Llegó a su habitación, empezó a golpear la puerta, gritaba su nombre con mucha rabia, sin encontrar ninguna respuesta.
- ¡¡Carlos!!, ¡¡ábreme ahora mismo!!. ¿Qué pasa?, ¿me tienes miedo?.
Marlene iba pasando por el lugar junto a Emilio, un soldado del castillo que venía a recoger a Juana.
Marlene la vio en aquella terrible condición, Ana tenía la cara ensangrentada y su ropaje se encontraba en un terrible estado. Pero lo que más llamó su atención fue que estaba a los gritos como una loca al favorito de Juana. Se acercó desesperada hacia ella, junto a aquel soldado, se arrojó a los brazos de la única persona con la que se sentía protegida.
- ¡Lo arruiné!… Mejor dicho, ¡Carlos lo hizo!. Dijo ella muy enojada.
Les contó todo lo que había sucedido, luego; las condiciones del vestido, que con mucho esfuerzo había bordado.
Marlene enfureció al escuchar aquel hecho y sabía que las cosas se pondrían muy tensas si para cuando salga de la ducha no encuentra ese vestido. El mismísimo infierno se desataría.
El soldado que parecía muy ajeno a la situación se compadeció de aquella hermosa joven.
- ¡Es solo un vestido!…
- ¡No!, ¡es mí destierro!. ¡Y también el tormento de todos lo que están aquí para servirle!. Comentó aquella joven muy apenada.
- En el castillo existe el guardarropas más grande y prestigioso. Ya he visto este modelo junto a ese mismo bordado. Puedo llevarte, aún tenemos dos horas.
- ¿Harías eso por mí?. Dijo ella mientras sus ojos se iluminaban a pesar de las lágrimas.
- ¡No lo hago por ti!, sino por ella... Dijo y le regaló una sonrisa.
- Ella es mi querida madre y como sé que le importas, no puedo ser indiferente.
Se subió al carruaje permitiéndose ingresar por primera vez al castillo. Quedó deslumbrada ante la majestuosa vista, habían muchas personas yendo y viniendo, preparando todo para recibir a los invitados.
El soldado la guió, mostrando el camino hacia el guardarropas.
- ¡Cualquier cosa que te vean, diles que eres una criada recién llegada!.
Ana caminó rápido y se dirigió hacia el guardarropas. Cuando ingresó se quedó paralizada ante aquella vista, era el sueño de toda mujer. Ella apenas vestía un atuendo de servidumbre muy harapiento, además de que olía a vino.
Su asombro no le permitió ver qué alguien más la acompañaba.
- ¡Ni se te ocurra a tocar un vestido con esas manos sucias!. Reclamó una voz.
Ella se quedó inmóvil, no estaba segura de contestar. Pero pensó algo rápido para no generar sospecha.
- ¡Soy la criada!… He venido porque me mandaron a buscar... bueno, usted ya se lo imagina.
- ¿Acaso te envió nuestra señora Carlota?.
Ana tenía mucho miedo, no sabía que contestar. Carlota era una de las concubinas del rey.
Ella solo asintió.
- ¡Bueno vé!, llévale este regalito, de parte de Julio. Tomó aquello que el hombre le había dado.
- ¡Bueno, vete ya!…
- ¿Pero el vestido?.
- ¿Qué vestido?. Preguntó él, mientras la miraba... Impotente.
Ella se quedó callada, estaba tan nerviosa, que habían quedado sin palabras.
- ¡Dime cuál mujer!, que no tengo todo el día.
- ¡Uno blanco con bordado de flores doradas en las puntas y en el corset!. ¿Será que encontraremos eso aquí?.
- ¡Obvio que sí querida!, ve con eso, luego regresa y te lo prepararé.
Ana salió de aquel lugar.
No tenía ni idea de dónde encontrar a Carlota. Se acercó al soldado, quién lo esperaba ansioso ante la idea de ser descubierto.
Le contó lo sucedido, luego se dirigió a la habitación de Carlota, pero tuvo mucha curiosidad por aquella encomienda.
