—Eres tú —dijo aún con el celular en su oído mientras me miraba sorprendida—. Oye te equivocaste de baño, este es el de mujeres —dijo frunciendo el ceño mientras bajaba de los lavabos y se tambaleaba al estar sobre sus tacones, rápido en unas cuantas zancadas caminé hasta ella alcanzando su cintura para evitar que perdiera el equilibrio por completo.
Aquella madrugada estaba despierto cuando Valet llamó. Me pareció extraño que lo hiciera, después de estas dos semanas había esperado a que lo hiciera o que algún mensaje de ella apareciera en mis notificaciones, pero no hubo nada. Esa noche cuando me fui de su apartamento me había dejado todo claro con tan sólo esas palabras que dijo para que me marchara de su apartamento.
Podía haberlo hecho yo, pero no lo hice porque sabía que estaba en su derecho de no quererme cerca. Probablemente si yo estuviese en su lugar hubiera hecho lo mismo que ella. Cuando me llamó no dudé en contestar a pesar de que me pareció raro que lo hiciera a aquella hora, al contestar y escuchar su voz me dejó clara la razón. Estaba muy ebria, y no necesitó decirme el nombre del lugar donde estaba porque indirectamente me lo dijo cuando dijo que había estado pensando en la vez que la había salvado de su exnovio ahí.
Ahí fue cuando supe donde estaba. LAVO.
Estaba ebria y sola, tomando en cuenta que su amigo estaba igual de ebrio o peor. Ese no era un lugar para ella, al menos no en ese estado. No podía dejarla ahí. Cuando llegué la busqué entre la gente, no quería perder más el tiempo y la llamé para asegurarme entonces de que si estaba donde había pensado que estaría. Al entrar al baño y verla ahí casi se me detiene el corazón de lo guapa que lucía.
—Claro que sé que es el de mujeres —dije sonriendo, guardando mi celular en el bolsillo del pantalón.
—Eres un pervertido entonces, sal de aquí —me dijo con el ceño fruncido aún sosteniendo el celular en su oído.
—Vamos a salir de aquí —dije tratando de no reír, pero a la vez sabiendo que estaba muy ebria como para tener todo el control de lo que salía de su boca.
—¿Cómo me encontraste? —balbuceó mientras la llevaba hacia afuera, en el pasillo había gente, aquel lugar era un punto ciego para muchas personas por lo que era el lugar perfecto para besarse, fumar o incluso drogarse.
—Tú me lo dijiste —dije mientras seguía caminando por el pasillo hasta salir por una puerta trasera que había descubierto la semana pasada cuando vine con Stone, de nuevo para celebrar mi victoria.
—No es verdad —repuso y cuando salimos del lugar se detuvo aferrándose de pronto a mi brazo—. ¿A dónde me llevas?
—A tu apartamento, claramente estás demasiado ebria como para estar sola en estos lugares —le contesté mirándola mientras sacaba las llaves del auto y le quitaba la alarma a este, el cual había dejado cerca de aquella salida.
—No soy una niña —me dijo volviendo a caminar a mi lado casi recargando todo su peso en mi brazo que rodeaba su cintura para sostenerla.
—Claro que no lo eres, nunca he dicho lo contrario —relamí mis labios acercándome a la puerta del copiloto abriéndola para que Valet subiera al auto—. Anda, sube. Te llevaré a tu apartamento.
—No —se giró hacia mí, lo hizo tan rápido que se tambaleó provocando que se torciera el pie y sus rodillas se doblaran. Jadeó quejándose y antes de que pudiera caer al suelo volvía rodear su cintura con mi mano sosteniéndola de pie—. Mi tacón, mi tacón —dijo casi chillando sin saber exactamente a lo que se refería, al mirar hacia abajo me di cuenta de lo que hacía. Su tacón se había roto.
Quise reír y rodeé los ojos debido a eso. ¿En serio en su estado de embriagues se preocupaba más por su tacón que por su pie el cual seguramente se había lastimado mucho?
La tomé en brazos para poder subirla al auto, no batallé mucho pues su cuerpo estaba flojo debido al poco control que tenía en sus acciones. Se quejó cuando la dejé en el asiento y me puse de cuclillas encendiendo la luz de mi celular para poder mirar su tobillo con mejor iluminación. Esta me quiso empujar, pero no logró alejarme.
—¿Qué haces? Mi tacón, ¿dónde está mi tacón? —balbuceaba mientras mi mano iba a su tobillo tocando este para ver si había comenzado a inflamarse, esta dio un respingo—. Auch, me duele, shu —chilló y maldije en voz baja mientras dejaba el celular a un lado y desabrochaba la correa de su tacón, pues no tardaría en inflamarse aquella zona que rodeaba y entonces la lastimaría más.
—Necesito quitártelo para que la correa no te apriete y lastime cuando se te inflame —le expliqué quitándole esta vez la zapatilla por completo. Volví a alumbrar el pavimento donde la aguja de la zapatilla estaba, la tomé y se la enseñé—. Aquí está el tacón, tranquila —sonreí mostrándosela y esta sonrió arrebatándola después casi comenzando a llorar.
—Mi tacón —dijo triste mientras lo miraba, aproveché ese momento para ponerle el cinturón y cuando lo hice esta colocó su mano debajo de mi mentón casi apretando mis mejillas haciendo que la mirara—. Tú y yo tenemos que hablar, Nathaniel —balbuceó diciéndome casi como una advertencia, pero en aquel estado sonaba como todo menos una.
—Hablaremos lo que tú quieras, preciosa. Pero tenemos que ir a tu apartamento para que te pueda ver ese tobillo —le sonreí y cuando me incorporé esta me tomó del brazo sin dejar que me alejara.
—No quiero ir a mi apartamento —me miró desde el asiento y trató de jalarme, pero fue inútil—. ¿Vamos a un museo?
Carcajee sin poder evitarlo. Esta chica cada vez me sorprendía más y más.
