Capítulo 2

DYLAN

Un par de días antes…

Estoy muy nervioso. Puedo sentirlo por culpa de los latidos acelerados de mi corazón y el sudor en mi nuca. El temblor en mis manos tampoco es que me ayuden mucho.

Es el momento, lo sé. Casi a mis 34 años de edad y en una relación de un poco más de dos décadas con la mujer de mi vida me han llevado a este momento, por eso estoy seguro de dar el gran paso. Sin embargo, no puedo evitar sentirme nauseabundo.

« ¿Y si dice que no? ¿Y si piensa que es muy apresurado? Tenemos doce años juntos, vivimos juntos. Esto será un gesto simbólico para afianzar nuestro compromiso con el otro, ¿cierto?» Las dudas me están carcomiendo el cerebro, pero no quiero echarme para atrás.

Le pediré matrimonio porque no puedo imaginar a nadie más con quien pasar el resto de mi vida, con quien tener una familia y llegar hasta viejitos juntos.

Tamborileo los dedos sobre el volante y chasqueo la lengua, sintiendo que la angustia incrementa. Salgo del carro y me acomodo la bufanda azul marino alrededor del cuello, el invierno está cerca y el frío azota con fuerza.

Las puertas del edificio se abren frente a mí y veo a Samantha, tan preciosa con su cabello largo y ondeado y sus trajes de oficina. Sin embargo, la sonrisa se borra de mi rostro cuando la veo con su jefe, Rick Martin, con quien se ríe sabrá Dios de qué.

Aprieto mis dientes y finjo una sonrisa cuando sus ojos se encuentran con los míos. Alzo la mano para capturar la atención de su jefe, quien se tensa un poco al verme y ella se despide para caminar hacia mí con una sonrisa en el rostro.

Trato de no sentir celos, porque confío en ella. No obstante, no me pasa desapercibido lo tragado que está Rick de mi novia y, espero, futura prometida.

Cuando Samantha llega hasta mí, se abalanza y me abraza. La estrecho con fuerza contra mí y sonrío cuando nos separamos, pero no la dejo ir muy lejos al sujetarla de la cintura.

Sus ojos verdes brillan y sé que son un reflejo de los míos.

—No sé cómo es que cada vez que nos vemos te percibo más guapo —me dice y yo me rio, un tanto avergonzado—. ¿Y esta sorpresa tan linda?

—Pues eso, quise sorprenderte —respondo y acepto el beso que me brinda—. Quiero que comamos afuera, ¿te parece?

—Por supuesto, ¿al mismo lugar de siempre?

—Cómo me conoces, ¿eh? —respondo y ella sonríe aún más, afirmando con la cabeza—. Bueno, vamos.

—Nos hicimos una promesa y yo no faltaré a ella jamás —asegura y yo frunzo el ceño, mientras le abro la puerta del copiloto—. Ya sabes, que todas las citas de mi vida serán contigo, ¿lo recuerdas?

Por supuesto que lo recuerdo, jamás olvidaría algo como ello.

Samantha está por entrar al carro, pero yo tiro de su cintura y beso sus labios, sintiendo que desbordo de amor ante el recuerdo de nuestra primera cita. Ella me acepta, por supuesto, y se apega más a mí como si el mañana no existiera.

Nos alejamos apenas unos centímetros, aún puedo sentir su nariz y respiración chocar contra mi rostro y sonrío cuando ella abre sus ojos, mostrándome el bosque en su mirada al cual pertenezco.

Nos adentramos en el carro y nos colocamos los cinturones de seguridad. Por el rabillo del ojo noto que Sam sonríe y busco su mano para entrelazarla con la mía.

“Lovebirds Café” nos recibe a los pocos minutos y ambos nos miramos por unos instantes, tal vez sumidos en los recuerdos que este café despierta en nosotros. Muchas veces venimos a este lugar, que se ha vuelto nuestro predilecto, y hoy será testigo de un gran momento.

O al menos, eso espero.

— ¿Hay algo que celebrar? —pregunta Samantha, observándome.

—Tal vez —respondo, fingiendo inocencia y ella niega con la cabeza, entrecerrando los ojos.

Cuando ingresamos al lugar, las campanillas sobre nuestras cabezas tintinean. Observo el lugar, con unas cuantas mesas llenas, decorado con pajarillos enamorados, corazones y fotografías muy hermosas de parejas.

