"¡Qué puntuales son!". Después de hablar, fue a abrir la puerta. Dolores le entregó una bandeja con un plato de Cochinita Pibil y unas tortillas.
"¡Gracias!", dijo recibiéndola de buena gana. Resultó que, a Carolina, le encantó.
Cuando terminó de comer, vio una nota en la bandeja, y no pudo resistirse a abrirla.
'Dentro del armario hay una caja. Vístete con lo que hay en ella. Cuando el reloj marque las ocho, ve a mi habitación. Entra, ponte la venda y espérame en la cama', leyó. Era un mensaje de Máximo.
Carolina deslizó los dedos suavemente sobre las letras, le pareció que eran elegantes y hermosas, antes de levantarse para buscar la caja que había mencionado.
Cuando el reloj dio las ocho, Carolina abrió la puerta y echó un vistazo al exterior. Estaba vestida con un precioso camisón de seda negra, cubierto por una bata que hacía juego. Al comprobar que no había nadie, se apresuró a entrar en la habitación al final del pasillo.
Carolina había imaginado que su vestido de novia sería de un hermoso blanco, pero su madrastra le proporcionó uno mucho más extravagante. Lamentablemente, sus intenciones no tuvieron nada que ver con amabilidad o cariño; sino que fueron una cruel burla por haberse casado con aquel hombre. A pesar de las acciones de Nadia, Carolina encontró consuelo en saber que el vestido elegido por su marido no solo era precioso, sino también de una elegancia sin igual.
La habitación estaba en completa oscuridad. Buscó a tientas el interruptor de la pared, pero sus dedos solo encontraron una superficie lisa. Presa del pánico, esforzó los ojos para ver algo, ¡cualquier cosa!, pero lo único que encontró fue el vacío. Con las manos extendidas, dio un tímido paso adelante. Él le había dicho que esperara en la cama. Así que obedeció, sintiéndose vulnerable y expuesta; escuchando para distinguir cualquier señal de su llegada.
Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, oyó un murmullo en el pasillo. Aunque forzó la vista, no pudo diferenciar su figura en la oscuridad.
'No quiere que lo vea, claro', pensó aturdida. Con rapidez, buscó a tientas el pañuelo y se lo colocó alrededor de los ojos.
Aquello no hizo sino intensificar los nervios de Carolina, ya que podía escuchar todo, aunque continuaba sin ver una cosa.
El sonido de la tela llenó la habitación y, de repente, la cama empezó a hundirse bajo su peso. Fue entonces que se dio cuenta de que él se encontraba encima y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Estaba tumbada, frágil e indefensa ante la presencia masculina.
"Yo-yo nunca...", balbuceó, incapaz de completar la frase. Carolina se había reservado para el hombre del cual se enamoraría, pero, por desgracia, las cosas no salieron como planeó.
Máximo se paralizó al instante. Solo había visto su foto, pero ahora le impresionó más su belleza. Sin embargo, no deseaba que ella lo viera. Temía que, dado su terrible aspecto, ella sintiera repulsión y el matrimonio no se consumara.
Pensó que todo sucedería deprisa y que, con suerte, quedaría embarazada al primer intento. Aunque se sentía atraído por la chica, la idea de hacerlo así le parecía humillante para ambos. Cuando supo que aún era virgen, tuvo que respirar hondo. No podría tratarla de esa forma, haciéndolo rápido y dejándola abandonada sin más.
"De acuerdo", respondió de un modo que, para Carolina, sonó sensual. Le puso la mano en la pierna y ella dio un respingo. "Tranquila, intentaré ser lo más suave posible", continuó.
La muchacha asintió con la cabeza.
Máximo cumplió su promesa, besando su cuerpo como si fuera una pieza de arte tan delicada que pudiera romperse con un toque equivocado. No obstante, cuando ella intentó alcanzarlo, le agarró las muñecas para impedírselo.
"No. Por favor, no me toques. Mantén las manos en el colchón y deja que yo me ocupe del resto", le dijo con firmeza.
"Pero...", intentó argumentar.
"¡Carolina!", la interrumpió, utilizando un tono mandón, aunque sin llegar a ser grosero. La chica suspiró cediendo.
Cada toque y caricia aceleraron su corazón y la hicieron sentir nerviosa. Si bien nunca la besó en los labios, del cuello hacia abajo no quedó ni una parte que no fuera explorada por él.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, Carolina se encontró sola en su dormitorio. Al incorporarse, un dolor sordo le recorrió el cuerpo. Aunque su marido se comportó con delicadeza la mayor parte del tiempo, en un momento dado se volvió bastante brusco, casi animal, e incluso le pidió disculpas por su comportamiento.
Miró al techo mientras sonreía. Él le había besado el cuerpo y ella se sonrojó al recordarlo. A pesar de que fue doloroso, también resultó increíblemente placentero.
