Capítulo 2

Jenna corría por las abarrotadas calles de Nueva York. Su amiga le había prestado unos zapatos de tacón para que se presentara de manera formal en su primer día de trabajo, pero esos zapatos estaban destrozando sus pies y aún le faltaban tres cuadras para llegar. Sumado a su fuerte jaqueca por tanto llorar y su ropa maltrecha, se sentía fatal. La falta de empleo había llevado a Jenna a una situación deprimente, y lo único que la mantenía en pie ese día era la ilusión de un nuevo trabajo.

Con su cabello castaño suelto hasta los hombros y un suave maquillaje en su rostro, sus ojos se iluminaron al ver el gran edificio en el que sería una de las diseñadoras de interiores.

—¡Por fin he llegado! —, pensó mientras se acercaba a la entrada. Sin embargo, uno de los tacones se rompió, haciendo que su pie tropezara y cayera frente a unas hermosas piernas.

—¡Ten cuidado, pordiosera! —, gritó una voz aguda y desagradable.

—¡Por favor, Margaret! Esta mujer tuvo un accidente—, intervino Mathew, agachándose para ayudar a Jenna a levantarse. Al alzar la vista, Jenna sintió una extraña corriente en su pecho al encontrarse con la mirada de Mathew. Desde su encuentro anterior, el tiempo pareció detenerse entre ellos. Admiraba a aquel hombre guapo y, algo avergonzada, se puso de pie.

—Disculpe y muchas gracias, debo irme—, dijo Jenna, cojeando, antes de dirigirse a la recepción del edificio. Sus mejillas estaban teñidas de rubor, incrédula de lo ocurrido. Su vida parecía una pesadilla.

Mathew permanecía en las escaleras, como hipnotizado por la presencia de Jenna. Su corazón latía acelerado, y no podía dejar de pensar en ella. Por otro lado, Margaret estaba furiosa con su prometido.

—¿Qué fue eso? ¿Por qué ayudaste a esa mujer? Si es una pordiosera, ahora todos pensarán que somos pobres—, reclamó Margaret.

Mathew apenas desvió la mirada y continuó su camino. Aunque estaba comprometido con Margaret por petición de su tutor, no sentía amor por ella.

Jenna pasó el primer filtro de seguridad y se presentó ante Helen, la mujer que la había entrevistado y sería su jefa inmediata. Helen era una mujer de unos cuarenta años que escrutó a Jenna de arriba abajo.

—Hoy es tu primer día de trabajo, Jenna, pero tu apariencia deja mucho que desear para ser una diseñadora de interiores. Necesitas más clase—, expresó Helen, haciendo que el corazón de Jenna se acelerara. No era su intención presentarse así.

—Disculpe mi apariencia, señorita Helen. Al llegar al edificio, sufrí un accidente y se me rompió el tacón de mi zapato. Me siento muy avergonzada—, respondió Jenna, sonrojada y nerviosa, entrelazando sus dedos en un intento de controlar la incomodidad.

—No me agrada la forma en que te vistes, pareces... demasiado... ¿pobre y sin estilo? —, agregó Helen de manera despectiva.

—No me gusta la forma en que me habla, señorita Helen. Si no le agrada mi apariencia, entonces creo que hemos terminado aquí—, contestó Jenna, levantándose de su silla y quitándose el otro tacón. Descalza, intentó salir de la oficina, su corazón triste y desolado. No estaba en posición de enfrentarse a alguien como Helen y asumiría las consecuencias con resignación.

—¡Eres una insolente! Y si esto es una renuncia, entonces estás despedida. ¿Quién te crees en esta empresa? Estamos en Nueva York, no en un pueblo perdido en la nada—, recriminó Helen, furiosa.

La mujer continuaba lanzando palabras hirientes, mientras Jenna atravesaba los pasillos majestuosos de la empresa, soñando con trabajar allí. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que aquel lugar no parecía adecuado para alguien como ella, una chica sencilla con nada más que sueños.

