Los días posteriores se convirtieron en una página en blanco; Damián eliminó meticulosamente cualquier rastro del trío en su vida: retiró sus fotos de los marcos digitales, borró sus números de contacto y ordenó a su personal que rechazara con cortesía sus llamadas y visitas. Su objetivo era particular: su inminente matrimonio con Alexia Cantú. Sorprendentemente, la alianza había sido aceptada rápidamente por Marco Cantú en la Ciudad de México, quien parecía intrigado por la audacia del movimiento.
Damián actuaba con una eficiencia fría que impresionó a su padre. Había dejado de ser aquel muchacho que vivía bajo la sombra de sus amistades de la infancia; ahora se consolidaba como el heredero de los Garza, decidido a forjar un nuevo camino.
Sin embargo, el pasado aún no había terminado con él. Una semana después, estaba bajando la escalera principal cuando las vio. Karla, Daniela y Jimena lo esperaban en el vestíbulo, formando un círculo protector alrededor de Javier, quien se apoyaba en un bastón con una cojera exagerada.
Aparentemente, habían presionado al nuevo mayordomo para que les permitiera ingresar. Con voz llena de reproche, Karla gritó: "¡Damián! Tenemos que hablar". Javier lo miró, con una expresión de inocencia fingida en su rostro. "Señor Garza, es mi culpa; solo quise venir para agradecerle en persona por… por todo".
El tono sumiso y adulador de Javier estaba perfectamente calculado para hacer que Damián pareciera un tirano. "¿Agradecerme por qué, Javier?", preguntó con tranquilidad, mientras continuaba bajando las escaleras sin prisa. "Por permitirme quedarme aquí, incluso después de… bueno, después de todo", balbuceó Javier, manteniendo los ojos bajos. "Sé cuál es mi lugar, estaría feliz de lustrar sus zapatos, señor; es lo menos que puedo hacer".
Pero antes de que intentara moverse, Daniela lo detuvo. "No digas tonterías, Javier; no eres su sirviente, y todavía tienes el tobillo lastimado". Jimena, con voz suave, añadió mientras colocaba una mano protectora en su brazo: "Has sido muy valiente, pero no deberías forzarte a permanecer de pie". Karla dirigió una mirada furiosa a Damián. "¿No te das cuenta de que está herido? ¿Cómo puedes permitir siquiera que piense en hacer tareas? ¿Acaso no tienes compasión?".
La escena resultaba tan absurda: estaban en su propia casa acusándolo de crueldad hacia el hombre por el que lo habían dejado días atrás. Con calma, Damián declaró: "Esta es mi casa; Javier es el hijo del administrador de la hacienda; si desea trabajar, es su decisión. Y si tanto se preocupan por su bienestar, tal vez deberían llevárselo con ustedes". No lo había dicho como una sugerencia seria, era más como una prueba, cuya respuesta ya conocía.
De pronto, los ojos de Javier se abrieron fingiendo espanto, perdió el equilibrio y dejó caer el bastón estrepitosamente antes de caerse de rodillas y gritar: "¡Señor Garza, por favor! ¡No me eche! ¡No tengo a dónde ir! Mi familia ha servido a la suya por generaciones. ¡Le ruego que no me destierre!".
Fue una actuación magistral.
"¡Javier!", gritaron las tres mujeres al unísono.
Se apresuraron a socorrerlo, con rostros retorcidos por la mezcla de furia y compasión.
"¡Damián, cómo pudiste!", chilló Karla mientras sostenía la cabeza de Javier. "¡Mira lo que has provocado!".
"¡Él solo intentaba ser amable!", espetó Daniela, con los ojos brillando de ira mientras ayudaba a levantarlo. "¡Eres un monstruo!".
Las tres se acurrucaron alrededor de Javier, murmurándole palabras de consuelo, ignorando por completo a quien había sido su anfitrión. Una vez más, Damián era un extraño en su propia casa, el villano en la tragedia que ellas mismas habían creado. Un profundo cansancio lo envolvió, junto con los dolores fantasma de su primera vida: las décadas de invisibilidad, de no ser más que un conveniente telón de fondo para la obsesión de ellas. Se dio la vuelta en silencio y subió a su habitación, mientras el sonido de sus acusaciones lo perseguía, un eco distorsionado de lealtad ciega y devoción mal encaminada. Cerró la puerta, dejando sus voces fuera.