En cuanto se levantó, vio una caja sobre la mesita. Parecía un joyero; había una nota en su interior:
'La noche fue maravillosa. Aquí tienes tu pago', leyó.
La sonrisa que antes jugaba en los labios de Carolina desapareció, siendo sustituida por una expresión de disgusto. Se cambió de ropa a toda prisa, se lavó, tomó la caja y salió de la habitación furiosa, ignorando el malestar que sentía entre las piernas.
Mientras la chica dormía, Máximo buscó información al respecto. El nombre de Carolina estaba ligado a la historia de su madre y todos decían que era igual de fácil que ella. Aquello no hizo más que enfadarlo, y fue la razón principal para que le 'pagara' por sus servicios. Al menos así tal vez ella no se involucraría con otros hombres. No le exigiría amor, ya que tampoco estaba dispuesto a darlo. ¿Pero ser un cornudo? ¡Por supuesto que no!
El teléfono sonó, era su padre.
"¿Estás disfrutando de la vida de casado, hijo mío?", César Castillo preguntó esperanzado.
Máximo se removió en la silla y soltó una carcajada.
"No está tan mal. Y si todo va según lo previsto, pronto sabremos si Carolina está embarazada".
"¿Carolina?", le preguntó, confundido.
"Sí, papá, mi esposa. Ese es su nombre, ¿no te acuerdas?", habló Máximo con impaciencia.
"Ah...". César parecía inseguro, tal vez ausente, aunque no hizo ningún comentario al respecto. "Espero buenas noticias, entonces. ¡Tu abuela estará encantada!".
Se había acordado que Eloísa, la mujer más bella de la ciudad, se convirtiera en la esposa de Máximo Castillo. No obstante, era evidente que ella jamás aceptaría casarse con un hombre al que nunca había visto, ni mucho menos con uno desfigurado.
La llamada terminó y César dejó escapar un profundo suspiro. Si bien debió esperárselo, no evitaba que se sintiera molesto.
Dolores ordenaba las almohadas en el salón.
"Buenos días, Dolores. ¿Podría decirme dónde está mi marido, por favor?", preguntó Carolina, haciendo un esfuerzo por no ser grosera con la anciana, que no tenía nada que ver.
Ella abrió mucho los ojos y levantó la cabeza para mirar a su señora, asustada.
"¡Ah!, buenos días. Él se encuentra en la oficina". Como la muchacha comenzó a caminar en esa dirección, agregó: "Señora, ¡deténgase! ¡No vaya!".
Dolores fue detrás de ella, para impedírselo.
Carolina siguió caminando mientras decía furiosa: "Tengo que hablar con él".
"Señora, a él no le gustará...".
"Dolores, se atrevió a tratarme mal, ¡ahora me va a oír!".
La anciana desistió y se detuvo.
"Llame primero, por favor". No añadió otra palabra; Carolina asintió.
Una vez llegó a la puerta, golpeó con energía. El sonido resonó en el silencioso pasillo.
"¿Quién es?". La voz de Máximo sonaba casi molesta. Aquello no hizo más que avivar su furia.
"¡Soy yo!", respondió con brusquedad. "¡Carolina!".
"¡Vete!", fue la cortante respuesta.
Se quedó de pie en el lugar, con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose totalmente rechazada y ofendida.
'¡Qué atrevido!', pensó.
Carolina intentó abrir la puerta cerrada, pero fue en vano. Frustrada, la dio un puñetazo.
"¡Máximo Castillo!". De nuevo, golpeó con fuerza.
"¡Dije que te vayas!", respondió él, con el mismo tono demandante.
"¡No lo haré! ¡Abre la puerta, ahora!".
Máximo no respondió; pero en seguida dos hombres entraron en la mansión y se le acercaron.
"Señora, el jefe le pidió que se fuera", dijo gentil el hombre más alto, que llevaba sombrero.
"No lo haré hasta que hable conmigo", le respondió con la misma amabilidad antes de volverse hacia la puerta. "¿Eres lo bastante hombre para acostarte conmigo y enviarme esta nota, pero no para enfrentarte a mí? ¿Es eso?".
Los hombres que la rodeaban se quedaron boquiabiertos, intercambiando miradas incómodas; nunca nadie se había atrevido a dirigirse con tanto descaro hacia su jefe.
De pronto, un ruido procedente del despacho acabó con la tensión cuando la llave entró en la cerradura y Carolina vio que el picaporte empezaba a girar.
Antes de que Carolina pudiera reaccionar, la arrastraron hasta el despacho y la empujaron de cara a la puerta. Aunque vio la mano de Máximo, llena de cicatrices, no pudo prestarle mayor atención porque estaba justo detrás de ella, respirándole en el cabello.