—Disculpe, señorita, ¿hay un baño por aquí? —, preguntó Jenna a una recepcionista elegante, quien la miró de reojo con cierta desaprobación.

—Sí, en el pasillo al fondo. ¿Buscas algo para comer? Este no es lugar para eso.

Jenna se mordió el labio para contenerse y, con una sonrisa irónica, le agradeció antes de dirigirse al baño. Allí, se recompuso, dejando que algunas lágrimas escaparan y refrescándose el rostro con agua. Al salir, su día ya complicado empeoró con un fuerte pisotón en el pie.

—¡Oiga, tenga cuidado por favor! —, exclamó Jenna, agachándose para revisar su pie lastimado. Para su sorpresa, el mismo hombre de antes, Mathew, la abordó con disculpas.

—No sabía que aquí la gente caminaba descalza. Mis disculpas si te lastimé—, expresó Mathew, y sus ojos la envolvieron como una dulce melodía.

—Es. está bien, creo que, si nos volvemos a encontrar, terminaré en el hospital— bromeó Jenna, mientras Mathew la ayudaba a ponerse de pie con cortesía.

—¿Qué te trae caminando descalza por aquí? —, preguntó él con genuina curiosidad.

—No veo por qué debería decirle a usted. Ni siquiera sé quién es. Sólo sé que, en esta empresa, todos son desagradables, desde la recepcionista hasta... bueno, el puesto que soñé tener aquí se ha convertido en una pesadilla—, respondió Jenna, compartiendo su frustración con él.

—No te preocupes, yo también pienso lo mismo. Aunque aquí hay muchas personas indeseables, déjame ayudarte. Encontraremos unos zapatos para ti. No es seguro caminar descalza, podría ocurrir un accidente—, dijo Mathew, mostrando preocupación.

Jenna se dejó llevar por Mathew hasta un cuarto lleno de uniformes elegantes y una variedad de hermosos zapatos que no parecían ser parte de la dotación de la empresa.

—¿Qué estamos haciendo aquí? — preguntó Jenna confundida.

—Sé que no es lo más apropiado, pero al menos mientras regresas a casa, puedes tomar un par de zapatos—, explicó Mathew.

Jenna, aún confundida, lo miró con interrogación y preguntó: —¿Quién eres tú? ¿Por qué estás siendo tan amable conmigo?

—Soy el encargado del departamento de seguridad social—, respondió Mathew, sin revelar más detalles en ese momento.

Jenna suspiró, sintiendo cierto temblor emocional en su interior, mientras Mathew la observaba con empatía, consciente del dolor en su pie.

—No tienes de qué preocuparte, confía en mí—, dijo Mathew con una sonrisa, invitando a Jenna a la cafetería de la empresa. Ella accedió, sintiendo las miradas recelosas de los empleados, especialmente las de Helen, quien salió enojada hacia su oficina.

—Me siento como si todos me miraran como si fuera un bicho raro—, se lamentó Jenna.

—No te preocupes, la gente es extraña a veces. Por cierto, ¿cómo te llamas? — preguntó Mathew con curiosidad.

—Soy Jenna, ¿y tú? —respondió ella al entrar a la lujosa cafetería. Los aromas de los pasteles recién horneados provocaron el hambre en ella, ya que no había desayunado.

—Esta cafetería es hermosa, habría sido maravilloso trabajar aquí— comentó Jenna, y Mathew explicó que todo lo que quisiera era gratis para los empleados.

—No soy empleada, así que no deberías hacer esto por mí— le dijo Jenna mientras disfrutaba de la comida que Mathew había seleccionado para ambos.

—No te preocupes, puedo hacerlo por ti— aseguró Mathew. Luego, Jenna le explicó lo que había ocurrido con la mujer que iba a ser su jefa.