Sin embargo, la tranquilidad no duró. Unos minutos después, hubo un suave golpe. "¿Señor Garza?", era Javier. "Le… le traje un poco de café, perdón por los problemas que causé". Damián abrió la puerta y lo encontró sosteniendo una bandeja con una sola taza de café, mientras su rostro era un cuadro de aparente arrepentimiento. "No lo quiero", respondió con frialdad. "Vete". "Por favor, señor", insistió Javier dando un paso adelante. "Solo un sorbo, lo preparé yo mismo". Al entrar en la habitación, el hombre tropezó; su cuerpo se inclinó hacia adelante y el café hirviente se derramó sobre la mano y el brazo de Damián. Un dolor agudo y abrasador recorrió su piel; soltó un grito y empujó instintivamente a Javier para alejarlo.
Eso era justo lo que él había estado esperando. El empujón no fue fuerte, pero aprovechó el impulso para lanzarse con violencia hacia atrás; torció su cuerpo, dirigiendo su cabeza contra la esquina filosa de la mesita de noche de madera.
Un crujido espantoso resonó en la habitación. Javier cayó al suelo, mientras un delgado hilo de sangre escurría por su sien. "¡Ah! ¡Mi cabeza!", gimió con dramatismo desgarrador.
Ese grito fue la señal. La puerta se abrió de golpe y las tres mujeres irrumpieron, con los ojos desorbitados por la alarma. Vieron a Javier en el suelo, sangrando, y a Damián de pie sobre él, con la mano enrojecida y ampollada por el café. Nadie preguntó qué había ocurrido, ni repararon en su herida.
Solo percibieron lo que Javier quería que vieran. "¡Oh, Dios mío, Javier!", gritó Karla, arrodillándose junto a él. Daniela y Jimena se abalanzaron también, apartando a Damián como si fuera un mueble. En su prisa, el hombro de Daniela golpeó el brazo herido de Damián, provocándole una nueva oleada de dolor insoportable.
Él retrocedió, sujetándose la mano abrasada, mientras su corazón y su carne ardían con el mismo fuego. Las observó. Las tres mujeres que una vez amó, ahora preocupándose por el hombre que había orquestado su desgracia. Con cuidado, levantaron a Javier, sus rostros eran una máscara de terror sincero y preocupación. Mientras que a él lo ignoraron por completo, a pesar de que también sangraba y estaba quemado por la trampa de aquel que tanto defendían.
Se lo llevaron a toda prisa, mientras sus pasos resonaban por el pasillo. Damián se quedó solo en el silencio, envuelto en el olor amargo de café y traición. Una sola lágrima, ardiente y amarga, se deslizó por su mejilla, no de pena, sino de resolución. Ese era el final, nunca más permitiría que tocaran su mundo; quemaría hasta las cenizas el último recuerdo de ellas.
La sala de emergencias era fría y aséptica, un marcado contraste con el dolor ardiente que recorría el brazo de Damián; permanecía solo en una camilla, aguardando la llegada de un médico, mientras la piel ampollada de su mano hablaba por sí sola de lo ocurrido aquel día. Había decidido conducir por su cuenta hasta el hospital, rehusándose a involucrar a sus padres en aquel vergonzoso episodio.
Finalmente, una enfermera se acercó y comenzó a aplicarle una crema calmante sobre la quemadura; fue entonces cuando percibió voces conocidas en el pasillo, cargadas de ansiedad y angustia.
"¿Va a estar bien?", preguntó Karla. "¡Consigan a los mejores especialistas, sin importar el precio!".
Daniela, con la voz temblorosa, añadió: "Le sangraba mucho la cabeza".
En ese instante, el corazón de Damián se convirtió en un bloque de hielo. Sabía, sin lugar a dudas, que hablaban de Javier. Se levantó silenciosamente de la camilla y se dirigió hacia aquel murmullo. Al asomarse por la esquina, las vio; las tres estaban reunidas fuera de una habitación privada, con los semblantes pálidos por la ansiedad. Su herida, aunque real y dolorosa, no había merecido una sola pregunta de ellas; en cambio, la supuesta lesión de Javier, tenía a todas orbitando a su alrededor.
Se apoyó contra la pared, ocultándose en las sombras, y escuchó. "No puedo creer que Damián fuera capaz de hacer algo así", susurró Jimena, con voz llena de incredulidad y condena. "Empujarlo con tanta fuerza… Javier es tan frágil". "Se ha vuelto tan frío", replicó Karla, dejando traslucir su ira. "Por eso una de nosotras tiene que casarse con él; es la única manera de poder vigilarlo, de asegurarnos de que no vuelva a lastimar a Javier".
Daniela, seria, asintió. "Tienes razón, solo la influencia de los Garza puede garantizar la seguridad de Javier; nuestras familias los escuchan. Si una de nosotras se convierte en su esposa, podremos intervenir, protegerlo de Damián y también de nuestras propias familias".
El mundo entero se tambaleó para Damián; la verdad, desnuda y brutal, lo golpeó como un puñetazo.
