Capítulo 2

Lillian sonrió levemente, pensando que Rosalyn solo intentaba consolarla.

Sin embargo, al llegar a la arena de lucha clandestina, ella atrajo las miradas de muchos hombres.

Rosalyn encontró sus asientos y guio a su amiga hasta ellos. Se sentaron justo cuando la pelea subía de tono; el ambiente era brutal, con luchadores lanzando golpes y patadas mientras el público gritaba con emoción.

Al principio, Lillian no mostró interés, pero todo cambió cuando un hombre lobo fue arrastrado a la plataforma, encadenado. Tenía las orejas grises paradas en señal de alerta, y los ojos con un brillo rojizo opaco que captó de inmediato su atención.

El hombre lobo estaba en celo.

"¡Aquí tenemos a un esclavo que lleva mucho tiempo en celo!", gritó el presentador con entusiasmo. "¡Todas las hembras lo han rechazado, no ha comido en una semana y no ha probado ni una gota de agua! ¡Quien consiga derribarlo se gana cien núcleos de bestias de alto grado!".

Uno tras otro, los luchadores se lanzaron a la pelea, pero el hombre lobo los dominó a todos y los sacó del escenario, fuera de control.

Con cada asalto, él recibía más heridas y terminó con una garra rota. Se quedó agachado en el ring, tosiendo sangre y aguantando el dolor en silencio, negándose a emitir un solo sonido.

Cuando sonó el cuerno final, el hombre lobo levantó la cabeza. Sus ojos inyectados en sangre se cruzaron con la mirada de Lillian, y la mezcla de furia y desesperación en su expresión la hizo apretar los labios.

Rosalyn suspiró y dijo con una pizca de lástima: "Dicen que viene del Planeta Errante y lleva bastante tiempo aquí. Recuerdo haberlo visto la última vez; tiene antecedentes penales y no tiene familia, así que se las arregla por su cuenta. Seguramente esta sea la última vez que pise el ring con vida".

Todos sabían que un macho que pasaba demasiado tiempo sin una mujer que lo calmara perdía el juicio y terminaba destruyéndose.

La expresión de Lillian se ensombreció, pues algo en la soledad de ese hombre le resultaba familiar.

Al final, el hombre lobo reunió las pocas fuerzas que le quedaban, derrotó a su último oponente y se desplomó, con aspecto de que podía morir en cualquier momento.

"¿Cómo puedo comprarlo?", preguntó Lillian de repente.

"¿Qué? ¿Quieres comprarlo?", preguntó Rosalyn, mirándola sorprendida.

"Solo por diversión. Está permitido, ¿no?", respondió Lillian, ladeando un poco la cabeza.

Rosalyn intentó convencerla de lo contrario, pero no lo logró. Como conocía al dueño de la arena, llevó a Lillian a conocerlo y le explicó su intención de comprar al hombre lobo.

"¿Quiere a Samuel? Ya pensaba deshacerme de él. Señorita, si se lo lleva, gastará una enorme cantidad tratando de curarlo; simplemente no vale la pena", dijo el dueño, desconcertado.

Lillian lo ignoró y se agachó frente a Samuel Burton, que había vuelto a su forma humana por el agotamiento. Incluso en ese estado, era sorprendentemente guapo, con una presencia intimidante. Aún conservaba un par de orejas suaves y peludas.

Lillian extendió la mano y las acarició con suavidad. Samuel se estremeció y, sobresaltado, se incorporó de golpe, a punto de atacar a la persona que tenía delante.

Pero en cuanto reconoció a Lillian como la llamativa mujer de aspecto amable que había visto antes entre la multitud, su garra levantada se detuvo a mitad de camino.

La hostilidad desapareció de sus ojos; no podía herir a una mujer inocente. Así que bajó la cabeza y se acurrucó sobre sí mismo, rechazando en silencio su contacto.

Lillian decidió no molestarlo más. Siempre se había movido por su cuenta o, en ocasiones, se unía a grupos de caza de bajo nivel, viajando a los límites exteriores del Matorral Aberrante para cazar pequeñas bestias aberrantes y recolectar hierbas solo para sobrevivir. Aun así, las ganancias apenas eran suficientes, y los núcleos de bestias de bajo grado que absorbía no tenían ningún efecto real en la mejora de su poder espiritual.