Mathew sintió una mezcla de enojo y tristeza por cómo habían tratado a Jenna. —No te preocupes, yo me encargaré de que recuperes tu empleo y obtengas algo mejor. Volverás mañana—, prometió Mathew con determinación.

Jenna agradeció sus atenciones, pero creía que era mejor buscar otro trabajo. Mathew no la dejó irse así y le aseguró que hablaría con el CEO para ayudarla.

—Gracias, pero no quiero ser una carga para ti—, expresó Jenna, algo nerviosa cuando Mathew tomó su mano.

—No eres una carga, quiero ayudarte—, respondió Mathew, acercándose a ella para despedirse. Sintió su aroma y se vio cautivado por su presencia.

Jenna se despidió con una sonrisa en el rostro, pero durante el camino no podía dejar de pensar en Mathew y en la conexión mágica que sentían desde que se conocieron.

Capítulo 3

Mathew fue directo a enfrentar a Helen, su corazón latía acelerado y su ira estaba a punto de estallar. —¿Por qué trataste así a Jenna? — exclamó con voz firme dentro de la oficina.

Helen, visiblemente nerviosa, intentó justificar sus acciones, pero Mathew no estaba dispuesto a escuchar excusas. —Eres despedida—, anunció con decisión. Helen se resistió, pero la determinación de Mathew era inquebrantable.

—No te importa lo que yo haga, solo eres el protegido de Caldwell—, Helen gritó con amargura.

Mathew tragó su rabia y la ignoró, centrando su atención en Jenna. Sabía que ella merecía más, y en un acto impulsivo, decidió ofrecerle el puesto de Helen sin importar su experiencia.

Jenna regresó a su modesto apartamento, donde vivía y se ocupaba de su madre enferma. Su amiga Yulieth llegó para consolarla, pero Jenna se lamentó de haber perdido la oportunidad de mejorar su situación.

—No te preocupes por los zapatos, puedo reponerlos—, intentó consolarla Yulieth.

Jenna le explicó lo sucedido con la mujer que la despidió, pero en el fondo, no podía quitarse de la cabeza la conexión inexplicable que sentía con Mathew. Era una atracción inminente, como si fueran dos almas destinadas a encontrarse.

—¿Entonces? ¿ya no tienes el trabajo? — preguntó su amiga con tono afligido

—¡No! — Las lágrimas brotaron de los ojos de Jenna como delicadas gotas de rocío, su corazón se sentía abrumado por la decepción. Yulieth la abrazó con ternura, sosteniéndola con cariño mientras trataba de consolarla, sintiendo cada latido de su amiga quebrantada.

—Tranquila, Isa, sé que es difícil, pero algo maravilloso está reservado para ti, lo sé—, susurró Yulieth con voz suave y reconfortante, tratando de aliviar el dolor en el corazón de su amiga.

Justo en ese momento, el teléfono de Jenna comenzó a sonar, un destello de esperanza en medio de la tristeza. —Contesta, podría ser una oportunidad—, instó Yulieth, dándole espacio para tomar la llamada.

Entre sollozos, Jenna dudó al pensar que podría ser su desleal exnovio. —¿Qué tal si es Jean, queriendo pedirme perdón por todo lo que hizo, el muy cínico? —

—Él nunca te llama, y ni siquiera sabe que tú descubriste su infidelidad. Por favor, contesta—, insistió Yulieth, animándola a tomar la llamada.

Con voz entrecortada, Jenna respondió al teléfono. —Hola...—

—¿Hablas con la señorita Madison? — del otro lado de la línea, una voz cálida y emotiva habló.

—Sí, soy yo. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? —, preguntó Jenna con curiosidad, mientras Yulieth la observaba expectante.

—Somos de Prisma Entertainment, y nos complace informarte que has sido seleccionada para el puesto de jefe de diseño interior, si aún estás interesada en trabajar con nosotros—.

Jenna cubrió su boca para ahogar un grito de emoción, y una sonrisa radiante iluminó su rostro mientras sus ojos se llenaban de asombro. Su amiga estaba ansiosa por saber qué le estaban diciendo.

