Capítulo 2

Al día siguiente, saqué a mis hermanos de la ciudad. Encontré una casa pequeña y tranquila para ellos en un suburbio lejos de las deslumbrantes torres de San Francisco, un lugar donde Hayden no pensaría en buscarlos.

Ezra era como un espectro, perdido en un mar de dolor y recuerdos de su extremidad faltante. Por su parte, Ivy era como un fantasma, cuya ansiedad se reflejaba en sus ojos.

"Char, ¿por qué nos vamos?", me preguntó ella, en una vocecita, mientras me agarraba de la mano. "¿Hayden hizo algo malo?".

No podía contarles toda la verdad, pues sabía que eso terminaría destruyéndolos por completo.

"Él y yo nos estamos divorciando", respondí, encontrando difícil articular esas palabras. "Es mejor para nosotros empezar de nuevo en otro lugar".

"¿Por mí?", inquirió Ezra, mirándome desde su silla de ruedas; su rostro estaba envejecido por una amargura que no le pertenecía.

"No", contesté firmemente, arrodillándome a su lado. "Esto no es tu culpa, sino suya".

De repente, mi celular vibró. Había recibido un mensaje de un número desconocido. Era una foto de Kaitlin Russo, sonriendo seductoramente, mientras se recargaba en un nuevo Ferrari rojo cereza. La matrícula personalizada decía: H-4-K8, que significaba "De Hayden para Kait". Era una broma retorcida.

Acompañando a la imagen había unas palabras que eran como una puñalada a mi corazón: "Gracias por el nuevo auto, exseñora Bridges. Él dice que el rojo es mi color".

La bilis me subió por la garganta. Esa amante estaba regodeándose, restregándome en la cara los restos de mi vieja vida.

Recordé el colgante de plata barato que Hayden me había dado cuando estábamos en la universidad. En su interior resguardaba una descolorida foto de nosotros en la que salíamos sonriendo. Él había ahorrado durante meses parte del salario de su trabajo de medio tiempo. Cuando me lo dio, me dijo que era su promesa de que siempre me valoraría, que yo era más preciosa para él que cualquier diamante.

La mano me tembló tanto que terminé soltando el botiquín que sostenía. Este terminó desparramando su contenido médico en el barato piso de linóleo, que consistía en vendas y toallitas antisépticas.

Kaitlin tenía su Ferrari, mientras yo sostenía insumos para atender a mi hermano discapacitado. La ironía era aplastante. Recordé la primera vez que Hayden llevó a esa tipeja a una de las galas de su fundación. La había presentado como una brillante estudiante desfavorecida a la que estaba patrocinando.

"La pasión arde en su interior", me había dicho, con los ojos llenos de admiración. "Tiene hambre de éxito. Me recuerda a ti, Char".

Yo, cautelosa, le pregunté por qué la fundación le daba más presupuesto que a los demás becarios.

"Ella tiene un potencial extraordinario. Es una inversión estratégica", explicó mi esposo suavemente.

Ahora por fin sabía de qué clase de inversión se trataba. No había sido una enfocada a sus habilidades quirúrgicas, sino a la lealtad en su cama. No invertía para formar a una cirujana, sino a una amante, mientras interpretaba el papel de marido devoto y perfecto.

Esa realización me enfermó, pues significaba que todo había sido mentira. Nuestra vida juntos se resumía a una actuación perfectamente construida.

Regresé al lujoso ático de San Francisco que una vez llamé hogar. El aire estaba cargado con el aroma de flores caras y traición. Revisé metódicamente los armarios y saqué los vestidos de alta costura, las bolsas de diseñador y las cajas de terciopelo con joyas que Hayden me había regalado. Luego, llamé a mi abogado.

"Vende todo", le dije. "Todo. Y quiero que presentes hoy el acuerdo de divorcio".

"Charlotte, ¿estás segura?", me preguntó él, sin ocultar su preocupación. "Con un hombre como Hayden Bridges... el asunto podría ponerse feo. Por cierto, tienes derecho a la mitad de sus bienes, así que deberíamos negociar".

"No hay nada que negociar", respondí, en un tono frío y duro.