—Son las dos de la mañana, Val.
—Aún mejor, no habrá nadie —gritó en modo de celebración y tuve que inclinarme a tomar su rostro entre mis manos.
—Val, estás muy ebria, necesito llevarte a tu apartamento para poder ponerte algo en ese tobillo y para que vayas a la cama —le dije mientras la miraba a los ojos. Sus mejillas estaban sonrosadas debido al alcohol y sus ojos estaban…
Puta madre, sus ojos.
—O podemos ir ambos a la cama —repuso sonriéndome divertida y maldije en mi mente al tener una imagen bastante subida de nivel de los dos sumergidos en la misma cama.
Tuve que alejarme aprovechando que se había quedado quieta por unos segundos. Cerré la puerta del copiloto y rodeé el auto subiendo al asiento detrás del volante. Encendí el auto y di reversa mirando hacia atrás hasta poder salir a la calle saliendo de aquel lugar. Cuando salimos de esa avenida la escuché gemir al mover su pie, la miré de reojo y después relamí mis labios.
Pasaron unos minutos donde al principio solo la escuchaba balbucear cosas que no lograba entender, hubo un momento donde el silencio era lo único ahí. Pensé que se había dormido hasta que de pronto se incorporó de golpe como si algo le hubiera picado.
—Mis Vans —soltó de repente y fruncí el ceño confundido mientras la miraba—. Mis Vans.
—Val, no traías ningunos Vans —le dije mientras miraba al frente aún conduciendo.
—Thiago. Están en el auto de Thiago, regresa —dijo y le miré por unos segundos.
—No voy a regresar.
—Regresa —me miró enojada apareciendo ese gesto de su nariz arrugada cada vez que se enojaba.
Sonreí.
—No voy a regresar, preciosa —espeté volviendo a mirar al frente sin dejar de conducir.
—Quiero mis Vans —me dijo enojada, pero no la miré y seguí conduciendo.
—Aunque volviera no podrías ir por ellos porque no tienes las llaves del auto de tu amigo y considerando que me dijiste que estaba muy ebrio y besándose con esa chica, dudo que puedas ir al auto a buscar tus zapatos, preciosa. Creo que estará ocupando mucho espacio en el auto como para que puedas alcanzarlos —le miré y esta se quedó mirándome por unos segundos sin comprender, alcé una ceja y entonces esta pareció entender.
—Eres un sucio —me dijo después inclinándose hacia adelante quitándose el otro tacón.
—Yo no fui quien sugirió que fuéramos ambos a la misma cama —dije mirándole de reojo con una sonrisa de lado, dando vuelta en la calle de su edificio.
—¿Y te gustaría? —preguntó mirándome y entonces me tensé.
Estaba jodiendo, ¿verdad?
—No creo que te interese saber la respuesta —le contesté acelerando un poco para poder llegar más rápido.
—¿Ahora se supone que tú sabes lo que yo quiero? —me preguntó y sonreí sabiendo la referencia—. Entonces, ¿te gustaría?
Cuando volvió a preguntar ya me encontraba frente a su edificio. Estacioné el auto y abrí la puerta bajando de este escuchando como Valet me decía algo en forma de reclamo. Rodee el auto abriendo su puerta y esta se encontraba con los brazos cruzados. Me incliné para quitar su cinturón y esta me lo impidió.
—Valet, ya llegamos —le dije para que entendiera en que tenía que bajar.
—Lo sé, pero hay un problema —me dijo cubriendo la parte de donde se quitaba el cinturón.
—¿Cuál?
—No tengo mis llaves, así que no podremos entrar —me miró sonriendo como una niña pequeña.
Me quedé parado ahí por unos segundos, miré hacia la puerta del edificio y sonreí negando. Estaba bromeando, estaba ebria y sabía que solamente quería jugar con mi mente. Era testaruda y por eso se inventaba cualquier excusa con el fin de no entrar a su apartamento.
—Estás mintiendo —la miré a los ojos y esta volvió a sonreír extendiendo hacia mí su bolso.
—Compruébalo.
—No voy a esculcar en tu bolso, Val.
—Te estoy dando permiso de hacerlo.
—Estás ebria —apoyé mis manos sobre la parte de arriba del auto mirándola mientras entrecerraba los ojos.
—¿Y eso qué? —arrugó la nariz y sonreí.
—Valet, por favor. Hay que entrar —le dije poniéndome de cuclillas para poder mirarla desde ahí que era un mejor ángulo.
—No quiero —me dijo y cruzándose de brazos de nuevo mirando hacia enfrente—. Quiero ver los rascacielos.
—Podemos verlos desde tu balcón si quieres, pero hay que entrar para que pueda checarte ese tobillo —dije acercando mi mano a su tobillo donde mis dedos apenas rozaron colocando un poco de presión para ver si la zona ya había comenzado a inflamarse. Esta jadeó quejándose y la miré—. ¿Lo ves? Si no te pongo algo te dolerá más.
—Quiero verlos desde tu apartamento —me dijo y casi suelto un suspiro frustrado.
Comenzaba a colmar mi paciencia esta mujer.
—No iremos a mi apartamento, estás ebria.
—¿Y eso qué? —me miró enojada mientras sus manos se aferraban al asiento.
—Que si te llevo a mi apartamento el día de mañana seguro despertarás furiosa de que te haya llevado ahí. No estás pensando con claridad, Valet —le dije mirándola después apretando mis labios a lo que esta extendió su mano hasta mi cabello.
—Llévame a tu apartamento —dijo casi ignorando lo que le había dicho.
Casi suelto un suspiro de frustración, pero simplemente dejé caer mi cabeza hacia adelante como si hubiera sido derrotado. Podría estar mintiendo, podría sólo mirar su bolso y buscar la llave de su apartamento para poder entrar. La miré y esta sonrió como niña pequeña mientras daba dos palmadas en mi cabeza como si fuese un perro que había hecho caso a su orden. No pude no sonreír.