—¡Claro que sí! ¿Qué debo hacer? —, respondió con entusiasmo, sintiendo un cálido cosquilleo en el corazón al saber que Mathew había cumplido su palabra.

—Te esperamos mañana a las 9 de la mañana, el CEO de la compañía está emocionado de conocerte en persona—, informó la voz llena de felicidad al otro lado de la línea.

Cuando colgó, Jenna se llenó de júbilo y brincó de emoción. —¡Me ofrecieron el trabajo! ¡No como diseñadora de interiores, sino como jefa del área de diseño! ¡Estoy feliz! —, exclamó compartiendo la noticia con su amiga.

Yulieth se tapó la boca emocionada y ambas empezaron a saltar y dar vueltas como dos niñas celebrando la dicha que se desbordaba en sus corazones. Estaban emocionadas por el nuevo capítulo que se avecinaba en la vida de Jenna, sin saber que les depararía el destino al día siguiente.

Entretanto, en otro rincón de la ciudad, Mathew recibía una noticia inesperada. —Escúchame, Mathew, los invitados ya están seleccionados, solo es cuestión de acomodar la fecha de la boda, será en un par de meses, más o menos para el 17 de ese mes—, la voz de Margaret llegaba a sus oídos como un susurro, y su corazón latía en un torbellino de emociones.

—Tengo que revisar el calendario, ¿tienes un calendario lunar? —, preguntó él, intentando disimular la agitación en su interior, aunque en realidad, lo que más deseaba era poder acercarse aún más a Jenna.

—¿Para qué quieres un calendario lunar?, si es que nos vamos a casar y eso puede ser cualquier día— preguntó Margaret confundida

—Tengo pendientes para hacer en luna llena—, añadió Mathew con naturalidad, aunque en su interior, luchaba por mantener la calma. Miró distraídamente su teléfono para verificar la fecha de la próxima luna llena en dos meses, tratando de ocultar el conflicto que sentía por su condición de hombre lobo.

—No lo puedo creer, no hay nada más importante que nuestra boda—, Margaret se cruzó de brazos, mostrando su frustración por la falta de atención de Mathew hacia los preparativos del gran día.

—El 17 no puedo, debe ser después del 20, y no quiero hablar más del tema. El resto arréglalo tú—, dijo Mathew, girándose nuevamente hacia su pantalla. Pero su mente estaba en otra parte, obsesionada con Jenna, queriendo saber más sobre su naturaleza de lobo y cómo el amor funcionaba en su mundo.

Mathew era un hombre con una vida misteriosa y complicada. Siempre había estado bajo las órdenes de Joshua Sullivan, quien lo educó como su propio hijo tras encontrarlo en forma de lobo después de una cacería. Joshua era un cazador de lobos y estaba convencido de que Mathew era un hallazgo milagroso.

Desde entonces, Mathew vivió en secreto su identidad de hombre lobo, protegido por Joshua del mundo exterior y de un grupo de cazadores que buscaban a los licántropos para exterminarlos. Mathew nunca supo la verdad sobre su origen, pero siempre se sintió agradecido y protegido por Joshua.

Sin embargo, su vida cambió cuando conoció a Jenna, su luna, la persona destinada a ser su compañera. El amor y la atracción que sentía por ella eran indescriptibles, y estaba dispuesto a enfrentar cualquier obstáculo para protegerla.

Aunque Mathew estaba comprometido con Margaret, sabía en lo más profundo de su corazón que Jenna era el amor de su vida. Romper el compromiso era una decisión difícil, pero su instinto de lobo le decía que debía estar con ella.

La vida de Mathew estaba llena de misterios, pero en ese momento, lo único que quería desvelar era el amor y la conexión especial que sentía por Jenna. Estaba decidido a enfrentar cualquier reto, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio destino, para estar a su lado y protegerla siempre.

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