No lo entendía. Aun cuando estuvo llena de miedo por un momento, la desagradable sensación pronto fue sustituida por cierta excitación.
"¿Qué dijiste?", le preguntó Máximo en la oreja en un susurro ronco y enfadado. Tenía una mano apretándole la cintura con casi demasiada fuerza y una pierna entre las suyas, además de las caderas pegadas a su espalda.
"¡Me... me trataste como si fuera una prostituta!", se quejó, luchando por respirar y mantener la compostura. Su presencia estaba mareándola.
Sin embargo, no imaginaba que para él pudiera ser igual.
Máximo no había experimentado una satisfacción tan intensa con una mujer, a pesar de que ni siquiera se besaron y ella no lo tocó en ningún momento. Después de dejarla en su habitación en medio de la noche, volvió a la propia y repasó en su mente el tiempo que pasaron juntos. Deseaba desesperadamente algo más, pero no se atrevía a volver. Si se despertaba y lo veía... Si lo rechazaba, no podría soportarlo.
El chico se encontró en una situación difícil. Apretándola contra la puerta y con sus cuerpos a escasos centímetros de distancia, tuvo que recurrir a toda su voluntad para resistirse a darle la vuelta y besarla. O ir más allá. Sin embargo, el comentario anterior sobre su masculinidad solo consiguió enfurecerlo.
"Te casaste por dinero, ¿verdad? Después de todo, el matrimonio implica sexo. Y si tienes sexo por dinero, eso te convierte en prostituta, ¿o me equivoco?", respondió con furia. "Ahora, dime, ¿¡cómo te atreves a cuestionar mi hombría!?".
Se retorció, apretándole aún más la cintura mientras empujaba sus caderas hacia delante. La chica soltó un pequeño gemido y él no supo si lo había entendido mal.
"¡No soy una... prostituta!", afirmó enfadada, tanto por sus palabras como por lo mucho que estaba disfrutando de la proximidad de su cuerpo.
"¿Crees que no soy un hombre?", preguntó moviendo las caderas para que Carolina pudiera sentirlo en su espalda. "¿Quieres que te demuestre cuán hombre soy?".
Carolina no era consciente de los demonios que se habían apoderado de ella, obligándola a pronunciar las siguientes palabras.
"¡Sí! ¡Muéstrame!".
Máximo se quedó momentáneamente atónito, pero pronto una sonrisa astuta se dibujó en su rostro. La chica estaba ante él con un ligero vestido veraniego; no pudo resistirse a deslizar los dedos por su muslo, haciéndola soltar suaves jadeos de placer.
Tras bajarse la cremallera del pantalón, inclinó el cuerpo de ella hacia delante; pero notó que la diferencia de altura sería un inconveniente.
"Cierra los ojos".
"¿Eh?".
"¡Que cierres los ojos!", ordenó y Carolina asintió, obedeciéndolo de inmediato. Sintió que le daban la vuelta y el aliento de Máximo le acarició el rostro. La chica soltó el joyero que aún sostenía e intentó tocarlo; pero él la detuvo.
"¿Puedo agarrarme a tus brazos? Llevas puesta una camisa, ¿verdad?", preguntó entre suspiros.
"De acuerdo", dijo mientras la soltaba. Carolina levantó las manos para aferrarse a los brazos de Máximo. Él miró sus labios sonrosados, que eran ligeramente carnosos, y la besó.
La muchacha deseaba poder acariciarle el cabello; sin embargo, le fue prohibido, por lo que se contuvo. En cambio, abrió la boca y él profundizó el beso. Sintió que la conducía hacia algún lugar, hasta que la levantó del piso y la sentó en lo que reconoció como una mesa.
Incapaz de resistirse por más tiempo, subió las manos hasta su cabello. Máximo se detuvo por un instante, cuando los dedos se deslizaron sobre la calva en su sien. Como a ella no parecía importarle, dejó que lo tocara solo ahí.
"¿Todavía te duele?", murmuró en medio de los besos.
"No", mintió ella, saboreando la sensación de aquellos labios sobre los propios.
Los dos capataces esperaron fuera hasta que oyeron caer cosas al piso y consideraron si debían entrar. No obstante, se detuvieron de golpe al oír los fuertes gemidos de Carolina.
"Creo que...".
"Deberíamos irnos. Los jefes ya lo solucionaron", dijo el más bajo, y juntos abandonaron el lugar.
Dolores, que se había quedado cerca, sonrió al escuchar a la chica. En el fondo de su corazón, deseaba con honestidad que ambos pudieran ser felices juntos, ya que ella le parecía una buena persona. Por tanto, sin perder la feliz sonrisa en sus labios, se retiró.
Máximo y Carolina respiraban con dificultad. Él le puso la mano detrás de la cabeza y la atrajo hacia sí. Tenía la mejilla apoyada en el pecho. Incluso si no se quitó la camisa, Carolina podía sentir el calor que emanaba de su piel y los latidos de su corazón.