Había encontrado el viejo relicario de plata, acumulando polvo en una caja. Lo abrí y miré nuestras caras sonrientes; luego lo cerré con un chasquido. Acto seguido, agarré un plumón negro y firmé con mi nombre en el reverso de los papeles de divorcio, con tanta fuerza que estuve a punto de romperlos.

"Solo preséntalo. Quiero salir de este matrimonio", agregué, dejando el relicario sobre los papeles firmados. Ese era un último mensaje amargo.

"Señora Bridges, que Dios la bendiga", me dijo el ama de llaves, con una mirada cargada de lástima, al verme salir.

Yo no respondí, pues ya no creía en las bendiciones.

Mientras salía del edificio, miré hacia atrás y le dediqué un último vistazo a la resplandeciente torre de vidrio y acero que perforaba el cielo. Había sido una tonta, por confundir una jaula de oro con un palacio.

Mi abogado me llamó una hora después y me informó: "Está hecho, Charlotte. Ya se presentaron los papeles de divorcio".

"Bien", dije.

"Hayden no estará contento".

"Eso es lo que espero", declaré, antes de colgar. No me arrepentía de esa decisión. Lo único que lamentaba era no haberme dado cuenta antes del monstruo con el que me había casado.

Capítulo 3

Estaba a punto de dejar la ciudad para siempre, guardando la última caja con mis pertenencias en la cajuela de mi auto, cuando sonó mi celular. Era Ivy.

"¡Char!", gritó ahogadamente ella. "¡Ayúdame, por favor!".

Tras eso, escuché la risa baja y cruel de un hombre en el fondo. Luego la línea se cortó.

Un escalofrío me recorrió, pues conocía muy bien al dueño de esa risa. Le pertenecía a Kyle Russo, el hermano de Kaitlin, que era un criminal violento que Hayden mantenía en su nómina. Prácticamente era su bestia personal.

No lo pensé y solo conduje hasta el lugar en el que había rastreado el celular de Ivy. Se trataba de un bar de mala muerte en el centro, propiedad de mi exesposo a través de una empresa fantasma.

Apenas entré, encontré lo que buscaba en un rincón. Kyle tenía a Ivy contra la pared, con la mano fuertemente enredada en su pelo, mientras le susurraba algo vil al oído. Ella sollozaba y estaba pálida por el terror, una expresión que conocía demasiado bien.

Al instante, una ira feroz, más pura y primitiva que cualquier cosa que hubiera sentido antes, me consumió. Agarré una pesada botella de cerveza de una mesa cercana y se la rompí en la cabeza al agresor con todas mis fuerzas.

Él retrocedió tambaleándose, con la sangre corriéndole por el rostro. Su expresión era de asombro y el desconcierto brillaba en sus ojos.

"Suelta a mi hermana", rugí.

"Perra. Vaya que eres atrevida", dijo él, con una sonrisa cruel, pues se había recuperado rápido. Avanzando amenazadoramente hacia mí, continuó: "¿Crees que Hayden te protegerá ahora? No eres nadie".

Yo coloqué a Ivy detrás de mí y sentencié: "Si la vuelves a tocar, te mataré. Te lo juro por Dios".

En ese momento apareció Kaitlin, impecable en un vestido blanco que probablemente costaba más que mi auto. Observó la escena con una expresión de diversión, crueldad y desapego, antes de comentar, con una voz cargada de desprecio: "Vaya, vaya, vaya. Miren nada más lo que tenemos aquí. La reina caída y su patética hermanita".

"¡Kait, la loca me golpeó! ¡Mira mi cabeza! Tienes que hacer que pague", soltó Kyle, quien comenzó a quejarse inmediatamente como un niño.

"¿Esta es la que tiene problemas de ansiedad? Parece un ratoncito asustado", comentó la aludida, recorriendo con la mirada a mi hermana, quien temblaba a mis espaldas. Luego, ensanchó su sonrisa y me dijo: "Kyle tiene razón. Necesitas aprender una lección. Arrodíllate y discúlpate con él".

"Ni en sueños", escupí.

