Capítulo 2

Al volverse hacia el causante de su miedo una triste sonrisa acudió a su rostro pues pasarían muchísimo tiempo sin verse. Cualquier otra persona lo odiaría.

Alto, guapo y simpático era el epítome del hombre perfecto, sin olvidar que era a quien sus padres querían como hijo. Pero no era su culpa, él nunca había alentado dicho comportamiento. Incluso lo ignoraba.

Por años supo que un día él se iría, seguiría el camino de su papá en las fuerzas de la ley. Pero siempre aquello le pareció algo muy lejano.

—Te asusté de nuevo y lo siento, pero cada vez estás más nerviosa.

—Toda esta situación me tiene tensa y ansiosa además de algo…

— ¿Triste?

—Un poco.

Elena miraba fijamente por la ventana como si buscase fundirse con aquello que captaba su atención.

—Ese jardín está cómo congelado en el tiempo… ¿Verdad?

—Pasamos grandes momentos allí Elena.

—También tristezas, recuerdo que cuando supiste sobre el divorcio de tus padres te refugiaste en nuestro fuerte.

—Solo tú supiste encontrarme.

—Bueno, a fin de cuentas nadie me hizo caso. Tuve que convencerte de salir lo que no fue fácil de lograr.

—Tenías cinco años, ¿cómo era posible que supieras dónde me escondía?

—Éramos como hermanos. Tenías ocho años pero me tratabas como a tu compinche.

—Voy a extrañar todo esto. Deberíamos despedirnos del fuerte antes que lo tiren.

—Me encanta esa idea.

Tirar el fuerte, deshacerse de todo. Ahí no importaba si ella amaba ese lugar. Caminaron de la mano durante cinco minutos hasta llegar al viejo roble y era gracioso porque cuando tenía solo cinco años, sentía como si la travesía durase horas.

La casa que le había dado un hogar durante toda su vida pasaría a nuevas manos. Con ella entrando en la universidad y sus padres ya mayores, no tenía sentido alguno conservar aquel lugar, de acuerdo con su forma fría de ver las cosas. Su padre le había preguntado si la quería y aunque se había visto tentada a hacerlo, era demasiado cara.

—Hemos llegado.

Tras sentarse a observar el atardecer ambos guardaron un cómodo silencio, minutos después vino la pregunta que rondaba la mente de Elena.

— ¿Te gusta tu vida?

—Bastante, el FBI fue mi sueño siempre.

—Debe sentirse bien ser tú.

— ¿No te gusta tu vida?

—No es eso, pero me gustaría que mis padres se interesaran más por mí que por su vida social.

—Te aman Chris.

—A su manera, pero siempre la pasan en el club o recibiendo amigos. Aún no sé por qué me tuvieron. Jack Carter e Isabella Valesia tienen demasiado que hacer como para que su hijo se les atraviese en el camino.

Capítulo 3

— ¡No digas esas cosas!

—Mamá se embarazó por accidente, ¿qué mujer a los cincuenta y tres años se preocupa por eso? De todas formas solo quieren jugar golf o canasta en el club.

—Pero tus padres son bastante vitales aún.

—Lo sé pero… no si se refiere a mí, pasé la vida entre niñeras, viéndoles marcharse con sus amigos. ¿Acaso no recuerdas la fiesta de cumpleaños que hicieron para mis catorce? Fue un desastre absoluto.

—Nunca entendí eso, cuando llegué esperé ver amigos tuyos pero el lugar tenía solo gente mayor, bebidas alcohólicas...

—Según mi padre ya estaba en edad de actuar como heredera de su imperio. Por suerte llegaste para charlar conmigo. Tampoco tenía amigos pero sus socios tenían hijos y ni con ellos podía jugar. Nunca recibí un obsequio en navidad o en mi cumpleaños, los consideraban estupideces de una sociedad altamente consumista.

—No puedo creerlo. Pero siempre tuve esa duda. Nosotros, papá y yo te dábamos juguetes, nunca te vi usarlos y según tú papá, no te gustaban.

—Nunca me dejó usarlos. Los tiraba a la basura porque distraían mi cerebro.

—Elena…lo siento. No entiendo eso, a mí…

—Lo sé, te daban regalos y caros. Tu primer auto fue su regalo y cuando quise uno mi padre me abofeteó. Me dijo que era una consumista.

—Si lo hubiese sabido…

—Pero es que no es tu culpa, solo sé que nunca fui suficiente. Me trataban como a un robot.

—Papá le reclamó eso a lo largo de los años. Comprendía que te habían tenido siendo bastante mayores, pero no aceptaba el aislamiento al que te sometieron. Y ahora qué sé lo que sufriste, lo comprendo menos. Además esta propiedad podría conservarla y añadirla a tu herencia.

— ¿Herencia? Ya han dispuesto todo a obras de caridad. Papá cree que debo ganarme las cosas. Hace un par de meses me dijo que si la quería podía pagársela. Como obviamente es una suma impagable ayer formalizó la venta.

— ¿Tío Jack dijo eso? Es absurdo.

—No para él. Recuerda que me ve como un débil eslabón en su árbol genealógico. Siempre deseó un varón y cuando habían abandonado la idea de tener hijos nací yo.

—Elena, no sé qué decir.

—No digas nada. Hay algo que de todas formas nunca comprendí muy bien. Tío Joe tiene tan solo cincuenta y seis años, por eso me cuesta imaginar cómo es que se lleva tan bien con papá que pasa de los setenta.

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