—Si te llevo, ¿no te enojarás por la mañana? —pregunté sabiendo que probablemente su respuesta no sería la misma por la mañana.
—Pinky —dijo y fruncí el ceño confundido—. ¿El meñique?
—¿El meñique?
—Sí, tonto —me dijo mientras me mostraba su meñique y tomaba mi mano haciendo que mi meñique se entrelazara con el de ella—. Así, es promesa. El pinky es una promesa sagrada, la rompes y eres condenado al infierno.
Carcajee al escucharla mientras negaba. Me incorporé y me miró desde el asiento del copiloto aferrándose de nuevo al asiento mientras fruncía el ceño, como si estuviese a punto de reclamarme.
—Pinky entonces —dije y su semblante cambió por completo relajándose, mostrando aquella sonrisa que comenzaba a provocarme a querer besarla.
Cerré la puerta de su lado y rodeé de nuevo el auto subiendo. La miré estando ya arriba y esta se acomodó en el asiento como si estuviésemos a punto de partir a una gran aventura. Al arrancar ella se mantuvo callada, lo hizo casi todo el camino hasta llegar frente al edificio de mi apartamento.
—¿A dónde vamos? —preguntó y fruncí el ceño casi parando el auto en seco pero no lo hice pues ya estaba entrando al estacionamiento del edificio.
¿Me estaba jodiendo?
—Val, me dijiste…
Comenzó a carcajear mirando mi cara, cerró los ojos sin dejar de reír mientras hacía la cabeza hacia atrás y trataba de tomar aire con sus manos sobre su abdomen. Abrió los ojos mirándome.
—Sólo bromeo —me dijo y quise matarla en ese momento.
Esta mujer me iba a terminar sacando canas verdes.
Estacioné el auto en el cajón que me correspondía y bajé de este, escuché que me reclamó, pero había bajado tan rápido que ni escuché sus palabras. Fui hasta su puerta abriéndola e inclinándome para desabrochar su cinturón, tomé sus tacones colocándolos en su regazo y esta me miró confundida hasta que la miré.
—Voy a cargarte, no puedes caminar con el pie así —le dije pidiendo permiso para que me diera luz verde de hacerlo.
—Puedo hacerlo yo sola —me dijo haciéndome ademanes de que me alejara.
—Valet, no puedes.
—Que sí —me ladró fulminándome con la mirada. Rodee los ojos y me alejé tomando distancia dándole la oportunidad de que lo intentara para que se diera cuenta de que no podría apoyarse sobre el pie con el tobillo lastimado.
Bajó del auto apoyándose primero sobre el pie que no se había lastimado, después cuando se levantó sobre sus dos pies jadeó tambaleándose un poco, no supe si era por el alcohol o por el dolor en el tobillo, pero yo automáticamente extendí mi brazo para sostenerla. Me fulminó con la mirada de nuevo y la solté lentamente.
—Estás descalza, Valet, no caminarás descalza hasta arriba.
—Usamos ascensor —me llevó la contraria y aquello fue en lo único que lo haría pues ya no me importó pedir más su permiso cuando ya la había tomado en mis brazos después de cerrar la puerta del auto—. Oye, suéltame —espetó pero la ignoré mientras caminaba hasta la entrada que había en el área de estacionamiento, aquello acortaba nuestro camino al ascensor.
Siguió diciéndome algunas cosas que no logré escuchar porque después fueron sustituidas por balbuceos cuando dejó de resistirse y sus brazos me rodearon el cuello para sostenerse. Llegamos al ascensor y tuve que presionar los botones con mi codo pues mis manos estaban ocupadas sosteniendo el cuerpo de Valet. Cuando las puertas se cerraron esta soltó un suspiro y empezó a mirar todo el ascensor.
—Me gusta este ascensor —dijo y sonreí aún sosteniéndola en mis brazos—. Es muy rústico.
—¿Rústico? ¿Segura?
—Sí, rústico.
Reí negando. No tenía nada de rústico, quizá solamente los ascensores y los relieves que tenían por fuera.
—Como tú digas, preciosa —dije apoyándome en una de las paredes y esta movió sus piernas como si estuviera columpiándolas.
—¿Te parezco linda? —preguntó buscando mi mirada y la miré con el ceño fruncido después sonriendo.
—Te he dicho que me pareces hermosa.
—Tú eres guapo —me dijo y sonreí de lado.
—Gracias.
—Hablo en serio —me miró seria y quise reír por la manera en que su semblante podía cambiar de uno a otro, como si fuera una cara de póker. No dudaría que podría tener ese talento también. Me preguntaba qué tan buena podría ser en las cartas.
—Yo también hablo en serio —dije mirándola con ambas cejas alzadas.
Las puertas se abrieron y salí al pasillo de mi piso. Caminé hasta el final de este donde la puerta de mi apartamento estaba. Me iba a ser imposible poder marcar el número de la clave de acceso, por lo que tuve que bajar a Val con cuidado sin dejar de sostenerla por la cintura.
—Apóyate en el pie que no tienes lastimado —le dije en voz baja y esta bufó aferrándose a mi brazo mientras yo marcaba el número en la puerta, al darme acceso abrí la puerta volviendo a tomar a Val pero esta no me dejó.
—Puedo caminar —dijo pero sabía que no era del todo verdad, sin embargo la dejé sin apartar mi mano de su cintura encaminándola hacia adentro.
Esta se tambaleaba y cada vez que sentía que lo hacía mi mano se aferraba alrededor de su cintura para no permitir que esta tropezara o cayera. Pasamos el pasillo de la entrada cuando cerré la puerta y después doblamos en el pasillo junto a la cocina, quería llevarla a una habitación de invitados para poder curarla ahí, pero esta me desvió yendo hasta al sofá donde se dejó caer.
