Presente
—¿Y entonces te dio este celular? —preguntó Luis por sexta ocasión.
—Si. Ya te lo dije. El hombre adinerado, el que dice que es mi papá me lo regaló.
No había nadie en la cafetería salvo nosotros dos. Don Pedro había salido a comprar algunas cosas para la comida.
—¿Y es tú papá? —preguntó curioso.
—Si. Eso creó. Mi madre ya me lo confirmo.
—¿Ya le marcaste?
Esta conversación se había vuelto más bien una investigación policíaca. Había olvidado que Luis era muy de buscar detalles en todo.
—¡No! —dije de golpe— ¡Aún no! La verdad no se que rayos hacer con todo esto. Tal vez dejare pasar los días, haber que sucede. ¡Quisiera que nada de esto fuese real!
—¿Te refieres a la pandemia?
Sonreí.
—Bueno, también. Ojalá que la pandemia no fuese real.
—Ni modo. Nos toco vivir algo así. ¡Quien sabe hasta cuando acabé esta enfermedad!
Tome un vaso de café, era para un cliente.
—¿Crees que debería creer en lo que ese señor me dijo?
Alistó el pedido en la charola de plástico. Dos vasos de café helado y tres rebanadas de pay de queso.
—Pues es tu decisión —dijo mirándome con mucha firmeza—, aunque si fuera tú, tal vez le llamaría pronto o quizá solo le mandaría mensajes de texto. Digo, para confirmar las cosas. Si dices que tú mamá ya te dijo que él es tu padre, la neta yo si le hablaba.
—Pero como no eres yo, no puedes hacer eso y yo no pienso escucharte está vez.
Conocí a Luís trabajando aquí, en éste lugar. Lo recuerdo bien. Tenía su mandil puesto, llevaba una charola con tazas en la mano y el lugar estaba medio lleno. Cuando me vio entrar su rostro parecía asustado, despistado, un poco aturdido. ¿Mi aspecto era demasiado feo? ¡Probablemente! Aún así me ayudó para que yo pudiera hablar con don Pedro y nunca me ha tratado de forma cruel. ¡Luis es parte de mi vida, como si fuese de mi familia!
—¡Haz lo quieras pues, ya estás grande! —exclamó y se fue de mí.
***
Eran las cuatro de la tarde. Don Pedro no llegaba aún, prepare algo de espagueti blanco con fajitas de pollo para comer, Luis estaba revisando su celular desde la barra; estábamos en la hora tranquila del negocio.
—¡Ivin! —llamó él.
Tenía las manos volteando tortillas.
—¿Qué pasó?
—¡Te buscan!
¿Quién me buscaba? ¡Eso si que era extraño! Baje la llama de la estufa y fui a dónde la barra. Luís estaba mirándome, tenía una ceja arqueada y un hombre, el que ayer había venido también me observaba.
—¡Buenas tardes señorita Ivin!— saludó, extendió su mano pero la rechacé.
—¡Buenas tardes! Así está bien, por lo del Coronavirus no puedo saludarle de mano.
—¡Oh, es cierto! La costumbre —se apenó un poco—, vengo de parte de...
—¡Lo se! —interrumpí— Deje la estufa prendida, ¿puedes ir a apagarle por favor Luis?
Mi amigo asintió, segundos después desapareció. El hombre me miraba con atención, como si intentara encontrar las palabras para poder expresarme el recado.
—Él quiere verla. Esta preocupado.
Suspiré. ¡Había logrado ser directo!
—¿Por qué estaría preocupado? Dieciocho años pasaron ya, ¿y apenas se preocupa?
—Él paso por una época difícil...
—¿Y eso qué? Yo también la he pasado mal señor, puedo asegurarle que hasta he estado mucho peor que él. ¡Nunca se atreva a comparar el sufrimiento ajeno con el de otras personas!
Agachó la mirada. Respiro hondo, y volvió a mirarme.
—Discúlpeme por usar mal mis palabras. Sólo puedo decirle que él no dejara de insistir. ¡De verdad la quiere ver!
—¿Por qué no vino personalmente a verme? Si yo le preocupo realmente, él debería estar aquí.
—Ha estado haciendo preparativos para cuando usted decida venir a su casa.
¿Ir a su casa? ¿Qué haría yo? El reloj seguía avanzando, mi respiración era tranquila y la realidad comenzaba a jugar conmigo. ¿Por qué estaba pasando esto? Me di la vuelta, caminé hacia adentró de la bodega, subí a mi habitación y tomé el celular. Vi a Luis en la cocina y parecía muy atento a mis pasos. Encendí el iPhone que me había entregado el día de ayer y busque su número. Regresé a la barra.
—¿Hola? —contesto él.
—¿Por qué debería ir a su casa?
—Ivin —pronunció mi nombré —¿Cómo estás?
—¡Respondame! ¿Cómo se que usted no es un narcotraficante? ¿Cómo se si usted no me está engañando? ¡¿Quiere verme la cara señor?!
