca, guiándolo en los negocios. Alexander siempre había admirado la sabiduría y la fortaleza de su abuelo y se identificaba con ello.

La voz del sacerdote resonó en cada rincón del jardín, pero Alexander no podía escuchar ni una sola palabra. Estaba perdido en sus pensamientos, recordando las últimas palabras de su abuelo:

-"Alex, hijo. Siempre recuerda que la familia es lo primero. Protege a los tuyos y nunca te rindas."

La ceremonia continuó, pero Alexander se sentía ausente. Su mente estaba absorta en el sufrimiento reprimido en su pecho, llena de preguntas y dudas. ¿Qué futuro le esperaba? ¿Qué decisiones tomaría? ¿A quién debía recurrir ahora cuando sienta que no es capaz de dar un paso más?

-Lo siento, abuelo -susurró con su voz temblorosa y besó la frente del anciano-. No quise fallarte.

Un bufido pesado se escuchó como un murmullo y la gente comenzó a acercarse a él, ofreciéndole sus condolencias y abrazos. Alexander los recibió con un semblante inexpresivo, intentando mantener la compostura y ese autocontrol característico de su personalidad dominante.

Pero cuando vio a Victoria, la viuda de su abuelo, adentrarse al jardín, su corazón se detuvo un momento.

¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué había venido?

 Como puede ser tan cara dura para presentarse en su funeral, luego de todo lo que hizo.

...

La vida es un tapiz de historias entrelazadas, cada una con su propio ritmo y destino. En el vasto panorama de la ciudad cada persona vivía su propia realidad llena de desafíos y oportunidades, buenas y malas, está en cada uno de ellos analizar cual es la correcta.

Jacob se encontraba en su oscura y polvorienta oficina, sintiéndose al borde de un abismo a causa de sus problemas financieros.

Meses antes, su padre había muerto dejándole una limitada herencia que constaba de una casa de campo, una empresa de seguridad cibernética al borde de la quiebra y las ruinas de una villa de estilo clásico a la que tuvo que habitar luego de perder su casa.

Tras su ambición, puso todo su empeño para sacar sus propiedades adelante sin importar las consecuencias. Se casó con Ana Williams, una joven economista que recién había salido a flote con su carrera gracias a su esfuerzo y estudios.

Ana se enamoró de Jacob desde el mismo instante en que lo conoció, pero él siempre la vio como un negocio que lo ayudaría salir de sus problemas.

Irremediablemente el estado financiero de la empresa se encontraba cada vez peor y el hombre se negaba a perderlo todo y empezar de cero como se lo había sugerido su esposa.

En medio de su desesperación encontró la salida a sus problemas, sin saber que no solo estaba condenando su vida, sino la de su familia entera.

Greco Santoro, un magnate Italiano le ofreció un poco de ayuda económica. Sin saber que eso sería peor que venderle su alma al mismísimo diablo.

Un destello de ambición brilló en los ojos de Jacob. La posibilidad de conseguir el capital necesario para levantar su empresa lo mantenía eufórico, tanto que no se detuvo a pensar en las consecuencias y aceptó el trato que le ofreció Santoro sin hacer preguntas.

Santoro encendió su tabaco evocando en su acompañante sensaciones desagradables y se recostó en el sillón relajando su cuerpo, como si disfrutara de su poder y la mediocridad de su adversario.

-Ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted, Señor Smith -Afirmó Greco en voz baja y rasposa, le extendió la mano a Jacob con movimientos lentos y calculados, dedicándole una mirada gélida.

Su expresión fría y ojos penetrantes como si pudieran ver a través de Jacob, creaba un ambiente cargado de una áspera tensión que se volvía cada vez más inquietante.

Jacob sostuvo la mano del italiano sin quitarle la mirada de sus ojos glaciares. Cuestionándose si estaba tomando una buena decisión.

Un pacto se había sellado, la palabra para Greco Santoro tenía más valor que un documento. Se levantó de su asiento y le pidió a su asistente que le hiciera entrega del efectivo.

Dos maletines repletos de dinero se abrieron sobre el escritorio frente a Jacob haciendo que por un momento se olvidara de las dudas que tenía con respecto a este acuerdo.