—Lindo piano eh —me miró apuntando el piano en la estancia mientras alzaba una de sus cejas.
—Estás ebria, Val —me agaché tomando su pie con cuidado para mirarlo a la luz de los rascacielos pasar por los ventanales pues ni siquiera había prendido las luces.
—Pero tengo una excelente memoria —me dijo y traté de controlarme pues sabía que era lo que estaba recordando y el hacerlo me haría perder el control de mis acciones, las cuales eran unas que no eran apropiadas para aquel momento, no cuando ella se encontraba de esa manera.
—Necesito ponerte hielo —dije volviendo a incorporarme y esta bufó.
Me quedé mirándola de pie frente a ella y me incliné para hacer que se levantara con cuidado. Tenía que curarla en la habitación si no quería que volviese a levantarse. No pareció quejarse ni reclamar lo cual me pareció extraño, pero a la vez agradecí por eso. La llevé a una de las habitaciones y la hice sentarse en la cama. Miró todo con curiosidad mientras entrecerraba los ojos por la oscuridad tratando de divisar cualquier cosa que hubiera ahí. Apenas se podía ver y era porque el ventanal que estaba ahí estaba con la cortina hacia abajo, me acerqué para subirla mostrando los rascacielos y casi la veo sonreír cuando lo hice. Encendí la lampara en el buró junto a la cama y esta miró alrededor aún con más atención.
—Ya vengo, voy por hielo —le dije saliendo de la habitación mientras me deshacía de la chaqueta y la dejaba en el sofá.
Me remangué las mangas del suéter que llevaba mientras sacaba unos cuantos hielos y los colocaba en un vaso de cristal. Tomé una toalla pequeña y después fui al baño donde saqué el botiquín de primeros auxilios. Por un momento me quedé quieto pensando en que Valet estaba en mi apartamento. Estaba ahí. Después de lo que había ocurrido hace dos semanas ella se encontraba ahí y no sabía si aquello era bueno o malo.
Traté de no concentrarme en ello en ese momento. Fui a mi habitación sacando unos pants deportivos y una camisa mía. Cuando entré de nuevo a la habitación la vi apoyándose sobre la cama mientras miraba un punto fijo en el piso, con la mirada perdida. Me acerqué y al verme relamió sus labios.
—Creo que es mejor que te pongas algo cómodo para dormir, en el botiquín hay toallitas húmedas para que puedas desmaquillarte, he leído que no es bueno dormir con este puesto —le dejé mi ropa en la cama después dejando los hielos, la toalla y el botiquín de auxilios en el buró.
—Qué considerado, gracias —dijo tomando la camisa y extendiéndola frente a ella para verla—. Esto me quedará enorme —suspiro y la colocó en su regazo mientras comenzaba a deshacerse de la parte superior de las prendas que llevaba.
Mierda.
Se había empezado a desvestir frente a mí. ¿Iba a hacerlo frente a mí? Me dirigí a la puerta volviendo a abrir esta para salir.
—Dime cuando termines de cambiarte —dije antes de salir y la escuché balbucear algo.
Me quedé unos segundos fuera de la habitación recargado en la pared esperando a que esta me hablara para entrar. Había visto como se quitaba aquel top. Estaba ya muriendo por la manera en que aquel atuendo le lucía, el que se quitara una de sus prendas frente a mí no iba a poder hacer que me controlara del todo. Era jodidamente preciosa y sexy y era bastante difícil no querer comerle la boca, definitivamente el tenerle desvistiéndose frente a mí no ayudaría en nada con aquellos impulsos.
—Ya puedes entrar —escuché a Val y entré a la habitación.
Tiene que ser una broma.
Estaba sólo con mi camisa. Estaba solamente con mi puta camisa. Le llegaba hasta los muslos, pero mierda. No pude evitar no recorrer todo su cuerpo con la mirada, estaba de pie junto a la cama, apoyándose más en otro pie que en el otro, supuse que era por el dolor. Las ganas de acercarme y tirarla a la cama para besarla me empezaron a carcomer todo el cuerpo y las puntas de mis dedos me picaban de no estar tocándola en ese momento. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía simplemente hacerlo y ya? Estaba ebria, no estaba actuando de manera consciente.
—¿Qué? —me dijo después de unos segundos sin poder dejar de mirarla.
—¿Por qué no te has puesto los pantalones? —dije sintiendo como mi boca se secaba y esta simplemente se encogió de hombros como si mi pregunta fuera algo irrelevante.
—No me apetece, aquí adentro no hace frío y aparte, me quedarán muy largos —dijo sin importancia arrugando la nariz después dejándose caer en la cama sentándose, haciendo que la camisa se le subiera un poco más arriba por los muslos.
Esto no me puede estar pasando. Me está torturando.
—Ponte los pantalones, Val —dije casi como imploro, pero esta se me quedó mirando mientras seguía sentada en el borde de la cama.
—No quiero, Nate —frunció el ceño mirándome y subió sus piernas a la cama estirándose hacia adelante para tocar su tobillo—. Esto duele.
Me quedé parado ahí sin decir nada, tan solo mirándola mientras esta se estiraba sobre sus piernas como si estuviese tratando de hacer algún estiramiento en específico. Después se dejó caer hacia atrás sobre el colchón cerrando los ojos y estirando sus brazos como si estuviese haciendo un ángel sobre la nieve. Aquel estiramiento hizo que la camisa subiera un poco más y tuve que desviar la mirada mientras pasaba una de mis manos por mi rostro casi restregando este debido a la tensión que estaba sintiendo en ese momento.
—Siéntate para que pueda curarte —dije caminando hacia el buró tomando hielo colocándolo en la toalla para después mirar de reojo a la cama donde Valet seguía en la misma posición.
—Puedes hacerlo así —me dijo acomodándose sobre las almohadas mientras tomaba una y la abrazaba—. ¿Puedes ver si me desmaquillé bien? No tengo un espejo —musitó con pereza.