El hombre frente a mi estaba atentó a mi llamada con Regino.
—Yo. Ivin, solo quiero ver a mi hija en mi casa, si me odias lo entenderé. Tú no me debes nada, pero yo a ti si. Te debo una buena vida y estoy dispuesto a dártela.
¡Eso tenía sentido para mí! ¿Una buena vida? Esa frase me hizo recordar muchas cosas que me había tocado vivir, pensé en Marisela y en ese momento en el que ella me pidió que me fuera. ¿Por que me pidió algo así?
—¡Iré entonces! —dije— Mañana.
Y colgué la llamada. Mi frialdad era algo que no podía evitar.
—¿Vengo a recogerla? —preguntó el hombre.
—No. Solo deme la dirección, yo llego allá.
Escribió en una hoja de un bloc de notas.
—¡Esta bien! ¡Que tenga buen día señorita!
Anotó la dirección y su número.
Tras marcharse, mi mirada se quedó clavada en la nota que él había dejado sobre el mostrador. ¿Qué era toda está basura? ¿Qué rayos con mi familia? ¿Qué quería ese hombre de mi? ¿De verdad era momento para seguir buscando esa dichosa buena vida? ¡Yo sentía que no me faltaba nada!
De pronto sentí su mano sobre mi hombro.
—¿Y? —preguntó con interés—. ¿Qué te ha dicho?
—Él quiere verme —y la pregunta en mi mente surgió ¿y quién era “él” en realidad?—, y decidí que tú irás conmigo mañana a su casa. Esta es su dirección. ¿Como ves?
Luís tomó el trozo de papel y su semblante se sorprendió de repente cuando terminó de leer.
—¡Vive en La Vista!
—¿Dónde es eso? —frotó la palma de su mano sobre mi cabeza.
—¡Mañana lo verás!
***
¿Tú qué puedes decirme sobre ti? ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? ¿A dónde vas? ¿A quien amas? ¿Por qué lloras? ¿Por qué estás con vida aún? ¿Por que nos pasan cosas como…?
Me encontraba frente al espejo una vez más. Había un reflejo ahí, era fresco y cálido. Sus senos parecían cansados y sus labios eran rojos como la sangre. Me miraba a detallé y las cicatrices en las piernas eran flores que ahora pintaban de color su alma. Seque mi cuerpo, las últimas gotas fueron absorbidas por la toalla y el vapor aún seguía conmigo. Me puse ropa interior negra de encaje o la famosa lencería que le llaman actualmente. Sacudí mi cabellera y la cepille. Cubrí mi brasier con una playera blanca y salí del baño. ¿Qué iba a pasar hoy? El iPhone 11 estaba en mi buro con la pantalla apagada. ¿Realmente él era mí padre? Tengo una historia como tú, tengo un origen y un pasado, pero mi futuro a penas estaba siendo escrito por mis decisiones. ¿Por qué ese hombre había venido a querer escribir un futuro conmigo? Termine de vestirme con un overol ochentero de mezclilla. Trencé mi cabello y pinte mis labios de rojo. ¡Aliste mi arma secreta!
—¡Ya me voy abuelito! —le dije a Don Pedro.
Él estaba sentado en el comedor leyendo el periódico junto con una taza de té. Hoy no abrimos la cafetería, era día de descanso.
—¡Vete con cuidado mija! —su voz era muy suave.
—Si. Por cualquier cosa yo le marco.
—Esta bien —dijo—. Antes de que te vayas, solo quiero decirte que eres una gran muchacha. Gracias por estar conmigo en este tiempo, si el hombre del que me hablas tiene buen corazón entonces sabrás que es tu padre; pero si el hombre no tiene bondad, entonces yo seguiré siendo tu protección en este mundo. ¡Mi querida Ivin!
¿Como es el amor de tus seres queridos?
Aquello que la sinceridad de una persona puede transmitir, es aquello que puede construir cosas indestructibles. Le abracé, le abracé con todas mis fuerzas y besé su mejilla. Don Pedro también se había convertido en parte de mi familia.
—¡Gracias por estar conmigo! —le dije.
Asintió y nos despedimos. Salí de la casa pensando en las palabras de Don Pedro. Luís estaba afuera. El motor del bochito azul estaba encendido y Luis tenía las manos sobre el volante. Subí al escarabajo.
—¡Te ves guapa!
—¡Me siento guapa!
—¿Estas lista?
Y hay muchos detalles que quizá te hagan dudar de mi. Tantos momentos y sucesos que han pasado en este corto tiempo que la tinta no me alcanzaría para poder describirte aquello que no puedo explicarte ahora.
—¡Estoy lista!
Y podrías decirme que está es una historia cliché en tu biblioteca, pero la neta, me vale lo que pienses. ¡Escribo para desahogarme! Estoy convencida de que el contarte lo que estoy viviendo es una manera más de poder desahogarme de todo este peso que me hace sentir incompleta en ocasiones. Si quieres escucharme y estar para mí, gracias. Si no quieres escucharme ni hacerme caso, también gracias, que te vaya chido.
