Capítulo 2

"Soy yo", respondió Tyrone.

"¿Bebiste?", preguntó Sabrina.

"Bebí un poco con un amigo".

El sonido amortiguado del agua cayendo en el baño llenó la habitación. Sabrina hizo una mueca, pues su descanso había sido perturbado.

Poco después, el colchón se hundió cuando él se deslizó en la cama.

Una mano se posó en su cintura, dejando una sensación punzante en su piel.

"Uhm... Esta noche no...". Con los ojos cerrados, ella apartó su mano con somnolencia.

En el fondo, temía hacerle daño a su hijo nonato.

Él se quedó congelado un instante, antes de poner la mano en su espalda. "Duerme".

La somnolencia se apoderó de Sabrina y la llevó con ternura a un sueño tranquilo.

Cuando llegó la mañana y abrió los ojos, descubrió un espacio vacío a su lado en la cama. Solo quedaban las sábanas ligeramente arrugadas como prueba de que él había regresado a casa la noche anterior.

Una pizca de fastidio se coló en su interior. ¿Por qué se había dejado vencer por el sueño tan pronto?

Pero no importaba. Aún podía compartir la noticia con él más tarde.

Una vez terminada su rutina de higiene matutina, Sabrina se dirigió al armario y seleccionó un traje blanco para Tyrone. Teniendo en cuenta la alegre noticia de su embarazo, optó por una corbata de rayas rojas, que colocó sobre la cama.

Tyrone ya había vuelto de su carrera matutina y estaba tumbado en el sofá, vestido con su pijama. Al verla bajar las escaleras, dejó los papeles que tenía en la mano y comentó: "Es hora de desayunar".

Después del desayuno, Sabrina se armó de valor, con la voz llena de esperanza y felicidad. "Tyrone, tengo que darte una noticia".

Seguro que el anuncio de un bebé traería alegría, ¿verdad?

"Yo también tengo algo que compartirte", confesó él.

"De acuerdo, tú primero". La cálida y dulce sonrisa de la mujer llevaba un sutil toque de timidez.

"Sabrina, divorciémonos". Levantándose, Tyrone tomó el documento del sofá y se lo tendió. "Este es nuestro acuerdo de divorcio. Tómate tu tiempo para leerlo. Si tienes alguna duda o requisito, házmelo saber".

A Sabrina se le aceleró el corazón mientras lo miraba con expresión atónita.

Por un momento, su mente se quedó en blanco, dudando de sus propios oídos.

El tiempo pareció alargarse antes de que consiguiera balbucear: "¿Divorciarnos?".

¿Él le estaba sugiriendo el divorcio?

¿Qué lo impulsaba a considerarlo de forma tan abrupta?

La situación la tomó completamente por sorpresa.

"Los dos fuimos engañados esa noche. Nos obligaron a casarnos y no hicimos público el matrimonio. Como no hay amor entre nosotros, será mejor que lo dejemos", explicó Tyrone con indiferencia, como si estuviera hablando de tareas mundanas.

Sabrina palideció.

Sintió que se le encogía el corazón, lo que le dificultaba la respiración.

No podía ser.

Llevaba nueve años amándolo.

Se unió a la familia Blakely y se enamoró de él a los dieciséis años.

Llevaban tres años casados. Su amor por él solo se había hecho más fuerte.

Ella quería este matrimonio; no se lo impusieron.

Sin embargo, para él, la unión distaba mucho de ser perfecta.

Luchando por tragarse el nudo que tenía en la garganta, estabilizó la respiración. Mirándolo a los ojos, intentó mantener firme su voz. "¿No han sido buenos los últimos tres años? ¿Estás seguro de que quieres divorciarte de mí?". Le dolía el corazón al pronunciar esas palabras.

"Ya tomé mi decisión".

"Pero tus abuelos...".

"Yo me encargaré de ellos".

"¿Y si yo estoy...?". Quería decirle que estaba embarazada.

Impaciente, él la interrumpió: "Galilea volvió".

Las palabras fueron como una brutal puñalada en el corazón de Sabrina.

Aceptó el acuerdo de divorcio aturdida y dijo: "De acuerdo. Lo leeré".

¿Obligados a casarse? ¿Sin amor? Esas eran solo excusas.

Su frase final reveló la verdadera razón de su decisión.

Galilea Clifford había vuelto.

Capítulo 3

Durante los últimos tres años, aunque Sabrina y Tyrone no habían anunciado públicamente su matrimonio, vivían juntos como cualquier otro matrimonio.