Sus ojos se desorbitaron tanto que por un momento creyó que se saldrían de sus cuencas. Nunca antes había visto tanto dinero junto y que todo fuera suyo ahora mismo no parecía real.

La solución a todos sus problemas estaba en sus manos y eso lo llevó a recordar las palabras que solía repetir su débil esposa.

"El único trozo de queso gratis, es el que se encuentra en la trampa del ratón".

Pensar en ello le causó enojo, pero a su vez mucha inseguridad, ya que Santoro nunca mencionó un método para saldar la deuda.

-E... Espere. Señor Santoro. Aún no ha mencionado un plazo. ¿De cuánto tiempo estamos hablando para cancelar esta gran deuda?

Greco ladeó su rostro lentamente hacia él, mismo que se iluminó a la mitad debido a la escasa luz cercana a la puerta, haciendo relucir un brillo espeluznante en sus ojos.

A Jacob le costó pasar saliva al sentir en su mirada una amenaza palpable.

-Existe una costumbre tan antigua como la humanidad misma -vociferó el hombre de casi cuatenta años, que vestía con un traje negro, abrigo largo casi hasta sus tobillos y sombrero negro estilo Hogtowner-. "Le llaman la Ley de la sorpresa".

La risa seca de Santoro resonó en cada rincón de esa antigua y polvorienta oficina propiedad de Jacob, quién no pudo decir una palabra más, ya que Santoro salió seguido de sus secuaces al soltar esas palabras.

El apoyo económico de Santoro fue satisfactorio para Jacob, su pequeña empresa recobró vida gracias a la generosa inversión de ese hombre y a las habilidades y conocimiento de su esposa Ana, que pocos meses después de ese acuerdo se enteró que estaba embarazada.

Ana se sintió feliz por su embarazo a pesar de que no contaba en absoluto con el apoyo y compañía de su esposo, sabía que muy pronto tendría a alguien, una personita que dependería de ella y que gracias a su llegada jamás volvería a sentirse sola.

Se dedicó a servir a la empresa de su esposo desde la comodidad de su hogar, desde allí, a pesar de estar sola la mayoría del tiempo podía sentirse útil.

Meses después de su reunión con Greco Santoro, Jacob se encontraba en el hospital, sosteniendo la mano de Ana mientras daba a luz a su hija, Abbigail.

 La ayuda financiera de Greco había cambiado su situación, pero Jacob no podía sacudir la sensación de que había hecho un trato con el diablo. Mientras miraba a su esposa y su hija recién nacida, se preguntó si había tomado la decisión correcta.

La llegada de Greco al hospital justo en ese momento traía consigo un mal augurio para Jacob, su estómago se revolvió de una manera negativa, como si un mal presentimiento se habria apoderado de su pecho y fue justo allí donde Jacob al fin se enteró que Ley de la Sorpresa dicta que se espera que un hombre salvado por otro ofrezca a su salvador un favor cuya naturaleza es desconocida para una o ambas partes. En la mayoría de los casos, el favor toma la forma del primogénito del hombre salvado, concebido o nacido sin el conocimiento del padre.

De esta manera el destino de Abbigail quedó ligado para siempre a un hombre cuarenta años mayor que ella, un despiadado magnate de apellido rimbombante y turbia reputación.

La rabia y desesperación se cierne sobre Jacob, quién se juró a sí mismo que no permitiría que se llevasen a su hija. Pero la visita de Santoro no fue precisamente para llevarse a la niña, tan sólo había llegado para anunciar su sentencia.

Capítulo 3

Capítulo 3

La promesa.

El cumpleaños número Dieciocho llegó, Abbigail no pudo celebrarlo junto a sus amigos como en los años anteriores, se encontraba haciendo sus maletas para irse a estudiar al extranjero, más bien estaría huyendo del cruel destino que le aguardaba.

Tras acompañar a su hija al aeropuerto, Ana se sintió más tranquila, había vivido en sosobra todos estos años tras enterarse de la promesa que tarde o temprano ese hombre vendría a reclamar.