—¿Nerviosa?
—Luis, tus preguntas aveces son tan innecesarias.
Sonrió. Su forma de conducir lo hacía ver muy sereno y la música del radio era algo genial para nuestro viaje. Tomamos el periférico durante diez minutos y después la desviación hacia la avenida Atlixcáyotl.
—¿Dónde dices que es la vista? —pregunté.
Nos habíamos detenido en un semáforo. Las personas de los demás autos nos miraban, miraban el llameante color del bocho de Luís.
—Justo allí es La Vista —señaló la entrada a un fraccionamiento—. Allí es adónde vamos.
Había unas fuentes en la entrada, el pasto bien recortado, palmeras bien ubicadas y una caseta de bienvenida construida muy bien. La Vista es un lugar caro en la ciudad. Es un fraccionamiento donde la gente de dinero vive muy acomodadamente. ¡Como un lugar exclusivo para poder vivir!
—¿A dónde se dirigen? —nos preguntó el guardia de seguridad.
—Vamos a casa del señor Regino.
El hombre se me quedó mirando atentamente. Le pidió su identificación a Luís y luego de anotar en su bitácora, el policía se la devolvió.
—¿Eres la señorita Ivin? —preguntó.
—Si. Soy ella misma.
El hombre asintió y dio la orden para que la pluma se levantara y pudiéramos avanzar. La Vista si que era un lugar muy acomodado. Podías ver muchas casas enormes, albercas, un campo de golf, más casas enormes y jardines bien bonitos. La casa de Regino estaba en la calle Astra en el número 100. Su casa era enorme. De cinco pisos, con muchas ventanas, el pasto bien recortado y sus plantas bien regadas, su casa era una “doña casa”.
Luís estacionó el escarabajo frente a la casa.
—¿Seguro que es aquí? —pregunté un poco insegura.
—Si. Esta es la dirección —y me enseñó en su celular el Maps.
Probablemente Regino tenía demasiado dinero hasta como para bañarse en puros billetes de a mil y quinientos.
—Pues bueno, ya estamos aquí, hay que hacernos notar.
Bajamos del bocho. Espere a Luis y ambos caminamos hasta la puerta de la entrada. Dí un suspiro largo y profundo, acerque mi mano al timbre y justo antes de que apretara el botón, la puerta se abrió de golpe.
—¡Que hacemos aquí! —me gritó mi subconsciente.
Un par de jóvenes me estaban mirando asustados/sorprendidos.
—¡Hola! ¿Está el señor Regino? —les pregunté. Luís estaba detrás de mi.
Ambos llevaban puestas unas mascarillas/cubrebocas.
—Si él está. ¿Necesitan algo? —respondió uno de ellos.
—Realmente no. Él me pidió que viniera, creo que él es quien necesita algo de mí.
Los ojos de ambos parecían no tener expresión alguna.
—¿Eres Ivin? —preguntó uno de ellos.
—Si. Soy Ivin.
Iban vestidos muy elegantes y sus miradas parecían ser un poco críticas. Aún así ignore si desconfianza y elegancia. ¡Chicos en traje de color negro!
—¡Adelante! Él te está esperando. ¡Nosotros vamos de salida!
Luís y yo entramos a la casa. Era muy amplía, con unas decoraciones curiosas y algunas pinturas enormes en las paredes. Los chicos salieron y solo nos dijeron que fuéramos al salón social de la casa.
—¡Esta casa es impresionante! —exclamó Luís.
Él llevaba su elegante pantalón de mezclilla y una camisa de cuadros.
—¡Muchas personas podrían vivir aquí!
Avanzamos por un pasillo que llevaba a un salón amplio, era como la sala del abuelito pero cinco veces más grande. Había unos ventanales enormes y vimos movimiento afuera.
—¿Crees que sea ahí? —pregunté.
—Si ahí se ve que hay algo de alboroto.
Caminamos por el césped, había una alberca, una fuente, amacas y sillas de bronceado. Avanzamos hasta llegar al salón. Era bonito. Al entrar, la gente que estaba ahí se nos quedó mirando. ¿Nos juzgaban? ¿Qué pensaban? ¿A donde con tanta discriminación?
—¿Qué tanto nos mira está gente? —me preguntó Luis al oído.
—¡Nos miran por qué al parecer somos gente importante! —le respondí y el sonrió.
Había un comedor enorme, adornado con flores y la vajilla bien acomodada. Sonaba un poco de música, había personas bebiendo vino y charlando sobre asuntos que solo ellos comprendían. Luís y yo nos quedamos de pie junto a un florero gigante.
—¡Ivin! —escuché su voz—¡Que bueno que estés aquí!
Regino se acercó a mí e intento besarme la mejilla pero no pudo.
—¡Si bueno, aquí estamos! —dije—. Él es mi amigo Luís, le pedí que me acompañará.
Ambos se saludaron y el momento parecía muy ameno.
—¿Tienen hambre?