Entonces, consideró que este hombre lobo podría ayudarla a aventurarse más profundamente en el Matorral Aberrante, donde podría encontrar hierbas de calidad y núcleos de bestias más fuertes para elevar su poder espiritual.

Al menos, parecía un plan factible.

"Pagaré un millón", dijo Lillian con calma. Volvió su atención al dueño y espetó con firmeza: "Es un trato justo para usted, ¿no? Aunque se recupere, el coste de los supresores por sí solo es muy elevado. Y sin una hembra que lo calme, de todos modos no podrá volver a la arena".

No se equivocaba, pues en ese momento, Samuel era un hombre lobo rebelde sin ningún valor real. Tras un momento de reflexión, el dueño aceptó su oferta.

Después de sacar a Samuel de la arena subterránea, Lillian se dio cuenta de que su comunicador no dejaba de vibrar con llamadas perdidas y mensajes. Abrió uno de los mensajes de vídeo.

Jaycob apareció en la pantalla, con el rostro enrojecido por la ira mientras bramaba: "¡Lillian, llevamos una eternidad esperándote en la notaría! ¡No pongas a prueba nuestra paciencia! Ya tomaste el dinero y firmaste el acuerdo de separación. ¿Ahora te quieres echar atrás?".

Sin el permiso de la mujer, los hombres no podían romper los vínculos.

Por la prisa de comprar a Samuel, Lillian se había olvidado por completo del asunto con Jaycob y Waylon.

Se volvió rápidamente hacia Rosalyn y le dijo: "Por favor, lleva a Samuel a mi casa. Allí hay material médico almacenado. Usa lo que necesites y asegúrate de que se recupere".

"Claro, déjamelo a mí", respondió Rosalyn con confianza.

Cuando Lillian llegó a la notaría, Waylon y Jaycob ya estaban de pie junto a Justine.

Lillian se acercó a ellos y dijo: "Siento haberlos hecho esperar".

Los dos la miraron sorprendidos, como si no la reconocieran de inmediato.

"¿Lillian?". Jaycob la observó de arriba abajo. Se veía más atractiva que antes, pero cuando se dio cuenta de que llevaba un vestido blanco igual que Justine, soltó una carcajada burlona, pues supuso que intentaba imitarla para ganarse su simpatía y evitar la separación.

Waylon pareció llegar a la misma conclusión y, con desdén, dijo: "No hace falta que imites a Justine. Lo que nos importa no es solo su aspecto, sino su amabilidad. No pierdas el tiempo haciendo algo inútil".

Justine sonrió con suavidad, adoptando una actitud frágil y apologética mientras le decía a ella: "Lillian, de verdad que no quería arruinar tus vínculos ni quitarte a tus compañeros. Por favor, no me odies, ¿sí?".

Justine estaba convencida de que su hermana estaba desesperada por esos hombres. Verla vestida como ella hoy solo reforzaba su creencia de que había venido a suplicar una reconciliación.

Sin embargo...

Capítulo 3

"Claro".

Lillian asintió. Apenas miró a su hermana antes de dirigirse directamente al mostrador de registro.

Sin perder tiempo en formalidades, pidió al empleado que sellara los documentos de inmediato.

El trabajador procesó los papeles y le entregó tres certificados de separación. "Ya está registrada como mujer soltera", dijo con una sonrisa cortés. "Yggdrasil le asignará nuevos compañeros pronto. Mañana podrá consultar los resultados en su correo".

Lillian asintió, se dio la vuelta y, con un movimiento rápido, les lanzó los certificados a Waylon y Jaycob. "Listo. A partir de ahora, ustedes dos son la pareja destinada de Justine".

Su hermana se quedó rígida por un momento, con la sorpresa reflejada en su rostro. "Lillian, ¿de verdad rompiste los vínculos con ellos? ¿Así de fácil? ¿Ya no los amas?".

La aludida soltó una carcajada fría mientras negaba con la cabeza. "¿Amor? Nunca hubo amor entre nosotros, solo era una obligación. Y yo no te detendré para que te quedes con mi basura".

Waylon se enfureció al escuchar eso y estalló: "¡Lillian, cuida tus palabras! ¿Crees que puedes hablar así de nosotros? Nos negamos a servirte por Justine. Es a ella a quien amamos de verdad".

Lillian ni siquiera se molestó en responder, pues no valía la pena discutir con ellos.

Entonces se marchó y se dirigió a casa antes de que el cielo se oscureciera.