Volvió a su lugar de trabajo y se sentó detrás de su escritorio, intentando mantener la calma mientras Greco Santoro llegaba a la empresa y se acercaba a ella. Su presencia allí la hacía sentir vulnerable, sus manos comenzaron a sudar y un tic nervioso se reflejó en ellas al comenzar a golpetear sus uñas sobre su escritorio.

Un aviso hizo que Jacob viniera a su encuentro de inmediato, encontrando a Greco atemorizando a su esposa tan solo con el mero acto de su presencia.

-Señor Santoro, no entiendo por qué ha venido -dijo Ana, intentando sonar firme-.

Greco soltó una sonrisa de enojo, una que tan solo ocultaba su desprecio.

-Ana, querida, sabes exactamente por qué estoy aquí -respondió.

-No es él momento, ni mucho menos el lugar para hablar de esto -interrumpió Jacob adentrándose abruptamente a la oficina.

-Tu hija ha cumplido dieciocho años, Smith. Es hora de cumplir nuestro pacto -sentenció Santoro y Jacob recordó algunos detalles de aquella reunión con Greco, que ahora tenían un significado siniestro.

Ana se estremeció al recordar la noche que se enteró de todo esto.

-No puedes hacer esto -dijo Ana con su voz temblando-. ¡Ella es solo una niña!

Greco soltó una risa malvada que expresaba la satisfacción que sentía por la desgracia de Jacob.

-No es una niña -respondió Greco con voz demandante-. Es una mujer. Y pronto será mi esposa.

Ana se sintió horrorizada al igual que Jacob.

-Nunca -respondió Jacob-. No te permitiré que le hagas daño.

Greco se acercó a Jacob, su voz amenazante lo hizo titubear, pero permaneció firme.

-No tienes opción -aseguró con frialdad-. Yo he protegido tu empresa, tu familia. Llego la hora de que paguen el precio.

Ana se levantó, intentando mantener la calma.

-No puedes llevarla contigo -afirmó Ana-. No permitiré que mi hija se case contigo.

Greco sonrió con sorna.

-No necesito el consentimiento de un cadáver -disparó en la frente de Ana y se dirigió hacia Jacob con tranquilidad-. Tú me lo prometiste. Y ahora, debes a cumplir tu parte del trato. Sino, te mataré a ti y nadie, escúchame bien, nadie podrá detenerme de hacer con ella lo que se me antoje, si quieres que sea un buen marido para tu hija, asegúrate de ser un suegro generoso.

Greco le entregó un contrato a Jacob, quien temblaba estupefacto al ver la línea de sangre en la frente de su esposa.

-Este es el contrato de matrimonio. Firmado por mí y tú vas a validar esto hoy mismo.

-No -respondió Jacob incapaz de formular una oración.

Greco frunció su entrecejo de inmediato, su paciencia estaba al borde del colapso.

-No tienes opción -gritó enrojecido de cólera-. ¡Voy a llevármela ahora mismo!

Jacob se sintió aterrorizado con todo lo que estaba sucediendo a su alrededor y quería proteger a su hija por sobre todas las cosas.

Greco se acercó a la puerta y advirtió que la llevaría consigo sin importar cuanto él se empeñe en ocultarla.

Este juego del gato y el ratón, comenzaba a tornarse siniestro y a su vez interesante para Santoro.

La vida continuó, pero aquella promesa hecha a Santoro prevaleció al pasar de los años.

...

Las puertas del jardín interior se abrieron, Alexander levantó la mirada del ataúd de su abuelo y observó con desprecio a Victoria, la viuda de su abuelo, mientras se abría paso hacia el funeral.

Su presencia fue como un golpe en el estómago. Alexander no había visto a Victoria desde hacía ya mucho tiempo, cuando tuvo algunas sospechas de que lo drogó para meterlo a su cama, misma que compartía con su anciano abuelo.

Le advirtió que no viniera en la llamada que Victoria le realizó para darle el pésame, pues su presencia allí era innecesaria y sabía que solo traería problemas.

