La verbena bullía de gente, música y el olor a fritura. Sofía Montenegro sonreía, el brazo entrelazado con el de Valeria Soler. Cerca de Madrid, el aire era más fresco que en su Sevilla natal.
De pronto, gritos. Empujones. Una pelea multitudinaria se desató, y la multitud se convirtió en una ola humana, caótica y violenta.
Sofía sintió que la arrastraban. Perdió a Valeria de vista.
Intentó proteger su vientre, un secreto que solo ella y Mateo Vargas, su marido, conocían.
Cuando el caos amainó, encontró a Valeria pálida y temblando. Valeria dijo que la habían agredido.
Un mes después, ambas mujeres tenían noticias.
Sofía ya lo sabía, su embarazo era anterior a la estampida.
Valeria también estaba embarazada.
Mateo, el famoso torero, el hombre carismático y egoísta, tomó una decisión.
Para proteger la "reputación" de Valeria, para evitar un escándalo que manchara su propia imagen, declaró públicamente: "El hijo de Valeria es mío".
El hijo de Sofía, concebido en el amor de su matrimonio, fue señalado.
"Fruto del trauma", decían. "Un bastardo de la estampida", susurraba Mateo, cruelmente.
Sofía lo miró, el corazón hecho añicos.
"Ya no puedo amarte", le dijo, la voz rota.
El despacho de abogados en el Barrio de Salamanca era lujoso y frío.
Sofía firmó los papeles del divorcio. Mateo no estaba.
"Demasiado ocupado", le había dicho. Atendiendo a Valeria, a sus antojos de embarazada.
Sofía tomó otra decisión, la más dolorosa. Abortar.
En la clínica, los recuerdos la asaltaron.
Mateo brindándole un toro en la Maestranza, su sonrisa brillante.
Las promesas de amor eterno bajo las luces de la Feria de Abril.
Él, el ídolo de masas. Ella, la bailaora de talento que lo dejó todo por él, por su carrera, por su matrimonio.
Valeria. Siempre Valeria. La "hermanita" que Mateo se sentía obligado a proteger.
Una deuda de honor, decía él, del abuelo Vargas al abuelo Soler. Una familia venida a menos que los Vargas habían ayudado.
Aniversarios olvidados porque Valeria necesitaba algo.
Sofía con fiebre alta, sola, mientras Mateo llevaba a Valeria a un parque temático.
Ahora esto. Su hijo, negado. El hijo de Valeria, aceptado.
Salió de la consulta del médico, el vacío en su vientre era un abismo en su alma.
Y entonces lo vio.
En la sala de espera de ginecología, Mateo acariciaba con ternura el vientre de Valeria.
El mundo de Sofía se derrumbó por completo.
Unos días después, Sofía tenía una revisión post-aborto en el hospital.
Al salir, se cruzó con ellos. Mateo y Valeria.
Valeria, al verla, fingió un mareo. Se apoyó en Mateo, victimizándose.
"Val lo está pasando muy mal", le dijo Mateo a Sofía, la voz llena de reproche. "Sé generosa".
Sofía no dijo nada. ¿Generosa? ¿Con qué? ¿Con su dolor?
Valeria, con una sonrisa apenas perceptible, la arrastró del brazo.
"Vamos, Sofía, acompáñanos a comer. Para celebrar".
¿Celebrar qué? Sofía se sentía débil, arrastrada a la fuerza.
En un restaurante de moda, Valeria pidió platos exóticos, uno tras otro.
Mateo la complacía, solícito, atento a cada capricho.
Sofía era una espectadora invisible de su propio drama, una tortura silenciosa.
De repente, un estruendo.
Una enorme lámpara de araña se desprendió del techo, justo encima de Mateo.
Valeria, en un acto teatral, gritó y empujó a Mateo.
La lámpara rozó a Mateo, pero Valeria recibió un golpe, aparentemente leve, en el brazo.
"¡Mateo!", gritó ella, como si estuviera al borde de la muerte.
Mateo, presa del pánico, la tomó en brazos.
Corrió hacia la salida, empujando bruscamente a Sofía en su camino.
Sofía cayó, golpeándose la cabeza contra el suelo de mármol.
Mientras el dolor le estallaba en la cabeza, recordó las palabras de Mateo, susurradas en una noche de pasión: "En la multitud, mis ojos solo te verán a ti".
Qué ironía tan cruel. Estaba sola, herida, en el suelo de un restaurante de lujo, mientras él corría a salvar a otra.