Al día siguiente, Sofía vino a nuestra casa.
Llegó sin avisar, justo cuando yo estaba sufriendo una terrible náusea matutina. Sonó el timbre y la encontré en la puerta, con una sonrisa radiante y un vestido de verano que resaltaba su figura.
"Hola, Elena. Pasaba por aquí y pensé en saludarte. ¿Está Ricardo?"
Su tono era casual, como si fuera la visita más normal del mundo. Entró sin esperar invitación, paseando la mirada por el salón como si evaluara la decoración.
"No, no está," dije, conteniendo las ganas de vomitar.
"Oh, qué lástima," dijo, aunque no parecía para nada decepcionada. "Bueno, no importa. En realidad, quería hablar contigo."
Se sentó en el sofá, cruzando las piernas elegantemente. Yo me quedé de pie, sintiéndome una intrusa en mi propia casa.
"Sabes, Elena," comenzó, examinando sus uñas perfectamente cuidadas, "Ricardo y yo tenemos una historia muy larga. Nos conocemos desde niños. Hay cosas entre nosotros que nadie más puede entender."
Cada palabra era una provocación calculada, diseñada para hacerme sentir pequeña e insignificante.
"Él es un hombre maravilloso, pero a veces se siente atrapado por sus responsabilidades. Me preocupa que no sea verdaderamente feliz."
Apreté los puños a mis costados, mis uñas clavándose en las palmas de mis manos. La ira me subía por la garganta, caliente y amarga.
"Ricardo es mi esposo," dije, mi voz temblando ligeramente. "Su felicidad es asunto mío."
Sofía soltó una risita condescendiente.
"Claro, claro. Su esposa. Pero, ¿realmente crees que un papel firmado significa algo comparado con un amor de toda la vida?"
Justo en ese momento, la puerta principal se abrió y entró Ricardo. Su rostro se iluminó al ver a Sofía.
"¡Sofía! ¿Qué haces aquí?"
Ignorándome por completo, se acercó a ella. Sofía se levantó y le dio un abrazo.
"Vine a ver a Elena, pero veo que te encontré a ti," dijo con voz coqueta.
Ricardo le sonrió. Le quitó el ligero chal que llevaba y lo colocó con una delicadeza infinita sobre el respaldo de una silla. Ver ese gesto, tan tierno y protector, dirigido a otra mujer, me rompió el corazón en mil pedazos. Un hombre podía ser gentil, pero solo con la persona que le importaba. Claramente, yo no era esa persona.
"Qué bueno que viniste," dijo Ricardo, todavía sin mirarme.
De repente, Sofía se tambaleó y se llevó una mano a la frente.
"Oh, Dios mío. Me siento un poco mareada. Creo que no he comido nada en todo el día."
Su voz era débil, casi un susurro. Ricardo reaccionó al instante, su rostro lleno de preocupación. La sostuvo por el brazo y la guió suavemente de regreso al sofá.
"Siéntate, siéntate. ¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Algo de comer?"
Sofía lo miró con ojos grandes y desvalidos.
"Quizás un poco de agua tibia con miel… es lo único que puedo tomar cuando me siento así." Luego, me miró a mí, que seguía de pie como una estatua. "Elena, ¿serías tan amable de preparármela? Siento mucho ser una molestia."
Era una orden disfrazada de petición, una demostración de poder. Me estaba humillando delante de mi propio esposo.
Miré a Ricardo, esperando que interviniera, que dijera algo. Pero él solo me miró con impaciencia.
"Elena, ¿no la oíste? Ve a prepararle el agua."
Esa fue la gota que derramó el vaso. La ira que había estado conteniendo finalmente explotó.
"No," dije, mi voz fría y dura. "No voy a prepararle nada. Tenemos personal para eso. Y además, yo tampoco me siento bien."
Ricardo frunció el ceño, su rostro se endureció.
"¿Qué te pasa? Sofía es nuestra invitada. No seas grosera."
"¿Invitada? Ella llegó sin ser invitada. Y yo soy tu esposa, Ricardo. La que no se siente bien soy yo."
Él me miró con incredulidad, como si estuviera hablando en otro idioma.
"¿Y qué tienes tú? Siempre estás bien. Sofía es delicada."
"¡Estoy embarazada, Ricardo!" Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, cargadas de frustración y dolor. Pero no las dije. Las pensé con tanta fuerza que casi pareció que las había gritado. En realidad, solo dije:
"Tengo náuseas. Desde hace semanas. Pero claro, tú no lo notarías."
Su expresión no cambió. Solo había fastidio en sus ojos.
"No empieces con tus dramas, Elena. No es el momento."
Entonces, su voz se volvió fría como el hielo.
"Recuerda nuestro acuerdo. Este matrimonio es un contrato. Mi vida personal no te incumbe. Sofía es mi amiga y la tratarás con respeto."
El acuerdo. El maldito acuerdo. Lo usaba como un arma para herirme, para recordarme mi lugar. Me di cuenta de que para él, yo nunca había dejado de ser parte de un trato comercial.
Todo el amor, toda la ternura que habíamos compartido, no había significado nada. Era una ilusión que yo sola había construido.
Miré a Sofía, que observaba la escena con una sonrisa triunfante apenas disimulada.
Y lo supe.
No podía seguir en esa casa. No podía seguir siendo la esposa de ese hombre.
Mi mano, que había vuelto a mi vientre, se apartó de nuevo. Esta vez, fue un gesto definitivo.
"Tienes razón, Ricardo," dije, mi voz extrañamente tranquila. "Nuestro acuerdo. Lo había olvidado."
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta.
"¿A dónde vas?" preguntó él, su voz teñida de irritación.
No me detuve.
"A un lugar donde no sea una molestia."
Abrí la puerta y salí, cerrándola suavemente detrás de mí. Dejando atrás mi matrimonio, mi casa y al hombre que había amado.
Mi hijo y yo merecíamos algo mejor.