'¡No puedo creer que lo hiciéramos de nuevo!', pensó, mordiéndose el labio mientras mantenía los ojos cerrados.
Hacía mucho tiempo que Máximo no tenía intimidad con una mujer, por lo que no estaba seguro de si la necesidad de estar junto a ella se debía a la prolongada abstinencia o al hecho de que Carolina era diferente en realidad. En cualquier caso, le aliviaba sentirse menos tonto como hombre y, a juzgar por la reacción de ella, le parecía que disfrutó lo que hicieron juntos.
'Las prostitutas saben fingir de maravilla', sonó una voz amarga en su mente.
"Mantén los ojos cerrados. Te ayudaré a llegar a la puerta", le dijo. Carolina arrugó el entrecejo.
"Quiero verte".
"No", respondió él con brusquedad.
"Pero... ya somos íntimos. ¡Estamos casados!", protestó, aunque no abrió los ojos.
"Dije que no. Solo me permites tocarte porque no me has visto".
"¡Eso no es verdad!", replicó indignada.
"Entonces, ¿eres tan profesional que puedes pasar por alto mi aspecto?", inquirió manteniendo ese tono desagradable. Carolina comprendió a qué se refería. Incluso de hallar las palabras correctas, estuvo segura de que no podría describir el dolor que la atravesaba.
Lo apartó de un empujón manteniendo los ojos cerrados y se levantó de la mesa, casi tropezando.
"¡Eres un imbécil!", se quejó, conteniendo las lágrimas. "Te di mi virginidad, ¿¡cómo puedes decir eso!?".
"¡Nada que una simple cirugía no pueda resolver!", se burló.
Carolina gritó de rabia, dio unos pasos hacia delante y abrió los ojos para ver por dónde iba. Se fijó en el joyero que estaba en el piso y, con el impacto de la caída, se abrió para exponer un impresionante collar de diamantes. De una patada lo apartó y abandonó furiosa el despacho.
Máximo, quien fue testigo de todo, negó con la cabeza.
'¡Si cree que me engaña, se equivoca!', pensó, enojado.
Mientras tanto, César estaba en la capital, furioso a más no poder.
"¿Qué pasa, hijo mío?", preguntó Yolanda, apoyándose en el marco de la puerta y mirándolo.
"No fue Eloísa la que se casó con Máximo", se quejó él, levantándose.
Su madre, una mujer mayor, entró en la oficina.
"Déjame ver a la chica", pidió.
César, quien tenía una foto de la familia Navarro en su computadora, abrió el archivo. Yolanda señaló a la impresionante joven de cabellos oscuros y ojos color miel.
"¿Es ella? ¡Pero si es bellísima!".
"¡No tan hermosa como su hermana, Eloísa!", se quejó César, señalando a la muchacha rubia.
Yolanda examinó a las dos jóvenes.
"Para mí, Carolina es más bella. Tiene un aura mucho más suave", afirmó. "La otra parece arrogante. ¡Fíjate en su expresión!".
Todos estaban de acuerdo en que la menor de las Navarro era preciosa, aunque tenía un carácter difícil por estar demasiado mimada. Sin embargo, César era consciente de que muchos hombres deseaban salir con ella, lo que le sumaba valor. Quería lo mejor para su hijo, lo cual incluía a una mujer digna de concebir los futuros herederos Castillo.
"Mamá, pero...". Empezó a protestar; fue interrumpido por la voz tranquilizadora de Yolanda.
"Cálmate, César", interrumpió su madre. "Míralo desde otro punto de vista", añadió, poniendo una mano reconfortante en el hombro de su hijo. "El que esta chica no sea tan solicitada como otras hace más probable que tenga los pies en la tierra y sea humilde. Nuestro muchacho necesita a alguien así, ¿no crees? Y recuerda que Eloísa ya lo ha rechazado sin la menor consideración. ¡Ni siquiera se dignó verlo!".
César frunció el ceño, pensativo. Al cabo de un momento asintió.
"De acuerdo, no diré nada a los Navarro. Al menos, todavía no".
Yolanda sonrió volviendo a centrar su atención en la foto de Carolina que había estado admirando. Algo en la chica le hizo pensar que sería la pareja perfecta para Máximo.
Más tarde, ese mismo día, Carolina permaneció encerrada en la habitación, perdida en sus pensamientos y rehusándose a bajar para comer. La puerta no tardó en abrirse con un chirrido.
Sobresaltada, la chica dio un respingo, sujetándose la almohada que tenía en el regazo, donde había estado leyendo un libro.
"Pero... ¿¡Qué demonios está pasando aquí!?", exclamó, ahora irritada.
Sin embargo, no había nadie delante de su puerta.