Instantes después, saqué mi celular para llamar al 911, pero uno de los matones de Kyle me lo arrebató de la mano y lo lanzó contra la pared, donde se hizo añicos.

Empujé a Ivy hacia la salida trasera, pero Kyle clavó sus dedos en mi brazo. Sentí un dolor agudo y nauseabundo por culpa de mi vieja lesión en el hombro, resultado de un accidente automovilístico que había tenido años atrás. Grité, doblándome de dolor.

"Charlotte, ¿todavía intentas ser la heroína?", se burló Kaitlin. "Eres tan predecible".

Después, les hizo una seña con la cabeza a sus hombres, quienes me agarraron y me obligaron a arrodillarme. El áspero concreto raspó mi piel hasta dejarla en carne viva.

"Dije que te disculpes", repitió mi enemiga, en un tono tan duro como el acero.

"Nunca".

"Esperaba que dijeras eso", suspiró dramáticamente ella. Luego señaló a Kyle y agregó: "Quizás su hermana sea más cooperativa".

El hombre avanzó con una sonrisa depredadora hacia Ivy. Vi el terror absoluto en los ojos de mi hermana y supe con certeza que había perdido.

Pero antes de que yo pudiera decir una palabra, las puertas del bar se abrieron nuevamente y Hayden entró. Captó la escena al instante: yo estaba de rodillas, sangrando, Ivy acorralada, y Kaitlin con una expresión triunfante. Por un breve momento, vi que una emoción destelló en sus pupilas. ¿Había sido preocupación? ¿Enojo?

"Hayden," susurré, mientras estúpidamente dejaba que una chispa de esperanza ardiera en mi pecho.

Él se acercó, con una expresión de ira helada, me ayudó a levantarme con sorprendente gentileza y me preguntó: "¿Estás bien?".

Antes de que pudiera responder, Kaitlin corrió a su lado y con una expresión de perfecta inocencia, soltó: "¡Hayden, gracias a Dios que estás aquí! ¡Charlotte se volvió completamente loca! ¡Atacó a Kyle sin razón y comenzó a amenazarnos!".

Mi exesposo alternó su mirada entre ella y yo. Su preocupación pasó a un glacial desapego en un parpadeo.

"Discúlpate con ellos", me indicó, viéndome con una expresión aterradora, y unos ojos desprovistos de cualquier calidez.

"¿Qué? Hayden, no puedes estar hablando en serio. ¡Ellos atacaron a Ivy!", exclamé, pues su exigencia había sido como una cachetada para mí.

"No me importa lo que pienses que pasó", dijo, en un tono peligrosamente baja. "Te disculparás con ellos. Ahora".

Acto seguido, me agarró de la nuca y me empujó hacia abajo. Mi frente azotó contra el sucio piso, produciendo un terrible crujido. Sentí que me hundía en un torbellino de dolor y humillación absoluta.

"Hazlo ahora", me ordenó.

No pude, pues hacerlo era una traición a cada instinto protector que poseía.

Él volvió a azotar mi cabeza contra el suelo, esta vez con más fuerza, haciendo que la sangre goteara de mi frente hasta mi ojo.

"Lo siento", murmuré finalmente, aunque esas palabras me supieron a veneno y sangre.

Kaitlin soltó una risita triunfante.

"Ya todo está bien, cariño. Yo estoy aquí", le dijo Hayden, soltándome y abrazándola de manera protectora.

Tras eso, la sacó del bar, sin mirar ni una sola vez hacia atrás, dejándome rota y sangrando en el suelo con mi aterrorizada hermana.

Seguir leyendo
Apoya al autor e inspira más historias increíbles Moboreader
Desbloquear todos los capítulos
Capítulo
Personalizar
Siguiente capítulo
Minishorts Logo
Lee novelas web, ficción online y populares historias románticas en MiniShorts. Descubre romances de multimillonarios, fantasía de hombres lobo, novelas dramáticas y de fantasía, además de contenido seleccionado de dramas cortos inspirado en las tendencias narrativas más populares.
YouTube de MiniShorts
©2026 MiniShorts Todos los derechos reservados. CHASINGTOP HK LIMITED