Capítulo 2

CAPÍTULO 2

A Máximo Salvatierra el reloj se le había parado a los veintitrés años, una noche de noviembre, en una calle mojada del centro. Desde entonces marcaba las once y veinte de la noche, y todo lo que hacía con los relojes posteriores -los relojes del casino, los relojes de los hoteles, los relojes de las mujeres con las que se acostaba sin acordarse del nombre- era distracción.

Esa noche estaba en el Royal. Mesa cuatro. Blackjack. Había perdido cuarenta mil euros en hora y media, lo cual era poco para su nivel y bastante para el de la rubia que le pasaba la mano por el muslo cada vez que él perdía una mano. Como si el muslo de Máximo Salvatierra tuviera relación directa con los billetes de la mesa.

Pidió otro whisky. El cuarto.

-Señor.

-Otro.

-Señor, llevamos...

-¿Llevamos qué?

-Nada, señor.

El camarero se fue a por el whisky. Máximo encendió un cigarrillo en una sala donde estaba prohibido fumar y nadie iba a decirle nada porque su apellido pesaba más que el reglamento.

La rubia se inclinó.

-¿Te vas conmigo después? -le susurró al oído, con el tono de quien sabe que la respuesta es sí.

Máximo no la miró.

-No.

-Ay, ¿por qué no?

-Porque no me apetece. Y porque llevo dos meses contigo y todavía no te has aprendido la regla básica de este sitio.

-¿Qué regla?

-La de no preguntar.

Y entonces se abrió la puerta de la sala.

Dos hombres. Trajes negros. Caras que Máximo conocía desde los doce años porque eran las caras de los guardaespaldas de su abuelo desde que tenía memoria. Cruzaron la sala sin saludar al portero. Llegaron a la mesa.

-Señor Máximo. Su abuelo lo espera.

-Decidle que estoy ocupado.

-No es una petición, señor.

-Tampoco la respuesta, Ramón.

-Vamos a tener que insistir, señor.

Máximo levantó la mirada por primera vez. Ramón era el más viejo de los dos. Le había enseñado a montar en bici a los seis años. Tenía una cicatriz en la ceja que él se había hecho con una piedra a los ocho. Lo conocía como si fuera de la familia, porque en cierto modo lo era.

-Ramón. Una pregunta seria. ¿Cuánto te paga el viejo?

-Lo suficiente, señor.

-¿Te ha dicho qué pasa si no voy?

-No, señor.

-¿Te ha dicho que te despida si no me llevas?

-No con esas palabras, señor.

-¿Pero más o menos?

-Más o menos, señor.

Máximo apagó el cigarrillo en el cenicero. Apartó la mano de la rubia con una delicadeza que no le pegaba.

-Vamos, entonces. No vamos a hacer que Ramón pierda el trabajo por una mano de blackjack.

Se levantó. Tambaleó un instante. Recuperó el equilibrio sin que nadie tuviera que sostenerlo, porque Máximo Salvatierra llevaba cinco años perfeccionando el arte de andar borracho como si no lo estuviera.

Le tiraron una toalla en la limusina. Eso ya le mosqueó.

-¿Y esto?

-Su abuelo no le va a recibir oliendo así, señor.

-Si me hubiera querido oler bien, no me habría hecho venir a las dos de la madrugada.

-La toalla, señor.

Se limpió la cara. La nuca. Las manos. La toalla se quedó marrón. La dejó en el suelo de la limusina como una declaración política.

Llegaron a la mansión Salvatierra en veintidós minutos.

* * *

Alejandro lo esperaba en el recibidor.

Su hermano. Tres años mayor. La sonrisa que llevaba puesta era la sonrisa que Máximo le recordaba desde los cinco años: la que precedía siempre a un mal momento.

-Hola, hermanito.

-Alejandro.

-¿Sabes para qué te ha llamado el viejo?

-No.

-Lo sabes.

-No lo sé, Alejandro.

-Lo sabes y por eso has tardado dos horas en venir. Pasa. Está en el despacho. Te recomiendo agua antes de subir. Por la dignidad.

Máximo cruzó el recibidor sin pararse. Subió los doce escalones del primer tramo con la espalda recta. Llegó arriba con la respiración hecha un destrozo, pero Alejandro ya no estaba para verla.

Don Emilio Salvatierra esperaba detrás del escritorio. Setenta y ocho años. Barba blanca. Un puro a medio fumar en el cenicero. Y una mirada que Máximo, durante un segundo entero, no supo si era de decepción o de cálculo, porque su abuelo había perfeccionado el arte de poner las dos al mismo tiempo.

-Siéntate.

-Prefiero estar de pie.

-Te he dicho que te sientes.

Se sentó.

-¿Cómo me has encontrado?

-Tu hermana.