Nos sentamos en la mesa de siempre, frente al gran ventanal que permite ver hacia las calles, y enseguida una mesera nos atiende. Mientras el momento se va acercando, más inseguridades crecen en mi cabeza.

La comida, que consiste en hamburguesas de pollo y merengadas, llega a nuestras mesas y nos deseamos buen provecho. Conversamos un poco de nuestro último día de trabajo, pues ya es hora de unas merecidas vacaciones.

—No te he dicho. Rick está considerando traer a su primo para trabajar en la empresa, será como un apoyo para él. Yo le daré la bienvenida si acepta —me comenta, pinchando sobre su ensalada antes de meterse un bocado a la boca.

—Genial, otro Martin más, ¿uh? —me quejo, rodando los ojos y Samantha me imita.

—No seas tonto, cariño. Ya te he dicho que esos celos tuyos son ridículos —me recuerda—. Yo solo tengo ojos para ti.

—No eres tú quien me preocupa, amor. Ya te lo he dicho —le repito y tomo su mano para posar un beso en el dorso de la misma—, pero no hablemos de ello. Siempre terminamos peleando y es una bonita tarde.

—Tienes razón —concuerda ella, sonriéndome—. Por cierto, ¿qué haremos en vacaciones? Estaba pensando que podíamos pasar estas festividades con nuestras familias, aquí mismo, pero escaparnos por unos días para estar a solas.

—Suena perfecto para mí —acepto y me fijo que el momento ha llegado puesto que terminamos de comer—. Amor, ¿quieres postre? Un pastel de red velvet, ¿tal vez?

Sé que aceptará. Es el postre favorito de Samantha y no tiene que decir que sí, la sonrisa en su rostro y el brillo en sus ojos responden por sí misma.

Me he desvivido por mantener ese gesto en su rostro. Daría lo que fuera con tal de verla feliz porque la amo como jamás imaginé que amaría a alguien.

Y así será por siempre.

Le hago la señal a la mesera (mi cómplice), quien se acerca con una porción redonda de la torta roja, decorada con el frosting de queso crema y Samantha jadea al ver en el filo del plato una cajita de terciopelo rojo.

—Dylan… —jadea, colocando una mano en su pecho.

Ella me observa con detenimiento por unos segundos, en los cuales quisiera saber qué está pasando por su cabeza, y sus ojos se llenan de lágrimas. Mira de nuevo el cofre frente a ella y luego a mí, con el mentón temblando.

— ¿Esto es lo que…? —guarda silencio al ver que me arrodillo frente a ella—. ¡Ay, por Dios!

Los nervios y, para qué negarlo, la vergüenza se apoderan de mí. Sin embargo, no pienso dar marcha atrás. Esto es lo que quiero: ella y yo, juntos, hasta que la muerte nos separe.

—Samantha Grayson, hace doce años que empezamos nuestra relación. No voy a negártelo, tuve miedo al principio porque jamás me había sentido tan bien con alguien a mi lado. Apareciste en mi vida, iluminándolo todo y desde que nuestras miradas se cruzaron la primera vez supe que mi corazón pertenecía junto al tuyo —inicio y acaricio el rostro de mi novia al notar una lágrima rebelde humedecer su mejilla—. Asumí el riesgo esperando que valiera la pena y estoy tan feliz que hoy decido dar un paso más, con mil dudas comiéndome la cabeza sobre si tú también quieres esto, porque quiero pasarme la vida entera enamorándome profundamente de ti.

Ella cubre su boca con lentitud, sin podérselo creer todavía. Los nervios me evaden aún más y de verdad quisiera hurgar en su cabeza para saber qué piensa.

—Así que hoy, en el mismo lugar donde tuvimos nuestra primera cita, quiero pedirte que seas mi esposa —pronuncio al fin la propuesta, sintiendo mi corazón alebrestarse—. Samantha Mary Grayson, ¿te casarías conmigo?

— ¡Por supuesto que sí! —responde, abalanzándose a mis brazos. Me llena el rostro de besos, haciéndome reír, y enrosca sus extremidades alrededor de mi cuello—. No me lo puedo creer —admite, soltando algunas lágrimas en un llanto silencioso y feliz.

Le colocó el anillo y beso su mano. Ambos nos levantamos del suelo para sellar nuestro compromiso con un beso. La sostengo de la cintura, mientras ella se pone de puntas para colgarse de mi cuello. El contacto es tierno, suave y lento, con el toque salado de las lágrimas de emoción de ambos.