Y entonces comenzó el banquete. Todos ocuparon sus lugares. Regino en la cabecera, yo a su derecha y Luis a mi derecha. Nos sirvieron crema de nuez, pasta, filete de res en salsa de chipotle y de postre helado napolitano. ¡La comida estuvo demasiado buena!
De pronto, Regino se levantó de su silla y comenzó a hablar. ¿Que es lo que diría?
—¿Cómo la están pasando? —preguntó.
Todos aplaudimos.
—Que gusto que estén acompañándome en este día —y a decir verdad, se veía muy feliz—, cómo todos saben, hice este banquete por qué aunque la vida siempre es complicada, también nos da sorpresas inesperadas. Tengo a mis cinco hijos aquí conmigo, a sus correspondientes esposas, tengo amigos que siempre me han apoyado y en especial, particularmente, hoy tengo el gusto de tener a mi hija aquí —se giro a mirarme de forma muy obvia y yo me sentí nerviosa—, está sentada juntó a mí. ¡Les presento a Ivin!
Todas las miradas se clavaron en mi, sus ojos, sus gestos, aquellos murmullos eran hacia mí. Hubo aplausos. ¡Nunca imaginé a gente rica aplaudiendome! Regino extendió su mano y me pidió que me levantara de mi lugar. ¡Me sentía muy nerviosa de repente! ¿Donde habían quedado todos esos murmullos que la gente dijo con nuestra llegada?
—¡Hola a todos! —saludé. No tenía más que añadir, no conocía a nadie.
Entonces él se levantó de su asiento. Un chico con una corbata de moño y una camisa blanca. Su rostro era el rostro de todas esas personas engreídas, parecía un arrogante al máximo.
—¡Tú eres la hija bastarda! —exclamó con voz fuerte.
Regino le reprendió, pero el chico no se detuvo, volvió a usar la misma frase por segunda vez. Me miraba a los ojos, se sentía poderoso y había enojo en su alma. ¿Qué quería lograr en mi? ¿Asustarme? ¿Humillarme?
—¡Bastarda tienes la cara! —exclamé— Y tu cara debe ser igual que la de tu madre, muy bastarda y desagradable.
Luís me estaba mirando desde su lugar, estaba muy divertido por mi respuesta y me dio un pequeño golpe en la mano. Hubo más murmullos. El engreído se quedó helado unos segundos.
—¡Con mi madre no te metas! La realidad es que tú eres…
Me reto con la mirada.
—Yo soy...¿Qué cosa? —arquee mis cejas—. ¡Dilo!
—¡La hija de una prostituta!
Entonces sonreí, me mordí los labios y reí. El chico rico quería lastimarme, él dio un trago a su copa, los invitados parecían estar murmurando por toda esta escena.
—¡Eso ya lo se, dime algo que no sepa!
Y entonces la Ivin que se había puesto ropa interior negra, la Ivin que se miraba al espejo desnuda y recordaba lo guerrera que había sido volvió a mí en ese instante. Saqué mi cuchillo (el que escondía en mi pierna derecha, esa era mi arma) a toda velocidad y lo lance hacia él. El cuchillo atravesó la mesa a una velocidad impresionante que el sonido de su copa quebrándose hizo que Luis se levantara de su asiento para buscar mi preciado cuchillo que acababa de caer al suelo.
¡Buena puntería! ¡Todos estaban asustados/asombrados/sin saber que hacer! Él se quedó boquiabierto, el vidrio no le causó ningún daño.
—¡Un gusto en conocerte niño rico! —le dije—. ¡Y gracias Regino por la comida! Creo que ya no nos quieren aquí.
Acto seguido, corrí a toda velocidad, alcance a Luis y ambos nos largamos del salón social de la residencia de mi “p a p á”. ¡Numerito que nos montamos!
***
—¡Gracias por acompañarme! —le dije a Luis.
Avanzábamos sobre el periférico directo a nuestra casa.
—De nada. Gracias a ti por llevarme. ¡Estuvo genial esa lanzada!
Reímos.
—¿Viste su cara?
—Parecía asustado y si, se hizo pipí en los pantalones.
—Imagino que si. ¡Que se cree ese tipo!
Minutos después, casi llegando a mi casa, comenzamos a ver qué había mucho movimiento de personas en la calle. Había patrullas de la policía y una ambulancia estacionadas afuera de la cafetería. Una cinta amarilla impedía que la gente se acercara. Baje del bocho a toda velocidad, atravesé la cinta y un policía trato de detenerme.
¿Qué sorpresas nos da la vida? ¿Que cosas son las que menos esperamos? ¡En ese instante no me sentía como la guerrera de esta tarde! Estaba muy preocupada, realmente la angustia había poseído mi alma.
—¡No puedes pasar!
—¿Qué ocurrió aquí?
—¡No puede pasar señorita!
Su cuerpo me impedía acceder a la casa.
—¡Yo vivo aquí! ¡Déjeme entrar! ¡Necesito entrar!