Abrió con cuidado y vio que era un pequeño frasco de color verde, rotulado con las palabras tóxico y venenoso. Eso la alarmó, pero no quiso pensar de mal modo, además no era su asunto.
Golpeó la puerta de la habitación y después de unos minutos, una criada la recibió.
Le dijo que venía de parte de Julio para enviarle un regalito, y extendió su brazo para entregar el paquete.
Una hermosa mujer se encontraba sentada en un bello sillón de terciopelo, quién imaginó sería la concubina del rey, era Carlota junto a una criada que masajeaba sus hombros.
Después de entregar la encomienda, aquella bella mujer ordenó que se le entregase unas monedas de oro.
Muy sorprendida Ana las tomó, hizo una reverencia antes de marcharse. Se quedó al costado de la puerta mientras guardaba sus monedas.
Escuchó la voz de Carlota.
- No confío en la muchacha, ¡hazla desaparecer!. Dijo.
La puerta se abrió, ella inmediatamente salió corriendo a toda prisa. La criada de Carlota la perseguía con lo que Ana alcanzó a percibir como una especie de daga escondida entre su mano y ropaje, ella estaba realmente muy aterrada.
Vio una puerta, abrió sin pena, perdiéndose de la vista de su asesina.
En la persecución se le había dañado terriblemente un zapato, asique decidió quitárselo para no hacer ruido, quedándose descalza.
Entreabrió la puerta para asegurarse de que nadie la estuviese esperando afuera. Pero había olvidado un detalle muy importante, no se había percatado del lugar en donde estaba.
Quedó inmóvil al sentir la presencia de alguien más en aquella habitación. Cerró fuerte sus ojos para consolarse y prepararse para las consecuencias.
Había un bello hombre sentado en una mesa observándola, con cara de "asco" de arriba a abajo. Ella empezó a temblar de miedo; ese era su fin, pensaba.
- ¡Qué diablos hace aquí!. Dijo aquel hombre con desprecio.
- ¡¡Discúlpeme señor!!… Dijo ella, mientras hacía una reverencia para luego encarar la puerta.
- ¡No ha respondido mí pregunta!.
- ¡Me equivoque de cuarto!, soy una nueva criada de la señora Carlota.
- ¿Qué has hecho?. Vi que te escondes de alguien.
- ¡No encontré el vestido que me pidió!. Mintió Ana.
- ¿Puedo irme señor?. Suplicó ella.
Él se puso de pie para acercarse a ella. La veía en un estado terrible, golpeada, con olor a vino y con sus zapatos rotos.
- ¡No quiero a nadie en éstas condiciones en mí castillo!.
- ¡No quiero volver a ver tu rostro por aquí!. ¿No se ve al espejo usted?.
- ¡Al menos hágale el favor al mundo y báñese!.
Las palabras del príncipe se clavaron en su corazón. Las lágrimas cubrían sus bellos ojos verdes.
Él tomó una manta.
- ¡¡Cúbrete con esto mujer!!, que nadie te vea en esas condiciones.
- Luego hablaré con Carlota sobre esto. ¡La próxima vez conoces cuál será tu castigo!. Dijo el príncipe en un tono amenazante.
Ella tomo la manta para cubrirse, sus lágrimas rodaban por sus mejillas a causa de las duras palabras del príncipe.
Corrió con mucha prisa hacia el guardarropas, mirando en ambas direcciones para que su asesina no apareciese.
El príncipe Leonardo había salido detrás de ella, sospechaba que algo no estaba bien. Le molestó que haya procedido a ingresar a su habitación de tal manera.
Era evidente que alguien la estaba persiguiendo.
Se quedó parado observándola, mientras miraba todo el movimiento a su alrededor.
Ana salió con un vestido en dirección a un soldado que se encontraba esperándola en la entrada. En ese momento se percató que aquella joven le había mentido, no era una sirviente de Carlota, ni tampoco del castillo. Era por ese motivo que había ingresado a su habitación de esa manera.