Asentí mirándola de reojo. No iba a tener de otra, tenía que hacer eso rápido para poder salir de ahí e irme directo a mi habitación. Así que lo hice, primero me acerqué a ver su rostro apenas y vi que en sus párpados había aún un apenas rastro de maquillaje.
—Tienes un poco en los párpados —dije y esta estiró el brazo hasta tomar otra toallita húmeda para después frotarla en su párpado.
—¿Ya? —preguntó con pereza y apreté los labios negando.
Me senté en la orilla tratando de evadir el hecho de que estaba semidesnuda en una cama donde yo estaba sentado junto a ella. Le quité la toallita y la pasé por sus párpados con cuidado borrando cualquier rostro de maquillaje. Esta sonrió con los ojos cerrados, cuando terminé me acomodé dándole la espalda en el ángulo preciso para no tener que ver su cuerpo y tan solo sus pies. Con cuidado coloqué la toalla con el hielo sobre su tobillo y esta jadeó moviéndolo por reflejo ante el frío.
—Ya se va a pasar, no te muevas —le dije suave mientras presionaba un poco para que el frío penetrara los poros de su piel sobre la zona inflamada y esta pudiera dejar de estarlo al menos un poco.
Duré unos minutos así mientras hacía el esfuerzo por no girar el rostro y mirarla. Quería hacerlo, de verdad quería hacerlo.
—¿Tienes sueño? —me preguntó de repente mientras apartaba el hielo y esta vez alcanzaba una crema del botiquín de auxilios.
—No, ¿y tú? —le pregunté relamiendo mis labios.
—Tampoco —susurró, pero sabía que estaba mintiendo porque justo después bostezó.
No dije nada más, estaba bastante tenso teniéndola semidesnuda en esa cama. Coloqué crema en dos de mis dedos y después comencé a frotarla en su tobillo, esta se sobresaltó cuando lo hice, pero no dijo nada. Lo froté durante unos segundos hasta expandirla por toda la zona afectada deseando que solo fuera inflamación y no hubiera un esguince, de ser así tendría que llevarla a un hospital mañana.
Después de asegurarme de que la crema se extendiera por la zona hasta que penetrara en su piel, tomé una venda para colocarla alrededor de su tobillo teniendo que subir su pie sobre mi regazo para poder vendarlo, lo aseguré con unos broches para que esta no se deshiciera. Con cuidado volví a colocar su pie en la cama y esta soltó un suspiro, me levanté y tomé las cosas del buro para después mirarla. Estaba con los ojos cerrados, supuse que ya había quedado botada, cosa que no me sorprendía debido al estado en que el que el alcohol la tenía hace unos minutos. Justo cuando me giré para irme de ahí tomó mi muñeca deteniéndome.
—Gracias, Nate —balbuceó esta vez por el sueño y no por el estado de embriaguez—. Eres un buen chico —me dijo y sonreí después sintiendo como me soltaba y esta vez caía por completo en un sueño profundo.
Me quedé unos segundos observándola sin querer dejar de hacerlo por un largo tiempo. Era hermosa, así al natural recostada sobre la cama con sus cabellos esparcidos por toda la almohada y sus labios ligeramente abiertos. Deseaba poder sentarme a su lado y poder acariciar su rostro, besarla, tocar sus labios con las yemas de mis dedos. Me volvían a picar de querer hacerlo. Relamí mis labios desviando la mirada sabiendo que si me quedaba nunca podría salir de esa habitación. Era extraño. Aún me preguntaba por qué su belleza me tenía tan anonado y embobado, aún me preguntaba por qué su cercanía me tentaba tanto.
Salí de ahí sin hacer más, miré la hora y vi que eran las tres de la mañana. Dejé todo en su lugar y me serví un vaso de bourbon sentándome en el sofá de la estancia mirando los rascacielos desde ahí por los ventanales. Valet había querido hacerlo igual, pero había caído rendida en el sueño.
El sudor y un malestar en el estómago me despertó. Al abrir los ojos lo hice con dificultad queriendo volver a cerrarlos al instante. Tenía calor. Mi ropa estaba empapada en sudor y la tela se pegaba a mi pecho. Traté de incorporarme lentamente debido al dolor de cabeza que apareció cuando apenas la moví. Me apoyé sobre las palmas de mis manos en el colchón y después miré al frente.
Espera.
Miré la pared frente a mí. Gris. Unas puertas color café oscuro, y en la esquina una puerta del mismo color que las otras. Las primeras eran un armario, la otra en el otro extremo era la puerta de aquella habitación. Fruncí el ceño confundida y me miré. Quité la cobija blanca que tenía encima y casi chillo cuando me doy cuenta de que no llevo alguna prenda en la parte inferior de mi cuerpo. Estaba en bragas, y llevaba puesta una camisa negra.
Como pude me levanté rápido de la cama y me quejé cuando estuve sobre mis dos pies sintiendo un leve dolor en uno de mis tobillos. Tenía una venda alrededor del tobillo izquierdo. Me quedé mirándola por unos segundos tratando de hacer memoria de lo que había pasado. Justo cuando lo hice unas nauseas vinieron a mí, haciéndome correr sin importar el dolor en el tobillo. Salí de aquella habitación buscando algún baño. Necesitaba vomitar. Al salir vi cosas que me resultaron familiares, pero cuando vi una puerta en diagonal hacia donde yo estaba fui a abrirla, al ver que era un baño no dudé en entrar y arrodillarme frente al inodoro comenzando a vomitar. Todo lo que había tenido en mi estomago durante esa noche ya no se encontraba más. Maldije en mi mente por haber tomado tanto, sólo en una ocasión me había puesto de esa manera y había jurado nunca más hacerlo debido a la terrible resaca que había sufrido aquella vez.