Y entonces le empuje y con las fuerzas que tenía; el policía se hizo a un lado, sin pensarlo más entré a la desdicha. Mi respiración estaba muy agitada, el filo de mi cuchillo estaba resguardado cerca de mi piel y los latidos de mi corazón eran bombas atómicas arrasando con todo lo que quedaba de mi alma. El cadáver del abuelo estaba cubierto con una sábana blanca y había sangre, un charco enorme de sangre debajo de él.
¡Estaba muerto!
PRIMERA PARTE
ÉL
Describe la vida en una sola palabra. ¿Qué palabra utilizarías?
Presente
Mis manos se habían llenado de sangre, intenté acercarme al cadáver, pero los policías no me lo permitieron. Mis dedos se estaban aproximando a la sábana cuando un policía me tomo para detenerme, mis manos aterrizaron en la sangre de mi abuelito y Luis no tardó en sujetarme con sus brazos. Estaba llorando, quería maldecir y deseé con todas mis fuerzas el no haber ido a la casa de Regino. ¿Qué cosas hubiera podido evitar? ¡Tal vez esto no hubiese pasado!
—¡Abuelo! —exclamé con el corazón hecho pedazos.
Sentía una desesperación enorme, unas ganas intensas de llorar y me sentí muy sola de repente. Una vez más había perdido mis ganas de querer ser feliz.
—Ivin. Tranquila. Él está descansando ya, no sufrirá más—me dijo el señor policía, parecía ser un buen hombre.
¿Que pasaría ahora? ¿Este era el momento para intentar ser fuerte? ¿Dónde estaba la mujer poderosa en la que tanto había deseado convertirme?
***
¡Te dije que había cosas que no te explicaría por el momento! El mundo está cambiando muy rápidamente y se que tú eres muy consiente de ello. Tanta vida que nos falta por vivir y tan poco tiempo que nos queda. Luís ha estado conmigo desde su muerte. Don Pedro quería que se le cremará cuando el falleciera y eso fue lo que hicimos. Nos entregaron sus cenizas en una cajita de madera de color nogal y volví a lo que quedaba de mi casa. El hombre de la funeraria me miró a los ojos y sin acercarse a nosotros me dijo:
—¡Lamentó tu pérdida! Y lamento más que sea en estás circunstancias.
La policía nos impidió organizar una ceremonia para don Pedro por la pandemia.
—¡Descuide! No se disculpe, este mundo ya está muy podrido como para darle más de nuestros lamentos.
Y mientras volvíamos a casa, la sensación de soledad y de tristeza comenzaban a querer inundar mi ser. Decidimos guardar las cenizas de Don Pedro en la biblioteca de la casa, pusimos la cajita sobre un hueco en el librero. ¡Ese sería su lugar! A don Pedro le encantaba leer y que mejor lugar para descansar sus restos que esté librero, su lugar favorito en el mundo.
—¿Tienes hambre?—preguntó Luis.
—No. ¿Tú tienes hambre?
Mentí. La realidad era que sí. Si tenía hambre pero desde lo ocurrido no había podido alimentarme de una buena manera, como si el duelo me impidiera llevar mi vida de forma normal. ¡Aunque yo sabía que era momento de seguir adelante!
—No. Pero recuerdo que quedaron alitas en el congelador. ¿Quieres que las preparemos?
¿Y a dónde debíamos llegar ahora? ¿Eres consciente de que es lo quieres en esta vida? ¿Que cosas debíamos cambiar para tener un buen futuro?
***
Pasado
El sonido del timbre era un tormento a mi alma, ese sonido tan frío y turbio que no hacía más que anunciar su presencia. Me encontraba en mi habitación después de haber aseado la casa y de cocinar la comida para nosotras. Mamá siempre estaba fuera todas las mañanas y por las tardes. La puerta se abría, escuchaba voces y risas, no salía de mi habitación. Tenía la costumbre de mirar por la ventana todas las noches antes de que la noche se convirtiera en una maldita depravación y si existía la oportunidad, prefería tomar el fresco de la noche mientras él arreglaba las cuentas con ella. La puerta de mi habitación se abría, caminaba hasta mi. Siempre imaginaba lo peor, sabía que en algún momento él querría utilizarme como a las demás; en mi pensar la escena era intensa: sus manos comenzaban a acariciarme la espalda, olía a alcohol y llevaba un cigarro en la boca. Sus manos se escurrían debajo de mi ropa y su cuerpo se acercaba más a mí. ¿Que harías ante aquella sensación?
***
Presente
—¿Él no te ha llamado? —preguntó Luis.
Estábamos en una mesa de la cafetería, comiendo alitas de pollo que él mismo había preparado con su receta secreta. ¡Le habían quedado bien buenas!
—¡No he querido contestarle! No me dan ganas.
La mirada de Luis parecía estar perdida en el ventanal.
—Supongo que por eso él está justo ahí —me dijo señalando con sus cejas afuera de la cafetería.
¿Estaba aquí? ¡Mi sorpresa era grande que hasta mis pestañas se me achicharronaron de lo inesperado! Regino estaba afuera, podíamos verlo a través del enorme cristal de los ventanales de la entrada, llevaba una mascarilla en la boca y nos miraba con mucha atención. ¿De verdad me quería?
