El sol de La Rioja caía sobre los viñedos, pintando las hojas de un verde intenso. Mateo Vargas sentía el calor en su piel, una caricia familiar. Llevaba tres años casado con Sofía Montoya, y cada día se sentía como el primero.
Él era el alma de Bodegas Montoya, el enólogo que susurraba a las uvas y extraía de ellas vinos que contaban historias. Ella era el cerebro, la heredera pragmática que manejaba el negocio con una mano de hierro y una mente brillante. Se complementaban. Eran uno.
La hermana gemela de Sofía, Isabella, era diferente. Más soñadora, más frágil. Estaba casada con Javier, el gerente de la bodega, un hombre encantador pero carcomido por la inseguridad.
Ese día, la tragedia golpeó.
Isabella había ido a buscar un nuevo terreno para expandir los viñedos, una idea suya, un sueño. Conducía por una carretera de montaña, estrecha y peligrosa. Sofía iba en otro coche, siguiendo una ruta diferente por asuntos de la bodega.
Horas después, el coche de Sofía apareció en la entrada de la finca. Mateo corrió a recibirla, pero el rostro de su esposa era una máscara de dolor.
En su mano, Sofía sostenía el anillo de sello de la familia Montoya, una pieza que las gemelas a menudo intercambiaban. Estaba manchado de sangre.
"Mateo," dijo Sofía, con la voz rota, apenas un susurro. "Isabella... no ha sobrevivido."
El mundo de Mateo se detuvo. El anillo. El nombre de Isabella. Pero en su mente, solo había una explicación. Su Sofía, su vida, se había ido. El shock fue tan brutal que sus rodillas cedieron. Se desplomó en el suelo, y la oscuridad lo tragó por completo.
Los meses que siguieron fueron un borrón de dolor. Un infierno sin llamas.
La primera vez, fue un frasco de somníferos. Lo encontraron a tiempo, le hicieron un lavado de estómago que le arrancó las entrañas y el alma.
La segunda vez, se arrojó a las frías aguas del río Ebro, buscando el silencio bajo la corriente. Un pescador lo sacó, medio ahogado, tiritando de frío y de una pena que no se iba.
La tercera vez fue un volantazo en la misma carretera de montaña. Su coche quedó destrozado, pero él sobrevivió con apenas unos rasguños. Un milagro, decían algunos. Una maldición, pensaba él.
La gente en la región susurraba. Hablaban del amor inmenso del enólogo por la heredera muerta. Un amor tan grande que no podía vivir sin ella. Nadie lo corrigió. Y él se hundió más en su luto, un luto construido sobre una mentira que no sabía que existía.
Habían pasado tres meses desde su último intento de quitarse la vida. Mateo se sentía como una cáscara vacía, un eco de lo que fue. La bodega, su arte, ya no tenía sentido. El vino sabía a ceniza en su boca.
Esa tarde, una necesidad insoportable lo empujó hacia la casa principal de la finca Montoya. Necesitaba algo de ella, un perfume, una foto, cualquier cosa que le recordara que Sofía había sido real.
Subió las escaleras en silencio, sus pasos apenas audibles sobre la gruesa alfombra. La puerta del despacho del padre de Sofía estaba entreabierta. Oyó voces. La de su suegro, y la de "ella". La hermana superviviente, Isabella.
"Sofía, ¿cuánto tiempo más vas a seguir con esta farsa? ¡Mateo casi muere por ti tres veces!"
El corazón de Mateo se detuvo. ¿Sofía? ¿Por qué su suegro llamaba a Isabella "Sofía"? Un frío helado le recorrió la espalda.
Entonces, escuchó la respuesta. La voz era la de Isabella, pero el tono... el tono era el de Sofía. Autoritario, frío, pragmático.
"Padre, un poco más. Javier es demasiado frágil. Si se entera de la muerte de Isabella ahora, el acuerdo con los inversores asiáticos se caerá. ¡Es el futuro de la bodega! Mateo es fuerte, sobrevivirá. Cuando nazca el niño y el contrato esté firmado, todo volverá a su lugar. Un heredero asegurará la lealtad de Javier."
La sangre de Mateo se convirtió en hielo.
La que murió fue Isabella.
Su Sofía. Su esposa. Estaba viva.
Viva.
Y se hacía pasar por su hermana.
Durmiendo en la habitación de al lado... con Javier.
Y planeaba tener un hijo con él.
Un hijo. Para asegurar un contrato.
La verdad lo golpeó con la fuerza de un tren. No era solo una mentira. Era una traición de una magnitud que no podía comprender. El aire se le escapó de los pulmones. Tropezó hacia atrás, chocando contra una pequeña mesa en el pasillo. Un jarrón se tambaleó y cayó, haciéndose añicos contra el suelo.
Dentro del despacho, la conversación se detuvo abruptamente.
Mateo no esperó. Se dio la vuelta y corrió. Corrió como si el mismo diablo lo persiguiera, huyendo de la casa, de la mentira, del cadáver de su amor.