Después de un rato me quedé ahí sosteniéndome del inodoro mientras cerraba los ojos tratando de desaparecer las nauseas y el dolor punzante en mi cabeza. Jadee como si aquello fuese a ayudar a desaparecer ambas cosas. Pasaron minutos creo, me levanté tirando de la cadena del baño. Me levanté y me lavé la boca en el lavamanos después mirándome en el espejo.
Estaba demacrada. No llevaba maquillaje, mi cabello estaba suelto y caía sobre mis hombros. Me miré de nuevo. No llevaba mi ropa, llevaba sólo una camisa negra que me llegaba a los muslos. De pronto como si hubiera sido un flash de cámara poco a poco recuerdos de la noche anterior vinieron a mi cabeza.
Nathaniel.
Oh Dios, no no no. Estaba en su apartamento. Comencé a ponerme nerviosa mirando todo el baño, claro para ver si había una ventana y podía tirarme desde ahí. Abrí la puerta de nuevo, esta vez lentamente asomando la cabeza para ver si había rastro de él. No era que tuviera un excelente ángulo desde ahí para ver si se encontraba en la estancia. Frente a la puerta del baño se encontraba otra puerta que estaba a la par de la habitación donde había dormido, supuse que era alguna otra habitación, no lo sé. Apenas podía ver la estancia desde ahí. Al no oír ruido tomé la oportunidad para salir del baño caminando en dirección a la habitación donde estaba minutos antes, caminé con un leve cojeo debido al tobillo vendado.
—Buenos días, preciosa —escuché justo cuando mi mano se encontraba sobre la perilla de la puerta y grité del susto sobresaltándome un poco.
Me giré para mirarlo, estaba apoyado sobre del otro lado de la pared que constituía la cocina. Llevaba unos pantalones tipo joggers y una camisa gris. En su mano sostenía una taza color negro y mientras me miraba daba un sorbo a esta. Supuse que era café porque de pronto me percaté del olor de este que invadía el apartamento. Me miró serio por unos segundos y después apretó los labios.
—Todavía te duele el tobillo —su mirada fue directo a mi pie y después volvió a mi rostro—. Tendré que ponerte más Flogoprofen —dio otro sorbo sin despegar su mirada de mis ojos.
Nunca pensé que así sería la manera en que volveríamos a vernos. Ni siquiera estaba segura de si íbamos a hacerlo, es decir, después de la última ocasión iba a ser bastante complicado, después de lo que yo había leído, de lo que yo había descubierto de él. Aunque bueno, aún seguía sin saber con exactitud lo que él hacía, sólo había descubierto que estaba metido en algo que no era del todo bueno.
No me había dado cuenta de que mis manos estaban aferradas a la camisa que llevaba puesta tratando de tapar un poco más, aunque ya me quedaba lo suficientemente larga para llegarme por debajo de la mitad de los muslos. Su camisa, era su camisa. En ese momento casi respiro profundo para poder aspirar su aroma, pero mordí el interior de mi mejilla para no hacerlo.
—¿Dónde está mi ropa? —dije bajo con cierta vergüenza de que me siguiera mirando.
—Se está lavando —dijo apartándose de la pared dejando la taza en la mesa del comedor después tomó un vaso de agua y algo más que no pude divisar. Se acercó hasta mí y al tenerlo frente a mí tuve que alzar un poco la mirada—. Toma esto, te ayudará con el dolor de cabeza —me extendió el vaso de cristal y en la otra mano una pastilla blanca.
Miré la pastilla por unos segundos preguntándome como pudo saber sobre el dolor de cabeza. ¿Tan evidente era en mi rostro? No. Él ya había tenido preparado aquello. ¿Había tomado tanto? Claro, era de pensarse después de todo lo que había hecho y dicho ayer. Sentí mis mejillas arder al pensarlo, apreté mis labios y tomé el vaso y la pastilla llevando esta a mi boca después dando un sorbo al agua para poder tragarla. Tenía mucha sed así que tomé todo el contenido del vaso. Nathaniel me miró apenas con una sonrisa de lado sin dejar de apretar sus labios.
—Gracias —susurré evadiendo su mirada con cierta pena. Sentí su mano quitarme el vaso—. ¿Qué hora es?
—Doce —dijo y abrí los ojos como plato.
—Dormí mucho —dije mirando un punto fijo detrás de él—. Mi celular, ¿dónde está? —pregunté al recordar a Thiago mientras le pasaba por un lado e iba hasta la estancia.
—Tu amigo estuvo llamando por la madrugada, no contesté, pero sí le dejé un mensaje desde tu celular diciéndole que estabas bien —comentó Nate detrás de mí cuando tomé mi bolso el cual estaba en el sofá. Saqué mi celular y lo desbloqueé.
—¿Cómo supiste mi contraseña? —le miré extrañada.
—Deberías de cambiarle, es bastante sencilla —dijo metiéndose a la cocina sin antes no dedicarme una sonrisa—. Uno, dos, tres, cuatro. Bastante predecible.
Me ruboricé y volví a mirar mi celular. Más de veinte llamadas de Thiago. Entré a los mensajes y efectivamente Nathaniel le había escrito un mensaje donde se hacía pasar por mí diciéndole que estaba bien. Dios, este chico había cuidado de mí como una niña pequeña la noche anterior. Cerré los ojos deseando que fuera un sueño.
—¿Te gustan los wafles? —preguntó de nuevo recargado en la pared esta vez con los brazos cruzados.
Lo miré con mi celular en la mano y el bolso en la otra. Apreté los labios, dejé salir un suspiro cerrando los ojos por unos segundos y después los abrí encontrándome con su mirada.
—Escucha, sé que esto es raro considerando lo que pasó la última vez que nos vimos. Te agradezco lo que hiciste ayer por mí y lo siento por… —fui interrumpida.
—¿Te gusta el kiwi? —preguntó y fruncí el ceño sin comprender a qué venía su pregunta, mucho menos que me hubiese interrumpido por ello.
—Sí.