«Lo sabía, sabía que este amor valía el riesgo» pienso, acariciando la mejilla de mi prometida antes de besarla.

Capítulo 3

Samantha observó la lápida con el nombre de su prometido tallado en el lienzo gris. Las lágrimas se abarrotaron en su garganta y sorbió por la nariz, colocando la rosa blanca sobre la tierra que ahora la separaba de su pareja.

Se sentó frente a la misma, sin dejar de observar su nombre. Se sentía entumecida, como si su cuerpo ya no pudiera procesar todo el dolor y el sufrimiento que brotaba de sí, así que lo apagaba por un instante.

Un escalofrío la recorrió por completo y el viento jugó un poco con su cabello. Se dio calor, acariciando sus brazos y lo buscó con la mirada al sentirse observada.

« ¿Acaso podría ser posible que…?» no formuló por completo la pregunta en su cabeza. No quería ilusionarse y de ser lo que estaba pensando, no lo traería de vuelta. Se negaba a pensar que él se estancó y que podía verla deshecha, sin una motivación para continuar, sin fuerzas para levantarse de su cama. Una donde días atrás dormían juntos, donde él había dejado su olor corporal y que ella aún podía percibir.

«Tal vez solo está en mi cabeza» pensó y sorbió de nuevo por la nariz. Lo que ella no sabía era que sí, Dylan estaba allí junto a ella, sentado a su lado.

—Te extraño tanto —murmuró, acariciando el relieve de su nombre en la lápida—. A veces siento que sigues aquí, conmigo. Ojalá que no.

Dylan la miró, un tanto dolido por sus últimas palabras.

—No me malinterpretes, amor. Es solo que… mereces descansar y estar en paz. Sé que de ser así, estarías aquí porque te preocupas por mí, pero… estaré bien, lo prometo. Encontraré la forma de estarlo de nuevo. Me encantaría que siguieras junto a mí, pero no así: sin poder verte, tocarte, sentirte. No quiero que… —su voz se entrecortó y bajó la mirada, respirando hondo para no verse tan afectada por estarle hablando a su prometido a través de una lápida—. Si yo tan solo... Si no fuese tan terca. Perdóname por haber provocado esa discusión. Quisiera volver el tiempo atrás e impedir que salieras tan molesto. Te tendría aquí conmigo, sentado a mi lado en estos momentos.

—Si supieras… —musitó él, aflorando una sonrisa rota en su rostro.

—Ahora solo deseo un día más para pedirte perdón por todo lo malo y agradecerte por lo bueno, por haberte conocido. Por darme el privilegio de tenerte en mi vida —musitó y se levantó, sacudiéndose las manos—. Si, por casualidad, sigues aquí, ve y descansa en paz, amor. Estaré bien.

«Si tan solo supiera cómo hacerlo…» pensó Dylan, viéndola marcharse de aquel lugar tan gris.

Volvió su cara al frente, donde se encontraba la rosa, y se llevó la mano al pecho al verla allí de nuevo. Su capa negra, su cabello cobrizo y sus ojos tristes: la Parca.

—Tú otra vez, ¿uh? —murmuró, levantándose de la grama y le dio la espalda—. ¿Vienes a buscarme para ir al infierno?

—No es ese mi trabajo —respondió ella y él detuvo su caminar—. Pronto llegará la ayuda y no nos veremos más, o al menos, no tan seguido.

—Respóndeme algo, Muerte —la encaró y ella alzó la barbilla, esperando su pregunta—. ¿Podría haber sido diferente…? ¿Podría no haber… muerto?

—Hay muchos caminos, Dylan, pero la pregunta sería si todos ellos te llevarían al mismo lugar —respondió ella y ambos observaron hacia la lápida—. El destino no deja nada al azar. ¿Crees que podrías soportarlo de ser otra la situación?

No respondió. Sabía muy en el fondo que no podría soportar el hecho de perder a Samantha, mucho menos por su culpa. El corazón le dolió ante aquella posibilidad y una lágrima recorrió su mejilla.

Esa fue respuesta suficiente para la Parca, quien afirmó y se dio media vuelta, desvaneciéndose en el aire y dejando un ligero rastro de cenizas en el lugar.

