Capítulo 2

Ese tipo de mujeres son peligrosas,

Esas que tienen claras sus metas y van por ellas,

Esas que no le temen al amor, porque saben que fácilmente no serán conquistadas,

Esas mujeres que llevan el infierno en la boca.

León y Alondra se habían perdido hace rato en el baño y ella sabía que precisamente hablar no iban, así que terminó por acomodarse su ropa y caminar hacia la pista de baile, Baptisto estaba en la barra con la ex, hablando como si la mujer tuviera las respuestas de todo. Era un tipo guapo, un tipo inteligente que seguía atado a una mujer que no lo valoraba, ¿pero qué opinaba ella de eso? Era la menos indicada, pero es que el tipo serio le gustaba, le calentaba.

Sostuvo la cerveza con fuerza y movió sus caderas con lentitud mientras sus ojos iban en dirección al hermano serio, al amargado que tenía un cigarrillo entre los delgados dedos, el cabello rizado más corto de lo normal y aquel hoyuelo que tanto le gustaba. Esa noche parecía estar feliz por mostrar su cuerpo, la ancha espalda y el abdomen plano. No era grande ni musculoso como su hermano mayor, pero ese hombre tenía algo que enloquecía a cualquiera, pero lástima que no supiera dejar el pasado atrás.

Cuando vio a la mujer acercarse, besarlo y éste envolver sus manos en la estrecha cintura, se giró, rodando los ojos y cansada de los hombres. Bailó hasta que los pies dolieron, hasta que los hombres a su alrededor dejaron de parecerles atractivos, hasta que Alondra le dijo que debían irse, que ya era tarde. Se excusó yendo hacia la barra, pidió otra cerveza, el tipo se inclinó más de la cuenta diciéndole que le encantaba el pequeño tatuaje que tenía entre sus pechos, ella sonrió negando divertida.

Caminó hacia el baño, dando el último sorbo cuando fue empujada a la pared, resopló cuando el olor tan particular la golpeó, sintió su cuerpo duro en su espalda y luego su voz, esa maldita voz ronca.

—Por fin la pelirroja se deja ver.

—Los ciegos no tiene el placer de ver las estrellas —bromeó, tratando de alejarse, pero eso solo hizo que el hombre se aferrara más a su cuerpo. Apretó los labios cuando él empujó su pelvis y deslizó sus manos por sus piernas desnudas, sintió su mano más pesada y caliente de lo normal. Se preguntó si la cerveza ya empezaba afectarle o tal vez era el calor.

—No es importante, nadie lo es cuando tú estás cerca —señaló pasando su lengua por el cuello de la joven, ella jadeó cuando terminó por lamer el tatuaje que tenía ahí, Baptisto sonrió y la hizo girar. Sonrió de aquella manera en la que su hoyuelo se marcó aún más, los ojos cargados de deseos y no pudo más, ahora fue ella quien rompió sus reglas, se lanzó a esa boca que sabía a perdición.

El italiano aferró sus manos en el cuerpo de la joven, las deslizó con lentitud por sus piernas y luego las subió a su trasero, levantándola con fuerza. Alejó sus labios y luego miró sus labios finitos de un tono rosa, no pintados, nunca pintados. Los vio hinchados y terminó sacando su lengua para dibujarlos, como todo un artista.

Caro cerró los ojos con fuerza sintiendo su cuerpo vibrar, sintiéndose húmeda y ahora ya no podía echarle la culpa al calor, al contrario. Baptisto la soltó y tomó su mano guiándola afuera de ahí, deteniéndose en las escaleras, se miraron fijamente, ambos con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando. Se acercó con lentitud, estiró sus dedos pasándolos por los pequeños pechos, sonrió cuando vio el tatuaje. Ella estaba llenos de ellos, era una mujer caliente, una mujer que podría destruirlo.

—Dime que tienes las latinas, no puedo evitar caer en tu trama —se acercó como un león tras su presa y la joven retrocedió con los ojos chispeantes.

Caro no contestó y él ya no habló, sus labios bajaron hasta su cuello y la deslizó con cuidado en las escaleras, acarició sus piernas y levantó la falda con cuidado viendo la ropa interior de encaje roja, lanzó una carcajada y más cuando vio la pequeña runa oculta entre el elástico de la tanga.

