Capítulo 2

Mientras en diferentes rincones de la ciudad cada persona vivía su propio drama, el destino tejía una red de secretos, mentiras y decisiones irrevocables. Marcus Santis se encontraba en su departamento, observando la ventana como si pudiera encontrar respuestas en el horizonte. Su mente regresaba una y otra vez al momento en que descubrió que Claribel estaba embarazada. Se sentía atrapado, no solo por el compromiso que implicaba el matrimonio, sino también por la incertidumbre que le carcomía el alma.

—¿Cómo llegué a esto? —murmuró para sí mismo mientras apretaba el puente de su nariz, intentando aliviar la presión en su cabeza. Sabía que algo no cuadraba, pero los constantes recordatorios de Claribel acerca de la responsabilidad lo mantenían atrapado.

En otro lugar, Claribel disfrutaba del que sería su último encuentro con su amante antes de la boda. Román, su cómplice y amante, no parecía tan seguro como ella de que su plan funcionaría.

—¿Estás segura de que Marcus no sospecha nada? —preguntó Román mientras deslizaba sus manos por la cintura de Claribel, sus movimientos cargados de una mezcla de deseo y ansiedad.

—No, Marcus es tan ingenuo como siempre. Cree que soy la mujer perfecta para él, y este embarazo llegó en el momento ideal —contestó ella con una sonrisa maliciosa, antes de dejar escapar un jadeo cuando Román la embistió nuevamente—. Más… así… no te detengas.

Román, aunque complacía a Claribel, no podía evitar sentir una sombra de duda en su mente. Cuando ambos terminaron, se separó de ella y se quedó mirando el techo mientras trataba de organizar sus pensamientos.

—Claribel, espero que sepas lo que estás haciendo. Si él descubre que el niño no es suyo, perderás todo lo que estás buscando.

Claribel se sentó en la cama, envuelta en las sábanas, y lo miró con desdén.

—No te preocupes tanto. En cuanto nazca el bebé, esperaré unos meses, pediré el divorcio y me quedaré con la mitad de todo. Marcus nunca sabrá la verdad. Además, él puede quedarse con el niño. Nunca quise ser madre, y tú tampoco quieres ser padre. Este bebé es simplemente un medio para un fin —declaró con frialdad antes de señalar la puerta —Ahora vete. Necesito descansar. Mañana me caso y quiero lucir perfecta.

Román obedeció, pero el peso de las palabras de Claribel quedó resonando en su mente mientras salía del departamento.

El día de la boda llegó con un aire de celebración para unos y una carga emocional para otros. En la casa de los Santis, todo estaba preparado para la gran ceremonia. Claribel lucía radiante en su vestido blanco, aunque su sonrisa escondía intenciones turbias. Por otro lado, Marcus se veía sombrío, como si la decisión de casarse estuviera aplastando lo poco que quedaba de su espíritu.

Entre los invitados, Avy Wong destacaba por su belleza y elegancia, pero sus ojos estaban hinchados por las lágrimas que había derramado la noche anterior. Su corazón estaba destrozado al ver al hombre que amaba casarse con otra.

—Avy, necesitas mantener la compostura. No dejes que nadie vea lo que sientes —le dijo Kelly, su mejor amiga, mientras le ajustaba el vestido.

—Lo intento, pero duele demasiado, Kelly. Marcus siempre ha sido el dueño de mi corazón, y ahora lo estoy perdiendo para siempre —confesó Avy, tragándose el nudo en su garganta.

Cuando llegó el momento de los votos, la tensión en el aire era palpable.

—Señorita Claribel González, ¿acepta usted por esposo al señor Marcus Santis en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe? —preguntó el oficial.

—Sí, acepto —respondió Claribel con una gran sonrisa, su voz firme y llena de seguridad.

—Señor Marcus Santis, ¿acepta usted por esposa a la señorita Claribel González para amarla y respetarla el resto de su vida?

Un silencio incómodo llenó la sala. Marcus miró a Claribel, luego a los invitados, buscando desesperadamente una razón para detener lo que estaba a punto de hacer. Finalmente, cerró los ojos y respondió.

—Acepto.

Claribel sonrió ampliamente y lo besó en la mejilla.

—Si no hay nadie que se oponga a este matrimonio, con el poder que me confiere el estado de Washington, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Marcus apenas logró un beso breve en los labios de Claribel antes de apartarse. En el fondo del salón, Avy sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos.

—Vámonos de aquí, Kelly. No puedo quedarme ni un minuto más —dijo Avy, levantándose de su asiento.

—Hija, ¿a dónde vas? ¿No piensas felicitar a Marcus? Recuerda que es como un hermano para ti —intervino su madre, sorprendida por la repentina reacción de su hija.