Cada mañana, ella elegía cuidadosamente el traje y la corbata de su marido, y luego emprendían juntos el camino al trabajo.

Por las noches, durante sus reuniones de negocios, él se tomaba un tiempo para llamarla y contarle lo que había hecho durante el día.

Todas las noches, se consolaban el uno en los brazos del otro, a veces se daban duchas íntimas, y siempre sellaban la noche con un tierno beso antes de dormir.

En ocasiones importantes, como su aniversario, el Día de San Valentín y su cumpleaños, él le hacía regalos bien pensados.

Siempre estaba dispuesto a cumplir sus deseos, sin importar cuáles fueran, pues era un hombre romántico.

Había cumplido con todos los deberes que se esperaban de un esposo ideal.

De hecho, incluso ella se dejó llevar por esa ola de alegría, convencida de que sus días estarían llenos de felicidad para siempre.

Pero un día, Galilea reapareció.

Y con su llegada, Sabrina sintió el inminente final de su feliz matrimonio.

¿Era la voz de Galilea la que escuchó por teléfono ayer?

¿Ya se habían puesto en contacto?

¿Habían pasado todo un mes juntos cuando él supuestamente estaba de viaje de negocios?

¿Regresaron al país juntos?

¿Había pasado la noche anterior con ella?

Mientras estos pensamientos daban vueltas en su cabeza, sintió que su corazón se hundía en un abismo de desesperación. Tyrone le había roto el corazón.

"No te preocupes, Sabrina. Aunque nos divorciemos, te seguiré considerando mi hermana, mi familia".

¿Hermana?

Habían estado casados y durmiendo en la misma cama durante tres años. ¿Y al final decía que la veía como a su hermana?

¿Cómo podía aceptar algo así?

"Ya hablaremos de eso más tarde". Con una sonrisa burlona dibujada en su rostro, ella apartó la mirada.

Tyrone se acomodó el cuello y le dirigió una mirada profunda e intensa. "Por cierto, ¿qué ibas a decirme?".

Sabrina revisó casualmente el acuerdo de divorcio que tenía en la mano, con una leve sonrisa en el rostro. "No te preocupes. Los diseños de la ropa de la próxima temporada ya se lanzaron. Quería discutir una idea contigo, pero ya se me ocurrió algo".

No había necesidad de decirle que estaba embarazada.

"De acuerdo, agradezco tu dedicación".

Sabrina era la directora de la marca del Grupo Blakely, y él confiaba plenamente en su habilidad.

Era una experta natural en su campo. Cualquier producto que tocaba, ya fueran joyas, ropa, videojuegos o aparatos tecnológicos, se volvía un éxito rotundo.

"Solo hago mi trabajo. Ahora, si me disculpas, tengo que irme a trabajar".

Ella respiró hondo, se recompuso y comenzó a girar, esforzándose por mantener la calma.

"Iremos juntos". Después de su declaración, Tyrone subió a cambiarse de ropa.

Sabrina se detuvo, con un nudo en la garganta y los ojos húmedos.

¿Cómo podía mantenerse tan tranquilo, pedirle el divorcio y luego invitarla a ir juntos al trabajo?

Su amor por ella no existía.

"Bueno. Como vamos a divorciarnos, es mejor que no te vean conmigo".

Dicho eso, salió rápidamente.

La impulsaba el miedo a perder la compostura en presencia de Tyrone.

Simplemente no podía permitirlo.

Después de todo, él solo aceptó casarse con ella creyendo que no le causaría problemas y que nunca se enojaría.

Sentía culpa por el hijo que llevaba en su vientre. Un niño destinado a nacer sin padre.

Mientras ella se alejaba, Tyrone frunció el ceño.

Al llegar al garaje, abrió la puerta del asiento del conductor y se subió. En lugar de encender el motor, abrió su Facebook.

Después de navegar un rato, se encontró con algo.

A Tyrone y a la mayoría de sus amigos no les gustaba compartir cosas en redes sociales, pero había algunas excepciones en su círculo social.

Eddie Dawson era una de ellas.

Sabrina se topó con una publicación suya de una cena, con la leyenda: "¡Bienvenida de vuelta al país, Galilea! ¡Se viene una boda!".

Agregó un emoji de celebración al final.

La ubicación indicaba el club al que solían ir.

Una lágrima cayó sobre la pantalla de su teléfono.

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