Retiró la prenda con cuidado y ella entre abrió las piernas, tenía los ojos cerrados, la piel sudorosa y su pecho seguía un ritmo que solo lo hacía apreciar más las pequeñas montañas. Se colocó en medio, pasó su nariz por sus piernas blancas, sintiendo la textura de la tinta en su piel, la miró en todo momento, no se perdió como apretaba los labios, como su piel enrojecía.

Pasó su nariz por su sexo, un simple roce para inhalar su aroma y ella se arqueó. Olía delicioso, así que no lo pensó, mucho menos cuando su miembro empezaba a doler entre sus pantalones. Pasó sus dedos por la hendidura, cubriéndolos por completo por su húmeda, le regaló una sonrisa come mierda y Caro enterró sus dedos en el cabello del italiano.

La joven estaba a punto de convulsionar, los toques de Baptisto la estaban haciendo caer pero necesitaba más, y esa noche no estaba para juegos previos, al contrario. Cuando iba a protestar, cuando iba a bajarse la falda y salir de ahí, Baptisto enterró su rostro en su pecho y le dio una probada. Abrió la boca y blanqueó sus dedos ante las siguientes lamidas, una tras otra, que hizo que la joven subiera sus piernas a los hombros de italiano. Se sostuvo de los tubos de la escalera, tratando de aferrarse a algo cuando el hombre estaba ahí, lamiéndolo y soltando palabras obscenas.

Su sexo quemaba, la forma en la que él mordía sus labios y tiraba de ellos la enloquecía, sus pechos empezaron a pesar más de la cuenta, así que terminó llevándose las manos a ellos, apretándolos con fuerza, mimándolos mientras Baptisto succionaba su parte más intimida.

Él pasó sus manos por su trasero, atrayéndola a su boca, soplando causando miles de descargas en el cuerpo delgado de la joven, aún seguía sorprendiendo lo blanca que era, lo hermosa que era. Sus ojos se oscurecieron cuando la muchacha empujó sus caderas de una forma rítmica, pidiéndole más, así que terminó enterrando su lengua en su sexo, embistiéndola con ella y succionando sus jugos, lamiéndolos porque el sabor de Caro ya estaba en su boca, y quería más, lo necesitaba antes de la que joven saliera huyendo.

Aferró sus manos con fuerza a su trasero, succionando, tirando y mordiendo, la escuchó quejarse más alto, diciéndole que se venía, y él no la soltó. Al contrario, se aferró aún más y terminó explotando en miles de pedazos, y Baptisto se quedó ahí, con los ojos cargados de deseo, la boca húmeda por el orgasmo de ella y el cabello apuntando a varias direcciones. Lamió alrededor, sintiendo el cuerpo de Caro dar respingos, cuando estuvo saciado, se alejó ayudándola a ponerse de pie, quiso colocarle la ropa interior pero ella no se lo permitió; lo alejó.

Caro lamió sus labios por la liberación de su cuerpo, por sentir aun palpitaciones en todo su cuerpo y ardor, ella se colocó la ropa interior, arregló su falda y sacó toallitas húmedas de su cartera. Arregló su cabello, sonrió porque ahora tenía la cara de aquellas que habían sido muy bien comidas.

—Tienes una rica boquita, ¿con esa misma te harás valer y ponerle un pare a tu ex? —Baptisto pestañó y luego sonrió, relamió sus labios acercándose, pero Caro ya no lo permitió—. Gracias por eso, en estos días te devuelvo el favor.

Y se alejó de ahí, moviendo las caderas y nunca giró. Cuando salió, León le dijo que Caro se quedaba en su casa, que era muy tarde, y aunque imploró quedarse, su hermano no lo permitió.

Caro sonrió cuando Alondra emitió un gritó en la habitación de invitados, la joven había salido de bañarse y había visto los pequeños moretones en su piernas, también los dedos marcados de Baptisto. Aun podía recordar su boca ahí abajo, las maravillas que hacía.

—Vete ya, quiero dormir.

—Mi cuñado te hizo un oral, lo dejaste ahí y ahora no me dices nada.

— ¡Come on! —Caro apretó la bata y sonrió—. Tiene una rica lengua pero arrastra con el pasado.

— ¡Qué asco! ¡Qué asco! —la chica se quejó poniéndose de pie de inmediato, Caro sonrió divertida—. ¿Quién hace mejor oral? ¿Nicolás o Baptisto?

—Una segunda vuelta me daría una respuesta clara.

— ¡Eres el diablo!