-Lucía no sabe que yo estoy en el Royal. Lucía no sabe nada de mí.

-Lucía sabe más de ti que tú mismo, Máximo. Y eso no es decir mucho.

Hubo un silencio. Máximo aprovechó para encender otro cigarrillo. Esta vez su abuelo no se lo permitió.

-Apaga eso. Lo que vamos a hablar no se habla con humo de por medio.

Máximo lo apagó. Despacio. En el cenicero del puro de su abuelo, lo cual era una falta de respeto pequeña que ninguno de los dos comentó.

-Tienes veintiocho años.

-Lo sé.

-Llevas cinco bebiendo.

-Lo sé.

-Hemos sacado a tres reporteros, dos hijas de banqueros y una redactora de revista de tu cama en este último año. He pagado a una embajada para que no te aparezca una foto en una página de sociedad. La fortuna que tu abuela te dejó la estás bebiendo a razón de mil euros al día. ¿Tengo razón?

-La tienes.

-Bien. Entonces vamos a poner una solución.

-Yo no he pedido ninguna solución, abuelo.

-Tampoco la pediste cuando tenías veintitrés años y te recogí en una calle bajo la lluvia.

Máximo se quedó muy quieto.

Don Emilio rara vez sacaba esa noche. La había mencionado dos veces en cinco años. La tercera vez era ahora, y la usaba como las viejas pistolas que se guardan al fondo del cajón: sabiendo que duelen aunque no se disparen.

-Te casas el sábado -dijo Don Emilio.

-¿Perdón?

-Te casas el sábado. Con Anabella Ríos. La nieta de Rafael. La conoces de las fotos. Es la CEO. La de la silla.

-Estás de coña.

-No suelo hacerlo, hijo. Lo sabes.

-¿La parapléjica de los Ríos? Pero abuelo. ¿Estás bien? ¿Te tomas tus pastillas? ¿Hay alguien revisándote la medicación?

-Mucho.

-¿Y eso significa...?

-Te casas con ella el sábado. La acompañas un año. La haces feliz, o por lo menos no la haces más infeliz, que eso lo sabe hacer cualquiera. Le das un hijo. Y a cambio te entrego el Grupo Salvatierra. El día que nazca el niño. No antes. No menos. Te entrego setecientos millones de euros de empresa y te quito a Alejandro de en medio. Eso, o sigues bebiendo y a los treinta y dos años yo estaré muerto, mi hijo no querrá saber nada de ti y Alejandro te dejará vivir en la calle. Tú eliges.

Máximo se rió. No fue una risa. Fue otra cosa.

-Abuelo. Yo no le puedo dar un hijo a una parapléjica. Tampoco creo que ella lo quiera de mí.

-No es tu problema saber lo que ella quiere. Es tu problema casarte el sábado. Lo de los hijos lo hablan los dos después. Tienen un año. Y un año, hijo, en una cama, con tu cara y la rabia de esa mujer, es tiempo de sobra.

-¿Y si me niego?

-Si te niegas, hoy mismo cancelo tu cuenta. Cancelo tu carnet. Cancelo el alquiler de tu apartamento. Cancelo la tarjeta de tu chófer. Cancelo, sobre todo, los cuatrocientos mil que pago cada año al hospital donde nadie te identifica para que tu nombre no aparezca en ningún registro de paciente. Y cancelo también la lista del taller donde se reparó el coche aquella noche. La lista que tengo guardada en mi caja fuerte. La saco. La mando a un periodista. Y tú al día siguiente entras en una cárcel suiza, hijo. Por homicidio frustrado bajo influencia. Catorce años. Mínimo.

Máximo no se movió.

Don Emilio levantó el puro. Le dio una calada larga, despacio, como un hombre que sabe perfectamente lo que acaba de hacer.

-Llevo cinco años cubriéndote la espalda sin pedirte nada. Hoy te lo pido. Una sola vez. Aceptas o no aceptas.

-Acepto.

-Lo sabía.

-No te dije sí porque estuviera de acuerdo. Te dije sí porque no me dejas otra cosa. Que conste.

-Lo dejo constar.

-¿Algo más?

-Una cosa. La conoces el sábado. En la catedral. Vas a llegar puntual, sobrio, afeitado y vestido. Si bebes una sola gota antes del sí, no necesito ni mandar a nadie a la prensa. Hago yo mismo la llamada.

-Entendido.

-Bien. Vete a dormir.

Máximo se levantó. Se quedó un segundo más de la cuenta mirando a su abuelo. Don Emilio tenía la cabeza ya en otra cosa. En una carpeta. En un papel. En cualquier cosa que no fuera el chico de veintiocho años a quien acababa de vender en una boda contra su voluntad.

-Abuelo.

-Dime.

-Aquella noche.