Más temprano, Rosalyn le había enviado un mensaje. Le había dicho que le había puesto una inyección a Samuel que lo mantenía con vida, pero que su condición no había mejorado. Estaba perdiendo la razón y necesitaba un supresor o un hembra que lo calmara lo antes posible.

En cuanto Lillian llegó a casa, encontró a Samuel en la habitación de invitados. Estaba arrodillado en la alfombra, con el cuerpo encorvado por el dolor, luchando contra oleadas de dolor. Soltaba quejidos tensos mientras una de sus manos, ya convertida en garra, buscaba clavarse en su propia carne.

Lillian endureció el gesto, se lanzó hacia adelante y lo sujetó de la muñeca para detenerlo.

Al verla, Samuel se quedó quieto un segundo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares y su voz salió áspera cuando dijo: "No deberías acercarte a mí. Podría perder el control y hacerte daño".

"No voy a dejarte así". Lillian le sujetó la cabeza con cuidado y dejó que su poder espiritual fluyera hacia él para intentar frenar su agonía.

Sin embargo, Samuel no se relajó. El dolor lo atravesaba sin descanso, como si le estuvieran separando los huesos para luego volver a aplastarlos. Algo invisible parecía presionar a lo largo de su columna vertebral, rompiéndola poco a poco. La agonía lo arrastraba cada segundo más cerca del abismo.

"Gracias por ayudarme". Samuel notó que el poder de ella no era suficiente para calmarlo. Apretó los dientes y la apartó con suavidad. "Me enfrentaré solo a mi destrucción".

Lillian se mostró ansiosa. Las normas hacían imposible utilizar supresores en alguien con antecedentes penales. Sin una hembra dispuesta a calmarlo, no había forma de sacarlo de esa situación.

Ya había intentado calmarlo con el tacto, pero no bastó. Solo quedaba una opción: el apareamiento.

Normalmente, estaba reservado a la pareja destinada de un hembra.

Nunca había hecho algo parecido. Ni en su vida anterior ni en la actual se había entregado a nadie.

Sin embargo, al ver a Samuel retorcerse delante de ella, Lillian dudó solo un instante antes de decidirse. Se inclinó, le sujetó la cabeza entre las manos y presionó sus labios contra los de él con firmeza.

La sorpresa brilló en los ojos de Samuel en el momento en que sus labios se encontraron. Algo en su interior cambió de una forma que no podía explicar. Nunca había sentido nada parecido.

Por primera vez, experimentó lo que era ser calmado por una hembra.

La tensión de su cuerpo se disipó de repente. Sus músculos se relajaron y el agudo dolor que le desgarraba los huesos se desvaneció, como si una fuerza invisible se lo hubiera llevado.

Un temblor lo recorrió mientras el alivio lo invadía. Impulsado por el instinto, sus brazos se movieron por sí solos. Rodeó la cintura de Lillian y la acercó, abrazándola con fuerza contra él. La necesidad de su consuelo se apoderó de él y profundizó el beso instintivamente.

Lillian, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio y terminó sentada en su regazo. Samuel entrelazó su lengua con la de ella, lamiéndola y succionándola sin cesar; de vez en cuando la rozaba con sus dientes afilados, haciéndola estremecer.

Una extraña sensación se extendió por su cuerpo, dejando su mente en un estado de confusión. No solo notó un cambio físico, sino que también sintió algo inusual en su espíritu.

Su poder espiritual, antes agotado, se hinchó de repente como una esponja absorbiendo agua, atrayendo todo lo que brotaba de él. La energía salvaje que lo rodeaba fluyó hacia ella, y la convirtió en su poder espiritual, usándolo para calmarlo.

El tiempo pasó sin que lo notara. Cuando el beso terminó por fin, su poder espiritual se había agotado por completo. Su cuerpo cedió y se desplomó contra Samuel, perdiendo el conocimiento por el agotamiento.

Para Samuel, el tormento no había desaparecido del todo, pero la tormenta en su interior se calmó lo suficiente como para que pudiera volver a pensar con claridad.

Con cuidado, cargó a Lillian y la tumbó en la cama. Se quedó contemplándola, antes de optar por no tumbarse a su lado. En lugar de eso, se sentó en el suelo y se quedó allí, observándola en silencio. Sus ojos reflejaban emociones complejas.

No entendía por qué alguien como ella se esforzaría tanto solo para salvarlo.