Uno de los sirvientes interrumpe sus pensamientos.
- ¡Príncipe!, ya está listo su baño y también su vestuario.
Él lo miró algo extrañado al hombre y le pidió que lo acompañe. Seguramente conocía a todas las personas que tenía a cargo la señorita Carlota.
Ana subió al carro junto al soldado y arrancaron a toda velocidad para la mansión. Se había demorado hora y media, cruzaba los dedos suplicando que Juana aún no haya salido de su baño.
Cuando llegó, Marlene estaba en la puerta esperándolos, se notaba en su rostro preocupación. Ana corrió con el vestido hacia su habitación para poder dejarlo al pie de la cama. Cuando ingresó, Juana estaba saliendo envuelta en sus toallas. Ana no quería que la vea en ese terrible estado, asique dejó su vestido en el perchero, se dirigió a la puerta sin hacer ruidos. Pero algo llamó mucho su atención.
Hizo una pequeña pausa para poder verla, Juana estaba parada frente al espejo mientras que con sus manos pellizcaba su rostro. Tomó asiento para poder observar su apariencia y rompió en llanto. Era la primera vez que Ana la pudo ver de ese modo, tan frágil y tan humana.
Había algo muy adentro que la afligía cada día de su vida, su mal genio tenía un nombre, y era el del rey. Estaba casada con un hombre al que no amaba, su vida parecía de ensueño; ante los ojos de los demás, parecía de un carácter fuerte e inquebrantable. Pero ese día, no le importaba en absoluto que pudieran escucharla.
Ana salió de la habitación y vio a Marlene que estaba a las corridas dando directivas. El señor Octavio había regresado a casa algo borracho, pero muy feliz. Se dirigía hacia la habitación dónde se encontraba Juana.
Ana fue a la cocina para buscar algo que comer, tomó un pan duro que reposaba en la mesa y se dirigió hacia su habitación. Estaba muy agotada y, después de consumir ese pan con desesperación, decidió darse un baño.
Mientras refregaba su cuerpo, recordaba las palabras del príncipe. Al principio sintió algo de angustia pero luego sintió mucha rabia.
Ni siquiera conocía la situación para agregar ese tipo de comentario.
El ir al castillo había sido toda un osadía, recordaba cuando aquel hombre le dio el veneno a Carlota. Varias preguntas invadieron su mente, ¿Para qué o para quién lo usaría?. Estaba algo intranquila, si esa mujer llegaba a matar a alguien, ella sería su cómplice. Pero por el momento no podía pensar otra cosa que en dormir, mañana iba a ser un día bastante pesado con Octavio en la mansión.
Juana junto a Octavio marcharon hacía el castillo en donde los recibieron con un enorme festín, todos estaban muy alegres. El salón se colmó de grandes personalidades, el rey Federico estaba en la punta de la mesa, junto a su hijo el príncipe Leonardo.
Carlota había sido invitada por el rey y estaba sentada frente a Leonardo, quién tenía los ojos clavados en ella. No sabía si aquella mujer estaba tramando algo en contra de su padre, abundaban los traidores por todos lados, tenía razones para desconfiar y sobre todo de ella. Después de la muerte de la reina, el rey Federico no volvió a casarse a pesar de tener varias favoritas, Carlota era una de ellas y la que más tiempo a estado a su lado. Logró que Juana se marchase del castillo considerando que era de una familia noble, convenció al Rey de que contrajera casamiento con Octavio, un hombre muy rico y también uno de los principales consejero del Rey.
La velada estuvo lleno de entretenimiento, Carlota pudo presentir una mirada extraña por parte del príncipe.
El padre golpeó con un utensilio su copa de plata para hacer un anuncio muy importante. Todo el salón quedó en silencio para escuchar con atención.
- ¡Dentro de una semana, festejaremos el cumpleaños de nuestro príncipe Leonardo! y lo celebraremos en grande.
- ¡Tendremos grandes invitados!.
- ¡Quiero a la mujer más hermosa de todas!, ¡que sea presentada para ese día!…
- ¡Padre!… interrumpió el príncipe. Pero no pudo acallar la orden del rey.