-¿Qué noche?

-La de la lluvia. ¿Por qué me sacaste? ¿Por qué pagaste todo eso? ¿Por qué no me dejaste asumirlo y ya?

Don Emilio levantó la mirada despacio. Una pregunta vieja. Esperada hacía cinco años. Mil veces ensayada en el espejo y nunca formulada. Hoy, por fin.

-Porque eres mi nieto, Máximo. Y porque a los nietos se les saca de las calles mojadas. Aunque después se les case con quien no quieran.

-Eso no es una respuesta.

-Es la única que tengo. Vete.

Máximo se fue.

Bajó las escaleras pensando en una mujer parapléjica a la que no había visto nunca pero cuyo apellido conocía como si fuera el suyo. Anabella Ríos. La CEO. La de la silla. La del accidente de hacía cinco años.

Cinco años.

Espera.

Le entró un escalofrío frío, muy concreto, que le bajó por la espalda desde la nuca hasta el coxis. Una sospecha pequeña. Estúpida. Imposible. Una de esas sospechas que un hombre tiene una vez en la vida y se ríe de sí mismo durante semanas por haberlas tenido.

Bajó al recibidor sin pensar en ella.

Alejandro ya no estaba.

Y en la sombra del pasillo lateral, donde el espejo grande de la entrada reflejaba la escalera, Alejandro Salvatierra se quitó el vaso de whisky de la boca y sonrió.

Su abuelo acababa de casar a su hermano con la mujer que iba a heredar el otro imperio del país. Acababa de darle a Máximo, en bandeja, el trono que él, Alejandro, llevaba veinte años calentándose con la mano.

-Maldito viejo -murmuró al espejo vacío.

Y después, despacio, sonrió otra vez.

Porque setenta y ocho años, hijo, son setenta y ocho años. Y porque las bodas, hermanito, se pueden interrumpir.

Capítulo 3

CAPÍTULO 3

La Boda

La boda fue a las seis de la tarde de un sábado en una catedral del centro, con catorce invitados, sin flores, sin coros, sin discursos previos y con un acuerdo firmado tres veces ante notario antes de que ninguno de los dos novios pusiera un pie en el atrio.

A las cinco y cuarenta y cinco, Anabella entró en silla de ruedas por el portón principal, vestida de blanco no porque le importara sino porque Marta le había dicho que en una boda sin invitados, sin flores y sin tarta lo mínimo era el vestido, y porque Anabella Ríos, aunque hubiera vendido su libertad por un consejo de administración, no era una mujer dispuesta a permitir que la prensa, si llegaba a olerla, pudiera escribir que se había casado en pijama.

A las cinco y cincuenta, el novio no había llegado.

A las cinco y cincuenta y cuatro, Anabella le hizo una seña a Rafael.

-Cinco minutos más. Después nos vamos.

-Va a venir.

-Cinco minutos.

-Anabella.

-Cinco. Minutos. Abuelo.

Rafael asintió. Sabía cuándo dejarla en paz. Era lo único, además del apellido, que había logrado heredarle de su abuela.

A las cinco y cincuenta y nueve, se abrió la puerta lateral de la catedral.

Y entró Máximo Salvatierra.

Pero no como debería haber entrado un novio.

Entró con el traje sucio. Con un ojo morado. Con el labio partido. Con sangre seca en el cuello y un corte limpio en la ceja izquierda que goteaba todavía un poco, como si alguien se lo hubiera abierto hacía menos de una hora con un objeto que él no había visto venir. La camisa blanca tenía manchas grises de tierra y manchas marrones de su propia sangre. Los zapatos estaban desabrochados.

Caminó por la nave central como si tal cosa.

El cura levantó la mirada del misal con la cara de un hombre que llevaba treinta años casando gente y que esa tarde, por fin, iba a tener una historia que contarle a sus colegas. Rafael cerró los ojos un segundo. Volvió a abrirlos. La catedral entera -los catorce invitados, los dos notarios, los tres miembros del servicio- se quedó muy quieta.

Anabella no movió un músculo.

Máximo llegó a su altura. Se inclinó. Lo justo para que su cara quedara a un palmo de la suya. Le ofreció una sonrisa torcida que no había practicado y que le dolió al ofrecerla porque el labio se le abrió un milímetro más.

-Perdón por el retraso -dijo, en voz baja, solo para ella-. Surgió un asunto familiar.

-¿Familiar?

-Mi hermano.

-¿Alejandro?

-Alejandro.

-Pasaba para felicitarte, supongo.

-Algo así.

-¿Vas a sobrevivir el sí?

-Si tú me dejas, sí.

-Apestas a sangre, Máximo.

-Apesto también a whisky, perdón.

-Eso ya me lo había olido.

-Lo siento.