—Claro, mamá. Iré a felicitarlo y luego me marcho. Tengo cosas importantes que hacer —respondió Avy con una voz controlada, aunque por dentro se sentía al borde del colapso.

Se acercó a la pareja con una sonrisa forzada.

—Muchas felicidades, Marcus. Espero que seas muy feliz —dijo mientras lo abrazaba brevemente.

Marcus la miró con preocupación.

—Avy, parece que has estado llorando. ¿Estás bien?

Antes de que Avy pudiera responder, Claribel interrumpió, tomando a Marcus del brazo.

—Amor, estoy cansada. Deberíamos sentarnos. Recuerda que nuestro bebé necesita descansar.

—Gracias por venir, Avy. Espero que podamos ser amigas y llevarnos bien —añadió Claribel, mirándola de arriba abajo con una sonrisa fingida.

—Claro, Claribel. Aunque no sé si te guste mi estilo de vida. No todas mis amigas lo entienden —respondió Avy, sosteniéndole la mirada con un toque de desafío.

En ese momento, la señora Santis se acercó, rompiendo la tensión.

—Avy, querida, qué gusto verte. No sabía que habías regresado a la ciudad.

—Llegué hace unos días, madrina. No podía perderme la boda de Marcus. Es como un hermano para mí —dijo Avy, ocultando su dolor tras una máscara de cortesía.

Tras la ceremonia, Avy se despidió rápidamente de sus padres y su hermano, quienes notaron algo extraño en su comportamiento.

—¿Por qué siento que a mi hija le pasa algo? —preguntó la señora Wong, mirando a su esposo con preocupación.

—Yo también lo he notado, mamá. Desde que volvió a la ciudad y supo de la boda, está diferente. Creo que hay algo que no nos está contando —dijo Eliezer, perdiendo de vista a su hermana mientras salía del salón.

Marcus, por su parte, no podía quitarse de la cabeza la mirada de Avy. Sabía que había algo más detrás de su tristeza, pero en ese momento, todo lo que podía hacer era seguir adelante con la farsa que su vida se había convertido.

Al caer la noche, Claribel y Marcus estaban solos en la suite nupcial. Mientras ella hablaba emocionada sobre los planes para el futuro, Marcus apenas podía escucharla.

—¿No estás feliz, amor? Ahora somos una familia. Nuestro hijo será el vínculo que nos una para siempre —dijo Claribel, acariciando su vientre.

Marcus la miró, sintiendo un peso insoportable en su pecho.

—Sí, una familia —repitió en voz baja, aunque en su interior, todo lo que deseaba era escapar de aquella mentira.

Capítulo 3

Avy llegó a su casa con el alma hecha pedazos. Apenas se despidieron de su amiga, murmurando un “gracias por todo” antes de encerrarse en su habitación. No podía contener las lágrimas que brotaban de sus ojos como un torrente. Apenas alcanzó a cerrar la puerta del baño antes de caer de rodillas junto al lavabo. Se miró en el espejo, con el rostro desencajado por el dolor y la rabia. Su reflejo era el de una mujer que había intentado ser fuerte, pero que estaba rota por dentro.

Dejó que sus lágrimas fluyeran sin medida, buscando liberar el peso que oprimía su pecho. Era insoportable saber que Marcus, el hombre al que había amado desde su adolescencia, no solo pertenecía a otra mujer, sino que ahora sería padre. Había esperado por él, había soñado con un futuro a su lado, pero todo eso se desmoronó en un instante.

—¿Por qué, Marcus? —murmuró con la voz quebrada—. ¿Por qué no pude ser suficiente para ti?

El dolor se mezclaba con el cansancio y, sin darse cuenta, Avy terminó acurrucada en el suelo frío del baño, llorando hasta quedarse dormida.

En un lujoso hotel, Claribel se deslizaba entre las sábanas de satén con una sonrisa de triunfo. Se había arreglado con esmero, usando una lencería provocativa que resaltaba cada curva de su cuerpo. Se acercó a Marcus, quien estaba sentado en la cama con una copa de vino en la mano, su mirada nublada por el alcohol.

—Marcus, mi amor, ¿no crees que es hora de celebrar como marido y mujer? —susurró, acariciando su pecho con dedos expertos.

Él la miró con una mezcla de deseo y confusión. No estaba completamente consciente de sus actos, pero el alcohol había nublado su juicio. Antes de darse cuenta, se dejó llevar por los toques de Claribel, quien lo guio en un ritual de pasión que carecía de amor, pero no de intención.