—Bien, si gustas puedes ir a la cama en lo que hago el desayuno. Te aviso cuando esté listo —se apartó de la pared para entrar a la cocina después salió con un termo que tenía un popote y se acercó a mí—. Mientras toma agua, debes tomar mucha para esa resaca que tienes —me miró con una ceja alzada y una sonrisa llena de diversión en sus labios.
¿No le importaba? ¿No le importaba lo que le había dicho la última vez? Era entendible por qué no le importaría, anoche me comporté como si nada de eso hubiese sido valido. Aún así después de eso, estaba siendo bastante atento y lindo.
Deja de serlo, maldita sea.
Tomé el termo que me extendía después dando un sorbo desde el popote. Era agua. Me sonrió y se alejó volviendo a la cocina, pero antes de entrar se detuvo se giro hacia mí haciendo un ademán con la mano a que había recordado algo, me miró con los ojos entrecerrados y sonrió.
—Por cierto, hay algo de ropa para ti en el armario de la habitación. Ropa cómoda, por si gustas darte una ducha, veo que tienes frío —me comentó después desviando su mirada a la camisa que llevaba puesta. Me sonrió de lado mostrando ese hoyuelo que tanto me moría por tocar, alzó una de sus cejas y después se apartó volviendo a la cocina.
Fruncí el ceño extrañada por aquello último. Miré la camisa que llevaba puesta y entendí a lo que se refería con lo que tenía frío. Tomé la camisa mirando por dentro de esta y confirmé lo que pensé en el momento en que vi que mis pezones estaban erectos y se hacían notar por ligeramente por la tela. No tenía sostén. Sentí ruborizarme y corrí lejos de ahí volviendo de nuevo a la habitación.
Valet, Valet, Valet, solo te podía pasar esto a ti.
En el armario encontré todo lo que podía necesitar para bañarme. Incluso encontré un cepillo de dientes junto a ropa que era de mi talla. Agradecí aquello primero pues quería lavar mi boca después de haber vomitado, no soportaba estar sin hacerlo. Lo segundo me pareció extraño pues si mis recuerdos de anoche no me fallaban, él me había dado su camisa con la que había dormido y unos pantalones de deporte que no me quise poner. ¿Ahora resultaba que si tenía ropa para mí? Me duché y me cambié en el baño, no pensaba salir envuelta en toalla para cruzar hasta la habitación. Me coloqué la camisa blanca y los joggers grises que había puesto ahí para mí. Incluso unas bragas. Me quería morir cuando me di cuenta de que incluso había puesto para mí unas bragas. Dios, que vergüenza. Eran negras, no iba a mentir, eran lindas y con ciertas partes con encaje, tal como me gustaba usar en ocasiones.
¿Acaso había ido a comprar esto? ¿O pertenecían a alguien más? Pensar lo segundo me hizo de cierta forma sentirme mal y a la vez celosa de la chica que podría haber estado antes aquí en mi lugar. ¿Alguna exnovia? ¿Alguna amiga con derechos? Pero era nuevo. Todo era nuevo, lo confirmé cuando vi la etiqueta en cada una de las prendas. Había ido a comprar eso para mí. Aunque estaba agradecido por que fuera eso y no la segunda opción que se me había cruzado por la cabeza, me sentí igual de avergonzada en que tuviera que hacerlo ir a comprar esto para mí.
Antes de salir de la habitación también me puse una especie de sandalias que eran pantuflas, cuando salí de esta y me acerqué a la estancia lo vi sentado en la mesa mientras checaba algo en su celular. Al parecer sintió mi presencia pues giró para mirarme. Me miró de pies a cabeza y casi se me corta la respiración por ese simple gesto. Sonrió y se levantó de la mesa dejando el celular lejos.
—Veo que te quedó bien todo —relamió sus labios y casi corro hacia él para poder tocarlos.
—Sí, gracias —dije después aclarando mi garganta cruzándome de brazos tratando de cubrir mis pechos.
Se me quedó mirando por unos segundos antes de ir a la cocina y regresar con un plato colocándolo en la mesa junto a un vaso con lo que al parecer era jugo. Me miró y me hizo una seña como significado a que me acercara a sentarme. Lo hice. Me senté justo donde había puesto el plato y este se sentó a la par mía, sobre la silla que quedaba a diagonal a mí.
—Espero te guste —me dijo mientras tomaba una taza y daba un sorbo a esta. No me había dado cuenta de que la había tomado.
Miré el plato. Era todo un desayuno completo. Wafles, pedazos de fruta entre ellos el kiwi –supuse que por eso había preguntado si me gustaba–, tiras de tocino y pan tostado acompañado de mantequilla. Todo se veía delicioso y no me percaté del hambre que tenía hasta ver toda aquella comida frente a mí. Lo miré mientras tomaba un cubierto.
—¿Tú no desayunarás? —le pregunté pues no veía rastro de algún otro plato, ni las intenciones de que fuera a pararse para traer su desayuno.
—Yo ya lo hice, preciosa —me sonrió dando otro sorbo al café—. Me gusta madrugar.
—¿En fin de semana también? —pregunté mirándolo como si estuviera loco.
Él rió.
—No siempre, en ocasiones si me doy un descanso, pero la mayoría de las veces me es imposible no despertar temprano —repuso haciendo su espalda hacia atrás pegándola al respaldo.
Partí un pedazo de wafle para llevarlo a mi boca y comer de este. Todo estaba delicioso, pasamos la mayor parte del desayuno en silencio pues él no dejaba de mirarme en ocasiones cuando no estaba mirando su celular. En mi cabeza no dejaba de pensar en qué pasaría ahora, ¿me iría simplemente a mi apartamento y eso iba a ser todo? Yo no podía quedarme ahí después de lo poco o mucho que sabía de su trabajo.
—¿Cómo supiste qué estaba en LAVO anoche? —pregunté dejando los cubiertos en el plato sin haber terminado del todo la comida.