-Vamos a casarnos, anda. Como si no llevaras un drama abierto por la frente.

Y se casaron.

* * *

El cura habló rápido porque era un hombre con criterio. No hubo lecturas. No hubo cánticos. No hubo intercambio de palabras propias. Cuando le tocó decir sí a Máximo, le costó un poco porque tenía la boca medio cerrada por el labio. Cuando le tocó decir sí a Anabella, lo dijo despacio, mirando al cura, no al novio, lo cual al cura le pareció raro pero no le sorprendió porque ya nada le sorprendía esa tarde.

Anillos no había. Se los había olvidado el novio. Se los había olvidado de verdad. Se le notó en la cara cuando el cura los pidió.

Anabella, sin mirarlo, se quitó el anillo de la mano derecha. El que había sido de su abuela. Lo colocó sobre la palma abierta del cura.

-Que sirva.

El cura lo cogió.

-Esta es la única vez en mi vida, hija, que veo a un novio salir mejor parado que la novia. Que conste.

-Que conste.

El cura los declaró marido y mujer.

Máximo se inclinó para el beso. Anabella levantó la mano izquierda, no en gesto de defensa exactamente, sino en gesto de pausa, y le dijo en voz muy baja:

-La sangre del labio.

-Perdona.

-No me beses la boca con la boca abierta así. Si quieres una foto bonita, hazme un beso en la frente y nos vamos.

Máximo le besó la frente.

Lo hizo con un cuidado que no le pegaba a un hombre con dos manchas de sangre en el cuello. Lo hizo despacio. Largo. Tres segundos enteros. La frente.

Tres segundos.

Anabella cerró los ojos durante el segundo dos porque no le quedó otra. No se permitió cerrarlos el tres.

* * *

Mientras esto pasaba, en una zona reservada del fondo de la nave, una mujer rubia, alta, vestida de invitada elegante a una boda a la que oficialmente no había sido invitada, miraba la escena desde detrás de un pilar con una sonrisa que solo se le ponía cuando ganaba algo que no se había esforzado en ganar.

Victoria Ríos había entrado por la sacristía.

Llevaba en la mano un teléfono. Sacó una foto. Después otra. Después un vídeo.

-Ay, prima -murmuró al pilar, no a nadie en concreto-. Te casas sin avisarme.

Sacó del bolso pequeño un sobre. Lo dejó apoyado en el banco del fondo. Lo había escrito esa misma tarde con la caligrafía cuidada de las cosas que se mandan para hacer daño.

Anabella. Felicidades por la boda. Espero que esta vez el novio sí llegue a la noche de bodas. Tu prima que te quiere. V.

Victoria sonrió.

Salió por la misma puerta de la sacristía sin que nadie la viera, porque Victoria Ríos llevaba veinte años entrando y saliendo de catedrales sin que nadie la viera y porque su prima, esa tarde, tenía la cabeza en otra cosa.

* * *

Salieron de la catedral a las seis y cuarenta.

Rafael fue el primero en hablar.

-Máximo. Necesitas un médico.

-Estoy bien.

-Tienes la frente abierta.

-La frente que mi mujer acaba de besarme.

-No es momento de bromas, hijo.

-Le aseguro que sí, abuelo Rafael. Es exactamente el momento de las bromas.

Anabella habló sin mirarlo.

-¿Quieres ir al hospital?

-No.

-¿Quieres ir a mi mansión?

-Si tu mansión tiene una ducha y una venda, sí.

-Tiene cuarenta y dos baños. Algo de eso encontraremos.

-Cuarenta y dos.

-Cuarenta y dos.

-¿Tu abuelo te quería tanto, Anabella?

-No. Mi abuelo es así. Le gustan los baños. Y le gusta saber que tiene más baños que cualquier otro empresario del país. Subamos.

Subieron a la limusina los dos.

Rafael se quedó en la acera mirando cómo se iban. Detrás, en silencio, dos abogados, un notario, una asistente y un guardia.

-Señor -dijo el guardia, en voz baja-, ¿quiere que mandemos a alguien a la sacristía?

-¿Para qué?

-La prima de la señora estuvo ahí.

Rafael cerró los ojos durante exactamente dos segundos.

-¿La cogisteis?

-No, señor. Salió por la puerta de atrás. Pero dejó algo. Un sobre.

-Ábrelo.

El guardia lo abrió. Le pasó la nota a Rafael. Rafael la leyó.

La rompió en cuatro. La tiró a la papelera del atrio.

-Que mi nieta no se entere nunca de que estuvo aquí. ¿Estamos?

-Estamos, señor.

Rafael miró la calle vacía por la que había desaparecido la limusina.

Llevaba ochenta y un años acostumbrándose a pagar.

Esa noche acababa de empezar otra factura.

Lo sabía.

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