—¿Que crees que quiera?
—A ti. ¡Obviamente! Ha venido por ti eso es lo más lógico.
Atravesó la calle y camino justo hasta quedar frente a nosotros. ¿Que sentía yo al verlo una vez más? Le dejé pasar.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—¡He estado peor!
—¡Que sorpresa señor! —intervino Luis.
Mi respuesta había sido de lo más brusca. Luis lo invito a sentarse con nosotros. De pronto parecía como si no supiéramos que hablar, fueron segundos de mirarnos de forma incómoda.
—¡Lamentó mucho lo de don Pedro! Es una lástima que...
—¡Descuide! Él ya no siente nada, está muerto.
—Me enteré ayer —añadió—, yo no sabía.
Hubo un silencio incómodo. Habían pasado varios días desde la última vez que no vimos en su cena de familia; ahora venía a darme el pésame.
—¿Que es lo que...?
—¿Lo que haré? ¿Que pasará con mi vida? ¿De verdad le preocupa?
—Si.
—Es una buena pregunta Regino. Lo que sigue es que tengo que seguir con mi vida, continuar, pasar página iniciar un ciclo nuevo. ¡Y tratar de ser muy optimista! ¿Que más me queda por hacer? ¿Llorar toda la vida por algo que ya pasó?
Recordé la frase de ella: “mereces una buena vida”. ¿Eso me quedaba? ¿Buscar hasta encontrar esa vida de la que tanto deseó me solía hablar?
—¡Ya veo!
—¿Y que es lo que ve?
—Te veo valiente, fuerte y muy decidida. ¡Me recuerdas mucho a...!
No fue capaz de terminar de decir su frase. Luís asintió.
Después de que se llevaron su cadáver, subí a mi habitación a toda velocidad. Deje de llorar, calmé mi respiración y me obligue a contenerlo todo. Don Pedro me había dicho que no quería verme triste cuando él tuviera que irse a causa de la muerte. ¡La vida debe seguir!
—Pues si usted supiera que hay días en los que no me siento así, entonces su visión acerca de mí sería muy distinta —dije—. ¿Cómo está el muchacho insolente?
Arqueó sus cejas.
—¡Él está bien! Fue un gran lanzamiento. ¿Como..?
—Dele mis saludos cuándo lo vea —hice una pausa—. ¿Y a que debemos su visita?
Meditó un poco, se arregló la corbata y comenzó a hablar.
—La situación se está poniendo fea en todos los sentidos, el mundo se está enfrentando a la desdicha y dolor, nosotros no seremos la excepción. La fase tres comenzará ya, estamos a punto de llegar al semáforo rojo en contagios y vengo con la intención de llevarte a mi casa. Quiero ofrecerte todo lo necesario en esta temporada. ¡Quiero cuidar de ti de ahora en adelante!
Luís se me quedó mirando. Yo había pasado tres noches a solas en este lugar. ¡Ahora querían cuidar de mí! Deje escapar un suspiro lleno de confusión emocional. Aún no había podido arreglar el desastre de su asesinato y las noches no eran lo suficientemente profundas como para dejarme dormir tranquila. ¡Una parte de mi no se sentía de lo mejor! Aún así sabía lo que tenía que hacer con Regino.
—¡Yo no...!
—¡Es una buena idea! ¡Vete Ivin! —me interrumpió Luis.
La famosa cuarentena de la que el policía nos hablo era una realidad entonces. Luis estaba interfiriendo en mi decisión de rechazar a Regino. ¡Que entrometido mi amigo!
—¡No! Este desastre es una asco y debo arreglarlo sola. No es necesario que cuide de mí.
Me levanté a toda velocidad, ellos se sorprendieron. ¿Por qué no lo harían? Caminé hasta el almacén, atravesé la cocina y ahí estaba todo. Su sillón, libros tirados, la ausencia del charco de sangre, papeles, vidrios rotos y él ya no era más. ¡Eso era lo único que no había podido arreglar en esta casa! Me deje caer en el suelo para ponerme en cuclillas, tenía un nudo en la garganta y mis manos temblaban. ¡Me había estado obligando a ser fuerte y ya no podía!
—¿Que crees que estás haciendo? —Luis se acercó a mí.
—¡Vete!
—No te vas a hacer la dura conmigo, deja eso Ivin. ¡Yo soy tu hombro para llorar!
—¡Lárgate!
—¡Obligame! —exclamó él.
Y comencé a llorar. Dolía. Todo mi pecho ardía en dolor. Esta vida me dolía a todo fuego. Luís intento acercarse a mi. Agaché la cara, quise cubrir mi llanto.
—¡No me toques! —me arregle el rostro, detuve mi llanto y respire.
—Sabes que no siempre tendrás que hacerte la fuerte.
—No todos los días me ves llorar, estás consciente de ello.