Victoria se acercó al ataúd lentamente, con su rostro pálido y sus ojos llenos de lágrimas. Vestía un hermoso vestido negro ceñido al cuerpo, tacones altos y un sombrero con malla que cubría parte de su rostro.

Su comportamiento era calmado, a pesar de que sabía como demostrar el dolor que fingía sentir en ese momento.

«¿Qué está tramando esta mujer? Estoy seguro que más que por el sepelio, vino para obtener información sobre la lectura del testamento. No debe estar enterada de que el abuelo la había sacado de su testamento»

Alexander se sintió incómodo, sin saber cómo reaccionar. Siempre había marcado una distancia con Victoria, quien había sido la segunda esposa de su abuelo, y no conforme a ello, había intentado seducirlo a él infinidades de veces.

Victoria se detuvo frente al ataúd, levantó el pequeño velo negro que cubría su rostro y besó la frente de su esposo fallecido. Luego, se volvió hacia Alexander y lo miró con una mezcla de tristeza y determinación.

-Lo siento mucho Alex -dijo Victoria con su voz temerosa-. ¡Tu abuelo siempre te quiso mucho!

Alexander se sintió desconcertado por las palabras de Victoria. ¿Por qué decía eso? ¿Qué quería decir con "siempre te quiso mucho"? ¿Acaso no sabía que su abuelo planeaba dejarla en la calle por ambiciosa?

-Gracias, Victoria -se limitó a decir, intentando mantener la calma-. Sin gentilezas, ni diminutivos. No me interesa ni quiero ser tu amigo.

Victoria se acercó a él y lo abrazó sorpresivamente. Alexander se sintió incómodo con el abrazo, pero no quería ser descortés delante de sus allegados.

-Estoy aquí para ti, Alex -aseguró Victoria en un murmullo cerca de su cuello que hizo arder de rabia a ese hombre por dentro-. Tu abuelo siempre quería lo mejor para ti. Y sabes que lo mejor para ti es casarte con una mujer que te ame y esté a tu altura.

Alexander se sintió confundido, iracundo y asqueado, no quería sentir los brazos de esa mujer tocando su cuerpo un segundo más.

¿Acaso estaba hablando de ella misma?

La apartó de su lado con sutileza y sentenció cerca de su oído que si volvía a colocarle una mano encima, él mismo se encargaría de contársela.

Victoria tomó uno de los primeros asientos en las filas que correspondía a la familia, aceptó con gentileza las condolencias de los amigos más cercanos e ignoró que la familia entera hubiera hecho como si ella no existiera.

La misa continuó y Alexander seguía ajeno a lo que sucedía a su alrededor, su mente estaba absorta en sus propios problemas y el dolor causado por la muerte de su abuelo.

Horas más tarde, había llegado el momento de llevar los restos de Jasson al campo santo.

La luz del sol se filtraba a través de los árboles del cementerio, proyectando sombras sobre la multitud de personas reunidas para despedir a Don Jasson.

La familia Thompson estaba presente, con Alexander a la cabeza, quien mantenía su rostro serio y compungido.

El padre pronunciaba palabras de consuelo, mientras que Alexander recordaba momentos felices con su abuelo. Su madre, Elizabeth, lloraba silenciosamente a su lado, mientras que James, su padre trataba al igual que él, ocultar su dolor.

Ver como colocan aquellas láminas de concreto sobre el féretro de su abuelo y no derramar una sola lágrima era un nivel extremo de autocontrol y frialdad.

Después del servicio, la familia se dirigió hacia la sala de recepción para recibir las condolencias de los asistentes. Alexander se sintió abrumado por la cantidad de personas que querían expresar su pésame.

-Alex, hijo. Lo siento mucho -dijo uno de los amigos de su abuelo-. "Tu abuelo fue un gran hombre."

-Gracias -respondió Alexander, tratando de mantener la compostura-.

La fila de personas parecía interminable. Alexander se sentía cada vez más sofocado y agobiado.

Finalmente tuvo que salirse de la recepción para tener más espacio personal, sentia que lo estaban asfixiando y se dirigió nuevamente a la tumba de su abuelo, encontrando allí la paz que tanto anhelaba.

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