No soy Sofía.
Bueno, no la Sofía original de esta historia.
Mi nombre real no importa, porque esa persona murió en un accidente de coche en otro mundo, sola y olvidada. Cuando desperté, estaba en el cuerpo de Sofía, un personaje de una novela que había leído. Una novela de "falsa y verdadera hija" .
Yo era la "falsa hija" , la carne de cañón destinada a ser odiada y despreciada por todos después de que la "verdadera hija" , Clara, apareciera. Mi destino en el libro era horrible, terminaba loca y en la miseria, sirviendo de escalón para que el amor entre Clara y el protagonista masculino, Leonardo, floreciera.
Cuando me di cuenta de que había transmigrado cinco años antes de que la trama principal comenzara, sentí un alivio inmenso. Tenía tiempo. Podía cambiarlo todo.
No quería competir con Clara. No quería el amor de una familia que no era mía, ni el de un prometido que nunca me quiso. Así que tomé la iniciativa. Investigué y encontré las pistas que llevaron a mis padres adoptivos a encontrar a su verdadera hija, Clara. Fui yo quien les dio el empujón final para que la trajeran a casa.
También fui a ver a Leonardo, mi prometido en la historia original. Le dije que no sentía nada por él, que nuestro compromiso era un error y que debía ser libre para encontrar a su verdadero amor. Él, que siempre me había tratado con fría indiferencia, aceptó con un alivio que no se molestó en ocultar. Lo dejé ir, para que pudiera cumplir su destino con Clara.
Creí que al hacer todo esto, al renunciar a todo lo que supuestamente me "pertenecía" , podría salir de la trama y vivir mi propia vida.
Y en esa nueva vida, había alguien a quien quería salvar más que a nadie: Fernando.
Fernando era el segundo protagonista masculino, el poderoso y trágico millonario destinado a enamorarse perdidamente de Clara, a ser utilizado por ella y a morir para protegerla en el clímax de la novela. Su amor no correspondido era una de las partes más dolorosas del libro.
Yo me enamoré de él, del personaje, y ahora, de la persona. Decidí que no dejaría que su destino se cumpliera. Lo ayudé en sus negocios, le di consejos basados en mi conocimiento del futuro, lo ayudé a evitar traiciones y a consolidar su imperio. Lo vi pasar de ser un hombre poderoso a ser una leyenda en el mundo de los negocios. Y él pareció corresponderme. Me llenó de regalos, de atenciones, de promesas. Creí que lo había logrado.
También salvé a Ricardo, el antagonista. En la novela, su odio hacia mí (la Sofía original) y su lealtad ciega a Fernando lo llevaban a cometer crímenes y a terminar en la cárcel. Lo mantuve cerca, le di un buen trabajo, traté de ser una buena jefa, pensando que si le daba estabilidad y un propósito, no caería en la oscuridad.
Qué ingenua fui.
Creí que estaba reescribiendo la historia, creando un final feliz para mí y para los que quería salvar. No me di cuenta de que solo estaba cavando mi propia tumba más rápido.
No entendí que el corazón de Fernando nunca me perteneció. Cada sonrisa, cada regalo, cada palabra de amor estaba condicionada a una cosa: que Clara estuviera feliz y segura. Él no me amaba a mí, amaba la tranquilidad que yo le proporcionaba al cuidar de su verdadero amor. Yo era una herramienta conveniente.
Y Ricardo… su odio no era hacia la "falsa hija" . Su odio era hacia la mujer que estaba al lado de Fernando, el lugar que él creía que le correspondía a Clara. Su lealtad no era solo a Fernando, era una devoción secreta y enfermiza hacia Clara. Cada acto de amabilidad que yo le mostraba, él lo veía como una manipulación para alejar a Fernando de su destino.
Ahora, flotando sobre mi cuerpo sin vida, lo veo todo con una claridad dolorosa.
Veo a Ricardo, todavía paralizado en la puerta. No hay remordimiento en su rostro, solo un pánico frío. Pánico por las consecuencias, no por mi muerte. Su primera reacción no es de pena, es de cálculo. ¿Qué le dirá a Fernando?
Su lealtad a Clara es absoluta, inquebrantable.
Escucho el teléfono de Fernando sonar de nuevo en la distancia. Ricardo se sobresalta, como si saliera de un trance. Corre hacia la ambulancia.
"Señor," le dice a Fernando, su voz temblando ligeramente, pero no de tristeza. De miedo. "La señorita Clara ha despertado. Pregunta por usted."
Fernando, que estaba a punto de preguntar por mí, olvida mi existencia en un instante. Toda su atención vuelve a Clara.
Lo veo entrar en la ambulancia, tomar la mano de Clara, susurrarle palabras tranquilizadoras.
Más tarde, mucho más tarde, cuando ya están en el hospital privado más caro de la ciudad, Fernando finalmente se acuerda de mí. Llama a Ricardo.
"¿Y Sofía? ¿Ya la llevaste al hospital? Asegúrate de que no muera, la necesito para que asuma toda la culpa de esto."
Su voz es fría, calculadora.
Miro a Ricardo, que está en un pasillo solitario del hospital. Mira a su alrededor para asegurarse de que nadie lo oye.
"Sí, señor," dice, su voz es un susurro. "Ella está… bien. Se está recuperando en otro hospital. No se preocupe."
Una mentira. Una mentira para proteger a Fernando, para proteger a Clara, para protegerse a sí mismo.
Fernando cuelga, satisfecho. Y yo, o lo que queda de mí, me quedo atrapada en esta dolorosa conciencia, viendo cómo mi muerte no es más que un inconveniente menor en la gran historia de amor de Clara.
Soy, una vez más, carne de cañón.