El príncipe no estaba interesado en aquel evento. A la mayoría le importaba solo su posición y quién era. Era algo muy recurrente que las mujeres le jurasen su amor, pero no a él, sino al lujo y al poder. Ya había tenido una mala experiencia con Alicia, era muy bella y parecía humilde.
Pero a la larga todos demuestran sus verdaderas intenciones.
Después de aquel anuncio el príncipe saludó a su padre para luego marchar hacia su habitación. Estaba muy agotado de tantos halagos y elogios.
En la entrada de la habitación se encontraba uno de los sirvientes que lo estaba esperando ansioso.
- ¡Señor, ya tengo la información que me pidió!.
- ¡Bien!, pasa.
- Carlota tiene cinco sirvientes nada más.
- No hubo ningún nuevo ingreso, por lo menos no, desde que partieron a la guerra.
- ¡Necesito que la ubiques, quiero saber quién es; para quién trabaja, cómo ingresó al castillo!.
- ¡También!... Hay un soldado que la acompañaba esa noche, averigua y ven a verme.
Se escuchaba mucho barullo detrás de la puerta, el príncipe miró a su sirviente esperando alguna respuesta.
Abrieron la puerta para averiguar qué sucedía.
- ¡Una de las favoritas del rey está muy mal!, parece que ha sido envenenada.
Al escuchar aquello el príncipe sospechó sobre Carlota y su asociación con aquella sirvienta. Era la única que se interponía en su camino, tenía mucha lógica.
Los médicos la atendieron con tal urgencia, su estado era crítico. El príncipe quedó en su habitación esperando noticias.
Ese hecho generó un revuelo en todo el castillo, cualquier involucrado sería condenado a muerte.
El jefe y mano derecha del rey, Ariel, se encargó de la investigación.
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Por la mañana Juana se despertó muy animada debido a que su esposo no insistió en dormir con ella; Octavio, tenía “encima” varias copas demás que se había tomado. Por otro lado, ella tenía un plan, y con ese plan, esperaba poder vengarse de Carlota.
Fue en pijama hasta la habitación de Ana y aunque a Juana le costaba reconocer, ella sabía que Ana era de las chicas, la más bella. (Bueno eso con un poco de ayuda)… pensaba Juana.
Ana estaba despierta desde muy temprano haciendo los quehaceres. Las chicas estaban murmurando lo que había anunciado el rey y aunque había muchas pretendientes, Juana no se perdería la oportunidad de participar.
La puerta de Ana se abrió bruscamente provocando un gran susto, dirigió su mirada en aquella dirección y vio a Juana. No pudo interpretar la expresión de su rostro, Ana se acercó a ella para preguntar en que podía ayudarla.
- He notado que has sido muy eficiente con lo que te he pedido... ¡Y quiero recompensarte!. ¡Verás!...
- Necesito que te infiltres en el castillo por mí.
- ¿Crees que eres capaz, de conquistar al príncipe Leonardo?.
Ana tragó duro antes de contestar.
Para ella no era una recompensa, sino un suicidio. Sabía que Carlota la reconocería y también el príncipe Leonardo; él, la despreciaba de tal manera que no podía ni pensar en eso.
- ¿Anabel, me has escuchado?.
- ¡Pero, señora!…
- ¿Pero?. ¿Así es como me agradece?…
- No creo que yo le guste, hay jóvenes mucho más bellas.
- ¡Estoy de acuerdo contigo!, hay más bellas. Pero con un poco de mí ayuda podrás estar a la altura.
- Está bien señora, ¡lo haré!…
- ¡Alégrate!, muchos querrán estar en tu lugar.
- Por la tarde ven a verme.
Juana se marchó dejando a Ana con un nudo en la garganta, no sabía que hacer, quizás escapar sería mejor que ser enviada a una muerte segura.
Le daba terror el simple hecho de aparecerse e intentar conquistar al príncipe, no sería capaz de soportar una terrible humillación.