—Tú me lo dijiste. Cuando dijiste que estabas pensando en la vez que te salvé de tu exnovio ahí —me dijo naturalmente y traté de hacer memoria a aquello.
Claro, que tonta.
Me quedé mirándole por unos segundos, asentí mientras desviaba mi mirada esta vez hasta un punto fijo en la mesa y después al plato con aún pequeños pedazos del pan tostado. Me había devorado los wafles y la fruta que era una combinación que amaba y le agradecía en mi mente por haber acertado con aquel gusto. El jugo era de naranja y también estaba delicioso, era natural, lo supe por los pequeños pedazos de gajo que sentía en mi lengua con cada sorbo.
—Escucha, Nate —comencé a decir pero me interrumpió.
—Te lo diré —dijo mirándome a los ojos mientras se inclinaba hacia adelante juntando sus manos colocándolas sobre la mesa—. Te diré en algún punto o al menos te explicaré maso menos lo que hago de trabajo si sales conmigo esta noche —soltó antes de que le preguntara a qué se refería.
Me estaba ofreciendo el contarme sobre su trabajo si yo aceptaba salir con él esa noche. Pero, dijo que me lo diría en algún punto, significaba que no lo haría hoy, ¿me estaba dando a entender que quería seguir viéndome entonces? Me replantee aquella oferta en mi cabeza más veces de las que debería haber hecho. ¿Era buena idea? Probablemente. Me había dicho que no tenía relación con las drogas, ni con la de un asesinato. Podría estar mintiendo, pero sabía que no lo estaba haciendo.
Apreté mis labios mirando sus manos y automáticamente recordé la vez en que sus manos habían rozado mi piel desnuda en la zona de mi cintura cuando nos besamos. Aquí. Quise voltear a ver el piano donde había sido, pero sabía que él me estaba mirando y no quería que se imaginara las imágenes que estaban pasando por mi mente en ese momento.
Como deseaba que volviera a repetirse. En cuestión de segundos había querido tirar aquel papel de rehusarme a estar con él sin saber la verdad de su vida, había querido solamente abalanzarme a él y besarlo de nuevo. Quería que me besara y que me tocara por debajo de la ropa.
—Entonces, ¿aceptas? —su voz me sacó de mis pensamientos haciendo que las imágenes de nuestro beso y de sus manos tocándome se esfumaran en el aire.
—Depende —dije y este sonrió de lado, soltó un suspiro pesado y me miró con una ceja alzada.
—¿De qué? —me preguntó relamiendo sus labios y en ese instante yo hizo lo mismo con los míos como si hubiese sido un espejo.
—Dijiste que me lo dirás en un punto, ¿en cuál? Eso significa que no me lo dirás esta noche, ¿entonces cuando? —le pregunté dando otro sorbo al jugo sin dejar de mirarle a los ojos.
Mientras me miraba con los ojos entrecerrados escuchando mis palabras, su sonrisa se ensanchó mostrando ambos de sus hoyuelos. Se inclinó un poco más hacia adelante mirando esta vez la pared frente a él y se quedó pensando unos segundos mientras apretaba los labios.
—Escucha, Val —comenzó y soltó un suspiro borrando la sonrisa para después mirarme suavizando las facciones de su rostro—, cuando te dije que este tema no se trataba de confiar hablaba en serio, confío en ti. Es un tema delicado del cual no podré decirte al transparente todo porque es un conflicto en el cual no quiero meterte.
—Conflicto, ¿entonces es algo malo? ¿Debes algo? —pregunté aprovechando aquella palabra.
—No debo nada. No se trata de deudas, se trata de un contrato que debo de respetar, no es específicamente de confidencialidad sino sobre lo que hay implicado dentro de ese mundo —empezó a decirme mirando fijamente a los ojos—. No es que me pidan que no diga nada, yo estoy decidiendo no decirte nada porque es algo que no necesariamente debes de saber.
—Mundo, ¿qué mundo? —pregunté y este tensó la mandíbula—. Pero yo quiero saber.
—No necesitas hacerlo —ignoró mi primera pregunta y volvió a apretar la boca—. Hay una gran diferencia entre necesitar y querer —me dijo mirándome serio.
—Cuando yo quiero algo, se vuelve una necesidad para mí porque entonces no puedo quedarme quieta —comenté al instante. Este sonrió, incluso una pequeña y corta risa se escuchó en el silencio.
—Me he dado cuenta, pero esta vez me temo que no se te podrá cumplir el capricho de querer saberlo todo —me guiñó un ojo levantándose de la mesa y tomando el plato frente a mí llevándoselo a la cocina.
Quise protestar. Quise tomar quitarme una de las pantuflas y tirársela porque sin que yo lo hubiera autorizado había terminado con aquella conversación.
—No es ningún capricho —le dije enojada mientras me levantaba y caminaba hasta él para poder golpearlo, pero cuando lo hice solté un quejido debido al leve dolor que sentí en el tobillo.
Nate me miró desde la cocina dejó el plato en el lavaplatos y se recargó en este cruzándose de brazos mientras alzaba ambas cejas. Sonrió un poco de lado y después miró en dirección a mi tobillo ladeando un poco la cabeza.
—Tengo que ponerte de nuevo Flogoprofen en ese tobillo y verificar si no fue un esguince, aunque de serlo seguro ni podrías apoyarte del todo en ese pie —relamió los labios y se acercó a mí—. Después iré a verificar si tu ropa ya esta lista en la secadora y puedo llevarte a tu apartamento, así te doy tiempo para que te arregles, aunque no me importaría si decidieras ir con esto —dijo ya a centímetros de mí mientras miraba la ropa que llevaba puesta.
Lo fulminé con la mirada y lo empuje, por supuesto él empezó a reír mientras yo me alejaba y caminaba hasta la habitación donde había pasado la noche gracias a Nathaniel quien había sido mi salvador por segunda vez.