La policía me había permitido estar en mi casa por qué se enteraron de mi situación. Prácticamente soy como una huérfana, bueno si soy la huérfana aparentemente inconsolable.
—¡Ánimo, todo estará bien!
Luís me abrazó, su cuerpo se unió al mío y me sentí cobijada, casi me derrumbó de forma completa pero mi dureza solo me hizo ceder por unos segundos en ese momento.
¿De verdad estarían bien las cosas futuras?
—¡Y si no se pone bien pues nosotros lo haremos forzar para que se ponga bien! —dije refiriéndome a la situación, mi lado optimista salió a la luz.
—¡Exacto! Así que ve, pásala bien en casa de Regino. Yo estaré al pendiente de ti constantemente.
Me levanté.
Regino estaba en la cafetería esperando. Se sorprendió al verme. ¿Que decisión tomaría al respecto? Parecía que este hombre era sincero, ojalá todas las personas fuesen sinceras.
—Solo iré por unas cosas. Decidí que sí iré a su casa.
Cuando pasé la primer noche en esta casa la calidez fue lo primero que me acogió. Don Pedro fue aquella persona que hizo a mi alma sentirse segura de la vida. Me ofreció trabajo, cuidado, techo, alimento y una familia. Ahora todo lo que tenía eran simples recuerdos, sabía que la realidad me obligaría a seguir adelante sin esas cosas que algún día fueron tan necesarias a mi alma.
Tomé mi mochila, empaque tres cambios de ropa, mi overol, mis cuchillos, el tablero de tiro, una serie de luces, un cuaderno, mis pinceles y un estuche de pinturas que don Pedro me había regalado. Cerré la mochila y antes de irme de mi habitación me detuve a mirarme en el espejo. Caminé por el pasillo, la puerta de su habitación estaba abierta.
Me acerque, paso a paso, di un vistazo y todo estaba ordenando. Su cama tendida, las cortinas cerradas, su tocador ordenado y todo tranquilo. Todo, menos aquello que no cuadraba. En su buro había una flor de colores entre el oro y la plata. ¿Que era aquel detalle? La tomé con cuidado. Era un broche para el cabello, era aquel broche que seguramente había dejado en mi anterior vida, un recuerdo muy vago me hizo sentir cierta familiaridad sobre la pieza y que ahora estaba de vuelta en mi vida actual. ¿Ésto era posible? ¿En donde había visto este objeto antes? ¿De quién era? Me sentí nerviosa de repente.
—¿Cómo llegó hasta aquí? —me pregunté.
—¿Lista? —preguntó Luís observándome desde el marco de la puerta.
—Si, ya estoy.
—Yo, quería despedirme a solas antes de que te fueras a tu nuevo hogar.
Asentí. Sus ojos se quedaron observando la peineta que sostenía en mis manos.
—¿Y eso? ¿Es nuevo? Se ve muy bien —preguntó Luis.
Señalo al broche.
—Si. Él me lo dio.
Oculte la verdad de mis sospechas.
***
Y bueno. Después de despedirme de Luís, subí a la Suburban de Regino. Le encargue a Luís que fuera de vez en cuando a dar un vistazo a la cafetería si era que él no realizaba su viaje, porque al parecer también quería ir a visitar a su familia.
Durante el trayecto pude ver cómo había muchas personas que llevaban mascarillas/tapabocas y muchas otras (cómo yo) no teníamos tanta conciencia de la importancia de ser precavidos. En la caseta de vigilancia del fraccionamiento revisaban la temperatura del chófer y preguntaban por los demás pasajeros. Llegamos a casa de Regino como a las seis de la tarde. De nuevo entre a la casona, las luces estaban encendidas y parecía que aquí todo estaba tranquilo.
—¿Quieres cenar algo? —preguntó—. ¿O quieres ver tu habitación primero?
—¿Que hará usted?
—Tengo varias cosas en mente. Luu ya preparo la cena. Tengo que contestar algunas llamadas de trabajo. Y quisiera dormir temprano, aunque eso no va a ser posible porque hay casa llena.
¿Casa llena?
—En ese caso, quisiera ver la habitación que me prestará.
—De acuerdo. Aunque la verdad, no te voy a prestar ninguna habitación, siéntete en confianza. La habitación en la que dormirás, sera tuya. ¡Te la regalo!
—¡Gracias por tratarme bien!
Subimos las escaleras, había una sala de televisión enorme con una pantalla gigantisima, subimos más escaleras, había ruido de música y un grupo de personas gritando y bebiendo. Seguimos caminando por un pasillo que conducía a un gran balcón, nos detuvimos antes de llegar al enorme ventanal. La puerta barnizada al natural hacia relucir muy bien las betas de la madera.
—Esta es tu habitación.
Regino abrió la puerta. El cuarto era el doble de grande que mi habitación en la casa de don Pedro. Una cama kingsize para mí sólita, suelo alfombrado, el bañó bien amplio con cancel de cristal, todo muy diferente a lo que yo estaba acostumbrada.