A la mañana siguiente, Marcus despertó con un dolor punzante en la cabeza. Se llevó una mano a las sienes, tratando de recordar qué había sucedido. A su lado, Claribel lo observaba con una sonrisa triunfal.

—Buenos días, mi amor —dijo, acariciando su pecho desnudo—. Anoche fue mágico.

Marcus frunció el ceño, tratando de entender.

—¿Qué pasó anoche? No recuerdo nada…

—¿Cómo que no recuerdas? Marcus, por favor, no digas esas cosas. Fue nuestra noche de bodas. Finalmente, somos marido y mujer.

Él se quedó en silencio, tratando de armar las piezas de la noche anterior. Su mente estaba nublada, pero algo en la actitud de Claribel lo inquietaba.

—Perdóname, no era mi intención ofenderte. Solo… no estoy seguro de lo que pasó.

Claribel fingió estar herida y se echó en sus brazos, sollozando de forma exagerada.

—¿No me amas, Marcus? ¿Es eso? Pensé que esta boda era el comienzo de algo real entre nosotros.

—Claro que sí, si te quiero, Claribel. Lo siento, fue el alcohol. Nunca quise lastimarte —dijo él, acariciando su cabello.

Mientras intentaba consolarla, una parte de él sabía que algo estaba mal. Pero decidió no ahondar en ello, al menos no en ese momento.

En la habitación de Avy, el sol se filtraba por las cortinas, iluminando su rostro pálido y sus ojos hinchados. Su madre, Luisa, entró en silencio, llevando una taza de té caliente.

—Mi niña hermosa, ¿qué te pasa? Desde que llegaste te noto distante, y anoche te escuché llorar. ¿Quieres contarme qué te ocurre?

Avy se incorporó lentamente, sintiendo el peso de su tristeza en cada movimiento.

—Madre, tengo el corazón hecho pedazos y no sé cómo reconstruirlo. Duele, mamá, duele mucho.

Luisa dejó la taza sobre la mesita de noche y se sentó junto a su hija, abriendo los brazos para abrazarla.

—Oh, mi niña, las heridas del corazón son las más difíciles de sanar. Pero recuerda que todo tiene su tiempo. Llora lo que tengas que llorar, pero no te rindas. Hay alguien allá afuera que sabrá valorar todo lo que eres.

—¿Y si ese alguien no existe? —preguntó Avy, con los ojos llenos de lágrimas —Mamá, he amado a alguien desde que era una niña, y nunca ha podido verme de la misma manera.

Luisa la miró con ternura, acariciando su cabello.

—Avy, a veces el amor duele, pero eso no significa que no valga la pena. Si esa persona no puede corresponderte, entonces no era para ti. Y créeme, el tiempo pondrá todo en su lugar.

—Quiero olvidarlo, mamá. Quiero arrancarlo de mi corazón. Por eso he decidido irme, esta vez por mucho más tiempo. Necesito sanar lejos de aquí.

Luisa la miró con preocupación, pero también con comprensión.

—Entiendo, mi amor. Pero antes de que te vayas, ¿por qué no vienes con tu padre y conmigo a la cabaña? Nos haría bien pasar tiempo juntas en familia.

Avy asintió, dejando escapar una pequeña sonrisa.

—Está bien, mamá. Iré con ustedes.

Luisa le acarició el rostro y la besó en la frente.

—Así me gusta. Mi hija es fuerte y valiente, siempre enfrentando la vida con una sonrisa.

Esa noche, mientras el viento susurraba entre los árboles, Avy permaneció despierta en su cama, repasando cada momento con Marcus. Su mente era un torbellino de emociones, pero sabía que debía seguir adelante. Por la mañana, se preparó para el viaje a la cabaña, decidida a dejar atrás su dolor, aunque fuera por unos días.

Al llegar a la cabaña, el ambiente era tranquilo y acogedor. Los árboles rodeaban la pequeña construcción de madera, y el sonido de un río cercano llenaba el aire con una melodía relajante. Avy respiró profundamente, dejando que la paz del lugar comenzara a calmar su corazón.

Luisa y su esposo, Alonso, se dedicaron a preparar la comida mientras Avy paseaba por los alrededores. En el fondo, sabía que este viaje era solo el comienzo de un largo proceso de sanación. Pero al menos, por ahora, podía encontrar consuelo en la compañía de su familia y en la belleza de la naturaleza que la rodeaba.

Mientras observaba el río fluir, dejó escapar un suspiro.

—Adiós, Marcus —murmuró, dejando que sus palabras se las llevara la corriente.

Era un adiós lleno de dolor, pero también de esperanza. Una esperanza de que, algún día, podría volver a amar sin que su corazón se rompiera en el intento.

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