Observó su tumba con recelo y cayó al suelo, dejando salir un grito desgarrador.

Un par de días antes…

Dylan cerró la puerta de su casa, aún sin despegarse de los labios de su prometida. ¡Ahora Samantha era su prometida! Si tan solo hubiese ignorado sus inseguridades, se habría casado con ella hace varios años atrás.

La alzó por la cintura y ella chilló, riéndose contra sus labios mientras enroscaba sus piernas en las caderas de su futuro esposo. Él la recostó sobre el sofá y se acomodó sobre ella para no aplastarla.

—No puedo esperar para casarme contigo —le aseguró y ella acarició su barbilla con el índice, sonriendo.

—Ni yo —respondió ella y se acercó a besarle de nuevo.

Esa noche sus cuerpos celebraron por ellos, unidos por el gran amor que sentían. Eran un amasijo de temblores, carne y besos que gritaban cuánto se amaban. Las sensaciones fueron tan intensas que Samantha soltó lágrimas en el acto y Dylan se detuvo, preocupado por ella.

— ¿Estás bien? ¿Sucede algo? —preguntó, tomando su rostro entre sus manos.

—Estoy bien, es que… me haces la mujer más feliz del mundo —respondió, sonrojándose.

Dylan sintió que algo dentro de sí se derretía y se mordió el labio para no sonreír tan grande como quería.

—Dios mío, te amo. Te amo con todo mi corazón, te amo hasta los huesos, Samantha Grayson —respondió él antes de besarla de nuevo.

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Al día siguiente, decidieron hacer un video chat con la familia de ambos: los padres de Dylan y Samantha, junto con la hermana de ella, quien vivía en L.A.

— ¿Te parece si hacemos una reunión para celebrarlo? —preguntó ella mientras esperaban a que todos se unieran a la llamada—. Ya que estamos de vacaciones…

—Como si pudiera decirte que no… —respondió él, ganándose un pellizco en la cintura—. ¡Ouch!

— ¡Hola! ¿Cómo están? —preguntó Samantha cuando apareció su familia en la pantalla.

Ella se recargó en el pecho de su prometido y llevó las piernas a su regazo, sonriente. Amanda saludó con su típica amargura a su cuñado, pero a Dylan solo le divertía la situación.

Sabía que en el fondo, ella lo quería.

—Bueno, hemos hecho esta reunión porque tenemos algo que anunciarles —agregó Samantha y miró a Dylan, sonriendo.

—No, no. ¡Ya va! ¡No me digas! —la interrumpió Amanda y ambos la miraron, frunciendo el ceño—. Samantha Grayson, ¿acaso estás embarazada?

— ¡¿Qué?! ¡No, por supuesto que no, Amanda! —respondió la menor, avergonzada y Dylan carraspeó, negando con la cabeza.

—Bueno, ¿entonces? —preguntó la mayor de las Grayson, cruzándose de brazos.

— ¡Nos vamos a casar! —anunciaron juntos y Samantha mostró el anillo a través de la cámara.

La sorpresa fue inminente, pero todos se alegraron por la noticia. Dylan sonrió al ver lo emocionada que Samantha se veía al hablar de los preparativos y negó con la cabeza cuando Amanda bromeó con ser quien interrumpiera el matrimonio.

—Bueno, haremos una pequeña reunión en casa para celebrar. ¿Vendrás, Amy? —preguntó Sam y su hermana afirmó, ladeando la boca.

—Ya mismo pido mi vuelo —le aseguró—. Nos veremos entonces. Me tengo que ir, ¡adiós!

—Por cierto, Dylan —habló Lourdes, su madre—. Tu primo Jack está en Nueva York, le diré que vaya.

Samantha los dejó conversando y se levantó del sofá para servirse agua en la cocina. Su celular vibró con un mensaje de su jefe y jadeó al leerlo, emocionada. Por supuesto que no dejaría pasar la oportunidad, aún cuando ya se encontraba de vacaciones.

Luego le contaría a Dylan, aunque sabía lo que se avecinaba y por eso debía prepararse mentalmente para ello. Retomó su lugar con su prometido y le sonrió, mientras en su interior deseaba que no le pusiera peros. Era su trabajo, uno que ella amaba, y ese dinero extra le vendría muy bien para invertirlo en la boda.

Por su parte, la decisión ya estaba tomada y él tenía que aceptarla, respetarla y apoyarla.

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