—Si quieres, mandaré a alguien a avisarte para que bajes a cenar cuando esté puesta la mesa. Digo, en lo que intentas ponerte cómoda.
—Esta bien. ¡Gracias por su hospitalidad!
Lo primero que se me ocurrió hacer en mi estadía aquí, fue bañarme. Me bañé como nunca, con mucha agua caliente dentro dentro de una tina y con un jabón con aroma a no se que cosa, pero olía bastante bien. Puse música de Selena Gómez, saqué mi ropa y la acomode en el clóset. Comencé a estirar la serie de luces por el suelo, terminé iluminando mi cama.
Mi celular comenzó a vibrar.
—¿Y que tal? —preguntó Luís.
—Todo bien. Nada fuera de lo común.
—¿Que haces?
—Me estoy instalando en mi nueva habitación.
—¿Podría vivir ahí, contigo?
—Podríamos, pero es demasiado. Tu casa es mejor que este lugar bien minimalista.
—¿Tienes ventana?
—Si. Un balcón propio.
—¡Que chilo!
Su acento norteño me hizo sonreír.
—Si pues. Al menos lo chillona ya se me quitó.
Reí.
—¿Ya cenaste?
—Aun no. Pronto. ¿Tú qué haces?
—Ando viendo lo de mi boleto para ir a Sinaloa.
—¿Siempre si te irás?
—Sí. Le conté a mi madre mis planes del viaje y me solicitó estar allí cuanto antes.
Sonreí.
—¿Cuando te vas?
—Mañana, a las 6 de la tarde.
—Oh pues. ¿Tu papá ya sabe?
—Si. Ya hablé con él.
—Pues ten cuidado. Usa cubre bocas, lávate las manos y desinfectaté a cada rato. No te me vallas a morir de Coronavirus.
Reímos.
—Si descuida. Ya tengo todo listo.
Tocaron a la puerta.
—¡Bien! Espera.
Me acerque a la puerta y abrí con el celular a la mejilla. El chico me estaba mirando, unos ojos brillantes, como una mezcla de miel y limón. ¡Que impactante mirada!
—¿Si? —pregunté al ver qué no decía nada.
—La cena está lista.
—Vale. Ahora bajo.
Y cerré la puerta. Luís seguía en la llamada.
—¿Irás a cenar?
—Si. Ya vinieron a llamarme.
—Bien. ¡Buen provecho Ivin!
—¡Gracias! ¡Te me vas con cuidado eh!
—Si —hizo una pausa—. No dejes que nadie te destruya en esa casona.
—Si Luís. Tengo mi cuchillo listo.
Reí.
—¡Entonces dales con todo!
Finalice la llamada de mi amigo.
Bajé al comedor. Regino estaba en la cabecera y había otras personas con él en la mesa. Algunos de ellos estuvieron en la comida del día pasad, aquella comida en la que quisieron presentarme ante la gente rica.
—¡Provecho! —les dije. Algunos ya estaban comiendo.
—¡Gracias! —escuche que dijeron. Y se me quedaron mirando.
Caminé hasta la derecha de Regino, ahí me indico que me sentará. Mi plato estaba servido, espagueti a la boloñesa. Di mí primer bocado. Segundo bocado. Tercer bocado. El chico frente a mí no dejaba de mirarme.
—¿Tengo algo en el rostro? —pregunté.
Era el mismo chico al que le había lanzado el cuchillo en la cena del otro día. Me miraba y parecía estar molesto/asustado.
—¡Tu presencia me molesta! —exclamó.
Si que era un chico broncudo.
—¡Me vale! —dije riendo—. ¿Te vas a comer eso?
Y su plato estaba intacto. Señalé a su espagueti.
—¿Te importa?
Me le quede mirando, sonreí y clavé mi tenedor en su plato. Le di vueltas y jale un trozo de carne que introduje en mi boca. ¡Sabía muy bien!
Los demás estaban riendo. Regino también.
—Papá ¿por qué la trajiste?
—¡Eduardo! —le respondió Regino—. Deja de molestar a tu hermana y come.
¿Hermana? ¡Que sorpresa tan más curiosa!
—¡Ella no es mi hermana!
Regino se dirigió a mirarme y sonrió.
—¡Lamentó no haberte presentado a tus hermanos! —se disculpó. Alzó la vista y comenzó—. Él es Carlos y Jenny su esposa. Darío y Mónica. Miguel y Paola. Manuel. Eduardo.
Todos "mis hermanos" me estaban mirando y asintieron en forma de saludo, todos menos el Lalo.
—Pues yo soy Ivin y la verdad no tenía idea de que yo pudiera tener hermanos. Un gusto estar con ustedes y disculpen las molestias.
Cuando me gire a verlos a todos fue que me di cuenta de aquella mirada curiosa. Unos ojos brillantes, tranquilos y demasiado bonitos. Junto a Manuel estaba sentado un joven, el joven que había ido a llamarme para la cena. Tenía el cabello alborotado y su semblante estaba enfocado hacia mí.
—¡Y yo soy Édgar! —se presentó.