—Tú lo eres, pero ahora en la cama con el vikingo —bromeó viéndola partir. Ella se tiró a la cama recordando la boca del amargado, sonrió y sacó el celular entrando a redes sociales, viendo de inmediato el nuevo trabajo de Renzo, un lobo en un brazo, el tipo tenía talento.

Tecleó con rapidez, preguntándole por el precio de las lunas en la espalda, a los minutos le respondió, pero no esperaba que en audio. Por alguna razón estaba nerviosa, aun podía recordar aquellos ojos oscuros serios, demasiado incluso más que los de Baptisto. Se acomodó en la cama y reprodujo el audio, escuchando el rock pesado de fondo, y luego su voz, cargada, ronca.

—Hola, Caro —se quedó por cortos segundos en silencio y añadió—. Puedes pasarte mañana por el local, pero debes saber que aquellas lunas serían en dos sesiones. ¿Eres lo suficiente fuerte para eso?

Al final de aquella oración pudo escuchar la burla en el serio tatuador, sonrió tecleando y a los minutos volvió a responder.

—Tienes una cita, Caro. A las doce vienes y vemos si aún eres lo suficiente valiente.

Nada más, ni chau, y cuando ella se despidió; él la dejó en visto. Estuvo en redes sociales, y luego vio la publicación de él, en un bar con una copa de lo que parecía whisky y luego su mano tatuada.

Capítulo 3

A veces es menos peligroso cruzártelo por la esquina,

Es menos peligroso que soñarlo,

Que desear pasar tus manos por su cuerpo y ver su reacción.

La revista A todo color le había dado la oportunidad a ser libre, a poder capturar la belleza del mundo entero sin que nada la detuviera, había luchado mucho por esa oportunidad, y desde hace un año, su vida se había acomodado de una manera que solo la hacía sonreír. Su familia estaba feliz de sus logros e incluso cuando pensaban que sería de las primeras en salir embarazada o le tenían poca fe, pero desde el momento que decidió dejar Perú, supo que era la mejor decisión que había tomado, aunque eso iba acompañado con el dolor de dejar sus raíces.

Cada mes la revista lanzaba algo especial, y el año pasado se había encargado de una de las sesiones, ahora estaba participando para tomar el mes de septiembre, y aunque no sabía que mostraría, el lanzarse a esa aventura era lo que más le complacía. Tenía cámara en mano y su pasaporte vigente para viajar y que ese mes fuera suyo, que su nombre este ahí, mostrándole al mundo lo buena que era.

Capturó la última foto y sonrió al ver a la modelo rodar los ojos, habían estado ahí por horas, pero valía la pena, debía saberlo.

—Ven a verlas, Kendra —conectó su cámara a la laptop, la modelo pomposa con ojos de gato se acercó, Caro empezó a pasar cada foto y sonrió cuando la mujer lanzó un chillido diciendo que las fotos estaban espectaculares.

A las dos de la tarde dejó el estudio con una sonrisa, dejó caer los lentes oscuros en el puente de su nariz y se subió a la moto, dejó que la voz de Danna Paola sonara en los pequeños auriculares, manejó hasta su casa pero se desvió hacia el salón de él, ahí donde se tatuaría.

Bajó y se arregló el cabello, dejó unas mechas sueltas, tomó el casco y avanzó hacia el estudio, lo vio en la computadora, serio y moviendo los labios como si estuviera hablando solo, luego se fijó que escondido en una esquina estaba el antiguo gusto de su mejor amiga con otro tipo.

Renzo no era atractivo como lo era Nicolás o Baptisto, de hecho no era ni siquiera tan alto, unos centímetros más que Caro. Pero algo tenía que le empezaba a gustar o mejor dicho, él no le disgustaba.

Él elevó la mirada y ella quedó atrapada entre aquellos ojos oscuros, alzó las comisuras de sus labios pero no sonrió, así que ella avanzó y Renzo se puso de pie. La playera sin mangas le quedaba espectacular, podía ver los tatuajes que cubrían desde sus hombros hasta sus manos, los tatuajes en sus piernas y uno en la espalda que le daba curiosidad. Su cabello estaba rapado de a los costados y en el centro escaso cabello, una perforación en la nariz que le quedaba muy bien.

El tipo con apariencia de malo, pero estaba segura que él lo era.

—Hola, ayer te escribí —aclaró su voz y se acercó lo suficiente para inhalar su aroma, para ver tres cicatrices en su brazo derecho, como si lo hubieran cortado. Olía bien, se veía bien—. Quiero tatuarme estás lunas.