Ni podía comprender qué había hecho él para merecer su ayuda.

Para él, ella era perfecta.

Cuando Lillian finalmente despertó, ya había pasado un día y una noche enteros. Sintió calor a su alrededor y notó que aún le sujetaban la mano con firmeza.

Al girar ligeramente la cabeza, vio a Samuel tumbado en el frío suelo junto a la cama, profundamente dormido.

Él notó el pequeño movimiento y se agitó casi al instante, incorporándose y clavando sus ojos azules en ella.

Había algo intenso en su mirada. No le quitaba los ojos de encima y, con sus rasgos rudos pero llamativos, hizo que el corazón de la joven latiera con fuerza.

Lillian hizo una pausa antes de extender la mano. Sus dedos rozaron su pelo desordenado y luego le tocaron la oreja. "Samuel, ¿por qué dormiste en el suelo?", preguntó en voz baja.

El aludido soltó un sonido grave al contacto. Siendo un hombre lobo, sus orejas y su cola eran muy sensibles. "Estoy acostumbrado. Y... gracias por salvarme y dejar que me quede aquí".

Esa respuesta no era cierta. No se había acostumbrado a dormir en el suelo. Pero había visto a demasiados como él ser llevados por hembras que los trataban como un capricho pasajero. Se iban con ellas sonriendo, solo para volver más tarde con el cuerpo cubierto de heridas.

Algunos de esas hembras, respaldados por su estatus, no dudaban en cruzar la línea y tratar a sus esclavos como meras herramientas para sus propios deseos.

Después de ver suficiente de eso, Samuel había llegado a una conclusión: si quería sobrevivir, tenía que soportar lo que se le presentara y ser obediente.

Pero Lillian lo interrumpió: "No digas cosas así. Deberías dormir en la cama".

Lillian apartó las sábanas y se levantó de la cama, y lo ayudó a ponerse de pie. Solo entonces se dio cuenta de lo alto que era. De pie junto a él, apenas le llegaba al pecho, lo que la obligó a inclinar la cabeza hacia arriba para mirarlo a los ojos.

Un rastro de timidez apareció en su rostro antes de volver a hablar. "Después de lo que pasó anoche... ¿ahora te sientes mejor?".

Samuel se quedó atónito por un instante antes de responder: "Sí. Me ayudaste a superar el celo sin problemas".

El recuerdo de aquel beso persistía en su mente, y su mirada se desvió hacia los labios de ella sin que se diera cuenta. Tragó saliva instintivamente.

Se dio cuenta de que los rumores en el Planeta Errante eran ciertos. Una vez que un macho experimentaba un alivio profundo por parte de una hembra, la sensación lo marcaba para siempre, atrayéndolo hacia ella una y otra vez. Ya sentía esa atracción.

"Espera... ¿de verdad lo superaste gracias a mí?". La emoción se reflejó en el rostro de Lillian. "¿Así que lo que hice funcionó?".

Cuando Samuel lo confirmó, todo cobró sentido para ella. La forma en que funcionaba su poder espiritual no era la misma que la de las demás.

Los núcleos de bestia nunca mejoraron su poder espiritual, por muchos que hubiera utilizado. Todos esos años luchando contra bestias aberrantes no habían cambiado nada. Ahora, por fin entendía por qué. Su poder espiritual no crecía de esa manera.

Y lo que ocurrió anoche fue más allá del simple contacto. Fue una conexión más profunda que le permitió atraer mucha más energía que antes, potenciando su poder espiritual.

Instintivamente, Lillian abrazó al hombre, incapaz de ocultar su alegría. "¡Gracias, Samuel!".

El repentino abrazo lo tomó por sorpresa. Un leve rubor cubrió su rostro y no supo cómo reaccionar. Todos sus instintos le decían que desconfiara de ella, pero no pudo hacerlo.

Se obligó a apartarse, aclarando sus pensamientos antes de hablar. "No deberías tratarme tan bien. No merezco tu amabilidad. Tengo antecedentes penales y estoy marcado como esclavo del Planeta Errante. Si la gente se entera de lo que hiciste por mí, se reirán de ti".

"No", respondió Lillian, tomándole la mano, con una sonrisa inquebrantable. "Traerte a casa fue la mejor decisión que he tomado. ¡Eres mi amuleto de la suerte!".

Lo miró y agregó: "Quédate conmigo, Samuel. Quizá seas el único que lo haga".

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