No se trataba solo de usar el poder de su apellido como un escudo, sino para proteger a Javier de él. En su visión retorcida, él era el villano, la amenaza. Sus matrimonios con él, en su primera vida, no habían sido más que prisiones; se habían casado con él para contenerlo.
Entonces, recordó la confesión de Jimena en su lecho de muerte. 'Usamos el apellido Garza… para proteger a Javier'. Siempre creyó que se refería al mundo exterior, nunca imaginó que se refería a él. Una risa ahogada escapó de sus labios, un sonido de dolor puro y absoluto, transformándose en un sollozo quebrado. Se llevó la mano sana a la boca, intentando reprimirlo, pero era demasiado tarde.
Su teléfono, que apretaba entre los dedos, se le deslizó y se estrelló escandalosamente sobre el suelo de linóleo, resonando en el silencioso pasillo.
Las tres mujeres giraron al unísono y sus ojos se abrieron de par en par al verlo allí de pie, bajo la débil luz, con lágrimas surcando sus mejillas, la quemadura en carne viva en su brazo y la desesperación absoluta en sus ojos.
"¿Damián?", preguntó Karla, titubeante. "¿Qué haces aquí?".
Daniela lo miró con un destello de culpa. "Tu brazo… ¿Fue por el café?".
Él no respondió, solo las contemplaba, a las artífices de su tormento.
Jimena tartamudeó dando un paso vacilante hacia él: "Nosotras… solo estábamos preocupadas y nerviosas; nos disculpamos por lo que dijimos, sabes que eres la persona más importante para nosotras, Damián".
La mentira era tan descarada, tan ensayada, que resultaba casi admirable. "Todavía te vas a casar con una de nosotras, ¿verdad?", preguntó Karla, recuperando su tono exigente. Por fin afloraba la verdadera preocupación. "Las familias esperan tu decisión". Damián miró fijamente a sus falsos y hermosos rostros; tenía el corazón desgarrado por un dolor constante que ya comenzaba a aceptar como parte de sí.
"Mi decisión…", murmuró con voz ronca. Estaba a punto de decírselo, de desterrarlas para siempre de su vida.
Sin embargo, en ese instante, una alarma fuerte y penetrante sonó desde la habitación de Javier; era el monitor cardíaco lanzando su advertencia: bip, bip, bip.
Ese sonido fue un llamado irresistible. Las tres olvidaron por completo la existencia de Damián, se giraron con el rostro desencajado por el terror y lo empujaron al pasar, corriendo de vuelta a la habitación de Javier.
"¡Javier, ¿qué ocurre?!".
"¡Doctor! ¡Enfermera, vengan aquí!".
De pronto, el pasillo se llenó de enfermeras y doctores corriendo mientras empujaban un carro de reanimación. Entraron apresurados a la habitación gritando órdenes médicas: "¡Su presión está cayendo! ¡Necesitamos estabilizarlo! ¡Posible hemorragia interna por el traumatismo craneal!".
El trío de mujeres estaba fuera de sí.
"¡Hagan algo!", le gritó Karla a una enfermera. "¡Él no puede morir!".
"Voy a llamar a mi padre", dijo Daniela mientras tecleaba en su teléfono. "¡Traerá al mejor neurocirujano del país en un jet ahora mismo!".
Jimena ya estaba al teléfono con el administrador del hospital, amenazaba en voz baja: "Si algo le sucede, me encargaré de que este hospital sea clausurado".
Eran diosas furiosas, moviendo cielo y tierra por Javier Cienfuegos.
Finalmente, un médico de mayor rango salió de la habitación con gesto sombrío. "El traumatismo ha provocado una complicación inesperada; sufre de insuficiencia renal aguda, necesita un trasplante de inmediato".
Sin vacilar, Karla dio un paso adelante. "Háganme la prueba, le daré uno de los míos".
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, confirmando con crudeza lo que Damián ya comprendía; literalmente estaba dispuesta a entregar parte de sí por Javier.
El médico asintió, aún sorprendido. "También necesitaremos sangre; su tipo es poco común".
"Tenemos el mismo", respondieron Daniela y Jimena al unísono. "Tomen todo lo que necesiten".
Sangrarían y se dejarían abrir por él. Damián lo observó todo, convertido en un fantasma silencioso e invisible en el pasillo; allí, los últimos vestigios de amor por ellas murieron definitivamente. No era una batalla que pudiera ganar; en realidad, nunca había sido parte del juego.
Solo era el trofeo que ellas utilizaban para proteger a su verdadero rey. Se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás los ecos de aquel amor frenético y sacrificial; no volvió la mirada, no quedaba nada que ver.