Capítulo 2

Christopher observó a su familia con solemnidad, ajustó sus lentes y tomó las hojas con manos firmes. Los presentes, tensos, contenían la respiración.

-¡Padre, dilo ya! -exigió Eloise, impaciente-. No nos hagas esperar más.

-Como bien saben -comenzó Christopher con calma-, mi testamento ha sido modificado. Hay una nueva cláusula.

Manuel hizo rechinar sus dientes y clavó una mirada arrogante en su abuelo.

-¿Para qué tanto drama? Todos saben que yo seré el heredero y el próximo CEO. ¿O acaso nos reuniste solo para confirmarlo?

Christopher negó con la cabeza y repartió copias del documento. Aunque todos recibirían una parte equitativa, la mayor fortuna quedaba sujeta a una condición inesperada.

-¡Esto es ridículo! -estalló Manuel-. ¿Por qué Maximiliano aparece aquí? ¡Él no es de la familia!

Maximiliano, indiferente, echó un vistazo al papel y suspiró.

-No quiero involucrarme, Christopher. Cede mi parte a Manuel y terminemos esto.

-El primero de ustedes dos que forme una familia legítima se convertirá en mi albacea -declaró Christopher con firmeza-. El médico me ha dado tres años de vida, y considero justo darles las mismas oportunidades.

Manuel destrozó el documento y lo arrojó al suelo.

-¡No competiré con nadie! ¡Madison y yo nos casamos en dos semanas!

-Manuel-interrumpió Christopher, levantándose-, Madison canceló la boda. Su madre falleció. ¿Pretendes hacerme creer que no lo sabías?

Eloise y Mérida intercambiaron miradas, mientras la madre de Manuel se ponía de pie, furiosa.

-¿Qué hiciste? -exigió saber.

Manuel se encogió de hombros.

-Me pilló con otra mujer. Pero volverá rogando, como siempre.

-¡Eres un idiota! -gritó Mérida, acercándose-. ¡Ahora Maximiliano podría quedarse con todo!

Maximiliano, aburrido, cruzó los brazos.

-Me retiro -anunció, pero Manuel lo detuvo con un puñetazo en el rostro.

-¡No te quedarás con nada! ¡Madison será mi esposa, y la herencia será mía!

Maximiliano se limpió el labio sangrante y sonrió con desdén.

-Guárdate tu dinero. Ni tú ni tu familia me interesan.

Christopher alzó la voz, imponiendo silencio.

-¡Basta! El matrimonio debe ser por amor, no por conveniencia. ¡Y yo me daré cuenta si es falso!

Maximiliano miró a su padre con intensidad antes de girarse hacia la salida.

-Cuídate -murmuró.

-¡Te arruinaré, maldito! -vociferó Manuel.

Con una mueca irónica, Maximiliano abandonó la mansión. Las amenazas de su sobrino le importaban poco, pero la curiosidad lo llevó a investigar a Madison.

En la limusina, ordenó a Sullivan cambiar de rumbo. Minutos después, llegó al cementerio, donde Madison, sola y vulnerable, velaba a su madre.

Rubia, menuda y con una belleza frágil, Madison levantó la vista al notar su presencia. Su amiga Megan no pudo ocultar su asombro.

-¿Quién es ese hombre? -susurró-. Parece salido de un sueño.

Madison, desconcertada, lo observó acercarse con pasos seguros.

-Buenas tardes, Madison -saludó él con voz grave-. Soy Maximiliano Ferrer. Vengo a proponerle un trato.

Ella palideció al reconocer el apellido.

-¿Qué clase de trato? -preguntó, sintiendo un escalofrío.

Maximiliano extendió su mano, mientras una pregunta ardía en la mente de Madison:

¿Quién es este hombre? ¿Y por que tiene el mismo apellido de Manuel?

Capítulo 3

Madison, desconcertada por las palabras del hombre, negó con un gesto y dirigió la mirada hacia el féretro de su madre, donde el dolor se anudaba en su garganta.

-No sé quién es usted -su voz tembló mientras una lágrima escapaba-, y hoy me importa menos. Estoy enterrando a mi madre. ¿Qué demonios hace aquí?

Maximiliano bajó la cabeza, fingiendo remordimiento.

-Lamento su dolor, pero lo que traigo... le interesaría.

Megan apretó el brazo de Madison, quien permanecía paralizada. El apellido del intruso resonaba como una herida abierta: Ferrer. El mismo de Manuel, su ex prometido. ¿Acaso lo enviaba él, tras destrozarle el corazón?

-Váyase -espetó Madison, volviéndose hacia el ataúd-. Esto es sagrado.

Maximiliano carraspeó, imponiendo su presencia.

-Le espero en la limusina. Un café, una propuesta... y créame, no podrá rechazarla.

-¿Quién se cree? -murmuró Madison, sintiendo el cementerio violado.

El hombre partió sin emoción. Frío, calculador, incapaz de retener a ninguna mujer más allá de una noche. Pero hoy no buscaba placer: era venganza. Manuel le había declarado la guerra, y él respondería con la pieza más dolorosa: su ex.

Horas después, el funeral terminó.

Megan y Madison avanzaban por el sendero cuando la limusina negra las interceptó.

-¡Dios mío! -chilló Megan-. ¡Sigue aquí!

-No es momento -gruñó Madison, pero Megan la detuvo con un susurro urgente:

-Mi padre me obliga a desalojarte. No tengo trabajo, tú tampoco...

Madison tragó saliva. Solo le quedaban los ahorros de su departamento, vendido porque Manuel la convenció de renunciar a todo... hasta que lo pilló en la cama con otra.

-Iré a un hotel -murmuró, pero al pasar junto a la limusina, la ventana se abrió.

-Suban. Las llevo -ordenó Maximiliano.

Megan aceptó antes de que Madison pudiera negarse. El interior, opulento, olía a cuero y whisky. Maximiliano sirvió una copa.

-Lo siento, Madison -mintió, brindando-. ¿Un trago?

Megan aceptó; Madison rechazó con un gesto seco.

-Soy el tío de Manuel -soltó él, cortando el silencio.

-Ex prometido -corrigió ella, los nudillos blancos-. ¿Vino a defenderlo?

-Al contrario. Mi padre nos exige casarnos para heredar. Manuel cree que volverá contigo... pero yo ofrezco algo mejor.

Madison lo escrutó.

-Cásate conmigo. Tres años. Fingiremos amor frente a la familia. Cien mil mensuales, más lo que pidas.

Megan escupió el licor. -¿Está loco?

-Es venganza pura -susurró Maximiliano-. Verá sufrir al que la traicionó.

Madison sintió el veneno de la tentación. ¿Aceptar? ¿Humillar a Manuel como él la humilló?

-No es una trampa -añadió él-. Solo negocios.

Al bajar, Madison ignoró sus mensajes... hasta que, días después, la noticia en televisión la desgarró: «Manuel Ferrer se compromete con la modelo Avril Anderson».

Lloró hasta quedarse vacía. Entonces abrió su laptop y respondió el correo:

«ACEPTO EL CONTRATO, ESPERO DETALLES».

En su mansión, Maximiliano sonrió al leerlo... justo cuando su guardaespaldas irrumpió:

-Señor, los Feldman robaron un cargamento.

La copa se estrelló contra el suelo.

-Encuéntrenlos -rugió, sacando sus guantes de cuero-. Esto no queda así.

Sin embargo, él sabía que la venganza empezaba... y Madison, sin saberlo, era ahora un peón en su juego.

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