Sacó el celular y Renzo se acercó aún más, ella apretó los labios sintiéndose incomoda, pequeña y no lo entendió.

—Ah, la valiente —dijo sin dejar de ver las lunas—. Creo que tres sesiones está bien, media hora una inyección para que el dolor no te mate y empezamos.

— ¿Y por qué no en dos sesiones? —Renzo miró hacia el tipo que estaba recostado escribiendo en la laptop, el tipo que parecía más un secretario ahí.

— ¿Segura? —se giró y ella no estaba lista para ver sus ojos oscuros mirarla, Caro sin saber porque, miró sus labios rojos oscuros, llenos y la barba espesa. Resopló sintiéndose más inquieta, dio un paso hacia atrás, cohibida y él parecía notarlo, porque sonrió.

—Si no lo estuviera, no te lo estuviera diciendo —volvió a sonreí de manera burlona, Caro fijó su mirada en el celular cuando el nombre de Baptisto iluminó. Se alejó contestando la llamada, pero sintiendo los ojos del tatuador en su espalda, recorriéndola e incluso besando cada parte de ella.

¿Qué diablos sucedía con ella? No era su tipo, no lo era.

— ¿Dónde estás? Hay una cena en la pizzería, estaba pensando en perdernos después de eso —lo escuchó reír, no a Baptisto, sino a Renzo y se giró viéndolo. Había puesto Rock pesado, el volumen era moderado, pero ahora conocía un gusto más de aquel tipo que no le disgustaba.

Renzo le devolvió la mirada, pero no vio nada, solo oscuridad.

—Ahí estaré.

Cortó y Renzo alzó una ceja esperando que ella hablara.

—Podemos empezar cuando tú lo digas, Renzo.

Después de media hora, de revisar todas las redes sociales y verlo trabajar desde su asiento, estaba inquieta. Nunca la miró, de hecho la joven que no pasaba los veinte años le sonreía, y hablaba, pero Renzo solo respondía monosílabos. Estaba tan atento a terminar el trabajo, que al finalizar, se puso de pie, acercándose demasiado a la mocosa y viendo que faltaba.

Siseo bajito, y él por fin la miró, fueron segundos pero solo eso bastó para que ella se cohibiera más.

Cuando llegó la hora de que empezara, agradeció de no llevar sujetador, dejó su cartera en el sillón junto con el casco, se desabrochó la camisa y lo vio acomodar las cosas en la mesa de cristal, la ignoró, incluso cuando ella estaba desnudándose.

Caro se quitó la camisa y cubrió sus pechos, avanzó y rápidamente le lanzó una mirada, pero no había morbo. Le dijo como sentarse, y luego quedó recostada, sintiendo la frialdad del líquido en su piel y luego su mano, rozando, tan suave que dio un respingo.

—Tranquila, no dolerá.

Otra vez fue irónico. Mordió el labio con fuerza cuando volvió a tocar su piel, aunque fuera con guantes, negó como una idiota, todo lo estaba imaginando.

Se fijó en la botella de whisky y la copa a su lado, supo que era su bebida favorita, no era la primera vez que la veía. Volvió a cerrar los ojos cuando sintió la aguja en su piel, gimió y escuchó su ronca voz, eso la tranquilizaba, tatuarse lo hacía, pero esta vez era una mezcla entre la sensación de la aguja y los toques de Renzo.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí, incluso llegó un punto donde ya sintió dolor, deseó que acabara cuando Renzo dio una suave caricia diciendo que por hoy ya había terminado, se replantó si lo mejor sería dos sesiones más.

—Por hoy es suficiente, ahora solo debes aplicarte la crema y cuidarlo —explicó alejando sus manos de la espalda de la joven—. ¿Tienes quién te aplique la crema?

—Me las ingeniare muy bien —le contestó poniéndose de pie, sostuvo la camiseta en sus pechos y él no la dejó de mirar, Renzo observó algunos tatuajes en su piel, en aquella de porcelana.

—Entonces en dos semanas nos vemos, Caro.

—Cuenta con ello.

—Diego te hará la factura y algunas recomendaciones, puedes cambiarte sin problemas —se quitó los guantes y todo echó a la basura, se colocó el gorro y tomó la chaqueta de cuero del mueble y salió. Se quedó ahí, viéndolo hablar con Diego, lo vio colocarse los lentes con lentitud, sacar un cigarrillo y colocarlo en su boca, para después salir de ahí sin mirarla.

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